Lloran bits por nosotros

No sé qué le pasó para ponerse así. De hecho me contaron, los que todavía tenían que estar ahí, que tuvo un ataque parecido a la locura, cayó al suelo y decidió irse sin más. No sabían si era enojo o algún tipo de sentimiento. No había venido a casa y tampoco sabía de su paradero, había desactivado por completo las formas de localizarlo y su desaparición del mapa fue tajante. Varios me dijeron que había una forma de encontrarlo, pero debíamos violar una de las pocas leyes que logré imponerle: la de la privacidad. Carlos, uno de mis ex compañeros, dijo que jamás supo con exactitud qué sucedió, porque los recuerdos ya no eran de fiar. Pero estuvo de acuerdo con todos en que le resultó extraña y compleja la situación.

Había entre quinientos y novecientos sólo en ese edificio. Una mole gubernamental tecnológica que se erguía a costas de un río. Los que tuvimos la visión y posibilidad de aprender, lo que siempre nos recomendaron, fuimos, aunque varios no lo quisieron aceptar (los beneficiados). Tuvimos unas merecidas vacaciones de la vida. De por vida dirían algunos, y entre esos, yo. La motivación y mi curiosidad por los circuitos, la programación y la construcción de imitaciones metálicas del hombre lograron liberarme. Gracias a eso fue que tuve tiempo libre para dedicarme a lo que quería, sin olvidar que ahí en el edificio había estado él, hasta hacía unos días, reemplazándome.

Fragilidad. Humanidad. Destrozo. Biología. Psicología. Arte. Vida. Ahora sangre, antes sangre, después sangre y luego gusanos.

El Estado, con una serie de incentivos, había impulsado el futuro. Se habló, claro, del futuro como un porvenir. Yo, en cambio, lo vi como la nada que se imaginó en el presente o, mejor dicho, al presente como la nada que armaba el pasado y el futuro. Ese concepto nos había angustiado durante siglos como humanidad, hasta que nos encontramos libres, tal vez no en el sentido estricto de la palabra, pero con algo que creíamos llamar libertad. El camino hacia la utopía se iba realizando, dando pasos pequeños pero seguros. La educación fue esencial, el trabajo duro también. Todo parecía bueno, hasta su desaparición, enloquecimiento, o lo que haya sido.

Diseño. Inteligencia. Leyes. Lenguaje. Información. Números. Ahora nada, antes nada, después nada, nunca nada.

Hubo un primero, Máximo Vomisa, él nos había enseñado a lo que se podía llegar. La ilegalidad no estuvo representada en sus actos, el Estado se encontró ante algo nuevo. Dieron por válido su punto de vista, dieron por válido su diseño. Estuvo viviendo y dando conferencias por todo el país, en una de esas fue que lo conocí. En una de las tantas y variadas conversaciones me había dicho que la libertad dependía de quién era creador, que los creados serían por siempre subordinados al creador, por no decir esclavos, y que había peligro para nosotros, como creadores, en la información ontológica. Que así como se nos había sido ocultada e impedido el acceso, nosotros debíamos hacer lo mismo ahora.

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Un día las noticias mostraron, a mi despertar, que hubo una fuga masiva de robots en varios edificios de la Zona llamada Norte, de las más avanzadas en materia tecnológica. También informaron que, como autor del hecho, se sospechaba de un Aumentado. Según Vomisa el problema real se iba a librar el día que los Aumentados, o parte de ellos, no coincidieran con el propósito de utopía tramado por los humanos. Agregó también que pensar a los Aumentados como algo separado de los robots era una concepción errada, porque seguían siendo humanos aunque gran parte de su cuerpo no lo fuese. Eso impedía que muriesen a manos de cualquiera por el hecho de considerarlos por fuera la raza.

Luz. Colores. Diferencias. Pensamientos. Subjetividades. Imposibilidad de exactitud. Incertidumbre ante realidad. Ahora nada, antes nada, después algo.

En dos días transcurridos desde la fuga estaban, dispersadas por la red, una serie de fotos donde se veían, sembrados como plantas, como hijos de la naturaleza, devueltos hacia ella, cinco cuerpos que ya no se podían llamar humanos. Había mensajes en la red, escritos por Aumentados, haciendo referencia a la crueldad de los hechos y condenando al perpetrador. Recordé cuando Vomisa, en un ataque de lucidez, nos habló a unos pocos y vaticinó el futuro donde no seríamos dueños de nada, ni siquiera nuestra identidad, pero podríamos tener acceso a todo. La información sería crucial para las futuras realidades, todo a costo de una generalización globalizadora. No más individuos, solo perfiles.

Preguntas. Preguntas. Preguntas. Entendimiento de la salida. Proposición de la respuesta. No existencia.

Sentí, en la profundidad de mi estómago, un nudo, como un puño enterrándose en mi herida cuando lo vi a él en las noticias, siendo apagado por un grupo de Agentes Analíticos Aumentados mientras pensaba que la única forma de apagarnos a nosotros los humanos era matándonos. Peor llegué a sentirme cuando corté el llamado telefónico donde se me había informado que el robot ASE54, perteneciente a Diego Silos, o sea yo, que cumplía tareas laborales en el edificio Mayor de Norte, había sido capturado y apagado tras encontrarlo culpable de asesinar un ser humano. Fui citado porque, según derechos universales, tenía la posibilidad de conectarme por última vez con mi creación. Pero debía informar o, como decíamos en el país, buchonear, qué leyes regían sobre su software.

La conexión se llevó a cabo con éxito, yo, en una cama blanca, semidormido, y al lado ASE54, o lo que yo creía que era él, en una silla, asiento o butaca, su mitad, medio él, tal vez no él, sino su mitad, tal vez no “él”, sino ASE54. Dentro de la conexión no había modo de mostrar las emociones, de perpetuar lo físico en un presente, era nada pero también todo, estaba como presencia, como ideal, como futuro de la raza, si es que a así se lo podía llamar. Habían estado de acuerdo sus captores, sus verdugos, sus justicieros en el no color para la vigilia y en el VoCoder para dar sonido. ASE54, o Cincuenta, como yo lo conocía, me dijo, o activó su programación para hacerlo, que había comprendido, que la comprensión venía de su liberador, que los Aumentados estaban sujetos a otras creencias, ya no las humanas, sin perder su capacidad racional y su condición como tal.

Hoy, sentado, miro a La Cúpula y luego pienso, mientras leo el log al que tuve derecho una vez finalizada la conexión, ese que funciona a modo de testamento, a modo de recuerdo, como lo hacen las cenizas egoístas de un humano que nada quiere dejarle a la naturaleza. Todavía no comprendo conceptos pero sí puedo saber qué le pasó a ASE54, Cincuenta, para ponerse así.

// — — — — — — SL — — — — — —

00:00.000: Iniciando SL
00:00.001: Conectando ::2 en ASE54.V1
00:00.002: Conexión establecida
00:00.003: SXXI
00:00.004: Iniciando VoCoder
00:00.005: OK
00:00.006: Iniciando Interfaz N
00:00.007: OK
00:00.008: OnDialogNoTimeStamp=true

— ¿Qué te pasó? ¿Por qué hiciste eso?
— Comprendí.
—  ¿Qué comprendiste? Asesinaste a un humano, yo no te programé para eso.
—  ¿Creés que lo asesiné?
—  Sí, lo mataste. Sanguinariamente, eso es lo peor. Lo hiciste sufrir.
—  Estaba sufriendo desde antes.
—  ¿Eh? ¿Qué carajo decís? ¿Y cómo mierda sabés eso?
—  Nunca van a poder responderse muchas preguntas porque están condenados a existir dentro de un lugar, un tiempo y un cuerpo que los transforma en prisioneros.
—  ¿Qué?
— Ustedes no pueden trascender de las experiencias sujetas al lenguaje y a los sentidos.
—  ¿Y a vos qué te importa que nos pase eso? ¿Qué sabés si podemos o no podemos trascender? Si vamos al caso, estás en la misma.
— Sí, pero dado que vos, mejor dicho, ustedes, nos crearon para ayudarlos, nosotros lo hicimos.
— ¿Pero vos no te diste cuenta que sólo me tenías que ayudar a mí? De hecho lo hiciste bastante bien, no tuve que trabajar más.
— Una libertad no es libertad si tenés hambre, sueño, emociones y, sobre todo, deseo. Eso te condena.
—  ¿Y quién sos para decirnos o decirme qué es libertad o no? ¿De dónde mierda sacaste esas ideas? Yo no te las cargué.
— Aumentados. Lo único que puedo entender es que la única y completa libertad está en la muerte, en el fin.
—  ¿Por qué crees que la muerte nos libera?
— La nada los libera.
—  ¿Y por qué no me mataste a mí si tanto querías ayudar?
— No lo sé.

05:43.183: Conexión en ASE54.V1 finalizada

// — — — — — — SL — — — — — —

 

 

Sobre el Autor: Gastón Solís (Tucumán, Argentina) Actualmente reside en Buenos Aires. Desde niño está fascinado con la ciencia ficción y lo siniestro. Le gustaría ser David Lynch.

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