La invocación de Eich-Pi-El

I

13 de marzo de 2018.

El guía frunció el ceño y me indicó, señalando con una mano, la dirección que debía seguir. Sus palabras, ininteligibles, eran una mezcla amorfa y desarticulada de holandés, inglés y algún otro idioma europeo que no alcancé a distinguir, sin embargo, ambos hablábamos el idioma del dinero y pudimos entendernos lo suficiente para llegar a un acuerdo comercial básico. El hombre, aunque joven, era poseedor de unas facciones erosionadas por las drogas y la vida en la calle; enormes cañones adornaban su sien y depresiones parduzcas descansaban bajo sus ojos, en una geografía de la decadencia totalmente deprimente. Podría pensar que, a esas alturas, no existía cosa alguna que él hombre no hubiese visto en sus treinta y pocos años de existencia, sin embargo, en ese momento pude percatarme del temblor en su boca, temblor que atribuí a la resaca, pero que en realidad era indicio de algo más, algo que, en ese momento, no habría podido imaginar ni en mis delirios lisérgicos más extraños.

Me alejé del junkie tratando de olvidarme de su miseria y encaminé mis pasos hacia una densa mole de concreto, un conjunto de habitaciones que ni siquiera aparecía en los mapas de la ciudad; al parecer, las autoridades del lugar la mantenían clasificada como un área condenada a la demolición, pero la documentación que pretendía dar cumplimiento a tal ordenanza yacía oculta en una montaña de papeles dentro de alguna oscura oficina gubernamental perdida en el mar de la burocracia. La fecha se postergó indefinidamente y con el tiempo los lugareños y las mismas autoridades habían aprendido a voltear a otro lado y a cerrar los oídos cuando alguien mencionaba su existencia anómala. Un punto tóxico dentro de una ciudad enferma.

 

Querido Bho-Blôk:

Como bien sabes, desde mi rompimiento con la señorita Green he vuelto a sufrir aquellas pesadillas que me han aquejado durante toda la vida y, la verdad sea dicha, no es que desee prorrumpir en gimoteos innecesarios; alguna vez comenté con Two-Gun Bob que estos malos sueños, bajo la tutela de Hypnos, me han dejado secuelas positivas para la buena salud de mi imaginación, sin embargo, considero que en este caso son diferentes, pues me dirigen por senderos no explorados en el pasado. No es necesario que te diga mi opinión con referencia al sexo y, a pesar de ello, creo que mis sueños me dictan obscenidades distintas a mis principios; hace tan sólo unos días me he despertado agitado y sudoroso tras un sueño tan vívido que no he podido, inicialmente, distinguirlo de la realidad; me soñé en un momento indefinido del tiempo, no era aquí ni ahora sino un lugar y un momento de degradación absoluta, de violencia vulgar y falta de pundonor. Caminaba en ciudades podridas y oxidadas, entre vitrinas de cristal en donde mujeres se tocaban en forma lasciva mientras la iluminación se trasmutaba a un arcoíris insano que oscilaba en una variedad de colores lúgubres, del amarillo al magenta y otros tan indescriptibles que sólo podrían surgir de las profundidades del tártaro. Ahí, entre la inmundicia, descubrí a una mujer con ojos tan profundos como el espacio mismo, coronados de estrellas que aullaban nombres de dioses muertos. El aire que cruzaba por su boca se convertía en el rugir de un vendaval nórdico. Susurró una sola palabra: “Víbora” y fue entonces que desperté; en ciertas y perturbadoras formas que prefiero no abundar, el sueño trasgredió la barrera que lo separa de nuestro escenario cotidiano y mancilló mi cuerpo con el derramamiento de fluidos ofensivos y poco decorosos. Espero sepas comprender.

Tuyo afectísimo: Eich-Pi-El.

 

II

Decir que la zona constituía una aberración estética era rasguñar, apenas, el verdadero riesgo del lugar, atribuir su peligrosidad a la delincuencia que había encontrado en ella su reinado tampoco reflejaba lo que en realidad era; todo el mundo, locales y foráneos, como en mi caso, sabíamos los peligros inherentes a sumergirse en aquel océano de detritus pero había otros hechos, situaciones que sólo podían intuirse a través de los rumores, de las leyendas urbanas y los cuentos de los viejos, ideas virulentas e infecciosas que se movían despacio, hurgando por las alcantarillas del pensamiento social y colectivo a la búsqueda de presas atraídas por una promesa nebulosa.

Caminé por el laberinto de callejuelas oscuras, esquivando a drogadictos demasiado perdidos en su propia mente como para representar un problema, rechacé con la palma de la mano los ofrecimientos sexuales de hombres y mujeres de diversas edades, ignore a los camellos que me ofrecían cocteles de ácido; no, no era ajeno a ninguno de estos placeres, pero en aquel momento no había en mi cabeza sitio para otra cosa que no fuera “el espectáculo”, un evento underground al que se accedía por invitación y cuyas fechas de presentación por todo el continente europeo se daban a conocer por el boca a boca. Había criterios de selección, no era el dinero ni la belleza física, tampoco lo era la fama. El juicio era demasiado errático para adivinar las intenciones de los patrocinadores, pero algo era seguro, recibir una invitación era una oportunidad que pocos podían ignorar, se aseguraba que lo que ahí pasaba te cambiaba la percepción de la existencia… aunque, ¿quién sabe en realidad?, tal vez tan solo fuera un espectáculo extravagante y si así fuera el caso, no creo que exista algo más exótico y extraño que lo que mis ojos habían contemplado en Asia años atrás.

 

Querido Bho-Blôk:

Antes que nada, habré de disculparme por mi falta de cortesía al evadir la respuesta a las muchas cartas que se acumulan en mi despacho como hojas de un árbol en otoño. He de confesarte que no me encuentro del todo bien, los dolores internos son cada vez más fuertes y estas dolencias me impiden incluso el alimento más básico, lo que me ha mantenido en cama la mayor parte del tiempo. Hace unos días vino una auxiliar sanitaria a cuidarme tras la partida de mi familia a realizar tareas de exigencia cotidiana, todo ello a pesar de mis objeciones. Te doy mi palabra mi muy apreciable amigo, que traté de ignorar a aquella mujer y, tal vez sería la morfina lo que me produjo tales visiones, pero, por momentos, pude vislumbrar pequeñas interrupciones de otros mundos, otra realidad que me mostraba que la fémina en cuestión era sólo el envase vacío de una entidad distinta a la que en ese momento se presentaba ante mí. Conoces bien mi respeto al cientificismo así que podrás conjeturar lo que pasó por mi mente cuando vi que las imágenes reflejadas en los espejos de mi habitación manifestaban a una entidad ofídica antropomorfa, los ojos verdes como destellos de jade me crearon un profundo malestar interno que, a pesar de los días transcurridos, me sofoca y me impide la claridad de pensamientos para ordenar y estructurar lo que sé que constituirán mis últimos escritos.

La mujer no regresó nunca después de ese día, sé que mi psique no podría soportarlo; cuando ves abruptamente romperse el delicado equilibrio entre ficción y realidad tienes que reconocer que existen cosas en el mundo más horribles que aquellas que se elucubran en las profundidades de la imaginación pervertida de los hombres.

Con respeto, ante la voluntad implacable de Yig: Eich-Pi-El.

 

III

Apuré el contenido de mi vaso a pesar de las trazas amargas que dejaba en mi garganta. Mi mano temblaba y un buen chorro de absenta cayó sobre el pantalón mezclándose con los restos del semen que mancha mi bragueta. En una mesa de fondo, un grupo de tres hombres ataviados con trajes oscuros levantó su copa en un supuesto gesto amistoso, les devolví el saludo tímidamente y entonces me percaté de la cantidad inhumana de dientes que adornaban sus sonrisas.

            En la pista, improvisada sobre una tarima de madera bajo las luces rojas y azules que intentan ocultar el horror, un ser hermafrodita; abre las piernas ofreciendo variopintos placeres a un hombre que ha asaltado el escenario impulsado por la cocaína; su nariz manchada de blanco lo hace ver como un bufón siniestro, uno que jamás será invitado a la fiesta de niño alguno. Chico/Chica se mueve al compás de una música extraña, un ritmo inusual de tambores e instrumentos poco convencionales, su cuerpo, afectado por la polio y tatuado con un singular patrón de rombos en distintos tonos de verde, a manera de escamas, se retuerce como una grotesca serpiente mientras apura a bajar el pantalón del tipo que ahora la acompaña. Trato de desviar la mirada, pero me resulta casi imposible, ahí donde poso la vista puedo ver su imagen reflejada en una miríada de espejos colocados en distintos puntos estratégicos de la bodega.

Una pequeña corriente de aire frío recorrió el lugar, la flama de las velas que adornaban las mesas se apagan mientras en el escenario las luces disminuyen su intensidad fundiéndose en un tono violáceo que hace que la habitación se torne oscura mientras en el piso y las paredes comienzan a resaltar una multitud de símbolos previamente dibujados con pintura fosforescente. En ese momento el ambiente se tornó “etéreo”, a mejor manera de poder describirlo. Vi absorto entre pensamientos distantes, al junkie que vomitaba y gritaba obscenidades mientras trataba de retirar su miembro flácido aprisionado por los pólipos oscuros que surgían como rabiosas mambas negras del interior de la vagina de Chico/Chica.

La multitud aplaudió. La multitud gritó jubilosa. La multitud comenzó a diluirse ante mis ojos, con parpados demasiado pesados para sostenerse y mantenerse abiertos. Y entre todo el bullicio logro escuchar una sola palabra marcando la pauta de un futuro incierto.

“¡Fhtagn!”

Y sueño.

 

Para Bho:

Ya no puedo seguir, Bho, es el final y tengo que admitir que estoy decepcionado. Mi vida no logró ningún cambio en este mundo así que asumo que mi muerte tampoco cambiará el curso de los hechos. La víbora, esta entidad más allá de nuestro tiempo me observa a través de los espejos y trata de dirigirme hacia el logro de sus particulares fines. Proveniente de un mundo incierto, de un mundo formado por execrables efluvios y detritus sexuales, se autonombra la gran Madre Reptante, con una boca repleta de apéndices tentaculares con terminaciones ciclópeas que hablan en crípticos íconos de tono amarillo, como la piel de aquellos horribles bastardos orientales, auténtico lenguaje viviente. Me siento usado, como un títere que acaba de descubrir sus hilos, mi alma inmortal, si es que existe, está siendo invocada por mercaderes de la carne para escriturar el libro definitivo, aquel que despierte al panteón innombrable, a los verdaderos dueños de nuestro mundo. Traeré el apocalipsis muy a pesar mío pero tal vez, entonces, finalmente la gente recuerde mi nombre.

Eich-Pi-El.

13 de marzo de 1937.

 

 

 

Sobre el Autor: Alberto Medina J. (Morelos, 1974) – Tras alejarse paulatinamente de la tercera década y después de devorar cantidades ingentes de cultura pop, decidió  participar en el Taller 7 de Sergio Gaut vel Hartman para, posteriormente, enviar algunas colaboraciones a las Antologías de El Under Ediciones (México), siendo publicado en 2 de ellas, “Nahuales y Chamanes” y “Brujas, magia y hechiceros”. Así mismo, historias de su autoría han sido publicadas en medios online, tales como la revista electrónica “No lo leas” y el blog de Sergio Alejandro Amíra (autor chileno), “Calabozo del androide”.

 

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