La Progenitora

En la obscuridad de la noche dos sombras vinieron desde el fondo de la calle.
Eran dos sujetos en busca de tiempos mejores, tiempos en los que el dinero les ayudara a conseguir lo que querían. Estos sujetos venían armados con cuchillos y buscaban algo que les diera esa cantidad de dinero que tanto necesitaban. Casi al final de la calle había una casa con las luces encendidas; en el interior, por la ventana de la cocina, se veía a una mujer lavando los trastes y por la ventana de la sala, se veía a la pequeña bebé recostada en la cuna admirando su colgante.

Estos dos sujetos se aseguraron de que esta mujer se encontrara sola, dieron un par de vueltas por la casa y no alcanzaron a ver a otra persona; por lo que se dispusieron entrar por la puerta trasera. Ambos vestían de negro y Bill traía las mangas recogidas hasta los codos y se le alcanzaba a distinguir un tatuaje con la leyenda “Don’t trust bitches”, mientras Krull trataba de disimular su identidad con un gorro negro que le tapaba hasta la mitad de la frente.

Se saltaron la barda que da hacia el patio trasero y forzaron la puerta para entrar por un costado del cuarto de lavado y, evadiendo la cocina, se dirigieron hacia la estancia en donde se encontraba la bebé. Caminaron lentamente hacia ella y trataron de no hacer ningún ruido, pero Krull pisó un patito de hule que chirrió por toda la casa. Como ráfaga voraz, desde la cocina, salió un cuerpo que se paró frente a la cuna tapándole el paso a los dos sujetos que, anonadados, presenciaron cómo ese cuerpo que salió como rayo resultó ser la madre de la bebé. Con imposibilidad de moverse, los dos sujetos observaron al principio con asombro, después con intriga y al último con pánico total, cómo el cuerpo de esa madre crecía y se transformaba frente a ellos.

Fiera como una bestia, no dejaba de verlos ni les temía a pesar de que tuvieran sus cuchillos desenfundados. Sus ojos ya no eran carmesíes, eran amarillos y con una pupila tan profunda que de entre las tinieblas le salió una pequeña luz roja que se fue intensificando junto con su furia. Le brotó pelo de las manos, el cuello y la espalda, y su cuerpo parecía agrandarse hasta llegar al techo. Mientras, ni Bill ni Krull se atrevieron a dar la vuelta y huir, sólo siguieron con la mirada el crecimiento de la bestia hasta que su cuello se los permitió. De la boca de esta furiosa madre emanó un rugido que a cada segundo se hizo menos humano y siguió gruñendo hasta que sus fauces se vieron atascadas de mordaces y enormes dientes, con un cuarteto de colmillos que se perfilaron a atacar a la yugular. De un solo impulso saltó sobre los dos sujetos tirándolos en la mesa del comedor que con el peso de la progenitora se rompió imposibilitando a ambos evadir el resto de los ataques. Turnando sus zarpazos entre los dos sujetos, les destrozó sus tripas con las garras que arman sus manos casi patas y con la que en algún momento fue una rosada boca les mordió el cuello hasta lograr que se desangraran.

En medio del lodazal de sangre y de los alaridos de ambos sujetos, la bebé le hacía muecas a su colgante de nubes, arco iris y cigüeñas rosadas mientras, agitando sus piernitas, soltaba tiernas risotadas que le disimulaban el ruido de los huesos rompiéndose en las fauces de su amorosa madre.

Gilda Sinagawa Barona

 

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s