Pioneros

Mi hijo de 8 años subió al techo y me preguntó qué hacía, la luz iluminaba la tarde con todo su fulgor, los rayos del sol en su pequeño rostro lo hacían verse como una pequeña estatua de arena solidificada.

— ¿Cuándo mataste a tu primer mecsican, papá? —preguntó con su vocecita frágil y llena de ternura. Me puse a pensar mientras limpiaba una de mis armas y comencé a platicarle, no con escasa nostalgia:

Déjame te cuento una historia, hijo… Cuando yo tenía tu edad fue que mis padres decidieron subir a Wallmérica. Tu abuelo renunció a su importante trabajo en una empresa dedicada a la fabricación de hamburguesas, era líder de espátula, y tu abuela vendió todo lo que pudo en una venta de garaje. Estábamos muy emocionados con el viaje, los vecinos iban y nos preguntaban los detalles de la travesía por venir y de lo que haríamos al llegar.

Un niño que vivía a cuatro casas, decía que sus papás habían matado a unos mecsicans que habían llegado a la ciudad a buscar trabajo.

— Pero aquí nunca ha habido trabajo —le dije—, vivimos en un pueblo fantasma.
— No dije que lo encontraron, sólo dije que venían buscando —me respondió—. Además mi papá dice que antes sí había mucho trabajo, cuando la economía era buena, antes de que los mecsicans la echaran a perder y tuviéramos que construir Wallmérica.
— Dice mi papá que los corrimos desde antes y que ellos nos hacían falta, que eran como esclavos modernos —dijo Mary Stacy, la niña que vivía en la casa de la esquina—. Por eso decayó la economía.
— Pero no creo que los papás sepa nada —les dije.
— Ah, sí… pues él fue un Repatriador —dijo el niño—… por un tiempo…

Aunque sé que lo más seguro era que mentía, porque su papá era un hombre muy tímido que usaba lentes y dejaba que su mujer le contestara de mala manera. Se lo dije y él comenzó a insultar a mi familia y nos peleamos por ello, él sólo se cubría mientras yo arremetía en contra suya, no pude detenerme ni con los gritos de la niña hasta que me cansé y hasta que su rostro quedó empapado en sangre.

Mary Stacy se me declaró uno de esos días y me dio un medallón que al cabo de unos años yo perdí. Esa fue la primera niña a la que besé, besé a unas cuantas mujeres antes de encontrar el beso ideal, que era el de tu madre, muchos años después, pero Mary Stacy fue la primera.

La casa quedó sellada, con muchas cosas acumulando polvo y recuerdos, nostalgias de siglos, álbumes y cajas de polaroids y baúles llenos de ropa. Los trajes de la boda de mamá y papá en dos maniquíes sin brazos ni piernas ni cabeza y en un tercero, hecho de varillas de metal, un sistema de realidad virtual obsoleto con sus cables cayendo como cabellos.

En la sala nos despedimos de una enorme imagen enmarcada en madera de olmo de nuestro Presirever, alias el reelecto por siempre. Sus cabellos siempre bien peinados, su mirada hacia el futuro, hacia más allá del horizonte, su boca siempre dispuesta a emitir decretos presidenciales llenos de sabiduría.

Cerramos la puerta con llave, seguros de que algún día regresaríamos a esa casa natal y absoluta, cuando mejores tiempos vinieran para la nación, cuando hubiéramos terminado nuestra labor. Sí regresamos de vez en cuando los primeros años, pero luego de un largo periodo de ausencia la vandalizaron y la quemaron, no supimos cuándo. De seguro unos mecsicans vengativos. Mil recuerdos convertidos en cenizas que mancharon nuestras manos con la negrura de sus almas.

Para entonces ya habíamos construido una casa de piedra, allá arriba del muro, en el espacio que nos dio el gobierno y con la impresora de cemento. Terminar de armarla fue algo que hicimos en una semana en familia, las manos de todos colaboraron en la obra, yo terminaba cansado por el arduo día de trabajo y cuando aún no había techo dormía bajo la luz de las estrellas, yo dormido en la cama al lado de mis papás. Se veían las parvadas de grasshopers atravesando el cielo nocturno como almas que vuelan hacia el purgatorio y se escuchaban los balazos tronando poderosamente a diversas distancias de nosotros.

Terminamos con los trabajos de la casa y coincidió con la llegada del primer cheque del gobierno. Tomamos el tren hacia la tienda de armas, era un lugar enorme, con muchos pasillos y anaqueles llenos de rifles encadenados, la parte de arriba de las paredes tenía cabezas de venados y cuadros con escenas del viejo oeste pintadas en óleo. No sólo vendían rifles de largo alcance, también había revólveres, ametralladoras, y cientos de cuchillos de todas formas y tamaños.

Un oso disecado a cada lado de la puerta. Había una parte protegida por una reja con las armas de mayor tamaño, incluyendo explosivos y un lanzamisiles.

Entonces apareció un hombre alto, grueso, y de barba que parecía una explosión.

— Qué bueno que no vinieron el año pasado, hubo un desabastecimiento de municiones… tuvimos que limitar la venta a tres cajas por cliente y eso no es nada agradable, pero queríamos que todos tuvieran… sabían que munición suena mucho como la palabra amor en español, es una locura, ¿no lo creen?

Me regaló una sonrisa apacible, que me llenó de seguridad y en cierto sentido me recordó a Santa Clós en algún cuadro de Norman Rockwell. Tuve un buen presentimiento, como si la Navidad fuera a llegar por adelantado ese año…

— Así que este es el jovencito que quiere comprar un rifle. Cómo estás, he escuchado mucho de ti, amigo.
— Bien —le dije—, estoy pensando en un arma de repetición con acción de palanca… ¿lo dije bien?
— Muy bien, muchacho y… excelente elección: justo como en el Viejo Oeste, mira, tengo esa es una Jackson 2030… allá en aquel mueble, al lado de la Trump 23. Con esa alcanzarás a destrozar a cualquier mecsican que se tope en tu camino.
— Me parece bien, me parece muy bien… —respondí tratando de sonar muy conocedor y me acerqué a aquellos preciosos instrumentos. Algunos tenían grabados muy elaborados, venados y flores, vaqueros sobre sus caballos y algún nopal, lobos, carneros, osos, el de la que me dieron tenía un ferrocarril.

También noté otras que las más antiguas, unas que me dijo Santa que eran de los siglos XIX y XX, eran como diez pulgadas más cortas. “Las actuales son de mayor alcance”, dijo. “Aunque las viejas son más transportables pues tenían que llevarlas al campo de batalla, aún así algunos las prefieren para cazar saltamontes, esos malditos saltamontes que se catapultan para volar por sobre el muro. O las de repetición automática, pero en realidad han probado ser sólo una fuente de desperdicio de amor (en español en el original), no hay nada como un buen tiro directo a la cabeza”.

Todas eran buenas armas. Muy buenas armas. Las estuve admirando un buen rato. Un buen rato. De pronto, en una vitrina, en medio de todo, vi una reliquia hermosa, de verdad de la época del viejo oeste.

— No la puedes costear, chico, quizás más adelante… ha estado aquí meses y nadie ha podido pagar por ella… pero si quieres… si tu papá está de acuerdo puedo prestártela para que la pruebes.
— ¿E… en serio?
— Claro, campeón. ¿Cuál es tu nombre?
— Butch.
— Ah, así le dicen a las mujeres rudas…
— Por supuesto que no soy mujer ni nada que se le parezca, yo soy hombre y un día seré el hombre más importante de Wallmérica.
— Seguro, mi pequeño amigo, puedes ser alguien importante… el límite es el cielo…

Subimos al techo. Había varios clientes probando armas de diferentes tipos, cerca de mí estaba un hombre flaco y alto, muy alto, con un sombrero de un café oscuro como la piel de un oso que no tenía ni una, él sólo observaba a los demás.

— Hola, ahí —me dijo—. Yo soy el dueño de este lugar, chico.

Miré a mi papá y él hizo una seña con la cabeza de que lo fuera a saludar. Así lo hice. Le di un fuerte apretón de mano.

— Buen día, señor… me da mucho gusto conocerlo…

Mi papá me estuvo hablando de lo que debía hacer, aunque ya lo había visto varias veces en el techo de la casa. El primer tiro que di me aventó hacia atrás, topé con la panza de cerveza Budweiner que tenía, casi solté el rifle, el vendedor lo tomó, trató de no mostrar su ira.

— Vamos, es su primer tiro, dele otra oportunidad —dijo mi papá sacando la cartera—. Además no sé, a lo mejor sí voy a comprar esa belleza —me guiñó el ojo pues yo sabía que no podía costearla.

Me levanté y me sacudí los muslos como para decir que yo estaba mejor de lo que aparentaba. El vendedor me pasó de nuevo el instrumento de justicia, esta vez me preparé para el contragolpe, disparé varias veces, aunque no logré atinarle a nada estaba yo muy emocionado. Los grasshopers volaban en el cielo y uno de ellos, uno de ellos podría ser el mío. Recé en silencio mientras disparaba: Dios mío, déjame matar a alguien el día de hoy, no quiero ser una vergüenza para mi padre.

El vendedor se había comenzado a impacientar después de media hora y se acercó algo enojado para tratar de quitarme el arma, pero yo… yo quería seguir disparando… yo quería… y él… bueno, me hizo enojar…

— Suficiente, chico —me decía—. Es hora de guardar esto.
— Sólo un rato más —dije.
— Ya, hijo —murmuró mi papá.
— No es un juguete.

Y nunca se lo comenté a nadie, pero no fue un accidente, yo estaba de verdad enojado… y él no dejaba de forcejear… un último tronido le destrozó la cabeza y aun así yo no soltaba aquel hermoso pedazo de muerte. Cayó al suelo.

Mi papá corrió a quitarme la escopeta, la solté, yo estaba realmente excitado. No cabía de alegría al ver todo su cerebro regado en el suelo, rojo como el atardecer más rojo, con todo y nubes hechas bola.

El dueño pareció volverse loco y no paraba de decir:

— Qué demonios, qué demonios, qué demonios…
— Fue… fue un accidente —dijo mi papá.
— Ese era mi mejor vendedor…
— Vamos, hombre, no es el fin del mundo.

Vinieron los militares a investigar. Nos estuvieron haciendo preguntas y luego de unas cuantas me felicitaron, al fin había podido matar a un hombre, aunque debía tener más cuidado de que los siguientes sí fueran mecsicans. Me regalaron una bandera de América y se tomaron selfies conmigo.

Lo clasificaron como un accidente laboral, el dueño, sin embargo dijo que ahora debíamos comprar el arma para compensarlo y papá sacó la tarjeta de crédito. De cualquier modo valió la pena porque es una joya y aún la uso en ocasiones especiales.

En cuanto a mi primer mecsican, eso fue un poco después, igual que mi primer beso no fue el más certero que digamos e igualmente no me arrepiento. Fue lo que tenía que ser.

— ¿Es esa la escopeta? —dijo mi hijo señalando al instrumento que estaba montado justo arriba de la chimenea.
— Yep. ¿Quieres usarla?
— C… c… claro…
— Vamos arriba. Es tiempo.

Cuando subimos al techo miré con nostalgia hacia la dirección en que sabía que había estado mi casa, allá abajo en territorio Under, aquella a la que regresamos sólo dos o tres veces más, hasta que se convirtió en un montón de cenizas, una mancha vieja entre más manchas, hasta que fue borrada del mapa por Máquinas Rojas de esas que trajeron de Marte, hasta que no hubo a dónde regresar.

 

Jorge Chípuli.

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