La Hacienda del Muerto.

Multitud de estrellas brillan sobre el árido terreno del que brotan ruinas de adobe con varios siglos de edad, una exhacienda con sus estructuras derruidas, aquí una capilla con techos altos y paredes agujeradas, allá lo que se adivina fue la casa de los patrones con sólo montones de ladrillos apilados, ya sin techos, ya sin vidas. Era el paraje favorito de Eriberto, el que solía visitar de adolescente cuando empezaba a tomarle el gusto a las excursiones por estas regiones.

— Sí, en aquella noria fue —rememora Eriberto con la vista perdida y la voz cansada. Emmanuel y Osvaldo lo escuchan con atención a la luz de una pequeña fogata que proyectaba sus sombras en los muros ocres. Los tres conocen la trágica historia pero saben que es una cortesía dejar que el protagonista la narre.

“Fue hace seis años, ya saben, cuando las cosas estaban feas en todo el país y más por estos lares. Secuestros, balaceras, extorsiones” Emmanuel sentado sobre su saco de dormir, con la vista gacha hace dibujos en la tierra con un palito. Osvaldo fuma parsimoniosamente.

“Papá acababa de morir cuando un abogado salido de no sé donde nos llamó para decirnos de la herencia; mis hermanos y yo nos sorprendimos porque desconocíamos los enjuagues del viejo. Un billete, un billetote que nos repartió. Terrenos aquí en García, naranjales en Montemorelos, porquerizas en Sabinas. Un mundo de lana y nosotros sufriendo para hacernos de nuestros estudios por nuestros propios medios. Sí era cabrón el viejillo. Y más porque le salieron hijos regados por medio Nuevo León. Y todos alcanzamos dinero o propiedades”.

“Cabrón y ponedor a parte” dijo sin mucha gracia Emmanuel que trabajó buen rato como agente de la ministerial. Ahora estaba semiretirado y daba asesorías de seguridad a empresarios de la región.

“El caso es que más tardé yo enterarme de lo que me tocaba, poner en venta lo que me dio la gana poner en venta y agarrar la lana que eso valía, que lo que se tardaron ellos en levantarme. Y bien raro, porque sólo los familiares directos supimos del reparto. Nunca supe por dónde me llegó la bola”. Un silencio en el frío del desierto que ya se dejaba sentir los envolvió a los tres. Los dibujitos en la tierra cesaron, las bocanadas del cigarro se elevaban en el aire prístino de la noche.

“Fue ahí sobre avenida Leones, iba llegando a la casa que es su casa cuando me cerraron dos camionetotas negras. No me dejaron ni decir pío. Me treparon a una de ellas, me pusieron cinta gris en la boca, una venda en los ojos, cinchos de plástico en las muñecas y finalmente me taparon la cara con un saco de yute que apestaba a café.
Me trajeron dando vueltas como tres horas, me mentaban la madre, me daban cachazos, amenazaban con matar a mi familia, ya sabes, lo que siempre hacen esos cabrones” Una mirada a sus compañeros de acampada.

“Me dejaron tres días encerrado en algún huacal con techo de lámina, piso de tierra y paredes pelonas de block. Como cincuenta grados en el día, como a cinco en la noche, supuse que estábamos cerca de Monterrey. De vez en cuando se acordaban de darme agua o dejarme hacer mis necesidades. Después me trajeron hasta aquí. Ya en eso salió el peine: querían la herencia, terrenos incluidos. Este por ejemplo, que hasta en ese entonces supe que era del viejo y después mío.”

“Pero por lo que veo este no se lo quitaron, compadre” Afirmó entre dudas Osvaldo, que era su amigo de toda la vida. Que algunas veces de joven lo había acompañado a acampar justo en ese lugar. Claro antes de que los asustara lo que rondaba por ahí.

“¿Cómo dice, compadre?” Osvaldo olvidaba la sordera parcial de Eriberto así que repitió el comentario con voz más alta.

“Sí pero deje le digo cómo lo recuperé”.

Otro cigarro, más dibujitos en la arena. Otro leño al fuego.

“Ya que se cercioraron de lo que estaba a mi nombre me lo cantaron: Mira, cabrón, sabemos que tienes esto y esto a tu nombre, sabemos que ya vendiste esto otro y te dieron tanto. No, si bien que hicieron la tarea esos weyes. ¿Cómo? Sepa la madre, siempre he querido saber. Claro que yo lo negaba todo y me hacía pendejo pero, pos no crea, los tablazos en las nalgas duelen, la sed cala, y las amenazas a su familia le encogen los tanates. Viendo que yo no aflojaba, los tablazos subieron de tono hasta que me soltaron uno en la sien izquierda. Por eso la sordera, compadres”.

Los compañeros aparentaban no saber tanto detalle del trance de su amigo. Escuchaban en silencio compartiendo una botella de mezcal que viajaba de mano en mano.

“Viendo que no me doblaba aplicaron eficientes técnicas policíacas, ya la que de plano sí me hizo hablar fue la de la noria. Sí, esa que está ahí.” Ambos voltearon al hueco rectangular que había en el piso al centro de lo que fue un gran patio. El paso del tiempo desapareció el brocal, siempre había estado protegida por una reja metálica, en ese entonces los maleantes la quitaron para usarla como elemento de tortura.

“Pero esos pozos ni aguan tienen” Repuso incrédulo el ex guradián de la ley, Emmanuel.

“Pero acuérdate, compadre, que en las fechas de mi secuestro ya habían pasado dos años del huracán Alex. Supongo que no lo saben pero después de dos años de algún huracán, el nivel del agua en estos páramos desiertos sube y se pone todo verde. En el sur, allá en Galeana pasa lo mismo con la laguna de Labradores. Bueno, el caso es que sólo me tenían que hincar y hacer que agachara la cabeza para sumergirme en el agua”

Silencio. Frío. Humo de cigarros. Brasas en la fogata.

“Ya saben que soy buen nadador. Eso me daba una buena capacidad pulmonar para aguantar las primeras inmersiones. Era de noche y les seguía el juego, pretendía que me estaban ahogando y aun así me resistía a hablar. Se divertían los cabrones. Yo seguía el juego hasta que algo me dio miedo”.

“Y cómo no, compadre, a cualquiera le asusta quedarse sin aire y morir ahogado”. Dijo Osvaldo.

Un largo silencio y un igual de largo trago de mezcal hizo preámbulo al resto del relato.

“No, compadre. Eso no fue lo que me asustó. No habíamos llegado, le digo, al punto que no aguantara la respiración. Fue otra cosa, acuérdese que le dije que la sesión de tratamiento especial me la dieron por la noche, ignoro la hora pero hacía frío, así como ahorita.” Otro trago al mezcal.

“Fue un par de luces que vi dentro de la noria. Unos ojos, compadre, unos ojos, tú, Emmanuel. Unos ojos grandes, rojos y luminosos que me observaban al principio lejos, en el fondo o a algunos metros de profundidad. Después de unas cuantas zambullidas más, esas fuentes luminosas se acercaron lo suficiente para que pudiera distinguir la forma de unas pupilas verticales, como las de las víboras o los lagartos”.

“No inventes, Eriberto” dijo algo inquieto Emmanuel, el palito se había quebrado intempestivamente por la fuerza de los trazos en la tierra.

“Y para qué les iba a contar mentiras. ¿Apoco crees que me soltaron nomas por chulo o por buenas gentes?”

“Bueno, ya sabes que yo soy bastante escéptico” dijo Osvaldo “pero síguenos contando, nunca me habías dicho eso”.

“¿Eh? Ah, sí, bueno, no hay mucho que contar. Aquellos ojos me miraban con curiosidad cada vez que me sumergían, me dio miedo, no por el ahogamiento, sino porque esa presencia me parecía tan inexplicable como desconocida. Mi desesperación por que no acercaran mi cara a eso hacía que tratara de gritar y soltara el aire, ya empezaba a tener dificultades para respirar. En la penúltima zambullida, sentí que una garra me tomó de la cara y aquellos ojos se acercaron más. Y hasta ahí fue lo que recordé”

“¿Y nos vas a dejar así? ¿Con el relato a medias?” Fue la protesta de ambos oyentes.

“No, pero ya no hay mezcal, Vamos por la botella a la camioneta y les termino de contar el relato ahí junto a la noria. ¿O qué, culean?” Los retó al ver su titubeo.

“Arrímense, no sean jotos” Les dijo a sus compañeros mientras abría la botella y se sentaba a la orilla del pozo que aún tenía un buen nivel de agua ahora tan oscura como el cielo que los cubría. “El caso es que solté la sopa y accedí a autorizar los movimientos que querían: Ventas de propiedades, vaciar mis cuentas, poner a los nombres de sus prestanombres autos y negocios. Si weyes no son”.

El agua del pozo subió imperceptiblemente de nivel. Se agitó un poco. Tal vez pensaron que fue el viento.

“Todas esas instrucciones las di por mi celular. Ya entonces me dejaron dormir en el rincón de la capilla custodiado por tres hampones, bueno, uno era un huerquillo forzado a andar con ellos que sacaron del pueblito de aquí adelante, de Paredón. Se le veía que lo hacía a fuerza, aparte yo lo conocía de vista, pero él no me ubicaba. El caso es que pensaron que ya la tenían hecha”

El agua seguía subiendo en silencio, en la oscuridad. Algo empezó a brillar muy en el fondo.

“Ya hecha la transa no podía dormir, en parte porque suponía que una vez con la lana en sus manos yo ya era hombre muerto, pero esos pensamientos se me atravesaban con lo que según yo vi en el fondo de la noria. Llegué a pensar que había alucinado por el susto, que el hambre y la debilidad me hacía ver cosas que no existen hasta que…” El sonido de algo que cae en el agua los hizo voltear con rapidez a la noria. “No se asusten, fui yo que tiré una piedra” Eriberto no reía “Ese mismo sonido pero como de algo más grande fue lo que alcancé a escuchar por el oído que me dejaron bueno. Me extrañó porque no creía que alguien más se acercara a la noria después de haberme sopeado. Nuevamente alucinaciones, pensé. Pero más tarde, en el transcurso de la noche llegué a contar cuatro chapoteos más”. Una nueva piedra en el agua. Los nervios asomaban ya en sus escuchas.

“Oigan, como que el agua subió de nivel, ¿no se les hace?” exclamó Emmanuel.

“No seas maricón, Emmanuel” fue la respuesta burlona de Eriberto “Tan grandote y tan coyón. El caso es que en la mañana, justo amaneciendo, entró el morrrillo de Paredón y me desató las muñecas que tenía a mis espaldas, me dijo váyase, y escuché que salió corriendo, después una camioneta que surcaba la terracería. Al salir fue cuando me di cuenta que el sol apenas se asomaba bajo el horizonte. Busqué por los alrededores y vi dos camionetas abandonadas. Con miedo recorrí la hacienda y sus ruinas. Pensaba en una mala broma final, un juego de ley fuga o algo así. Ya saben que veo muchas películas del oeste. Nada. Seguí buscando y ya con más luz empecé a notar huellas sobre la tierra como de algún bulto arrastrado de donde lo encontraba hasta terminar justo en el brocal de la noria. Sólo eso y lodo junto al pozo”.

Los ojos rojos se hacían más nítidos en el agua pero los escuchas daban sus espaldas a la noria.

“Los conté, cuatro, justo las voces diferentes que llegué a contar de mis captores. Cuatro rastros que terminaban en la noria. La voz del huerquillo, aunque la conocía no la escuché, nunca habló hasta que me liberó. Pero…”

Algo atrapó por los hombros a Emmanuel, su cara de terror fue la seña que buscaba Eriberto. Las garras jalaron sus hombros al pozo de agua. El chapoteo de sus manos buscando inútilmente aferrarse a la orilla llenaron la noche. Sus ojos de terror cada vez que la criatura lo dejaba asomarse a tomar aire clamaban por ayuda. Aquellas garras y esos destellos en los ojos jugaban con él; de haber querido el ahogamiento hubiera sido instantáneo, no hubieran visto mas que unas ondas en la superficie del agua.

Osvaldo estaba pasmado. Eriberto serio pero divertido. Emmanuel, finalmente desaparecido.

“Vámonos, compadre, ya sabía yo que usted no había sido”.

 

 

Samuel Carvajal.
Imagen cortesía de Alan Flores.

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