Maleza

La jardinería era mi pasatiempo favorito.

Después de las lluvias, un denso matorral había germinado en la esquina del patio, me tomó horas llegar con el azadón al núcleo, en el que tallos y raíces se aferraban al suelo. Una especie de arácnido del largo de mi pulgar saltó delante de mí. Sus ojos negros me hipnotizaron, siendo un tordo cojo quien rompiera el trance de un picotazo para llevarse volando al artrópodo.
Esa noche soñé que estaba en una jungla gigantesca, donde árboles de ramas serpentinas brotaban de la tierra en minutos, como pulpos de madera áspera. Flores de sangre exudaban semillas iridiscentes, iluminando aquel cielo estroboscópico, donde día y noche se alternaban por segundos. Ortigas luchaban contra hongos por dominar el terreno, y ante mí, el césped se extendía arrastrándose codicioso hacia el horizonte.

Era yo el intento del primer animal por salir del mar primordial, reptando lentamente en un mundo hostil de venenos y savia, lleno de tallos ondulantes que crecían hacia mí, en búsqueda frenética sin ojos, para enredarme, sofocarme y nutrirse con mi cuerpo.

Desperté jadeando. Por la ventana que daba al patio, vi el matorral, alzándose triunfal sobre el cadáver de un tordo cojo.

 

 

(Cuento ganador del 2do lugar del concurso La Cabra Negra y Sus Mil Relatos 2017)

 

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