Estandarte

Por fin hemos ganado la batalla, hemos cobrado venganza.

Recorro el campo enemigo caminando entre los cráteres que dejaron nuestras bombas, mis pasos resuenan en las calles vacías de gente, de vida, de luz. El aire calcinado reclama mi atención, pero mis sentidos habituados al hedor de la muerte no se inmutan.

Ha sido una larga lucha a través de generaciones, de tiempos, de lugares consumidos todos por el fuego y la locura. Admiro nuestra obra: la destrucción como principio de creación. El cielo, ahora limpio y oscuro, extraña nuestros fuegos de artificio, los surcos de luz y humo dejado por nuestros misiles, las inútiles cargas de distracción del enemigo estallando en el aire y sus reflectores hiriendo la noche en busca de nuestros cazas.

A triunfado la cordura, hemos impuesto nuestras ideas, nuestro credo y nuestra visión del mundo. Hemos vencido a los herejes, a los nativos, a los inferiores. Los cañones hicieron oír nuestras voces, convencieron al equivocado y silenciaron al necio.

Ahora, ascendido a General, tengo la encomienda de coronar nuestra victoria, llevo el estandarte de nuestra nación, el símbolo del poder y de la estabilidad. Debo llegar hasta lo que queda de la casa de gobierno. Me enorgullezco del deber que me toca cumplir. Escogido entre los sobrevivientes de mi pueblo, que sobrepasamos por poco a los sobrevivientes del enemigo, debo culminar mi misión.

Los cuerpos destrozados de las víctimas del enemigo yacen por doquier sorprendidos por la eficiencia de nuestro quehacer, rodeo los escombros de un edificio que recuerda vagamente una escuela, veo los rastros de dolor que nadie siente ya. No hay lágrimas por sus muertos. No hay quien las derrame. Igual que ellos hicieron antes con nosotros, no dejamos lugar para el llanto ni el dolor, sólo para el odio y el rencor.

Oyendo las voces de mi padre y mi abuelo conocí la afrenta, el daño y la saña con que nos agredieron. Argüían sus equivocadas razones, nos impusieron sus dioses, destrozaron nuestros templos. Los pocos sobrevivientes conservaron  el alma de mi pueblo. Afortunadamente lo añejaron en coraje y resentimientos para darnos el valor de recobrar lo nuestro.

Y ahora aquí estoy, en medio de la noche y el paso del horror, sintiendo sobre mi espalda el orgullo de un pueblo y la muerte de otro. En una completa oscuridad y rodeado del vacío, arribo al corazón sin latidos del pueblo enemigo. Aquí se encontraba su esencia: sus poderes  y su gente. Es una zócalo  enorme, rodeado de las ruinas de edificios otrora altivos y orgullosos.

Como mudos testigos de mi profanación me ven atravesar ese desierto páramo de concreto, marcado por las cicatrices de nuestro poderío. En uno de los extremos del rectángulo se adivinan las ruinas de lo que ellos, en alguna ocasión, quisieron destruir: mi pueblo. Sobre esas ruinas erigieron los templos a sus dioses sepultando los templos de los míos.

Pero hemos sobrevivido a lo que ellos consideraron nuestro exterminio. Regresamos más fuertes y más convencidos. Clamamos venganza y la obtuvimos. Y la prueba la tengo en mis manos. Ahora que cruzo el patio de la casa de gobierno y de reojo admiro los murales que me cuentan la historia, me siento vengado, tranquilo y satisfecho.

Abro las puertas del balcón. El asta bandera espera su coronación. El resplandor de una nueva era dará inicio con el izamiento del símbolo de nuestra unidad, de mi pueblo. He cumplido mi misión.

Regreso a mi base envuelto en los primeros resplandores del amanecer, me apuro. No quiero ver lo que la noche me ocultó. Los detalles de nuestra victoria, el peso de la venganza. Tampoco me quiero topar con alguna de las miradas que me atravesaban hace unas horas, cargadas de odio, ahogadas en dolor. Por que sé, que las próximas víctimas… seremos nosotros.

 

Samuel Carvajal

 

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