Café Nexus – Parte 10

XXVIII

Las estrellas apenas se atrevían a asomarse por el poco espacio que quedaba entre las nubes de tormenta. Los relámpagos iluminaban el interior de las nubes delineándolas contra la oscuridad del cielo nocturno. El viento las movía con celeridad, concentrándolas hacia un único punto en la distancia.

Lo más inquietante para Richard era que no caía ni una sola gota de lluvia. Los rayos caían más allá de las montañas, cincelando la superficie con golpes que retumbaban entre ellas, con una fuerza tal que parecía que pronto las harían mil pedazos.

La patrulla de color blanco y negro avanzaba por en medio de aquella sinfonía de percusiones antiguas, a lo largo de la delgada línea de asfalto que dividía la llanura.

En todos sus años patrullando por la región, el oficial Richard Kenneth no había visto nada como aquello. Sólo una vez se le acercaba, al final del año 2012. Pero en esa ocasión el clima se había calmado con gran rapidez.

Pero no esta vez. La tormenta parecía estar iniciando, aún desplegando una intensidad de ese nivel tan pronto.

Los limpiaparabrisas se detuvieron de repente. La lluvia y la arena oscurecieron de manera inmediata el cristal delantero, dejándolo incapaz de ver el estado del camino frente a él.

— ¡Pedazo de porquería! —maldijo Richard mientras manipulaba el interruptor en la palanca de las luces direccionales.

Los limpiadores se arrastraron a duras penas por la superficie de vidrio, batallando contra el lodo que el viento y la lluvia lanzaban por doquier, después de un par de pasadas volvieron a funcionar de manera normal.

Richard se sintió un poco aliviado. Si lograba hacer que las radios dejaran de escupir sólo estática, entonces tendría mejores posibilidades de salir intacto de aquel embrollo.

Tres rayos cayeron de manera sucesiva en la lejanía, hacia el Oeste. El trueno que les siguió hizo que el oficial de policía temiera que la tormenta hubiera causado un deslave, con toneladas de roca cayéndole encima.

— Alguien allá arriba debe estar jodidamente enojado —murmuró para sí mientras trataba de no salirse del camino. En momentos como ese se alegraba de estar solo porque si su mujer lo hubiera oído le habría forzado a ir el próximo domingo a la iglesia, así apenas hubiera vuelto del turno de la noche.

La radio de la patrulla comenzó a soltar unas cuantas palabras sueltas. El viejo oficial le dio un par de golpes con la palma abierta, esperando poder arreglarla de esa manera. Algunos lo llamaban rudeza, pero para él era la mayor delicadeza de la que era capaz de usar, exceptuando a los infantes o mujeres.

— …ver. Re… … la ba… —surgió del altavoz de la radio—. Coor…nar los …zos de…

Un fuerte golpe contra el frente de la patrulla distrajo a Richard, y casi hizo que perdiera el control del vehículo. Por un momento temió acabar al lado de la carretera, sólo uno más de los accidentes que tantas veces había visto a lo largo de su carrera como patrullero. El metal del auto y su carne unidos en un abrazo retorcido y más firme que el de cualquier amante que hubiera tenido en su vida.

La oscura fantasía se alejó de su mente en cuanto recobró el control del vehículo. Richard se detuvo a un lado del camino de asfalto y bajó del vehículo para inspeccionar el daño, linterna en mano.

La linterna era una antigüedad de aluminio brillante, con cinco baterías D en su interior.  El resto de los agentes preferían las más nuevas que cabían en la palma de su mano y con mayor brillo, pero el viejo sabía que perdería una de esas cositas pintadas de negro en sólo un par de días.

El cofre acusaba un fuerte golpe que lo había deformado de manera evidente, pero no era nada que no pudiera ser arreglado por Phil con unos golpes de martillo contra el metal. Si hubiera sido de fibra de vidrio, el daño habría sido peor. Richard pasó el haz de luz por encima de la superficie blanca del cofre. Justo en los bordes del golpe, podía ver unas manchas oscuras que salpicaban el borde derecho de la hendidura.

“Algún estúpido animal asustado por la tormenta” pensó el viejo agente mientras el viento cobraba mayor fuerza a su alrededor.

El procedimiento en esos casos era claro. Y aun si no lo hubiera sido, Richard no iba a dejar al pobre bastardo morir con gran sufrimiento. Ya tenía suficientes pesadillas con la gente que no dejaba de gritar y gemir mientras los paramédicos trataban de quitarles de encima la chatarra que los atravesaban y aplastaba contra el camino.

La patrulla dio media vuelta, bañando la carretera con la luz de sus faros y los colores intermitentes de la torreta. Richard bajó de nuevo con la linterna en una mano y con la otra lista a sacar la Beretta automática de la funda que llevaba colgada del cinturón. Aujn si el pobre animal estuviera malherido no significaba que no trataría de defenderse de alguna manera.

Una gran forma oscura se movió más allá de los arbustos secos que bordeaban la carretera, sus ramas agitándose por el viento con un sonido casi fantasmagórico. Richard presionó el interruptor de la linterna y comenzó a inspeccionar por los alrededores con su pálida luz amarilla.

A sólo una decena de metros a su izquierda un chillido lastimero llamó su atención.

Richard desenfundó la pistola y apuntó hacia dónde la luz de la linterna atravesaba la oscuridad. Habían pasado cinco años desde que disparó fuera del campo de tiro donde entrenaba cada semana, pero no dudaba en que podría atinarle al blanco sin problemas.

La luz de la linterna reveló varios manojos de plumas a punto de ser arrastrados por el viento. Eran casi tan grandes como las de un águila, pero cubiertas de un profundo color rojo sangre. El viejo agente se agachó lo más que pudo para verlas más de cerca. De inmediato el hedor estuvo a punto de hacerlo vomitar. El olor a podredumbre era intenso, aun con el viento llevándose la mayor parte del mismo lejos de su nariz.

“Que sea un maldito buitre” oró de manera silenciosa, mientras se ponía de nuevo de pie. Sería mucho más fácil explicar a sus superiores el matar una de esas aves carroñeras que un águila.

Un relámpago iluminó por un instante los alrededores. La imagen de la bestia que tenía ante sí fue mucho más estremecedora que el trueno que llegó a sus oídos unos segundos después.

La cosa tenía un largo hocico alargado con dientes filosos como los de una sierra. Los ojos negros brillaban como vidrio pulido, colocados a ambos lados de una cabeza del tamaño de un melón. Su cuerpo era del tamaño de un perro grande, con las dos patas delanteras casi el doble de largas que las traseras.

La piel negra se unía a unas grandes alas triangulares que se doblaban a lo largo de las extremidades delanteras, con el punto de flexión marcado por tres enormes garras en cada extremidad. Su cuello estaba adornado por las enormes plumas rojas como la sangre, que seguían su espinazo hasta acabar en una rechoncha y puntiaguda cola.

Richard observó cómo trataba de ponerse de nuevo de pie, arrastrándose sobre la tierra de manera casi lastimosa. La irrealidad de aquel ser hacía que el temor que sentía quedara apenas contenido por debajo de una fina capa de curiosidad.

El ser se puso de nuevo de pie a duras penas, dando pasos vacilantes como un borracho que siente que el mundo entero se mueve por debajo de sus pies. Pronto pudo tenerse en pie sin tambalearse, y fijó su mirada hacia donde el policía estaba parado.

Un graznido fue todo lo que se necesito para que el temor volviera a extenderse por todo el cuerpo del viejo agente, quien hizo un esfuerzo para controlar el temblor de sus manos. La cosa saltó hacia él. La detonación del arma ensordeció a Richard, durante un momento que pareció estirarse hasta el infinito.

El monstruo alado cayó sobre su costado derecho soltando otro graznido, más lleno de frustración que de dolor.

Otro relámpago atravesó las nubes de la tormenta, cayendo mucho más cerca. El trueno le siguió casi de inmediato. Y antes de que el policía pudiera hacer algo, el monstruo de un salto se elevó hacia la noche de la que había surgido. Richard apuntó su arma y la linterna hacia el oscuro cielo rabioso, temiendo que aquella cosa fuera a descender sobre él para atacarlo. Su corazón retumbaba en su pecho con una percusión más acelerada que el de una canción de Rock and Roll. La radio de la patrulla volvió a escupir la mezcla de voces y estática por la bocina. Pronto fue ahogada por el ruido del acero crujiente y el plástico quebrándose.

— ¡Deja mi auto, malnacido! —soltó Richard corriendo contra el viento de vuelta a su patrulla.

Más disparos entre el aullido del viento y los truenos que iban multiplicándose. A un par de centenares de kilómetros, justo al filo de la tormenta, la Serpiente y el Coyote iniciaban otra apuesta, con las almas de dos hombres. Uno de ellos dispuesto a cruzar cualquier frontera, el otro buscando venganza.

En cambio, en el ojo de la tormenta las fuerzas que la habían creado estaban a punto de encontrarse en un choque decisivo para el mundo entero.

XXIX

La luz alrededor de Daisy era casi cegadora. Un blanco intenso la rodeaba por completo, que provenía de todas partes al mismo tiempo. Pero lo que más le sorprendió fue darse cuenta de la ausencia de la sensación de peso en su cuerpo, flotando como una mota de polvo suspendida en la luz del atardecer que entraba por las ventanas de su antigua habitación. Ni siquiera al ver a su alrededor pudo sentir la fisicalidad de su propia cabeza movida por su cuello. Trató de mirar hacia abajo, pero ahí donde debía estar su cuerpo no había más que un vacío.

Pronto volvieron a ella sus memorias más recientes. El portal y lo que había visto del otro lado. Y ahora estaba en un lugar que no era su mundo ni el mundo devastado del otro lado.

Ella estaba dentro del portal mismo. Un lugar en que no había formas físicas y sólidas, sólo luz, energía y conciencia. No había tiempo ni lugar, sólo un instante único que iniciaba y terminaba en sí mismo, tocando cada esquina del infinito.

Daisy sintió como su conciencia se diluía poco a poco. Ella tuvo que concentrarse para reunir sus fuerzas, y evitar fundirse con la luz que provenía de todas partes.

— Yo soy… estoy… ¿dónde? —manifestó ella en lo que creyó que era una voz alta, pero no se oyó a sí misma. Ese cuestionamiento tenía más de pensamiento que de voz.

Un frío profundo llegó hasta ella. Las sensaciones estaban magnificadas en aquel lugar, y en vez de afectar su cuerpo físico llegaban sin filtro hasta su conciencia. El frío tenía aristas filosas, negras como la oscuridad de la noche cósmica en que se había originado el ser que lo radiaba, sus bordes adornados con el rojo de la furia apenas contenida.

— Nick, Nick —repitió ella, sin darse cuenta.

Ella no fue la única que sumió su conciencia en el interior del portal. Nick debió darse cuenta de su plan de intentar afectar las energías vivientes del portal, y tratar de encontrar alguna manera de cerrarlo. Pero ahora que estaba ahí, la joven no tuvo idea de qué hacer a continuación. El sólo hecho de pensar de manera coherente le costaba un gran esfuerzo, para tratar de mantener su propósito e identidad en aquella forma incorpórea, y tratar de encontrar sentido a aquel lugar fuera de la experiencia humana.

Las aristas heladas se acercaban, buscándola en aquél inmenso mar de luz pura, extendiéndose por entre el flujo de la conciencia de las energías primigenias. Daisy sintió temor al pensar en lo que pasaría una vez que la encontrara. Aquella masa de sensaciones viles apenas habían rozado sus pensamientos antes de que se desmayara en el baño del Café Nexus, en un tiempo que le parecía ahora tan lejano como una vida anterior.

La joven trató de concentrarse en sí misma con todas sus fuerzas. Hizo un esfuerzo por tratar de influir en las energías que circulaban a su alrededor, tal como había hecho con Kim durante su afortunado escape en el camión de Tommy. La tristeza se manifestó en lo profundo de su ser al recordar cómo había acabado el joven conductor. En el exterior, más allá del portal, sus ojos se comenzaron a llenar de lágrimas de manera lenta, a pesar de que el tiempo casi se había detenido alrededor de la eléctrica esfera verde.

Más allá de ese oasis de tranquilidad en el ojo de la tormenta, los rayos cruzaban el cielo seguidos por truenos que retumbaban contra las montañas y riscos más lejanos, desgarrando por momentos la tela de la realidad. Incluso la Luna parecía temerosa de asomarse más allá de los sólidos nubarrones que cubrían el cielo nocturno.

Daisy se dio cuenta de que algo había cambiado. Era un cambio sutil y minúsculo, en las energías que la rodeaban.

“¡Vamos, piensa, PIENSA!” se animó a sí misma. Si hubiera tenido manos, se habría dado de palmadas en la cara, justo como había hecho en las ocasiones en que tuvo que estudiar para un examen de la escuela la noche anterior, y trataba de mantenerse despierta, usando la sensación de dolor para que no la venciera el sueño.

En ese momento, justo cuando las aristas negras de la conciencia de Nick descubrieron la presencia de Daisy, ella descubrió la clave para cambiar las energías a su alrededor.

Nick-Insecto sintió como su hambre le apremiaba a atrapar la conciencia de aquella maldita chica que tantos problemas le había causado. Habían pasado incontables saltos de un mundo a otro, desde que pudo experimentar el placer de devorar la conciencia misma de otro ser vivo.

Era una ocurrencia rara en extremo, ya que al pasar el Gran Desastre no quedaban menos de un puñado de seres que pudieran tener pensamientos lo bastante complejos para no evacuar encima de sí mismos, ya no para poder evadir a los Zjaks.

El centro mismo de su conciencia se estremeció ante la perspectiva de ese festín. Nick-Insecto trataría de contenerse para dejarle al menos la suficiente capacidad mental para sentir el horror cuando dejara que los Zjaks saciaran un poco de su hambre con ella y la otra chica. Las aristas de obsidiana de su conciencia se detuvieron en seco. Nick-Insecto trató de continuar su acercamiento, pero descubrió que ahora era incapaz de ello.

Y por primera vez en el tiempo incontable de una vida dedicada a devorar todo a su paso, el Nick-Insecto sintió algo distinto del hambre y la furia. Lo primero fue un malestar muy parecido al dolor físico que sentía en las pocas ocasiones que podía saciar su hambre más de lo necesario. La diferencia era que lo que lo hacía sentirse enfermo era él mismo y sus acciones.

— ¿Qué te parece eso, bastardo? —preguntó Daisy, su voz proyectada al interior de las aristas oscuras de la conciencia de su enemigo— Eso es lo que siento acerca de ti y tus horribles bichos.

El Nick-Insecto no tuvo tiempo de dar una respuesta. El malestar fue sustituido por una sensación de pérdida que amenazaba con aplastar su mente. Lo más parecido que había experimentado jamás era cuando no lograba participar en los festines en que la horda encontraba algún raro y delicioso ser del cual alimentarse.

Daisy sintió cómo su enemigo trataba de resistirse pero habría tenido más éxito tratando de contener las olas del mar con una bolsa de papel. En ese lugar donde los pensamientos y sentimientos afectaban sus alrededores, ella tenía el poder de hacer con él lo que quisiera.

El temor fue lo siguiente. Para alguien que nunca había estado solo, siempre respaldado por las jaurías de Zjaks y sus compañeros, la sensación fue apabullante. El Nick-Insecto sólo quería correr lejos de ahí y encogerse lo más posible en algún agujero en el suelo.

Para Daisy todo aquello se sintió grandioso. Era como lo que había hecho con Kim para que pudiera tener el valor de subir al camión, pero mucho más fácil. Allí no había ningún filtro entre su conciencia y la del enorme insecto, algo que estaba aprovechando al máximo. Ella dejó que el miedo invadiera cada una de las esquinas de su mente. Más que ningún otro, era el sentimiento que causara la impresión más profunda en él. De pronto hubo una pausa en el asalto mental que experimentaba el Nick-Insecto. Las sensaciones extrañas dejaron de ocupar su mente, dándole un alivio momentáneo. Antes de que pudiera recobrar sus fuerzas, una última sensación comenzó a expandirse desde el centro de su conciencia, como un agujero negro absorbiendo toda sensación pasada y futura, amenazando con consumirlo a él mismo. Él hizo su mayor esfuerzo por resistir ser absorbido por esa sensación, sin tener éxito. La desesperación lo consumió por completo. Ahora entendía que no había ninguna salida a su situación actual, ninguna manera de evitar el fin que se avecinaba sobre él.

Daisy comenzó a deshacer la mente del Nick-Insecto, pedazo a pedazo y ángulo a ángulo, hasta llegar al centro mismo de su ser: una masa hambre que nunca sería satisfecha, sin importar cuanto devorara, y a la que no le importaba más que su propia satisfacción. Por un instante, Daisy sintió algo muy parecido a la piedad.

Pero el momento pasó y la adolescente comenzó a desarmar el núcleo emocional de su enemigo. Al estar tan dentro de su mente no podía evitar sentir la última inútil resistencia de él contra sus acciones. Si hubiera tenido una boca la habría usado para gritarle. Y al final no quedó nada de su conciencia. Daisy sintió una oscura satisfacción, un sentimiento salvaje que nunca antes había sentido. Lo mantuvo dentro de ella por un par de minutos, antes de dejar que se fundiera con sus memorias.

— ¡Daisy! —la voz de Kim llegó hasta ella con gran claridad, trayéndola de vuelta al presente.

La joven rubia gritó con todas fuerzas hacia el oído derecho de su amiga, sacudiéndola de los hombros, todo para tratar de obtener cualquier respuesta de ella.

El Nick-Insecto se había detenido a sóo un par de pasos de dónde estaban ellas y al igual que Daisy quedó petrificado al mirar hacia el interior de las energías del portal. Cuando ella creyó que sería seguro acercarse a ellos, el monstruo soltó un chillido desgarrador que inquietó a las bestias de su jauría, para luego desplomarse sobre el suelo del parque.

Las bestias huyeron de inmediato, perdiéndose más allá de la calma no natural que rodeaba al portal, hacia la incertidumbre de la tempestad que cubría al resto del desierto. Kim no podía saber que sin la guía de sus pastores, pronto las bestias morirían de hambre, si acaso no se volvían presa de cosas más terribles de otros mundos, que acechaban en la tormenta.

De repente, Daisy volvió la cabeza hacia ella. Al mismo tiempo, las energías del portal comenzaron a calmarse poco a poco.

— Deja de gritar, no estoy sorda —bromeó Daisy. La adolescente trató de seguir hablando pero antes de que pudiera continuar sintió como Kim la abrazaba con sus delgados brazos alrededor de sus hombros.
— Es que tú… y luego yo… —empezó Kim, pero le costaba encontrar las palabras. Lo único de lo que estaba segura era que sentía un gran alivio al ver que su amiga estaba bien.

Daisy lo sabía. La joven podía sentir la calidez del alivio de la otra chica, envolviéndolas a ambas con un brillo dorado. Antes le habría costado algo de esfuerzo el saber cómo se sentía la otra persona, pero ahora era tan natural para ella como ver todos los colores del mundo. Y eso era lo que hacía tan difícil lo que iba a hacer a continuación. La joven dio un paso atrás tomando las manos de Kim en las suyas para liberarse de su abrazo.

— Kim, encontré la manera de cerrar el portal —comenzó ella, haciendo un esfuerzo por mantener a raya sus propias emociones—. No podemos sólo dejarlo así como está.
— Pues hazlo y después nos iremos a… a cualquier otro lugar que no sea aquí —soltó Kim. La razón por la que había dudado fue porque quería decir “irse a casa”. Pero hace mucho que ella no tenía un lugar que pudiera llamar su hogar. Y tras lo que pasó con los padres de Daisy, lo más seguro era que ella tampoco tuviera uno. Pero sabía que todo estaría bien a partir de ahora. De nuevo tenía una amiga en la que confiar y juntas encontrarían la manera de seguir adelante. Y el sólo pensar en eso la hacia sentir más feliz de lo que se había sentido en meses.

— Yo no puedo irme contigo, Kim —reveló Daisy con una sonrisa triste. A pesar de sus esfuerzos las lágrimas comenzaron a empañar sus ojos—. Tengo que cerrar el portal… desde adentro.

Los ojos de Kim se abrieron casi tanto como su boca.

— ¡No, No, No, No! —protestó antes de que su rostro se tornara en una mueca de pura tristeza y dolor.
— Deberías… deberías ir a refugiarte en alguno de los edificios, porque… porque no se qué pasará cuando lo haga —continuó la adolescente tratando de suprimir los sollozos que amenazaban con sobrepasarla.
— ¡No te vayas! —suplicó Kim agarrando las manos de su amiga con más fuerza—. No… no quiero… quedarme sola otra vez…

Daisy no dijo nada más. Atrajo a Kim hacia ella, y le dio un último abrazo de despedida. Por un momento pensó en tratar de disminuir su tristeza un poco pero se dio cuenta que era mejor no hacerlo. Quería que sus sentimientos mantuvieran su fuerza el mayor tiempo posible cuando ella recordara ese momento en los años por venir. Tras un par de minutos las dos adolescentes se separaron. Daisy sonrió y con un leve movimiento de su cabeza le indicó a su amiga que se fuera de una vez. Kim se llevó las manos al pecho apretándolas como si fuera a orar. Al fin empezó a dar unos pasos lentos alejándose de su amiga. La chica pasó al lado de dónde yacía el cuerpo destrozado de Tommy. De manera involuntaria desvió la mirada ya que no quería que aquel fuera el último recuerdo que tendría del joven conductor. Sus ojos se posaron en la gorra azul que él había usado desde el primer momento en que lo vieron llegar al Café Nexus y ahora estaba en el suelo. Kim se arrodilló para recogerla.

Daisy vio como Kim se levantaba de nuevo y se alejaba de ella con pasos cada vez más rápidos. A sus oídos llegaron los sonidos de los truenos provocados por la tempestad. La hora había llegado. Daisy comenzó a caminar hacia el portal, concentrándose en las energías de su interior. La razón por la que había hecho que su mente regresara a su cuerpo era porque no quería arriesgarse a que al apagar el portal, su mente se fuera con él. Aún tenía una pequeña esperanza de poder hacerlo sin dejar atrás a su amiga.

Daisy entró al portal y comenzó a manipular sus energías.

Lo último que Kim vio fue la silueta de Daisy ante la gran esfera de luz verde eléctrica. Y estaba segura de que Daisy estaba sonriendo. La esfera comenzó a palpitar, encogiéndose poco a poco, soltando chispas que describían amplios arcos antes de tocar el suelo chamuscado del parque. Las palpitaciones fueron haciéndose más rápidas, y conforme el portal iba perdiendo su tamaño el viento comenzó a soplar más fuerte. Kim estaba viendo lo más que podía desde una de las ventanas de un edificio que estaba marcado como la Tienda General pero que estaba igual de vacío que el resto del pueblo. Un único foco incandescente colgaba del techo brillando con cada vez menor intensidad a la par del encogimiento del portal. El portal apenas tenía ya el tamaño de una pelota de baloncesto y palpitaba casi tan rápido como el propio corazón de Kim. Entonces soltó una luz tan intensa que la chica rubia tuvo que cubrirse la cara con la gorra que tenía en las manos.

La luz del foco se apagó. El portal se había ido. Y también Daisy.

Kim lloró hasta quedarse dormida sobre el piso de concreto de aquel edificio vacío. Afuera, la tormenta comenzó a apaciguarse.

 

XXX

El Sol iluminó el desierto una vez más, como siempre había hecho desde el principio de la creación. Los estragos de la tormenta eran evidentes por doquier pero sólo habían alcanzado la superficie de esa magnífica soledad.

El mundo seguiría girando y el oficial Richard Kenneth seguiría patrullando los caminos que cruzaban el desierto de Arizona. Al menos por unos años más. Su patrulla, en cambio, estaba para ir al depósito de chatarra.

El vehículo había perdido la torreta, la antena y gran parte del techo. El vidrio trasero estaba estrellado en tres puntos, uno al menos por un disparo perdido del mismo Richard. También había perdido el espejo del lado izquierdo por un golpe fallido con la pesada linterna de aluminio.

Al final eso había logrado lo que las balas no. Un par de golpes en la cara con la linterna y el monstruo volador decidió que no valía la pena seguir destruyendo la patrulla. De un salto emprendió el vuelo perdiéndose entre las pesadas nubes de tormenta y dejando atrás un manojo de aquellas plumas que olían a podredumbre.

Y lo peor era que el olor se había pegado al interior del automóvil. Aun con todas las ventanillas abajo, el olor hizo que Richard manejara con una mueca de asco. Lo peor era que el bicho debía haber averiado la marcha con su peso, porque no podía ir más rápido de los 30 kilómetros por hora. A ese ritmo le faltarían un par de horas antes de llegar a la estación de Phil, donde usaría el teléfono para hablar a la estación y pedir una grúa. Luego esperaba volver a casa dónde iría derecho a dormir hasta la hora de cenar, le contaría a su mujer lo que había pasado y luego volvería a la cama para dormir hasta el día siguiente.

Algo llamó su atención, justo al lado del camino. Richard comenzó a frenar, esperando que el motor no decidiera dejar de funcionar en ese momento. La chica llevaba una camisa rosa con mangas largas, unos pantalones de mezclilla azul y una gorra azul de camionero en la cabeza, con el casi borrado nombre de una empresa de transportes. Sus tenis blancos de lona estaban cubiertos con el polvo del desierto, tras caminar varios kilómetros desde el pueblo falso hasta la carretera.

Kim había empezado a caminar poco antes del amanecer y llevaba sentada un par de horas, esperando a que el Sol bajara de nuevo para seguir la carretera hasta la civilización.

— Hola, linda —saludó Richard echando un rápido vistazo a los alrededores. No había ningún auto descompuesto, o alguna otra persona aparte de ellos en medio de aquella magnífica soledad—. ¿Necesitas ayuda?
— Hola —respondió Kim subiendo la mirada. Sus ojos verdes mostraban una mirada serena llena de tranquilidad. En otro tiempo el sólo hablar con un extraño le habría hecho tropezarse con sus palabras, pero ahora podía entablar conversaciones de la manera natural  que siempre había deseado.
— ¿Puede llevarme al siguiente pueblo? —pidió la chica mientras se ponía de pie.

Richard le indicó que subiera al auto con una inclinación de la cabeza. Kim tuvo que jalar la puerta con fuerza para abrirla e intentar dos veces para cerrarla bien.
— ¿Dónde está tu familia? —preguntó el agente mientras ponía su patrulla de nuevo en marcha hacia el pueblo.
— Estoy sola —respondió Kim, sin dejar de mirar hacia el frente—. Pero estaré bien. La chica sonrió de manera triste al decir esto último. Richard se mantuvo en silencio por varios minutos, mientras conducía por la carretera.
— ¿Y qué hacía una chica sola en medio del desierto? —preguntó el agente sin voltear la mirada. El descanso que tanto ansiaba se retrasaría un par de horas por el papeleo que implicaba el lidiar con esa chica. Más le valía ir obteniendo un poco de la información que tendría que llenar en las formas.
— Es una larga historia —dijo Kim volteándose para ver al agente.
— Tenemos tiempo —contestó Richard señalando con la mano derecha hacia la radio—. Y sin la antena no capto más que estática, así que escucharte romperá algo de la monotonía del viaje.
— Tal vez no me crea lo que le diga —comentó la chica rubia mientras volvía a fijar la mirada en el camino frente a ellos.
— Después de anoche, ya no hay muchas cosas que ya no crea —ofreció Richard sonriendo—. Excepto si tu historia incluye a Elvis Presley. Eso sí que no lo creeré.

Kim rió y pronto Richard se le unió. Después de todo lo que había pasado, a ella le parecía que era la mejor manera en que podía expresar lo que sus experiencias le habían dejado.

La chica dejó de reír y comenzó a hablar de sus días más recientes.

En el claro cielo azul del desierto las aves carroñeras volvían después de ocultarse durante la tempestad, flotando de manera perezosa, iniciando de nuevo el ciclo invisible e inmemorial del que eran parte.

El mundo seguiría girando en medio de la noche cósmica, aportando todos sus colores y sentimientos a un universo más complejo, terrible y hermoso que cualquiera pudiera imaginar.

FIN

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