Anzus

Estaba tan ebrio que orinó la bandera de la esvástica frente a un oficial de la Gestapo.

Kurt Beckert rio tan fuerte como le fue posible y arrojó la botella de ron a la pared. Se tambaleó mientras tarareaba “Sing, sing, sing” de Benny Goodman. Llevaba una gabardina negra, un bombín, una bolsa con sus runas vikingas, sus ganas de vivir, ser libre, burlarse de todo ese régimen nazi y el swing sonando en su mente.

También tenía algo más valioso: el conocimiento del futuro.

El agente de la Gestapo le ordenó que se detuviera. Kurt lo ignoró. Prefirió correr tan rápido como el alcohol en su sangre se lo permitiera. Escuchó órdenes y silbatazos, mezcladas con sus carcajadas.

Mientras intentaba perderse por las calles de Berlín, recordó que hace unos años aprendió a leer las runas vikingas. Una gitana le leyó el futuro con una seguridad tan apabullante que estuvo seguro que no podía mentir. Kurt cogió las piedras entre sus manos y las miró, fascinado. La gitana le dijo que su runa era anzus, la que designa al Loki, el dios nórdico de las bromas y travesuras. “Esta runa eres tú, muchacho, es tu personalidad y tu esencia”, dijo la gitana, con tono de voz que parecía una sombra parlante.

Al día siguiente, Kurt regresó con la gitana. Le dijo que quería saber el futuro. La mujer suspiró con fastidio. Sin duda estaba acostumbrada a que decenas de personas le preguntaran lo mismo al día. Para ella ver el porvenir era lo que para un oficinista mecanografiar un informe.

Echó las runas sobre la mesa. Examino las piedras con las inscripciones con ojo de cirujano. Isa. Jera. Jenaz. Perdo. De nuevo Anzus. Siempre que Kurt estaba presente, salía anzus, anzus, anzus.

— Habrá una gran guerra. Empezará con la invasión de Alemania a Polonia. Todas las personas diferentes pagaremos el precio. Judíos, homosexuales, comunistas y nosotros… con nosotros me refiero a ti y a mí: gitanos y muchachos que repudian el régimen de ese loco que ha llegado al poder: Adolf Hitler. ¡Pero no te preocupes! Él no ganará la guerra. Terminará suicidándose en su bunker cuando los países aliados lo aplasten.

Kurt se retiró de la tienda pequeña y decadente donde trabajaba la gitana. Nunca pudo agradecerle sus predicciones porque una semana después dos miembros de los sturmabteilung o camisas pardas la golpearon hasta matarla. Después cerraron su tienda. No quedó nada en el lugar salvo la runa de anzus, que Kurt recogió y guardó en su bolsillo, convirtiéndola en lo que para los soldados era la Cruz de Hierro.

— ¡Alto, maldito Swingjugend!

¡El maldito agente de la Gestapo lo estaba alcanzando! Aceleró la marcha y en su camino arrancó una esvástica de un muro, que usó para arrojarla en la cara del perseguidor y dejarlo estático al menos unos segundos, que aprovechó para dar la vuelta a la izquierda en un callejón.

Todos los nazis lo llamaban a él y a sus amigos “Swingjugend”, o “jóvenes del swing”, era un término peyorativo, aunque no tanto como “no ario” u otro peor: “judío”. La diferencia era que ellos eran ciento por ciento alemanes y asumían su esencia con orgullo y peor aún: con sorna hacia el gobierno de Hitler. Los jóvenes del swing surgieron durante la década de los 30’s. Una subcultura alemana influenciada por el swing que llegaba desde Inglaterra y América. Vestían con gabardina, bombín y se dedicaban a bailar y cantar todo el tiempo. Tenían ideas liberales y despreciaban todas y cada una de las palabras escritas en “Mi Lucha”. Entre sus libros favoritos estaba “Hermanos de sangre” de Ernst Haffner, que hablaba de la vida de los adolescentes alemanes después de la guerra.

Mientras más acumulaba Hitler su poder, menos alegría tenían los Jóvenes del Swing. Muchos de ellos fueron golpeados, gaseados y asesinados por los S.S. Cada día eran una especie a punto de ser extinta. ¿Eran más odiados que los judíos? Quizá, por el simple hecho de que ellos se reían de esos discursos que Hitler vomitaba, y sus carcajadas opacaban la voz de Tercer Reich. El problema es que había miles de judíos y jóvenes del swing no más de 300.

Kurt Beckert se reunía con sus amigos a bailar en salones que eran más sucios que el Ghetto de Varsovia. Se movían al ritmo de la dama Fitzgerald, agitaban manos y pies al son de Duke Ellington y admiraban a Glen Miller como nunca lo harían con Goebbels o Himmler.

Como en toda época de la historia, los influyentes son los que más tiempo duran en pie aunque violen la ley. Para la suerte de Kurt, su padre era dueño de “Beckert Press” una imprenta que publicaba folletos pro nazis y ejemplares de “Mein Kampf”. Eso le dio la oportunidad de conservar un ejemplar de “Hermanos de sangre” y hasta de imprimirlo para sus amigos. Logro salvar su novela favorita después de la monumental quema de libros del 10 de mayo de 1933. Pero Kurt no era miembro de la resistencia y no le importaba la política ni esa guerra que supuestamente estaba por comenzar, él solo quería divertirse y hacer travesuras.

Como el buen bendecido por Loki que era.

Igual que muchos jóvenes del swing tenía dieciséis años y toda una vida por delante.

Mientras el agente de la Gestapo lo perseguía, cantó a todo pulmón:

— Sing, sing, sing, sing everybody start to sing like dee dee dee, bah bah bah dah, now you’re singin’ with a swing…

Por fin llegó a su casa. Cerró la puerta con el cerrojo y se sentó en el suelo, recargándose en la pared. Jadeó como un perro sediento y tras unos minutos se puso de pie.

Entró en la sala, tambaleándose. Sus padres estaban sentados en un sillón y tenían una visita: un hombre delgado, alto, peinado con pulcritud hacia atrás. Tenía una sonrisa de equino y una nariz de bruja de cuento de Hans Christian Andersen. En su hombro llevaba un brazalete con la esvástica.

— Ehhh… eshteee… hooooo… holash —dijo arrastrando las palabras que ataba el alcohol—. Vengo de unna fieshhhta.

El invitado de sus padres lo miró con reproche. Casi con el asco que dedicaría a alguien que portase una Estrella de David en su camisa. Lo peor era que lo que reprobaba no era su estado alcoholizado, sino su atuendo, el de un Rebelde del Swing.

— Hijo —dijo su madre—. Queremos que conozcas a un buen amigo de la familia, Herr Joseph Goebbels. Él es…

— Oh, sí. El que le lame el bigotito a Hitler. ¿No?

Su padre se puso rojo de vergüenza y se tapo el rostro con la cara.

— No, hijo —lo corrigió su madre—. Es el ministro para la Ilustración Pública y Propaganda. Se encarga de absolutamente todo lo que tiene que ver con el arte y los medios de comunicación.

— ¿Usted es quien ha prohibido el swing y libros que no sean esa porquería de “Mi Lucha” o como se llame? Déjeme le digo que Thomas Mann, Franz Kafka y Hemingway escriben mejor. Pero nada como “Hermanos de Sangre”.

Se dio la vuelta y subió las escaleras, rumbo a su alcoba. Sabía que aquella sinceridad ocasionada por el alcohol la iba a lamentar. Demasiado.

Lo último que escuchó fue la conversación de Goebbels con sus padres.

— Su hijo es incorregible —sentenció—. No creo que le ayude afiliarse a las Juventudes Hitlerianas. Está podrido desde lo más profundo de su alma por el arte degenerado que nosotros condenamos.
— ¿Entonces qué podemos hacer? —preguntó la mujer.
— Bueno, Heinrich Himmler tiene un interesante proyecto, los llama Jugendschutzlager. Campos de concentración para menores de edad.
— ¿Y cree que eso sea una buena opción?
— La mejor —dijo Goebbels, con esa sonrisa ensayada que proyectaba millones de veces y quedaría plasmada en la Historia.

Kurt Beckert se echó en su cama. Estaba consciente de la idiotez que había hecho. Sabía las consecuencias, pero no le importaba. Después de todo, la guerra no sería eterna y Hitler se suicidaría.

Después de todo, como le dijo la gitana, en el futuro cantarían en los antros de Berlín: “La vida es un cabaret, vamos al cabaret”.

 

Bernardo Monroy

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