Guadalcazar

Aquella noche del 28 de abril de 2017, tras una larga espera ocasionada por un accidente de carretera, Ana y yo decidimos pasar la noche en la Ciudad de Guadalcazar, si bien el objetivo era San Luis Potosí; nunca habíamos atravesado esa autopista tan tarde, acordamos que no existía un motivo suficiente para continuar dado que eran vacaciones, especialmente por los niños, Elena y Rómulo de seis y ocho años respectivamente, muertos ya de cansancio,  quienes protestaban cada vez más por hambre y fastidio.

Aproximadamente a las nueve de la noche entramos al pueblo buscando un hotel, sin embargo y por increíble que pareciera, al ser un lugar pequeño después de buscar en tres partes no pudimos conseguir habitación en el centro. Me estacioné en la plaza principal para definir qué haríamos, pudiendo percibir un suculento olor a cecina, nos miramos entre todos y optamos por cenar en aquella fonda Odriozola que estaba en una de las esquinas del zócalo.

Cerca de las diez, y una vez saciado el apetito, Ana y yo empezamos a resolver hasta dónde llegaríamos, cuando otro de los comensales se acercó al escuchar nuestra plática,  nos comentó que al final de la calle Reforma había un hostal, denominado “Allende”, donde muy probablemente encontraríamos lugar dado que no era muy conocido, pero tenía buenas instalaciones, correspondía al número 735 de la vía, concluyó.

Nos pusimos en camino hacia aquel paraje, sentí un gran alivio al saber que no tendría que seguir manejando en carretera, estaba muy cansado en realidad, pero no quería admitirlo y al parecer no resultaría necesario.

Una vez que llegamos a los confines de la ciudad, la calle Reforma continuó su trayecto, pero ahora en un camino empedrado con poca iluminación, aunque las construcciones seguían apareciendo, su estilo cambió más bien a tipo colonial, clásico de la zona. Era una franja comercial de estilo rústico, aunque todos los locales estaban cerrados; no se apreciaban casas en los alrededores, pasamos una pequeña zapatería, “Eli”, decía el anuncio. Al avanzar un par de minutos, pudimos ver una panadería, “MyM”, la cual todavía emitía el típico olor a pan.

De forma súbita, en la siguiente cuadra al voltear del lado izquierdo pudimos ver un gran letrero del “Hotel Real”, sorprendiéndonos de forma mutua Ana y yo, ya que nadie nos dio referencia de este establecimiento, muy elegante y conservado a la vista. Me detuve un poco antes de la entrada principal y le pedí a mi esposa que preguntara por habitaciones disponibles, después de un momento regresó sonriente diciendo que sí habían, por lo que despertamos a los niños que se incorporaron de mala gana, bajaron y Ana me indicó que el estacionamiento estaba un par de locales atrás, sin embargo, debía rodear la manzana ya que era una calle muy estrecha y de un solo sentido. Me despedí rápidamente de todos, vi como entraban al edificio mientras daba vuelta en esa esquina.

Para ser franco, no había mucho que apreciar en la calle de regreso y daba un aspecto tétrico el área. En el trayecto no vi una sola persona en el mal iluminado camino, regresé la cuadra, viré a la izquierda para incorporarme otra vez a la calle Reforma, al salir, me topé con la sorpresa que no había más que un solar baldío y una barda a medio caer en esa sección, dudé por un momento y decidí llegar a la esquina y retornar una cuadra adicional, en caso que hubiera calculado mal, encontrando que el Hotel no se veía en la periferia. Marqué el celular de Ana en un par de ocasiones sin que hubiera respuesta.

Tomé todo el camino de regreso, para ingresar otra vez donde comenzaba la calle empedrada, los comercios habían desaparecido, la panadería que despedía tan agradable olor no estaba donde la recordaba y no había señales por ningún lado del hotel. Recorrí toda la avenida hasta que terminó en la entrada de una hacienda particular, sin encontrar referencia alguna del local o de mi familia, en todo el trayecto insistí con llamadas al celular de Ana, en ninguna hubo éxito. Me incorporé nuevamente desde el inicio.

Atravesé cuatro veces más todo el camino desde la plaza principal hasta el final de la calle sin poder dar crédito a lo que ocurría, ¿me equivocaría de avenida?, ¿me desviaría en un punto?, la cabeza me daba vueltas. Aunque la travesía era muy obvia, al ser la única vía que superaba los límites de la ciudad en ese rumbo, no podía creer lo que estaba pasando y me forzaba a pensar que tal vez había tomado alguna ruta alterna e imaginaba la angustia que tendría Ana en ese momento, tal vez se quedó sin batería y dado que el cable estaba en el auto, por eso no respondía ni se comunicaba, tal vez…

Traté de buscar caminos aledaños a la calle Reforma, sin encontrar nada, me sentí desesperado y confundido, ¿estaba soñando todo eso? ¿Dónde estaban  Ana y los niños? ¿Qué estaba sucediendo?.

Regresé a la plaza principal y fui al local donde habíamos cenado, eran cerca de las tres y quince de la madrugada, obviamente estaba cerrado, pero al menos me constaba que ahí seguía. Me asomé por un portón que estaba a un costado y pude ver que la fonda conectaba a una casa, toqué la puerta lo más fuerte que pude, vi que eventualmente se encendió una luz y una persona se acercaba, todavía en estado somnoliento y con mala cara salió, era el encargado del lugar. Al identificarme le pregunté si recordaba a las personas que venían conmigo, “una mujer y dos niños pequeños, si mal no recuerdo”, respondió, sintiendo alivio por alguna razón insistí cuestionando si no habían regresado al restaurante o a la plaza en algún momento de la noche, contestando con un gesto de extrañeza que no.

Al no poder retenerlo más, se despidió y se fue, crucé la pequeña calle hacia la plaza, miré a mi alrededor y vi los hoteles que visitamos en primer término. Entré al primero de ellos, pregunté si efectivamente estaban hospedados Ana y los niños, el recepcionista me contestó que la ocupación estaba a tope, insistí cuestionando si no había visto llegar a una mujer con dos pequeños con sus características, añadiendo un rotundo no como cierre a la plática. En los otros dos hospedajes y el hostal obtuve las mismas negativas.

Cada momento que pasaba la desesperación me invadía en mayor cantidad, no sabía qué hacer, a dónde ir, a quién pedir ayuda. Regresé hasta la autopista, recorrí cerca de veinte kilómetros en cada sentido, sin encontrar vehículo alguno circulando siquiera. Entré al pueblo por última vez y me dirigí a la plaza, al meditarlo un momento, decidí subir al coche y empezar a recorrer todas las calles hasta dar con su paradero. Y así fue como inicié desde ese punto a gritar el nombre de Ana y de mis hijos mientras tocaba el claxon, después de cruzar al menos doce cuadras, por una de las transversales salió un policía que efectuaba su recorrido nocturno. Me detuve ante su señal de alto, se identificó con el nombre de Alberto, lucía como de veintiséis años de edad, se asomó por la ventanilla, reconociendo mi gesto de preocupación me ofreció su apoyo, volteó a ver su reloj, marcaba ya las cinco de la mañana, me solicitó que lo acompañara a la delegación de policía para dar parte de los hechos. Intenté resistirme, pero de igual forma me dijo que no había otro modo de ayudar más que enterando a las autoridades.

Una vez que llegamos al lugar, me identifiqué con la persona en recepción, mientras Alberto me indicaba el trayecto a seguir. Llegados a una oficina, se acercó con un tercero, presentándose este con el nombre de Lucio, para tomarme datos y rendirle mi declaración, sentí como si el tiempo se detuviera, como si estuviera en otro lugar y la situación fuera ajena a mi persona. Una vez que prendió la computadora, declaré todo lo ocurrido mirando al suelo tratando de hilar ideas y dándole sentido a las mismas, pensando en mi interior si no llegarían a la conclusión que estaba loco. En un punto de la confesión, levanté la vista hacia el oficial Lucio que escribía y pude ver claramente un dejo de hosquedad y confusión en su mirada, dejó de escribir, me miró con rareza y preguntó: “¿ha dicho usted Hotel Real?, ¿está completamente seguro de ello?” Lo vi directo a los ojos, analicé sus rasgos más tranquilamente, siendo una persona de aproximadamente cincuenta años. Vacilé un poco y respondí de manera afirmativa, “no puede ser”, pensó en voz alta, “¿ese es el último lugar dónde los vio?”, insistí con un “sí” nuevamente. Volteó hacia Alberto, nos pidió esperar un momento, se levantó, salió del lugar sin decir más.

Volvió después de casi un cuarto de hora, pero ahora acompañado del jefe de guardia, Antonio, quien ya lucía con una edad cercana a los setenta años. Antes de acercarse, Antonio me examinó con la mirada, sentándose frente a mí, leyó con calma la declaración que estaba justo en la pantalla del ordenador. Al concluir, volteó la mirada hacia mi persona de nueva cuenta y citó: “descríbame por favor que es lo que vio previo a la llegada del hotel”, mencioné la calle empedrada que atravesamos y lo que tenía más fresco en la memoria, que eran aquella zapatería, la panadería y delante de estas, el hotel Real, de color melón con acabado colonial y el gran marco hecho de ladrillos en la entrada giratoria, fue lo más que pude recordar y citar. Al finalizar, sentí un escalofrío, al darme cuenta que efectivamente el hotel existía, “¿dónde está el lugar?, ¿Por qué no volví a dar con él?, por el amor de Dios, dígame dónde está mi familia”, pregunté instintivamente a Antonio. Perdía el control de mi persona y de la situación, las lágrimas se asomaron a mi rostro sin que pudiera hacer nada al respecto.

Al ver esto, Antonio se acercó y tomó mi hombro, los tres se juntaron frente a mí sentados, Lucio le dijo a Antonio: “cuéntale la leyenda por favor”. Al decirlo, comenzó: “lo que le voy a contar ocurrió en 1957, justo hoy hace sesenta años, apenas lo recuerdo porque en aquel entonces tenía ocho años y ha sido lo más extraño, y por mucho, que ha ocurrido en Guadalcazar. En la madrugada del 29 de abril de ese año, se llevó a cabo un terrible crimen en el hotel Real, que había sido inaugurado cerca de cinco años atrás, en 1952. Una joven dama y dos pequeños fueron brutalmente asesinados en su habitación, algún huésped alcanzó a escuchar los gritos y pidió ayuda”.

Un joven ingresó sin tocar la puerta interrumpiendo la narración, estiró su mano hacia Antonio diciendo: “jefe, aquí está lo que me solicitó”, entregándole un sobre tamaño carta con un bulto adentro. Antonio colocó el envoltorio sobre el escritorio que estaba a mi costado izquierdo. Volteé a mi alrededor, encontrando las miradas de Alberto y Lucio, pero sin entender qué tenía que ver eso conmigo o mi familia, o en qué podía ayudar esto a encontrarlos. Hizo la señal para que se retirara el asistente y prosiguió:

“Nadie supo la razón, es más, nadie supo siquiera de dónde venían o hacia dónde iban, ni el origen de estas personas, la única “identificación” que se encontró en la habitación fue de la mujer, de nombre Ana Dante, sin embargo no se dio por válida del todo pues indicaba que en una fecha muy futura, algo así como el dos mil o un año cercano, había alcanzado la mayoría de edad, lo que resultaba fuera de toda lógica y sentido, aunque si bien es cierto, los atuendos…lo que quedó de ellos al menos, eran de lo más extraño y singulares”. Al escuchar el nombre de la chica, sentí como si el suelo se abriera, ¿el mismo nombre?, ¿qué tiene que ver con mi esposa?, pensé con inquietud.

“Todo aquel asunto se condujo de la manera más formal y objetiva que se pudo, sin embargo, jamás llegó una sola persona a reclamar los cuerpos, mismos que quedaron prácticamente irreconocibles. Del asesino tampoco se supo nada, ni se encontraron huellas de él en la escena, y para colmo, nunca ha vuelto a ocurrir nada parecido en el pueblo, haciendo toda esta situación de lo más inverosímil y sorprendente. De hecho, esta historia ha pasado de generación en generación como una especie de leyenda urbana, han corrido cualquier cantidad de mitos al respecto, y claro, con el paso del tiempo se cambian los detalles, se inventan razones, pero al final nadie sabe con exactitud por qué o qué fue lo que pasó. Todas las personas que estuvieron presentes en este evento han fallecido por causas naturales, el hotel fue clausurado y años más tarde demolido, sin dejar vestigio de lo sucedido. Tal vez fue lo mejor, en realidad, nadie quería saberlo.”

Un dejo de dolor y miedo me invadía para ese momento, sólo quería ver a mi familia nuevamente y proseguir con nuestras vidas. No entendía cómo ni porqué estaba relacionado todo aquello con nosotros, pero comenzaba a entender que todo esto no iba a terminar bien. Antonio terminó su relato, tomó el sobre y en completa mudez sacó el contenido, era un viejo periódico hecho rollo de tono amarillento, lo extendió y me lo entregó en mano, “no tengo más que decir, tiene que verlo”, dijo, “Dios se apiade de nosotros”, concluyó.

Al hacer esto, se apartó, extendí el periódico y vi entonces el encabezado que me destrozó la vida y ha estado atormentando desde ese instante, traté de emitir un grito que por la sorpresa y el dolor no alcanzó a salir, la locura se apoderó de mí, ni siquiera pude llorar, no podía ser cierto: la nota era del 30 de abril de 1957, en ella aparecía encima del título una foto con tres cuerpos cubiertos con sábanas, un adulto y dos niños, indicando que una mujer cuyo nombre era Ana Elena Dante Moreno, y nuestros hijos habían sido descuartizados en la habitación 416 del Hotel Real, el 29 de abril, aproximadamente a la 01:30 a.m., desconociendo el motivo o la persona que cometió tan sórdido acto. A un costado, en otra fotografía se mostraba la única identificación encontrada en el lugar, era una toma del carnet IFE de Ana con su fotografía.

 

 

Sobre el Autor: Miguel Angel Borjas Polanco (Tampico, Tamps. 1976) Licenciado en Contaduría (IEST-98), Ingeniero Industrial de Mantenimiento (IT-2016) y Master en Administración (ITESM-2002), escribe cuentos cortos y poesía desde los 16 años como una forma de expresión personal, de igual forma, como manifestación del desarrollo creativo que la lectura ha motivado en su vida.

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