Doce campanadas – Primera parte

Cuando abrí los ojos me di cuenta de que me encontraba en una vieja iglesia, abandonada y oscura, yacía sobre una banca mohosa y fría por entre mis ropas. Todo a mi alrededor era oscuro y me tomó un tiempo dejar que mi vista se adaptara a la ausencia de luz. — ¿Qué hago aquí? ¿Cómo llegue aquí? —dije apenas en un susurro hecho para mí mismo.

  Me enderecé lentamente ignorando el dolor que recorrió todo mi magullado cuerpo y aun sin haberlo visto noté que estaba recubierto de cardenales. Una vez de pie miré a mi alrededor, todas las puertas se encontraban cerradas y el candelabro que colgaba sobre mi parecía de cristal negro, inminente desde arriba, todo se veía deteriorado como si nadie hubiera pisado el lugar en mucho tiempo. No podía distinguir si era día o noche ya que los cristales de las ventanas no permitían entrar un mero rayo de luz debido a la mugre adherida a ellas, y los hermosos vitrales que pudieron haber formado lucían tristes y amargos.

  Comencé a moverme en busca de la salida, escuché, con cada paso que di, el crujir de las tablas de madera y el eco que este generaba a través de la gran cúpula en el techo y me movía al lento paso que mi cuerpo me permitía.

  Al llegar a las grandes puertas de madera hice cualquier intento por abrirlas y salir de ese tétrico lugar, mas estas no cedieron bajo ningún peso, recorrí toda la superficie con la vista hasta que conseguí una ranura, me arrodillé y al ver a través de ella me di cuenta de las gruesas tablas clavadas de lado a lado en su exterior, que me impedían la salida; “¿Cómo logré entrar aquí? ¿Quién me trajo a este lugar?” pensé, “Es imposible pasar por la puerta principal, mas debe de haber alguna salida”.

  Ignorando el vello de la nuca que se me erizaba solo de imaginarme recorriendo la vieja iglesia, ya que aun así no se lograba comparar con el miedo inexplicable que sentí ante la idea de permanecer allí. Por lo que tomé ese incentivo para avanzar en mi búsqueda, decidí ir a el otro extremo en donde se encontraba el altar y mientras caminaba volvía la vista seguidamente, podía jurar que escuchaba personas sentadas en las ultimas hileras de sillas,

  Me detuve a medio camino cuando sentí mi zapato humedecerse y ví un charco en el suelo, alcé la vista para ver de donde provenía y al acercarlo a mi rostro me di cuenta de que no era agua lo que caía sino una sustancia que no logré reconocer.

  Escuché una de las puertas abrirse detrás del altar y me i vuelta rápidamente, lo suficiente como para ver que esta crujía al abrirse sin encontrarse nadie detrás, dudé antes de acercarme pero lo hice ya que me convencí de que mi temor no tenía razón alguna, que la puerta estaba tan deteriorada como para cerrar correctamente. Respiré profundamente y me dirigí hasta allá.

  Abrí del todo la puerta para poder pasar y noté que al igual que todo lo demás estaba húmeda y mohosa; hizo un chirriante sonido al moverse y al entrar noté que la habitación no se encontraba a oscuras si no que la llama de una vela refulgía en el suelo al frente de la pared contraria, en la que un largo espejo colgaba. El papel tapiz de los muros estaba roto y duro, me detuve delante del espejo y vi mi reflejo que apenas lucía como yo, lleno de suciedad.

  No paraba de preguntarme cuánto tiempo llevaba allíí y si alguien se habría preguntado por mi ausencia, ¿Me estarán buscando?,… el espejo reflejaba algo moviéndose detrás de mí, una silueta oscura, me di vuelta esperando tenerla cerca y con mi corazón latiendo veloz, pero no había nada, me dije a mi mismo que era solo mi imaginación, mi mente cansada que comenzó a ver ilusiones. Giré sobre mí y mi corazón se desenfrenó de nuevo, la vela únicamente alumbraba un muro vacío en el que no se hallaba ningún espejo.

  Tuve que habérmelo imaginado, era imposible que un espejo pudiera desaparecer en la nada, solo que se veía tan real. Tomé la vela del suelo y salí lo más rápido que pude de esa habitación, cerré la puerta detrás de mí y me aseguré que quedara del todo sellada, crucé el altar y me encaminé a la siguiente puerta, la que estaba al otro extremo.

  Me fue difícil abrirla por lo que tuve que arrojarme contra ella y terminé cayéndo al suelo una vez que esta cedió y solté la vela por la sorpresa de  sentir un aliento caliente en mi oreja izquierda, me levanté exaltado con la vela de nuevo en mano iluminando a mi alrededor, buscando de dónde provino el aliento pero no vi nada más que los muros pintados con manchas rojas, me acerqué con nervios a la pared más próxima y noté que estaban escritos y tachados, se veía tallado en el concreto palabras con lo que creí que eran versículos, y cada uno de los números de los versículos estaba manchado con una sustancia seca y roja, sangre. Retrocedí lentamente, deseando alejarme de esa imagen ¿Qué clase de ser sería capaz de semejante acción en una iglesia?

  Salí de la habitación y la cerré, viendo que la puerta del otro lado se encontraba abierta pero intentando ignorarla, no fue difícil, en especial porque mi atención estaba puesta sobre el atril en el centro del altar, estaba muy seguro de que no estaba allí cuando me moví a través de él.

  Ya cuando estaba junto a este vi la biblia postrada encima, abierta justo a la mitad, en la historia de Salomón, en el cantar de los cantares, historia que siempre me desagradó y procuraba evitar leer a menos que así fuera necesario. Quería tocarla y pasar alguna página pero por alguna razón cada vez que pensaba en acercar mi mano esta no respondía a mi orden por lo que decidí irme sin haberlo hecho.

  Pensé las cosas mejor y opté por subir al campanario y así poder ver desde lo alto en donde me hallaba. Al extremo izquierdo estaba la escalera de madera que llevaba a un balcón interior al lado derecho de la puerta principal.

  Todos los escalones crujieron bajo mi peso y varios de ellos estaban ausentes por lo que debí dar grandes zancadas para subir aferrándome fuertemente a la oxidada barandilla por miedo de que alguno se rompiera cuando me apoyaba sobre él.

  La puerta que conectaba con la torre esta zafada de sus vigas y puesta de lado entre el marco. Intenté moverla para despejar mi paso pero la madera era muy pesada así que me decidí a agacharme y pasar a rastras por debajo de ella.

  El frio me invadió desde el primer segundo, el clima halaba por mas que no había ni un solo atisbo de brisa en el aire y logré ver mi propio aliento blanco con cada exhalación que daba.

  La torre era un gran recuadro rodeado en cada pared con lo que supuse que antes eran ventanales y ahora eran simplemente espacios vacíos que llevaban a una caída al exterior. Del centro de la parte aún más alta colgaba una gran campana de bronce totalmente inmóvil con un juego de gruesas cuerdas que son haladas para hacer a esta sonar.

  Me aproximé al borde para ver hacia afuera y no logré reconocer el lugar. Solo veía árboles, un gran bosque a través del cual imaginé que alguna vez hubo un camino que conduciría hasta allí. El jardín de la iglesia estaba totalmente deteriorado, con un pasto tan alto como arbustos y hierba mala creciendo alrededor de esta allí por donde logre abrirse paso.

  Al costado izquierdo se veía un alto portón de barrotes negros que daba entrada hacia el cementerio de la iglesia que inclusive desde donde me encontraba noté que era muy extenso y al igual que todo lo demás estaba decrepito y con maleza creciendo en su interior.

  Sentí todo dentro de mi caer. No veía nada que pudiera ayudarme a descubrir donde estaba, ni siquiera ayudarme a ver alguna forma de salir de ahí.

  Eché a un lado mi desilusión, no podía desanimarme, debía hallar una salida así debiera dejar a un lado la debilidad que mi cuerpo sentía en ese momento y seguir. No veía nada alrededor, ni siquiera una minucia de civilización, así que si no lograba salir nadie iba a encontrarme, si es que acaso alguien me buscaba.

  Me volteé para encaminarme de nuevo abajo, me agaché para volver a pasar a rastras por el agujero cuando escuché la puerta desprenderse de donde estaba atascada y sentí su peso caer sobre mi espalda y aplastarme, amortiguando su caída sobre mi columna.

  De no haber sido por mi reacción, encogerme al momento de escuchar la madera zafarse, esta hubiera llegado a golpearme la parte trasera de mi cabeza dejándome inconsciente. Jadeé mientras intentaba escurrirme para salir por dejado de la puerta ya que sabía que no lograría levantar con mis brazos todo ese peso.

  Respiré profundamente para tomar impulso y en ese momento sentí una presión aun mayor en mi espalda que la anterior, justo antes de comenzar a escuchar la potente vibración del sonido de las campanas. En un pequeño espacio ente mi vista y la puerta divisé las cuerdas siendo jaladas de arriba abajo. Mi instinto reaccionó inmediatamente al verlo y mi mente se olvidó por un momento del dolor en mi espalda, lo suficiente como para salir.

  No me atreví a volver la vista atrás si no que me aventé hasta las escaleras. ¡Qué extraño! No se detuvo en la doceava campanada, fue una más, trece.

  Recorrí apenas la mitad de los peldaños cuando uno cedió ante mis pasos y se despegó de sus soportes.

  Caí al suelo boca arriba y me golpeé fuertemente debido a la altura que aún quedaba de caída. Cuando llegué al suelo mis piernas recibieron el mayor golpe pero no lograron evitar que mi cabeza, de igual forma, se lastimara por lo que se nubló mi vista unos segundos.

  Cuando volví a recuperarla tuve que adaptarme de nuevo a la oscuridad ya que perdí la vela en la torre y me sobresalté haciéndome arrojándome atrás al notar las marcas de debajo de los escalones, hileras marcadas con uñas como si la persona se hubiera aferrado a estas y aun se podían apreciar partes marcadas con sangre de las cutículas rotas.

  ¿Qué diablos ocurrió en esta iglesia? Me levanté retrocediendo hasta que quedé de espaldas contra la última hilera de bancos y escuché detrás unos pasos, rodeé mi cuerpo ahora todo inundado de miedo. Los pasos pertenecían a una mujer, no muy alta, que se sentó en la primera banca de la fila derecha.

  Caminé hacia ella pero con desconfianza, por esa vez no estaba seguro de nada de lo que ocurría. Era imposible que todo formara parte de mi imaginación, era demasiado real como para ser un sueño o una alucinación.

  Tenía un largo cabello negro que le llegaba a la parte superior de su cintura y una ropa que, aunque no anticuada, se veía pasada de moda, se sentaba en una postura totalmente recta. Antes de llegar junto a ella me decidí a hablarle primero, —Discúlpame, ¿Cómo llegaste aquí? —dije con voz quebrada a causa del nerviosismo.

  Como no reaccionó a mis palabras elegí colocarme frente a ella. Tenía la mirada clavada al frente con sus profundas pupilas inmóviles, tan tiesa que ni siquiera logré ver su pecho subir y bajar con cada respiración. Estiré la mano para tocarle el hombro, pero cuando faltaban unos centímetros para llegar se desplomó contra el suelo al tiempo que su cabeza chocaba contra el filo de la silla.

  Me arrodillé a su lado y le quité el cabello de su rostro pero solo conseguí ver los ojos abiertos de par en par, le toqué el cuello para solo cerciorarme de lo que ya sabía, que su corazón no tenía pulso.

  Nunca antes había visto un cadáver ni pensé que fuera a hacerlo por primera vez. Lo único que podía hacer era cerrarle los ojos con mis dedos y dejarla allí, ella ya no necesitaba salir tanto como yo.

  Me levanté al mismo tiempo que la puerta izquierda del altar se abría y la piel se me erizaba al sentir el mismo soplo que allí dentro me había causado tanta sorpresa. De la habitación salía un muchacho, un joven con traje blanco de monaguillo y manchas escarlatas que cubrían su túnica. Sus dedos estaban llenos de sangre y sus uñas estaban rotas, algunas inclusive arrancadas de la piel. En sus brazos y muñecas se podían ver marcas que supuse que eran moratones y cicatrices de viejas cortadas. Sus ojos eran totalmente negros, sin nada blanco ni ningún brillo.

  Me quedé totalmente quieto, pasmado ante lo que veía, el demacrado rostro del muchacho, su delgado cuerpo casi esquelético y sus ojos… Pasó a mi lado sin siquiera notar mi presencia, cuando me dio la espalda pude verlo bien, su traje estaba rasgado por detrás y su piel chorreaba sangre de cicatrices abiertas, marcas de latigazos.

  Subió las escaleras y se perdió de mi vista cuando entró a la torre, minutos antes de que comenzaran a sonar nuevamente las campanadas, de nuevo trece.

  Giré sobre mí y vi de nuevo los ojos negros, esta vez pertenecían a un padre, el sacerdote de la iglesia de pie junto al atril, en cuanto lo vi comenzó a leer en voz alta lo que yo había pensado que era una biblia cuando la vi debido a la historia que mostraba, pero en su lugar hablaba en un dialecto extraño.

  Estaba atónito, en su túnica también se veía una gran mancha escarlata y se transparentaba lo suficiente como para ver el cinturón que llevaba por debajo, el cual le clavaba picos dentro de la carne ubicada en torno a la cintura.

  No podía entender nada de lo que decía pero aun así los sonidos que realizaba eran suficientes para helarme la carne y congelar la sangre de mis venas. Todo en mi temblaba y mis piernas comenzaban a caminar hacia atrás deseando alejarse de semejante hombre.

(Continuará)

Aracelie Brando

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