El Ciego

En ese momento todo era rojo.

La habitación parecía un mar de sangre en el cual los cuerpos de mi padre y hermanas yacían inertes. Mi madre, en un último aliento lleno de dolor y desesperación, clavaba sus ojos en mí como si deseara grabarme su fría y marchita mirada para siempre en el pensamiento. Imagino que quería que la recordara como una eterna advertencia de la existencia de la maldad en el mundo; esa maldad que les había arrebatado la vida hacía unos momentos, encarnada en unos miserables desechos de una sociedad decadente, para quienes las adicciones y la codicia sobrepasaban los límites de la moral y la vida. El sonido del despertador me rescató de aquella tétrica escena, una de las últimas imágenes que mi vista percibió y que cada noche se repetía sin cesar.

Cuatro años han pasado desde aquel nefasto día. El destino quiso que el autobús de la secundaria retrasara su llegada a mi hogar, salvándome de compartir el mismo fatídico final con mi familia. Desde entonces procuro conservar los ojos cerrados. ¿Por qué? La respuesta es simple: porque desde aquel día, no sé si a causa del odio a la sociedad insensible al dolor ajeno o a la impotencia que creaba la impunidad de mi tragedia, cada vez que abría los ojos, el mundo se teñía de un lúgubre tono rojizo como el de aquella noche y cada persona que veía se unía en un fatídico coro de lamentos de dolor. Las alucinaciones que tenía eran horribles y me atormentaban siempre que quería alimentar mis pupilas con un poco de luz. Para escapar a esas visiones gritaba con todas mis fuerzas cerrando los ojos para que aquellas imágenes y gritos no me enloquecieran. Sólo conseguía la paz en la oscuridad a la que acepté condenarme.

Cuatro años he vivido de orfanato en orfanato, sufriendo las injusticias, los abusos y la discriminación que una persona discapacitada puede sufrir. Cuando me cansaba de la oscura existencia en la que estaba recluido y abría los ojos para alimentarme un poco de las imágenes del mundo, las alucinaciones me atacaban, los lamentos volvían a mi cabeza y los gritos desesperados que emitía hacían que las directivas de cada institución me remitieran a otro lugar. Yo era un problema que nadie quería, me consideraban potencialmente peligroso, aunque creo que algo tenían que inventar para deshacerse de mí. Quienes no sabían mi historia me llamaban “ciego”, pero los pocos que habían escuchado algo, por lo menos rumores de la tragedia en la que estuve envuelto, me decían “demente”. La locura que me atribuían me hizo merecedor de la reclusión en un orfanato para jóvenes mentalmente desequilibrados.

Un día, mientras engullía las masas insípidas que en el hogar de turno llamaban comida, la televisión transmitía el noticiario del mediodía. En medio del ambiente inundado del sonido de los cubiertos rayando los platos y los gritos y risas de mis compañeros, la suave voz de la reportera anunció la captura de unos hombres a quienes se comprobó la relación con el asesinato de una familia cuatro años atrás.

“¿Será posible? ¿Por fin la justicia que, además de ciega, parecía muerta para mí, está funcionando?”, pensé mientras me acomodaba en la silla para escuchar el resto de la historia. La reportera continuó narrando que en aquella tragedia sólo había sobrevivido un joven que tenía catorce años en aquel entonces y que en la actualidad se encontraba en una institución mental en las afueras de la ciudad. Definitivamente era yo.

En medio de mi voluntaria oscuridad casi podía sentir las miradas de mis compañeros atravesándome el cuerpo. Una pesada mano me tomó por el hombro y una voz gruesa, perteneciente a uno de los guardianes de la institución, me dijo:

—¡Joven, el director lo necesita!

Me puse de pie e inmediatamente aquel bullicio de platos y voces juveniles cesó. El silencio era tan solemne que podía escuchar el eco de mis propios pasos resonando en las paredes del comedor. Al salir del lugar un tímido rumor comenzó a invadir de nuevo el comedor recuperando la normal algarabía a medida que me alejaba.

Caminé por el corredor guiado por el guardia mientras el frío de las paredes de concreto se filtraba por mi ropa. Al entrar en la oficina principal el guardia me sentó a la fuerza en una silla de madera. Percibía a alguien en frente de mí. Imaginaba al director sentado en una cómoda silla mirándome fijamente.

—Joven, me han informado que los autores de la horrible experiencia que tanto lo afectó fueron capturados. ¿Cómo se siente? —me preguntó con una voz amable llena de un interés hipócrita que sólo buscaba en mí una respuesta emotiva que le permitiera dar un buen espectáculo a la prensa. “¿Que cómo me siento?”, pensé mientras el odio y la rabia me invadían. Esos miserables me habían condenado a interminables noches de sufrimiento, a recordar en cada pesadilla la mirada de mi madre agonizante y los cuerpos inertes de mi padre y mis hermanas bañados en su propia sangre. Esos animales me habían sentenciado a una infernal existencia. Me habían convertido casi en un alma en pena, errante, sin hogar y sin destino. Debido a esos desechos de la humanidad debí aceptar el encierro en esta oscuridad que a veces me desesperaba, pero a la que prefería sobre las dolorosas alucinaciones que se aparecían si mis ojos veían la luz.

—¡Feliz de que se haya hecho justicia! —respondí en un tono irónico.
—Solicité a la policía su presencia en el juicio —dijo con un tono de prepotencia—. Creo que al saber que esos delincuentes serán castigados, el trauma que lo trajo aquí puede desaparecer. Quizás esto ayude a cerrar esta etapa dolorosa de su vida y pueda volver a mirar el mundo sin miedo y sin peligros.
—Estoy dispuesto a intentarlo —le dije con cortesía—. ¿Cuándo debo asistir a la corte?
—Mañana a las siete en punto.
—Estaré listo una hora antes —le respondí.

Por primera vez en mucho tiempo comencé a albergar una luz de esperanza, tímida y discreta, pero esperanza al fin y al cabo. Quizás la pesadilla estaba por terminar. Esa noche, como todas, volví a soñar con mi familia y la habitación bañada en sangre. Mi madre estaba allí mirándome, pero esta vez antes de morir me sonrió.

Eran las seis de la mañana cuando el guardia llegó a mi habitación.

—¡Ya es hora! —me gritó mientras golpeaba con fuerza la puerta de madera. Yo estaba en pie desde las cuatro de la mañana. La ansiedad me había sacado de las pesadillas antes que el reloj despertador. La extraña sensación de esperanza, sumada a la imagen de la sonrisa de mi madre, me hacían sentir ese día diferente a los demás. La mañana era gris y caía una tenue lluvia, de esas que parecen sólo una suave niebla, pero que al empapar poco a poco cala hasta los huesos. En mi corazón, sin embargo, una pequeña luz me daba el calor y los ánimos necesarios para sentir algo: un extraño optimismo. Salimos a la calle y el frío de la mañana recibió mi rostro con una húmeda brisa. El director del orfanato me llevaba del brazo para evitar que tropezara y lo hiciera quedar en ridículo ante los periodistas que de manera incesante tomaban fotos desde las afueras de la institución.

El auto arrancó y nos dirigimos al tribunal principal de la ciudad donde se llevaría a cabo el juicio. Al llegar el director se bajó primero y luego me sacó amablemente del auto. De nuevo los destellos de las cámaras de los reporteros me llegaron hasta el rostro; aquello, en mis penumbras, parecía los relámpagos que preceden a una tormenta.

Entramos a la corte y me detuve en el lugar que el director me indicó mientras él hacía su espectáculo ante los medios. Quien lo escuchara no creería que tras esa personalidad altruista y caritativa se escondía un simple médico frustrado con ganas de tener sus quince minutos de fama. Varios agentes de policía me rodeaban para evitar que los periodistas se me acercaran. El bombardeo de las inoportunas e inútiles preguntas de los reporteros hacía más larga la espera. Yo no decía una palabra; no me interesaba participar de aquel circo y además era el director quien atendía de manera extraordinaria a la prensa.

Por fin entramos al recinto. El bullicio de los periodistas y las cámaras parecía ser contenido en la entrada por el solemne silencio de la corte. Los ojos de los asistentes al juicio, de los abogados y del jurado se clavaron en mí. El director no se alejaba de mi lado, lo cual yo agradecía. Sin importar si sus motivaciones eran banales o no, era el único que estaba conmigo.

Nos sentamos y comenzó el ceremonioso ritual de la ley, con las discusiones entre el fiscal y la defensa, la cual trataba por todos los medios de hacer que esos monstruos parecieran ángeles confundidos, que en medio de una inocente demencia acabaron con mi familia. Eran cuatro asesinos. Yo sólo seguía las discusiones entre las dos partes. En la batalla entre acusadores y defensores las palabras atravesaban el recinto, como flechas envenenadas que deseaban dar en el lugar preciso, para que quien las recibiera fuera paralizado por la duda y la falta de argumentos. Luego de dos horas de discusión, ya sabía en mi mente dónde estaba cada uno de los asistentes al juicio, en especial aquellos despreciables seres culpables de todas las desgracias que me ocurrían. Mi único deseo ese día era ver sus caras cuando la justicia cayera sobre ellos con el mismo peso de todos los años de sufrimiento que me habían causado. Mientras el jurado se retiró a deliberar, escuché, en medio de los murmullos que colmaban el recinto, cómo los acusados, con tonos burlones y comentarios despreocupados, se mofaban de todos los asistentes, incluyéndome. Sabían quién era yo y, al parecer, mi desgracia era su principal motivo de burla. Me habían destruido la vida y aún tenían el cinismo de reírse de mí. El jurado entró, enmudeciendo todo sonido en el recinto, tan súbitamente como si una mordaza invisible nos tapara la boca. El juez, con tono ceremonioso, solicitó el veredicto. Mi corazón se agitó y yo únicamente me imaginaba a aquellos individuos esperando impacientes la definición de su destino; quería que la justicia pagara la deuda que tenía conmigo.

—¡A los acusados se les declara inocentes! —fueron las palabras que atravesaron mis tímpanos como miles de gélidas agujas, congelándome el pensamiento y las ideas en ese instante. Paralizado por el impacto, escuché cómo la supuesta justicia, representada por el jurado, argumentaba que los asesinos que habían matado y torturado a mi familia fueron víctimas de una locura causada por la droga y el alcohol. Según la ley, no necesitaban una cárcel y mucho menos la muerte por sus actos; ellos debían ingresar a una institución mental hasta que se les declarara sanos y aptos para volver a la sociedad.

“¿Inocentes?”, me pregunté. “Yo no puedo abrir mis ojos sin ver sufrimiento teñido de escarlata en cada persona que miro. ¿Y dicen que ellos están locos?”. Aún no acababa de asimilar los hechos, cuando las risas de alegría de los asesinos comenzaron a invadir el ambiente. La ira me invadió. Las imágenes de mi familia, la habitación inundada en sangre; todo se me venía a la mente. Los años pasando de orfanato en orfanato, la incansable oscuridad y la locura que me había acompañado sin cesar. Todo, todo estaba lacerándome el cerebro como si miles de alambres de púas lo envolvieran y apretaran. Cuando ya no creí soportar más giré el rostro hacia el origen de las cínicas risas y abrí los ojos.

El tono escarlata era más fuerte que todos aquellos que tenía en la memoria. La Corte se convirtió en un mar de lamentos y de gente convulsionando hasta desfallecer. En ese momento disfrutaba aquella alucinación. Los asesinos comenzaron a revolcarse y a tomarse la cabeza, a agarrarse los unos a los otros mientras el rojizo tinte de la escena se desvanecía poco a poco. La sangre comenzó a brotar por los ojos y oídos de esos pobres desgraciados y yo sentía cómo mi mirada los atormentaba. El odio contenido durante todos esos años salía de mí para invadir sus cuerpos, convertido en un virus voraz que carcomía lentamente sus entrañas. Impotentes, sentían como la vida se les escapaba. Sus fijas miradas me recordaron el marchito brillo de los ojos de mi madre antes de su último suspiro, pero esta vez lo disfrutaba. Por lo menos en mi mente y en las alucinaciones que estaba presenciando, hacía justicia. Ellos sufrían y gritaban como siempre lo soñé. Imaginé que sería así aquel momento en el que con un placer cruel y frío los vería agonizar en medio de súplicas de piedad y bañados en el mismo mar de tinte carmesí en el que encontré a mi familia. Sus gritos ahogados por fluidos ensangrentados trataban de escapar inútilmente de sus gargantas. Aquellos seres despreciables se retorcían en agonía y mi mirada seguía allí.

El resto de la sala había enmudecido hacía rato, dejando solamente espacio para ese momento de venganza imaginaria que, por primera vez en cuatro años de sufrimiento, me causaba una fría sonrisa. Cuando ya sentí sus vidas extintas, el tono rojizo con el que veía el mundo se desvaneció totalmente para dejarme ver de nuevo los colores. Los gritos de dolor cesaron. Disfruté la escena de esos cuatro miserables que antes se burlaban de mí y de la ley, cubiertos en el líquido que antes corría por sus venas y que ahora salía por cada poro y orificio de su cuerpo. Cerré los ojos para volver a la oscura realidad que siempre había sido mi refugio y la imagen de mi madre apareció revelándose en las sombras de aquella ceguera voluntaria. Esta vez su mirada era alegre y brillaba de júbilo. Sus labios dejaron leer las palabras: “Todo está bien ahora”, y con una dulce sonrisa se desvaneció en las tinieblas de mi pensamiento.

El silencio absoluto de la sala era como la calma después de la tormenta. Yo estaba tranquilo. El rechinar de la puerta acabó con la quietud del momento y alguien exclamó con espanto:

—¡Dios mío! ¿Qué demonios ha pasado aquí?

Yo no entendía, así que abrí los ojos. Con mi visión, ahora clara y tranquila, observé cómo todos los asistentes al juicio apenas regresaban aturdidos de un estado de inconsciencia, y quienes entraban asistían a una escena que nadie pudo explicar. Los cuerpos inertes de los acusados yacían en un charco de sangre con los ojos abiertos como si la muerte hubiera deseado que apreciaran su final.

Comprendí entonces que nada había sido una alucinación. Desde aquel día pude de nuevo ser feliz y disfrutar de la luz y los colores del mundo porque ya el odio que me estuvo acompañando tanto tiempo no me cegaba.

 

Sobre el Autor: Germán Castaño – Nació en un pequeño pueblo de Colombia llamado Salamina, el cual tuvo que dejar para realizar sus estudios superiores en la ciudad de Medellín. Su padre es un maestro de escuela primaria retirado y su madre un ama de casa. Durante el colegio tuvo tímidos acercamientos a la escritura, pero sólo bastaban para cumplir con sus deberes estudiantiles y satisfacer uno que otro antojo por escribir cuentos que únicamente él leía. Hoy es ingeniero de sistemas; gracias a la escasez de opciones para aplicar la literatura en su área y gracias apoyo de una bella musa quien ahora es afortunadamente su esposa decidió retomar esta pequeña afición de juventud y volverla algo un poco mas serio y disciplinado.

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