El hombre que amaba a morir

(I Visitas)

“Pobre del hombre que por vivir en un árbol, se cree pájaro”.

La ventana reflejaba la mañana. Adentro, la cortina aún no se recorría. El residente no se manifestaba, dormía sentado frente a la ventana como todas las noches desde que comenzaron las visitas. Cuando el sol empezó a tocar por la ventana, aquel hombre, abriendo los ojos con prisa despertó. Deslizó la cortina de su casa-árbol para que la luz disolviera sus lagañas y le permitiera recordar de qué estaba hecha la vida:

-Un cúmulo de soles, uno trás otro. Uno tras otro. Amontonados sin usar bajo la cama, gritando como gatos cocinándose a fuego lento-

Cuando la luz por fin hizo su trabajo, pudo verla: volando entre árboles, entre sus pensamientos.

Ella se acercó a alta velocidad. Siempre iba a mirar al interior de esa casa-árbol, se dejaba admirar por su ocupante. Ella afuera, él adentro. Siempre dejaba una estela luminosa, que junto con su ser, se asemejaba a lo etéreo -si alguien sabe que es eso-. Sus alas no perdían gracia. Un día, igual a los demás, una idea mecánica se acampó en el cerebro del admirador: emularía el vuelo de la mujer-ave-hada. ¡Claro que sólo la función mecánica! la gracia era un asunto a parte.

 

(II Vuelo)

 “Pobre del hombre que por navegar a la deriva, cree que es libre. Que va en la dirección que desea, pero es el mar quien lo mueve, lleva y trae”.

 Y entonces, después de un tiempo más de observación y admiración y ajuste de engranes y cables, sus alas estuvieron listas. Abrió la ventana otra mañana y quedó listo para volar en cuanto la viera acercarse. Los rechinidos de su mecanismo volador eran como el pillido de un montón de aves huérfanas en tierra.

Pero cuando llegó el momento, sin pedirlo, ella lo tomó de la mano. Cuando él no tenía el valor de saltar. Volaron largo rato. Las alas mecánicas y las naturales danzaron en el vacío. Subieron y subieron, sonrieron y sonrieron.

Pero las alas de él no fueron hechas para durar. Su sonrisa se derritió, sus alas se desbarataron cuando sus engranes no pudieron seguir. Sus sonrisas se acabaron. Pero no se soltaron. Él ya no volaba, pero ella no lo soltaba; aun con el lastre mecánico en que él se había convertido. Él  siguió aferrado hasta que el peso ganó y sus manos se separaron.

Vio como su hada se empezó a hacer más y más pequeña entre un silbido antes de estrellarse.

 

(III Construcción/Destrucción)

“¿Qué pensará el hombre que construye cosas para destruir?”.

“No puedo volar, entonces, la tomaré de la mano para que caminemos” -pensó-. Pero ella ya no lo buscaba. Nuevas ideas se le incrustaron en la mente herida.

Fabricó una nueva máquina, pero ahora terrestre, aunque no menos muerta y fría que la anterior. Plantada al suelo como los pies de su creador. Lista y cargada, la máquina fue disparada otra mañana (ahora nublada). Y después de varios intentos, entre fuego y sangre, tumbó al hada.

Mató su vuelo y sabe Dios qué cosas más en ella. Pero a partir de entonces se quedó con ella, sus pieles estaban por fin juntas. Estaba en sus brazos, con la cabeza como péndulo y la mirada opaca, de esas que miran el infinito. Pero por fin él podía decirle cuanto la amaba.

Hoy ya no brilla y sus plumas empiezan a caer, pero ahora él puede besar su frente todos los días antes de ir a dormir.

 

Ricardo Serrano Castro

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