2:22

El viento movía las hojas sobre las que escribía mi última voluntad, tristemente. Apenas empecé me di cuenta de que no tenía una última voluntad que escribir, “me cago en el cielo y el mundo que me parió y me jugó esta mala pasada” pensaba mientras ordenaba las hojas. Me quedé un rato así, observando desde lo alto el horizonte que se extendía ante mí, era hermoso, luminoso dentro de toda esa oscuridad. Las luces de la ciudad irradiaban alegría, ánimos, deseos de vida, lujuria, y ahí, arriba de aquel edificio llamado El Mirador estaba yo, en el apuro de mi vida, el reloj marcaba las once de la noche, en once minutos podría pedir mi deseo, uno ansioso y lleno de esperanza, al menos eso pensaba, pues me sentía delirar, llevaba más de cuarenta y ocho horas despierto y mucho me temía que si me quedaba dormido todo volvería a empezar. Literalmente.

Tomé las hojas, recargué la pluma y me dediqué a escribir el inicio del tortuoso camino de mis horas privado de sueño, no porque quisiera sino como una muestra física de que no me estaba volviendo loco, un testigo mudo de algo que aún no es, no fue pero que será. Trataré de ser lo más claro y elocuente posible, por si alguien encuentra estas hojas flotando  al final de la calle.

Empezó el sábado, fue mi día de descanso, al trabajar en tres turnos, aunque fueran rotados, terminas perdiendo la noción del tiempo, día, noche, tarde, mañana, y por ende, el poder del sueño. Llevaba dos semanas con insomnio, pensando únicamente en los tiempos de entrega del metal que salía para la costa. Llegaba a casa exhausto, mis ojos eran un mar de arena ardiente, lo único que buscaba, después de cualquiera de mis turnos, era dormir, dejar de escuchar el choque del metal contra el metal, las sierras eléctricas, los camiones, los gritos de mis compañeros.

Al llegar a casa mis dos pequeños hijos corrían como faunos sueltos en medio del campo silvestre, sólo que este campo tenía la medida de una casa habitación convencional, de esas pequeñas, haciendo un revoltijo de cosas. Al verme saltaron encima de mí, nunca se llegará a entender ese pequeño halo de felicidad hasta no ser padre, es una ley divina, universal. Sus risas, sus abrazos, sus miradas llenaban mi ser con un poco de su energía, me devolvían a la vida, pero sólo por unos instantes, luego, como el soplo de viento sobre un barco de papel, regresaba arrastrándome a mi habitación, a mi cama, a ese reino de ensueño reparador. Pero nada. Mi mujer trato de darme remedios caseros para combatir el insomnio: tés, huevo crudo, cerveza, vino, sexo. Todo era bueno pero el sueño no llegaba y cuando lo hacía, era en pequeñas oleadas de dos a tres horas como máximo. Y luego vino ese sábado.

Vimos una película sobre animales que cantaban, Dios mío, ¿qué película no trata sobre animales que cantan? Llevé a los niños a sus camas, los arropé, el más pequeño de ellos levanto su rostro y me sonrió, me dijo que me amaba y volvió a quedarse dormido, adoré eso. Fui a mi habitación, mi mujer estaba lista para dormir, “¿cómo te sientes?” preguntó. “Cansado” fue lo único que contesté. Me tomó entre sus manos, me acaricio el mentón y me besó. “Mañana iremos al doctor, aunque te quejes” dijo y acto seguido se quedó dormida. Hice lo mismo y milagrosamente no tuve problemas para conciliar el sueño. Hasta que dieron las dos veintdós de la mañana.

Abrí los ojos y vi la completa ausencia de luz en la habitación, estiré la mano hasta alcanzar mi celular que estaba sobre el buró de mi lado de la cama, lo encendí y eran las dos veintidós de la mañana, me levanté y fui a orinar, salí, me lavé las manos y pasé por el cuarto de los niños, ambos dormían, llegué a mi habitación y me acosté junto a mi esposa, la abracé y comencé a caer en los brazos de Morfeo. Desperté nuevamente y vi todo oscuro, sabía lo que significaba, otra noche sin descanso, otro pseudo reposo fallido, dolores de cabeza, día interminable, levanté nuevamente mi celular y vi la hora: dos veintidós a.m. Me recargué sobre un brazo, me rasqué los ojos, dejé el celular en su lugar, me levanté y volví a orinar, después pasé por el cuarto de los niños y regresé a la cama, abracé a mi esposa y me estaba quedando dormido nuevamente cuando caí en la cuenta. “Esto ya lo había hecho”

Me senté al borde de la cama, me rasqué el mentón, mande todo a chingar su madre y me volví a acostar, me estaba sintiendo descansado, y volví a caer dormido. O al menos eso sentí.

Dos veintidós a.m. Nuevamente estaba despierto, viendo el celular, con ganas de orinar y con las ideas revoloteándome la cabeza, “¿Estaba bien?, ¿Era normal?” Caminé hacía la sala, prendí el televisor y el canal de noticias marcaba las dos veinticinco a.m. Fui al refrigerador, tomé agua fresca y regresé a la cama, debía estar soñando que soñaba, me acomodé y dormí nuevamente.

Dos veintidós a.m. Algo no estaba bien, algo definitivamente no estaba bien, la misma hora y los mismos eventos, orinar, ver a los niños, regresar a la cama, pero antes volví a prender la televisión, vi el canal de noticias y era la misma imagen, el mismo reportaje, con la misma jodida hora. Sentía cómo el aire comenzaba a escasear, cómo el miedo comenzaba a gobernar el timón de la noche, cuando todos los miedos son reales, factibles y están ahí para acecharte y no dejarte tranquilo. En las noches todos los temores se vuelven realidad y carcomen el alma de las personas. Me desmayé y caí de golpe al piso.

Desperté y estaba sobre mi brazo izquierdo, levante el rostro y busqué el celular, lo tomé y dude en prenderlo, sabía qué hora sería aun incluso antes de apretar el botón de encendido. dos veintidós a.m. Esta vez ni siquiera fui a prender la televisión, caminé hacia mis niños, les di un beso y regresé a la cama, abracé a mi esposa y me quede ahí, sin pestañear, pensando en el verdadero terror nocturno, en el hecho ineludible que se presentaba, no volvería a ver despiertos a mi familia. Fue cuando comencé a experimentar con el tiempo.

Seis a.m. Seguía despierto, sentía el cansancio haciendo mella en mis ojos, ojos llenos de arena, llenos de cansancio, de miedo. Siete a.m. levanté a los niños para prepararlos a la escuela, yo mismo les hice el desayuno, mi mujer se sorprendió de verme tan activo y al mismo tiempo tan cansado “Ve a dormir” me dijo, “no, no puedo, si no…” no terminé la frase, la besé y seguí con otras tareas, ella me detuvo con cariño. “Mi amor, los niños no van hoy a la escuela” era domingo, lo había olvidado. Me disculpé con ellos, lo abracé y nos fuimos a ver televisión, había un maratón de Transformers, la caricatura de los noventas, mis niños estaban emocionados, mi mujer lavaba, la luz entraba por una de las esquinas de la puerta del patio, el sonido de la lavadora resultó arrullador, relajante, hipnótico, después, nada.

2:22 a.m.

“¡Hijo de la gran puta!” Maldije, despertando a mi mujer, sobresaltada, me disculpé y la abracé, nuevamente habría que empezar, once a.m. Ya había pasado el mismo ritual, esta vez sin despertar a los niños, ellos solos despertaron a las ocho y treinta de la mañana, desayunamos, salimos, mis ojos ardían, me sentía mareado pero sabía que podría lograrlo, entonces cruzó una idea loca por mi cabeza, si me mantenía despierto hasta las dos veintidós de la mañana del lunes tal vez podría romper ese ciclo y regresar al tiempo habitual, de algún modo mi yo físico y espiritual se quedaron atrapados en un loop de tiempo, el de las dos veintidós y si lo pasaba entonces regresaría a mi tiempo normal. Al menos eso creía. Debía resistir. El resto del domingo fue un domingo habitual, no fui a la iglesia con mi familia, pues sabía que el sermón me haría dormir y era lo que menos necesitaba, en su lugar sintonicé el futbol americano, compré cuatro latas de Red Bull y me puse a hacer ejercicio, debía mantenerme ocupado, una vez llegada la familia, comimos pollo con sopa de arroz, salsa verde y tortillas de maíz hechas en casa, todo iba bien, el sueño no había aparecido y entonces nos dieron las cuatro de la tarde y con ella el tan mentado “mal del puerco” mi mujer y los niños durmieron y yo estaba tentado a hacerlo.

Salí a la calle, caminé un largo rato, esquivando transeúntes, autos, ciclistas, perros, llegue a la periferia y regresé sobre mis pasos, mi teoría sobre la hora era cada vez más sensata, estaba más seguro de mí mismo, sabía que lo iba a lograr, lo sabía, a las nueve de la noche los niños ya dormían, mi mujer, harta y cansada haría lo mismo, yo estaba indeciso, podría ir a la tienda y comprar más Red Bulls, saltar la cuerda, ver televisión a un volumen estridente, pero luego se me ocurrió algo mejor. Le hice el amor a mi esposa, la llevé a la cama, le masajeé los pies, los chamorros, las corvas, los muslos, le besé el vientre, los pechos, el cuello, los labios, pasamos, yo creí, la mejor noche desde tantas noches atrás, ella durmió con una sonrisa plácida, contenta, yo volví a caminar a la sala, una a.m. una hora y veintidós minutos más y lo lograría.

Más Red Bull, porno, paja, otro Red Bull, caminar, restregarme los ojos y darme cachetadas, dos a.m. “vamos” me decía, “sólo veinte minutos más” rayoneaba en una libreta, garabatos, frases, dibujos malformados. Dos diecinueve, lo había logrado, era un campeón, el dios del tiempo, el nuevo padre nuestro, me fui a la habitación, me acosté, abracé a mi esposa, esperé con el celular en la mano, lo encendí: lunes, dos ¡veintitrés! a.m. Lo había logrado, respiré el aroma de mi mujer y me volví a quedar dormido, tranquilo, a sabiendas de que el lunes sería mejor, aunque no hubiera descansado casi nada.

Domingo dos veintidós a.m.

Estaba sentado en el pasillo que comunica la sala con las habitaciones, recargado en uno de los pequeños sillones, me sentía exhausto.  ¿Cuántas veces lo había hecho ya? ¿Cuántos días completos había estado despierto, esperando romper el ciclo de las dos veintidós? ¿Qué había hecho mal? Me levanté y caminé por la sala, di vuelta tras vuelta, me vi en el espejo, nada había cambiado en mí, sólo los ojos cansados de siempre. “Tal vez estaba muerto” pensé, “tal vez morí mientras dormía, a las dos veintidós de la mañana y era mi alma en pena repitiendo los sucesos una y otra vez, como un ser maldito condenado a vagar en las extensiones circulares del tiempo, por siempre y para siempre”. Entonces la vi. La libreta en donde había hecho los garabatos mientras esperaba la primera vez, los rayones seguían ahí, los dibujos amorfos seguían ahí ¿Cómo carajos es que los rayones estaban ahí, si dentro de la línea de tiempo aún no los hacía?

Dejé la libreta. Fui a la habitación, tomé uno de los labiales de mi mujer y rayé en el espejo “Estoy atrapado” y después me fui a “dormir” nuevamente. Dos veintidós, el letrero seguía ahí, ¿Qué significaba eso? ¿Cómo podían las letras escritas trascender de un tiempo a otro? Me senté y comencé a meditar los sucesos, conté las veces que había despertado a las dos veintidós desde que me acostará la primera vez, ocho en total, no, nueve con la prueba del lápiz labial, cavilaba la información. Dos veintidós ¿qué putas madres tenía de especial esa hora? ¿Y si era una pesadilla? ¿ Y si necesitaba saltar, para despertar de la pesadilla? Pero ¿y si no?

Volví a repetirlo todo, cada movimiento, cada hora, sin dormir, cada juego, cada programa, cada garabato nuevo, cada Red Bull, cada noche de sexo, cada mancha en el espejo, cada abrazo, cada beso, cada “te amo” a cada uno de mis hijos, lo repetí al menos otras ocho veces, no había modo de salir. Lo intenté todo, incluso llegar al lunes, al martes, al miércoles, me estaba volviendo loco, todo era lo mismo, una copia, de la copia, de la copia, mis nervios estaban destrozados, no había dormido, nada, entonces vino la resolución. Necesitaba descansar, con urgencia, dormir, no despertar a las dos veintidós de la mañana.

Tomé las llaves de la camioneta, unas hojas sueltas que tenía disponible y una pequeña tabla para apoyar, sin olvidar la pluma, de esas que no saben fallar. Conduje hasta el centro de la ciudad, al viejo edificio El Mirador, aquí fue nuestra primer cita, le dije a mi mujer que le mostraría el borde del mundo que conocíamos, las luces del cielo reflejadas en el suelo, aquí fue donde le dije que la amaba y que nunca la dejaría. Traté de mantener mi promesa, lo juré mil veces, mientras estaba en el borde del edificio. El viento movía las hojas sobre las que escribía mi última voluntad, tristemente, apenas empecé, me di cuenta de que no tenía una última voluntad que escribir, ni siquiera sabía que pasaría una vez que cayera, revisé lo que había escrito. Parecían las locuras de un demente, los desvaríos de un afectado por el insomnio, volteé al cielo, a las estrellas mirándome desde su lugar, la luna bellamente dibujada sobre el oscuro mar espacial me veía como testigo mudo, apreté las hojas a mi pecho, cerré los ojos y salté.

Vi las estrellas alejarse, luego las luces acercarse, luego nada.

Lunes dos veinticinco a.m.

Desperté con un grito ahogado, sudando, llorando, mi mano buscó rápidamente el celular, lo prendí, era lunes, eran las dos veinticinco de la mañana, lo había logrado, había despertado, había terminado la pesadilla, lloraba y reía al mismo tiempo, se había acabado al fin, sólo fue eso, un sueño, un agobiante sueño.

Luego, como el antiguo terror nocturno, volví mi mirada a mi pecho y mi otra mano sostenía los papeles que había escrito en la azotea del El Mirador, cada palabra seguía marcada ahí, cada punto, cada coma, cada suplica hiriente seguía ahí marcada, no había acabado, sólo había empeorado. Ahora la habitación estaba sola, la casa también, ni rastro de mi mujer, ni de mis hijos, estaba solo en aquel espacio gris nocturno, en una nueva área de tiempo, atrapado.

Deje caer las hojas al piso y regresé a la cama, ya dormiría de nuevo, las veces que fuera necesario, el tiempo que fuera necesario, luego… Luego lo intentaría de nuevo.

Otro salto.

 

Sobre el Autor: Jorge Robles (Gomez Palacio, Dgo) – Diseñador Gráfico, ilustrador y escritor,autor de la mini serie en cómic “2010” y artista del cómic oficial del equipo profesional de basketbol de La Laguna, los Algodoneros, titulado “ALG”

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s