El video a la radio mató: una fábula de monstruos, célebres y no, en los ochenta

“Cada vida tiene su propia imitación de la inmortalidad”
Stephen King.

— ¿Te acuerdas de mí? ¿Me reconoces? ¡Soy famoso! Yo era el zombi que bailaba atrás de Michael Jackson en el video “Thriller”. Bueno, tal vez lo que sí te impresione es que no era un actor, sino un auténtico muerto viviente.

El zombi se llamaba Lucas. En vida fue un muchacho de diecisiete años que fue convertido en muerto viviente por culpa de un experimento fallido que pretendía otorgarle la inmortalidad: un caso entre tantos de monstruos de películas en la década de los ochenta. Nada más extraordinario que un fondo dibujado en una cinta de Walt Disney.

Lucas despertó convertido en un cadáver viviente y aplicó en su vida la máxima que le dice todo psicólogo a su paciente “no te preocupes, ocúpate”, ese cliché que se traduce en que si te va a cargar la chingada, al menos mates el tiempo.

Fue así como decidió convertirse en extra de películas de terror.

— La buena noticia es que ya tienes chamba, la mala es que sólo puedes conseguir de extra.

Quien le dijo aquellas alentadoras palabras fue Jerome, un vampiro de doscientos años que vivía en un suburbio de la que podía ser cualquier ciudad del mundo, y era hostigado constantemente por sus vecinos, unos adolescentes que estaban obsesionados con las películas de miedo… sí, como en Noche de miedo.

Lucas viajó a Los Ángeles y actuó en Poltergeist (él era uno de los cadáveres que emergen de la tierra y quieren raptar a Carol Anne). En Herbert West: Re—Animator (él caminaba al fondo, durante unos segundos). En El regreso de los muertos vivientes (él era quien se levantaba de la tumba) y lo que para él fue su mayor éxito: el video Thriller, de Michael Jackson. Aprendió la coreografía y todo lo que el director, John Landis, le indicaba. La filmación fue en el barrio de East L.A., habitado por latinos y afroamericanos. El coreógrafo era Michael Peters, Vincent Price se hizo cargo del monólogo y la modelo de Playboy Ola Ray fue la novia de Michael, quien a Lucas le pareció un tipo amable, pero siempre lo veía rodeado de niños quienes, por extraño que pareciera, eran atendidos por un médico a causa de constantes sangrados anales.

Lucas se quedó a vivir en Los Ángeles. Dormía en el cementerio Hollywood Forever, entre californianos que fueron millonarios y ex estrellas de cine. Así pasaba la eternidad: alimentándose de cerebros de vagabundos y pudriéndose cada día más. Su único amigo era Jerome, quien vivía en una mansión en Beverly Hills. Ganaba una fortuna asesorando personalidades en materia de vampiros, para que sus productos fueran completamente verídicos. Ni siquiera tenía que salir a cazar humanos, pues sus matones se los llevaban a la casa, donde drenaba toda su sangre al atardecer mientras veía videoclips de MTV.

Lucas sentía una inmensa envidia hacia Jerome, aunque por supuesto, no lo expresaba. Aunque fuesen un vampiro y un zombi, sus emociones eran tan humanas como la de cualquier amigo.

Una noche, Jerome invitó a Lucas a una fiesta, de esas que organizaba cada mes y eran un torbellino de celebridades, alcohol, sexo y desenfreno de Imperio Romano.

Lucas se arrastró hasta la mansión de Jerome, quien lo recibió en persona mientras por toda la casa se escuchaba You spin me around like a record.

—¡Lucas! ¡Se acaba de ir Cindy Lauper y Boy George! Pero está Gene Simmons lamiendo con su lenguota el barril de cerveza.

Lucas entró arrastrándose, como todo buen zombi que se diera a respetar. Miró a Gabriel García Márquez y Stephen King, mientras Jerome le decía que el autor de Cien años de soledad quería escribir una novela de vampiros, pero “en definitiva no tiene el punch el Gabo. Le dije que siga escribiendo historias de Macondo, que se quede con las mariposas amarillas y le deje los murciélagos a los que sí saben”.

Ronald Reagan estaba a punto de irse, mientras Madonna y Michael J. Fox, ya ebrios, abrazaban a David Hasselhoff. Lucas creyó ver a Mister T, Diego Armando Maradona y Gustavo Cerati. Lucas se tragó la envidia como se tragaba los cerebros humanos. Con una mezcla de disgusto y necesidad.

—¡Es Spielberg! Hey, Steve. Sí, con todo gusto te puedo ayudar. Te costará unos millones pero con gusto de asesoraré. ¿Sabes? No te ofendas pero aunque todo mundo dice que E.T. es tierno yo no estoy de acuerdo, parece molleja de pollo.

Lucas se arrastró hasta la enorme piscina ubicada en el jardín de la mansión de Jerome. Aunque hacía un agradable calor californiano, él no lo sentía, pues su organismo ya estaba muerto.

Un estereo reprodujo canciones de moda: Sweet dreams are made of this (vio a Annie Lenox platicando con Wes Craven y Robert Englund), Fright night, Take on me y por ultimo, Video killed the radio star. La canción hablaba de cómo la radio estaba esfumándose, muriendo a causa de los videoclips:

—Te escuché en la radio en el 52, recostado despierto, atento al sintonizar contigo, si fuera joven, tu supervivencia no se detendría. El vídeo clip mató a la estrella de la radio. En mi cabeza y en mi coche, no podemos rebobinar, hemos ido demasiado lejos.

Jerome llegó a sentarse al lado de Lucas, en una mesa de jardín. Cargaba en sus hombros el cadáver de una muchacha. Estaba completamente blanca y tenía dos orificios en el cuello. Jerome tenía la boca manchada de sangre. Se la limpió con la manga de su camisa Armani y eructó.

—¿Por qué esa cara larga? ¡Nos estamos divirtiendo! Somos monstruos inmortales. Tenemos milenios por delante. ¿Cuál es tu problema? Mi única bronca son esos pubertos que tengo por vecinos y andan queriendo sacar a la luz que soy un vampiro, pero nadie les hace caso. Ni siquiera sus padres. ¿Estás bien, Lucas?

Lucas quiso decirle que mientras él se pudría y no le daban papeles protagónicos en películas, Jerome era eternamente joven, rico y poderoso. Quiso decirle que lo envidiaba, incluso casi lo odiaba. Anheló decir que su vida era como aquella canción: el video a la radio mató, el Nintendo al Atari, las videocaseteras al Super8, y quien sabe que los mataría en el año 2000, que estaba a la vuelta de la esquina de los ochenta. Quiso echarle en cara que la vida era injusta con hombres, mujeres, ancianos, niños, vampiros y zombis por igual. Quiso morderle la cabeza y sorber su cerebro. Pero optó por callarse. La envidia es el único pecado capital que es mejor callárselo. Así que en lugar de vomitar su diatriba, susurró:

—Sí.

Lucas quiso llorar, pero le fue imposible. Su organismo, como sus sueños, estaba muerto y podrido.

 

 

Bernardo Monroy

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