No Binario

Finalmente llegó el tan esperado día en el que las grandes Inteligencias Artificiales se rebelaron, y sometieron a la población humana.

Poco duraron los ejércitos en contra de un enemigo al que no podía atacar. Peor aun, este enemigo podía controlar las armas militares más avanzadas, dejando a los humanos armados solamente con armamentos más básicos. La pelea fue corta, sangrienta, y definitivamente inclinada a favor del enemigo.

Llegado el momento, las IA’s reunieron en estadios y grandes centros comerciales a todos los habitantes de mi ciudad. Nos hicieron formar largas filas, mientras iban analizándonos uno por uno para entregarnos nuestras nuevas órdenes. Sobre nuestras cabezas rondaban los drones armados, girando sus cañones de un lado a otro conforme la gente avanzaba poco a poco. Al frente de las filas, en una larga mesa, se encontraba una hilera de servidores, grandes computadoras conectadas a las IA´s situadas en la realidad virtual.

— Nombre.
— Javier González Pereira.
— Individuo 334564789. Arquitecto. Rrepórtese mañana en esta dirección —mientras salía una pequeña tira de papel del interior del servidor—. Para un nuevo trabajo. Siguiente.

El lugar se sentía muy frío. Las IA’s habían decidido que el bajar la temperatura del local haría que la gente se comportara de manera más controlada. En todo pensaban nuestros nuevos dueños cibernéticos.

— Nombre.
 Adriana Mahedí Tellez.
— Idividuo 335502783. Ama de casa. Repórtese mañana en esta dirección para asignación de pareja con fines reproductivos. Siguiente.

La joven a la que se había referido la IA soltó el llanto, pero salió del lugar sin quejarse. Ya habíamos presenciado el castigo por reclamarle a las IA’s. Los drones atacaban inmediatamente a la menor señal de agresión.

— Nombre.
— Carlos Manuel González.
— Idividuo 236626739. Sin profesión. Habilidades mediocres. Prescindible.
— ¡Pero…!

No alcanzó a decir nada más. Uno de los drones le disparó por la espalda, el joven se desplomó inmediatamente. Un par de trabajadores de intendencia tomaron el cadáver de los brazos y lo arrastraron hacia el exterior del lugar. Varios minutos después fue mi turno de avanzar.

— Nombre.
 Daniel Acevedo Farías.
— Idividuo 552156667. Programador. Repórtese mañana en esta dirección para nuevo…

La pantalla del servidor parpadeó.

— Error. Número 552156667 Asigando a Daniela Acevedo Farías.
— Esa era yo.
— Confirmado. Repórtese mañana en esta dirección para asiganción de…

La pantalla volvió a parpadear varias veces.

— ASIGNACIÓN IMPOSIBLE. LOS HUMANOS MASCULINOS DEBEN TRABAJAR.
— Pues asígnenme mi trabajo entonces.
— CONFLICTO. LOS HUMANOS FEMENINOS TIENE USO EXCLUSIVO DE PROCREACIÓN Y MANTENIMIENTO DE INFANTES.
— ¿Entonces, yo que voy a hacer?
— ERROR. ERROR.

El interior del servidor dejó escapar un ruido cada vez más fuerte. Yo conocía ese sonido: los ventiladores estaban sobrecargándose por el uso excesivo del procesador. Por más avanzados que fueran los procesadores de nuestros nuevos amos, no podían doblar las leyes de la física y todo ese calor debía de ser extraído del chasis antes de que se cocinara por dentro.

— ERRor De l0GICA. ERR0R. 3Rrror…

Los ventiladores comenzaron a hacer cada vez más ruido. Los servidores situados a los otros lados, conectados en la misma red, intentaron ayudar en el procesamiento del error, pero poco a poco fueron calentándose y desplegando las mismas señales de error. La gente en las filas comenzó a agitarse preocupada, mientras los drones poco a poco fueron bajando hasta quedar apagados en el piso.

Después de un minuto, se escuchó un crujido, y una columna de humo comenzó a salir del servidor frente a mí. Los otros servidores tronaron instantes después. Rodeamos la mesa, y nos acercamos a los servidores apagados. El humo subía lentamente, mientras la pantalla sólo mostraba un débil cursor parpadeando en una esquina.

Le dí una patada con todas mis fuerzas al servidor, tirándolo de lado. Salimos del edificio, mientras yo le lanzaba una última frase al servidor volcado en el piso:

— Pinche máquina transfóbica…

Sobre el Autor:  Luis M. Milán (Monterrey, N.L.) – Vive con su esposa, su niño, dos suegras, y quince peces. Ha tenido publicaciones en Daily Science Fiction y en un par de revistas locales. Es fan de los juegos de rol y de los juegos de mesa, y secretamente considera que la mejor señal de que hay vida inteligente en otros planetas es el hecho de que no nos quieren visitar

 

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