Doce Campanadas – Segunda parte

No llevaba  ni diez pasos realizados cuando un cuerpo cae frente a mí. La mujer que justo un momento antes había visto desplomarse colgaba inerte de una soga con su cuello roto. Mis reflejos me hicieron dar un salto y caer de espaldas al suelo a los pies de otro hombre. Me levanté de golpe y corrí a un costado de la iglesia, avanzando entre los bancos.

Mientras el padre seguía leyendo, esa vez con la vista fija en mí, el segundo hombre avanzó con pasos bruscos, sosteniendo un látigo ensangrentado en su mano derecha, una vez que llegó a mi lado lo alzó. Me encogí en el suelo esperando sentir el golpe mientras me cubría el rostro con los brazos pero el dolor nunca llegó. Me enderecé poco a poco y abrí los ojos lentamente esperando en todo momento el golpe pero el hombre ya estaba frente a mí, desapareció. No noté tampoco el cese de la voz del sacerdote que no se veía por ninguna parte.

Me levanté, no tenía tiempo como para reemprender mi búsqueda de una salida, necesitaba irme lo más rápido posible. Caminé al altar que tenía un atril ahora vacío.

El monaguillo me miraba desde el balcón de la torre, no lo había visto hasta ese momento pero no me preocupé por él ya que no lo hacía ningún intento de bajar.

Busqué alrededor algo que pudiera servirme de herramienta pero lo único que era capaz de levantar era el atril. Pensé desesperadamente cómo usarlo, deseando que los horribles hombres no volvieran o que el muchacho no se decidiera a bajar y acercárseme.

Lo tomé y me emprendí a hacer lo primero que se me ocurrió, me dirigí al extremo, en el cual hacía sólo unos momentos me encontraba acuclillado, con el atril sujeto con ambas manos. Me detuve frente a la ventana. Tomando impulso estrellé la base contra el cristal.

Sólo fueron necesarios unos cuantos golpes debido a su antigüedad pero los cristales, en lugar de estallar hacia afuera, terminaron cayendo hacia dentro, justo sobre mí, empujándome al suelo mientras me cubría la mayor cantidad de piel que me era posible dándole énfasis a mi rostro y a mis muñecas.

Me levanté sacudiéndome los cristales rotos. Di la vuelta para ver al monaguillo que sostuvo mi mirada sólo unos segundos para luego darse la vuelta y alejarse caminando de nuevo en dirección a la campana.

Arranqué los pocos trozos que quedaban adheridos al borde de la ventana, los arrojé a un lado y me subí a este. Pasé primero mi pierna derecha y luego la izquierda, mirando los setos bajo el alfeizar, procurando golpear contra ellos si llegaba a caerme.

Flexioné las rodillas al caer y me alejé lo más que pude de la iglesia pero todo lo que la bordeaba era solamente bosque y naturaleza espesa. No quería arriesgarme a entrar allí y encontrar algún problema mayor que el que me esperaba dentro, además no sabía cuánto tiempo me tomaría atravesarlo del todo o hasta qué punto mi cuerpo aguantaría el recorrido.

Rodeé la infraestructura de la iglesia esperando visualizar algún camino de salida pero todo era pura maleza.

Llegué al frente, donde podía ver las puertas principales. Esperaba haberlas encontrado clavadas con grandes vigas pero no era más que una puerta como cualquier otra “¿Cómo pudo haber pasado esto? Juro haber visto las vigas desde el interior y sé que no las había imaginado, nada de lo sucedido lo he imaginado”.

Caminé al frente, hasta llegar al costado derecho en donde una gran reja se alzaba. Estaba cubierta de hierba y olía a metal oxidado. Hurgué entre las hojas para encontrar algún agujero libre que me permitiera entrar o por lo menos ver el interior.

Encontré con mi tacto el gran candado que cerraba la verja y me fue inútil intentar forzarlo, estaba tan atorado por el desuso y la vejez como para ceder bajo mis manos así que seguí hurgando hasta que sentí algo duro por debajo, arranqué los tallos para dejar a libre vista el tablón de madera.

Reconocí las palabras que decía pero no comprendí a lo que se referían, lo que me dio aún más miedo que la frase en sí: “Adelántate, paso a paso hasta que des el último, para que dejes de ser un prisionero sin salir del calabozo, sin escapar de tu purgatorio”.

Me confundió el hecho de estremecerme cuando lo leí, no comprendí por qué sentí ese hueco en mi pecho de un segundo a otro, sólo supe que dejé de respirar debido a que no vi más mi aliento con mis exhalaciones.

Necesitaba entrar, aquel lugar hacía algo conmigo, nunca antes había tenido alucinaciones ni había perdido el control de mis nervios. “Debo escapar de aquí si no quiero enloquecer.” En ese momento sonaron otra vez las campanas, en esta ocasión me aseguré de contarlas, trece de nuevo. El tiempo transcurría tan lentamente, era imposible que hubieran sonado las campanas ya dos veces.

Reinicié mi búsqueda, había un agujero entre las rejas y el suelo lo suficientemente grande como para que mi cuerpo cupiera por allí. Me arrodillé y comencé a moverme a rastras haciendo caso omiso de las afiladas ramas que me lastimaban cuando me rozaban y de la tierra que se me encarnaba tanto en los antebrazos como en las rodillas.

Pasé los brazos y tomé lo que estuviera a mi alcance para hacerme fuerza con ello y pasar con mayor facilidad. Cerré mi mano en una rama seca que sobresalía de la tierra y esta crujió y se rompió. Acerqué el trozo quebrado y lo solté al darme cuenta de que no era madera sino un hueso lo que estaba sosteniendo. Ese susto repentino era justo lo que necesitaba para hacer que mi cuerpo cruzara del todo.

Medio esqueleto estaba fuera y el resto aún enterrado. Estaba astillado, razón por la que supe que era ya un esqueleto viejo.

Alcé la vista y me enfoqué en ver el cementerio desde dentro. Una parte estaba llena con lápidas de piedra talladas y el monte y la hierba que crecían sobre estas no permitían leer los nombres de las personas allí enterradas.

Hasta el fondo, en la parte más alejada, se alzaban los mausoleos con los cuerpos de las altas familias. No había nada en toda la zona que pudiera ayudarme así que comencé a adentrarme. Conforme caminaba el olor a putrefacción se hacía más denso y la brisa comenzaba a soplar en mi contra directo a mi rostro.

Volvía a tener las mismas sensaciones que cuando estuve dentro de la iglesia, esa sensación de que había alguien más aquí… “Es ridículo, todo se quedó allá dentro, ahora tengo que enfocarme en lo que hago, tengo que olvidarme de todo aquello que vi.”

Escuché un gruñido que me hizo detener, me volteé muy lentamente y me encontré de frente con un gran perro negro. Mi mente empezó a movilizarse esperando el ataque del animal pero este nunca sucedió, sólo permaneció quieto mirándome y manteniendo su distancia. Dudé pero decidí seguir mi camino. No podía explicar el por qué pero sentí curiosidad de ver que había más allá del cementerio.

Por cuanto más avanzaba más sentía que había algo que me llamaba y cuando me entraban las ganas de retroceder y volver por donde vine pensaba en el perro avanzando a mis espaldas y manteniendo mi paso con sus gruesas y largas patas.

Luego de un largo tramo recorrido dejó de preocuparme cualquier reacción instintiva del animal, no había hecho ninguna señal de ataque.

Las tumbas se iban haciendo cada vez más grandes y detalladas, marcando la diferencia de la clase social que poseían todos los sepultados ahí. Pasaron de ser un simple trozo de cemento grabado a altas lapidas rodeadas de arcos y estatuas de piedra y mármol. Ahora se convertían en grandes mausoleos.

Tardé en notar que el perro dejaba de seguirme y permanecía sentado en el límite en que estos iniciaban y se mantenía sentado en postura firme mirándome. “¡Qué extraño de un perro comportarse de esta forma! ¿Qué hay es este lugar que nada es como se supone que debe de ser?”

Las criptas eran hermosas aun en tan tétrico lugar, el mármol pulido aún no había perdido su fineza y por debajo de la suciedad se apreciaba su color. Colocado sobre estos había placas con letras de plata en las que se leían los nombres de las familias.

Me salí del estrecho sendero para continuar entre la maleza y la hierba mala. Al momento de hacerlo el perro comenzó a aullar fuertemente y pude notar su nerviosismo al momento de gruñir y rasgar el suelo con sus patas. Lo pasé por alto ya acostumbrado al comportamiento poco común del animal; este aumentó la fuerza de su aullido produciendo un bramido estruendoso que me penetró los oídos.

Decidí deshacerme de él sin importarme la reacción que pudiera tener. Bajé la mirada al suelo y la detuve en un montón de piedras. Me agaché y tomé las que mi mano izquierda fue capaz de sostener, con mi mano derecha lancé una a una y con fuerza.

Luego de varios golpes atiné uno lo suficientemente fuerte como para hacerlo chillar; se dio la vuelta y se dirigió corriendo en dirección a la iglesia mientras que sus aullidos disminuyeron conforme aumentaba la lejanía hasta volverse un sonido demasiado tenue.

A cada paso que daba mi cuerpo se sentía más pesado, algo que relacioné con el cansancio y la falta de alimento. Me era complicado levantar las piernas del suelo para dar un siguiente paso, no sólo se sentía como pesadez sino también como una presión del mismo aire, mis pulmones se bloqueaban y la respiración me resultaba dolorosa.

No podía regresar, algo en ese último y alejado mausoleo me atraía hacia él, una necesidad inexplicable, como si ese dolor fuera a terminar cuando diera mi último paso.

Conforme me acerqué todo empeoró pero en ningún momento aligeré mi paso ni me detuve a pensar en el porqué de mi obsesión.

Llegué de una vez por todas y dejé caer mi cuerpo contra el muro trasero. El dolor se volvía insoportable. Me arrastré apoyando mi peso en la pared para evitar caer de bruces al suelo. Llegué a la pared frontal y me apoyé en las puertas. Hice mi mayor esfuerzo para cumplir con una última cosa; sacié mi curiosidad de ver a quién pertenecía la tumba, estiré mi cuello para ver la placa de oro sólido. Mi alma se cayó al reconocer lo nombres pero aun así mi mente quedó en un completo estado de ausencia cuando vi el que se encuentra al final de la lista: el mío.

Las campanas comenzaron a resonar de nuevo y pude oírlas retumbar como si estuviera dentro del mismísimo campanario. Los aullidos del perro se hacían escuchar por encima del estruendo y todavía más cuando las puertas del mausoleo se abrieron. Todo mi cuerpo se encontraba apoyado en contra de estas y cayó, sentí algo empujarme desde el exterior hacia adentro.

Pero nada se compara al de las puertas cerrándose conmigo en el interior, dejándome sumido en la oscuridad. Las campanas se detuvieron segundos después, inconscientemente las estaba contando y por vez primera se detuvieron en la doceava campanada.

 

Aracelie Brando

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