Una boda en el infierno – Parte 1 de 3

I

Javier y Claudia habían sido muy buenos amigos desde la secundaria por eso era de esperarse que él fuera el primero en recibir la invitación a la boda de Claudia.

Como todos los día a las mismas tres de la tarde, en medio de la penumbra que envolvía a la habitación cuya única ventana estaba cubierta con un pliego de cartulina negra, y que era ocupada sólo por una computadora que descansaba sobre un viejo escritorio de madera y una silla de oficina, la inspiración le llegaba a Javier tan fluida como el agua que corre en un río; trabajaba en su nueva novela: Sueños en el pasillo de la muerte. Sintió una tremenda frustración cuando el timbre sonó interrumpiendo su concentración, se quejó con un gruñido y golpeó con el puño el teclado, provocando un extraño algoritmo de letras al azar: Bv cfhb

Salió del oscuro cuarto y se dirigió a pasos rápidos hacia la entrada dispuesto a presentar reclamo a quien hubiese interrumpido su momento de creatividad. Abrió la puerta. Claudia, al otro lado, tras verlo, se le abalanzó y lo abrazó con todas sus fuerzas, permanecieron unos cuantos minutos así. Entre besos caminaron hacía el gran sillón del centro de la sala y se tiraron sobre él. Javier había comenzado a desnudarse cuando Claudia le detuvo. El joven la miró con cierta curiosidad y en sus ojos vislumbró un brillo.

― ¡Me voy a casar! ―soltó Claudia con la más grande y emotiva sonrisa que Javier pudo haber visto en su larga amistad.

Javier esbozó también una sonrisa, aunque no se sentía feliz en absoluto. Suspiró y acarició la mejilla de su amiga que lo miraba a los ojos. Ella sonrió y procedió a besarlo, ambos se desnudaron y tuvieron sexo por última vez, Javier lo sabía. Así que lo hicieron como nunca.

Cuando hubieron terminado el acto, Claudia antes de entrar en la regadera se despidió de Javier con un beso en los labios y chupando de forma rápida el miembro ya flácido del escritor.

Solo, recostado desnudo en el sofá, Javier prendió un cigarro y se encaminó de nuevo a su cuarto de escritura, no quería ver cuando su amiga se marchara. No supo cuánto tiempo estuvo escribiendo (palabras sin sentido ni coherencia alguna), cuando recordó la invitación. Bajó, aún desnudo, para darse cuanta de que Claudia ya no estaba. Se tumbó sobre el sofá y sacó la invitación del bolsillo trasero de su pantalón que yacía sobre el suelo frente a una pequeña mesa de centro. Era un sobre color azul metálico, adornado con algunas flores; dentro, en una hoja de papel fotográfico adornado en los bordes con impresiones de rosas, se podía leer:

Claudia & Rubén

Queremos compartir junto a nuestros familiares y amigos este momento tan importante en nuestras vidas.

Los esperamos el sábado

19 de marzo de 2017

6:00 pm

En la iglesia de San Lorenzo.

Av. Central Carlos Hank González 120, Rinconada de Aragón, C.P. 55140, Ecatepec, Edo. De México.

 

II

Para Javier todo el mes de febrero fue muy frustrante, pues desde que su amiga le dio la noticia no volvieron a tener los encuentros sexuales que ya se habían vuelto rutina de cada quince días. El joven escritor nunca había tenido suerte con las mujeres, fue Claudia con quien tuvo su primer noviazgo (y su primera relación sexual) a los dieciocho años, la relación sentimental no duró más de año y medio y desde entonces no volvió a salir con nadie. Se limitaba a sentir los placeres del sexo sin compromiso con ella y con otras chicas que conocía cuando le daba por visitar a sus viejos profesores. Javier dejó de ser un picaflor después de cinco años teniendo sexo con Claudia de manera constante.

Ahora que ya era adulto, comprendía bien las consecuencias que implicaba su interés por las chicas vírgenes y menores de edad; además, ya hacía mucho tiempo que no intentaba seducir a una joven, se sentía incapaz de lograrlo de nuevo. Consideró también la posibilidad de pagar a una prostituta pero no era muy aficionado a eso, además no estaba dispuesto a contagiarse de alguna enfermedad.

 

III

19 de marzo de 2017.

El despertador sonó con su estresante pitido a las ocho de la mañana del día de la boda. Javier buscó a tientas su celular en el buró de junto, mientras lo hacía cayó dormido en dos ocasiones con la mano extendida hasta que por fin dio con el aparato. Giró para quedar boca arriba y con los brazos extendidos sobre su cabeza, celular en mano, volvió a quedarse dormido por dos minutos más, finalmente el celular cayó sobre su cara, cortándole el sueño por completo. Apagó la alarma y se levantó de muy mal humor, pues estaba acostumbrado a dormir hasta las dos de la tarde, pero tenía que hacer una excepción, aunque no muy gustoso de ello, por su mejor amiga. Aún faltaban ocho horas para la boda pero quería salir temprano de casa ya que tenía planeado salir a dar un paseo, después de rentar un traje, para distraerse de la desesperación que le causaba el acontecimiento que ocurriría más tarde.

Sin molestarse en darse un baño, se vistió con un pantalón de mezclilla azul marino (nuevo) y una camisa negra con el borde de los botones color blanco y una bolsa simulada del mismo color en el pecho; bastante elegante estaba ya. Después de desayunar una sopa instantánea y una taza de café, salió de su casa con una radiante sonrisa. El reloj marcaba las diez y cuarto de la mañana.

Condujo su motocicleta quince calles en línea recta hacia un pequeño local llamado El rincón de la elegancia. Un joven vestido con una blusa de color blanco y un pantalón azul claro le dio los buenos días e inmediatamente, sin darle a Javier la oportunidad de responderle el saludo, pegó un grito un poco afeminado y preguntó:

― ¿Eres Javier Montés? ―se agachó y sacó un libro, una novela llamada La hipótesis del diablo―. ¡Hay dios mío! Sí, eres tú.

Javier sonrió incomodó, al mismo tiempo que estiraba la mano para tomar su novela de las manos del joven; hizo un rayón sobre el nombre de su madre y debajo escribió el nombre del chico y firmó justo debajo de este. Pidió su traje y se marchó tras estrechar la mano del joven.

Aún le restaban siete horas; regresó a casa, arrojó el traje hacia al sofá con un movimiento sin si quiera mirar. Condujo de nuevo, esta vez durante una hora hasta llegar a la preparatoria a la cual hace algunos años asistió.

 

(CONTINUARÁ)

 

 

Omar Torres

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