El Gris

Un arma se amartilla…
Un auto en descontrol…
Un choque…
Vidrios rotos…

Nada.

La puerta se abrió con un chirrido espantoso, el terreno en picada hizo que resbalara sobre mis nalgas, apenas y me sujeté del árbol más cercano, recargué mi espalda en el mismo, busqué en la chamarra mi paquete de cigarros y no los encontré, les menté la madre. Vi el auto, todo el jodido frente destrozado por un árbol viejo, ya ni tenía forma la parrilla. Mientras mi compañero, el pinche Katzu, quedó con medio cuerpo de fuera a través del cristal. Pedazos de metal le sobresalían de la espalda. Le dije que se pusiera el cinturón de seguridad. Pinche Katzu, pinche pendejo del Katzu, eso te pasó por apuntarme con una Beretta de 9mm a la cabeza. Busqué en su chaqueta de cuero, de esas que te hacen ver un tipo rudo, ¿y eso a dónde te llevó ahora, pinche Katzu? ¡Bingo! Encontré lo que buscaba, cigarros, toda una cajetilla nueva, un poco maltratada.

Me apoyé en lo que quedó del cofre, al lado opuesto de mi ex compañero, abrí la cajetilla y me llevé la sorpresa de que había más de ocho cigarros completos, tomé uno y lo encendí; por suerte traía el encendedor en el bolsillo del pantalón. Las luces del auto alumbraban el camino del bosque, las ramas secas yacían tiradas por todo el maldito sendero sin rumbo fijo, lo único que nos rodeaba eran árboles. Vi hacia arriba, hacia la pendiente de donde veníamos y había al menos un kilómetro entre donde estaba de pie y donde debería seguir. Pinche Katzu, todo por codicioso.

¿Ya ves, pendejo? le dije al cadáver mientras le daba una calada al cigarro. Si no hubieras salido con tus mamadas ya estaríamos en la estación del tren. A tiempo.
Pinche Katzu, siempre tan pasional, cabrón. Subí por la pendiente, me resbalé en dos ocasiones hasta que al fin alcancé el maletero del auto, lo abrí y encontré las tres maletas y media que transportábamos. Pensé en lo empinado de la colina, vi hacia arriba y luego hacia abajo. Mire después mi pierna y pensé que no era momento de ser tan atrevido e intentar subir. Lo más sabio sería bajar. Puta madre, bajar para subir, habrase visto.

Dejé caer una maleta, las luces del auto me dejaban ver hasta dónde llegaba. Por fortuna no pasaba de los diez metros. Dejé caer la segunda y luego la tercera, la media maleta del final me la puse a modo de mochila, era más pesada de lo que recordaba, pero en fin, uno debe hacer sacrificios.

Llegué de nuevo al frente del auto, me despedí del Katzu. “Adiós, hijo de la verga, suerte con la carroña”  y descendí.  Al principio me costó trabajo, la tierra y los pedazos de árbol hicieron que resbalara, pero poco a poco comencé a adaptarme hasta llegar al final. “¿Ves, no era tan difícil, verdad?”

Va a estar bien pinche cabrón llevarme las tres, dije en voz alta mientras veía las maletas.

Observé con atención lo que me rodeaba, o lo que alcancé ver, la noche cubría los rincones del bosque y lo que apenas distinguía era gracias a las luces del auto, pensé en el tiempo en que tardarían en encontrarlo, al Katzu y mis huellas, ni pedo, iba a tener que arrastrar a estas infelices.

Me tomó una pinche eternidad, me madreé la pierna en la caída y me dolía al mover las tres maletas, me detuve y presté atención. No escuché ni autos, ni sirenas de patrullas, nada. Sólo el palpitar de mi corazón en las sienes. Llevé las maletas entre unos arbustos, las tapé bien y descansé unos minutos, encendí un segundo cigarro y lo disfruté como la mejor amante que hubiera tenido. Me limpié el sudor, pasé mis dedos llenos de tierra sobre mi cráneo calvo y luego me rasqué la barba de tres días. Puse seria atención al claro que estaba delante de mí y descubrí una saliente.

Un pinche pozo de agua, pensé.

Me reí de mi suerte, levanté una maleta y la arrastré hasta llegar al pozo, me acerqué al borde, encendí un pedazo del empaque de cigarros con el encendedor y lo dejé caer. El pozo estaba seco, no lo podía creer. Sujeté la cuerda y la estiré, abajo había un bote para sacar el agua, levanté la maleta entre bufidos, la subí al bote lo mejor que pude y la bajé, la soga era vieja, pero soportaba el peso, luego jalé fuerte para que la maleta cayera y se liberara el bote y repetí la operación dos veces más. Terminé jadeando y sentado a un lado del pozo, dejaré de fumar, me repetí mentalmente un par de veces, “dejaré de pinches fumar”. Mientras lo decía, saque otro cigarro de mi bolsillo y lo preparé en mi boca, cuando de pronto una sombra pasó veloz por encima de mi cabeza, al principio pensé que era una jodida nube atravesándose a la luz de la luna, pero ninguna nube es tan veloz. Luego vino el grito.

Lo primero que pensé fue que ya habían encontrado al pendejo de Katzu, pero luego vino un segundo grito, más desgarrador y venia de otra dirección. Me levanté, saqué de la maleta que me quedaba, la más pequeña, un fajo de billetes y mi arma favorita, una Desert Eagle .50 guardándomela en la parte trasera del cinto. Sacudí mis pantalones y emprendí rumbo en una dirección opuesta al grito y al auto. “A chingar su madre con esto” caminé al menos por veinte minutos, tal vez más o tal vez menos.  Cuando al fin me encontré con una casa estilo victoriana con un letrero afuera que decía “Motel El Gris”. Qué pinche nombrecito.

El lugar tenía al menos ocho ventanas en su cara lateral, un pórtico de madera con un entablado que la hacía de techo, se veía lo viejo que era y lo desangelado del lugar, al menos eso explicaría el nombre. Llegué a la recepción, el calor de hogar era relajante, pasaría ahí la noche y por la mañana iría a buscar una estación de autobuses, volvería por las maletas y me largaría de la ciudad. Todo dentro del lobby parecía clásico, como salido de una novela de época, sillones de madera antiguos, candelabros ornamentados en lo que bien podría ser una muy buena imitación de oro, una chimenea enorme y el recibidor más elegante que había visto en mi vida, de madera de algún tipo de árbol fino, perdónenme, no soy un jodido conocedor.

No había nadie.

Ni en la estancia contigua, chequé mi reloj de mano y apenas eran las doce de la noche, debería estar atendiendo alguien. Subí por las escaleras hasta el primer piso. Se abrió un pasillo largo con dos puertas de cada lado, luego fui al segundo piso, había un pasillo igual al primero, sólo que aquí había fotos adornando las paredes, avancé entre esas pinturas, eran hipnotizantes, no podía dejar de ver el realismo con el que fueron hechas, vi una puerta entreabierta y sonidos de gente dentro, debía ser una comida pues se escuchaba el masticar, ¿Quién mascaba tan ruidosamente?

Abrí la puerta y lo juro, casi solté un chisguete de meados al ver lo que estaba frente a mí. Una mujer lloraba sosteniendo entre sus brazos a un niño de al menos nueve años y a un lado de ellos había una pinche maldita cosa con cuerpo de mujer desnuda, melena blanca escasa, sus brazos tenían… joder, alas, dos enormes alas y una puta cola. Volteó a verme y su pinche rostro era como el de una rata sin pelo, con dos colmillos al frente y unas cuencas negras por ojos. Debajo de esta cosa estaba el cuerpo desmembrado de un hombre, no sabría decir cómo era, pues ya no había cara ni pecho. La cosa siseó y se lanzó contra mí, en mi pendejéz sólo me hice hacia atrás, tropezando con mi propio pie y yéndome a estampar en la pared contigua del pasillo, la cosa se acercó al mismo tiempo que yo sacaba mi pistola Desert Eagle .50, la apunté a la cabeza y le volé medio cráneo. La chingadera esa intentó hablar, entre un gorgojo de sangre negra como el puto petróleo y palabras dispares, no lo dude y volví a disparar, directo al pecho y sacando órganos internos por su espalda.

— Mujer… ¿Qué putas madres era eso? —grité.
No respondió, estaba en shock, el niño fue el que me habló.
— Debemos salir sin que nos vean —susurró.
— ¿Sin que nos vean? —pregunté—. Mierda… ¿cuántos… cuántos son?
— Muchos… vuelan… gritan… y comen.

Eso último el niño lo dijo mostrándome lo que quedaba del hombre en el piso. Y yo sólo quería pasar una noche tranquila. Tal vez con un poco de mota y una puta, pero tranquila.

— A la mierda —mascullé.

Di media vuelta y salí por el pasillo, ni el niño ni la mujer catatónica eran mi responsabilidad. Ya bastante tenía esa noche como para todavía cargar con peso muerto. Además de la mitad del mío; la pinche pierna me dolía mares.  Llegué a las escaleras y bajé los dos pisos, frente a la puerta me detuve, Pensé, pensé y pensé en la mirada de ese niño, ese niño particularmente blanco, tan blanco que bien podría ser albino. Y la mujer tenía de blanca lo que yo de europeo. Nada.

— No es tu pedo, pinche Neto —traté de convencerme—. No. Es. Tú. Puto. Pedo.

Abrí la puerta y los vi, cientos de esas cosas revoloteando, aterrizando en el claro frente al motel, cerca del bosque, cerca de mi pinche pozo y mis maletas. Asemejaban buitres pero sin plumas, hombres pero deformes y con alas, gritaban y volaban, justo como dijo el mocoso. Cerré la puerta de un madrazo y me lancé escaleras arriba. Llegué hasta el niño y la mujer y hablé con él.

— ¿Sabes cómo salir de aquí? —le pregunté al mocoso pálido.
— Sí… sí señor.
— Andando pues —le troné los dedos, debería saber cómo comunicarme más con los niños, pero así son las cosas conmigo.
— ¿Y ella? —preguntó.
— ¿Ella, qué?
— Debemos ayudarla —dijo el mocoso—, ella intentó ayudarme.
— Carajo.

Me acerqué a la mujer, estaba ida totalmente, sus ojos no veían nada, sus manos temblaban y decía incoherencias. El golpe sonó seco, pero surtió efecto. La cachetada le dejó una marca en el rostro.

— ¿Qué? ¿Quién es… —balbuceó la mujer. Empezó a gritar la condenada loca. Saqué mi arma y se la puse entre los ojos.
— Vuelve a gritar, cabrona —le escupí—,  y será lo último que hagas, ¿quedó claro?
— Ssssí… —dijo entre sollozos.
— Él nos ayudará —dijo el niño albino.
— Gracias, oh Dios mío, gracias —soltó la mujer.

Intentó abrazarme pero me hice a un lado y me la quité de encima.

— No joda, no es momento de eso —le dije—. Chico, sácanos de aquí.

Avanzamos por el pasillo hasta la escalera, sólo que esta vez subimos en lugar de bajar al tercer piso, llegamos ahí y resultó ser una especie de ático, saqué nuevamente mi arma y la chequé, quité el cargador y conté las balas, siete. Había lujos que uno no podía darse.

Al frente del ultimo pasillo estaba un ventanal de arco, llegamos a ese punto y una de esas pinches cosas se pegó al cristal, siseando y arañando el vidrio. Nos veía atentamente, sacaba la lengua y la pegaba en el cristal.

— Danosssslo —dijo—. Danosssss al niño….
— No estoy de pinche humor, jodida Vampirrata ¿Por qué mejor no se van tú y tus amigos de aquí?
— Nnnnoooo… él es nuestro.
— No, cabrones, ahora es mío.
— Él esssss nuesssstro…. Ssssi no nos lo daaaassss… estarássss marcadooo.
— ¿Entonces, el del pedo es el niño?

Cuando dije eso, levanté mi arma hasta la sien derecha del chico, el cañón ocupaba fácilmente toda su oreja. La cosa en la ventana abrió las cuencas negras y gritó.

— A lo mejor nos quito de pedos y le vuelo la cabeza, como a tu amigo allá abajo, ¿qué opinas, Vampi, amigo?
— Por Dios no  —dijo la mujer, intentó llegar al niño pero la quité de inmediato.
— Eresssss un asssesinoooo… no piedad en ti… Enfermoooo.
— Gracias, es lo más dulce que me han dicho —mi arma seguía en la cabeza del niño cuando lo obligué a caminar—.  Andando, chico.

El chico albino de cabello pajizo descolorido nos guío por una puerta y luego por otra, hasta dar a un cuarto con nada excepto un closet. Abrió el closet y había un pasaje hacia abajo. Y pensé de nuevo, “Bajar para subir” Vaya noche, pinche Katzu.

— ¿Qué eres chico? —pregunté antes de bajar.
— Yo… Soy… el 134,250.
— ¿Qué?
— Ellos —apuntó al pasillo— tienen granjas, con muchos como yo.  Dicen que somos nuevos.
— Mierda…. ¿Cómo conoces la casa?
— Se… se nos deja aquí con días de anticipación, antes de su llegada y luego… comen.
— Qué pinche enfermos… lo juro. Vamos, salgamos de aquí.

El niño entró primero, luego la mujer, en ese momento esas cosas rompieron el techo, entraron cuatro de un solo golpe, no quiero presumir, pero mis habilidades con las armas es… bueno, demasiada buena. Las cosas no habían ni tocado piso cuando ya le había volado a dos la cabeza, el tercero tomó a la chica y la levantó por el aire, ella gritaba, el niño gritó, las cosas comenzaron a revolotear por el hueco del techo, siseaban, gritaban y mordisqueaban a la pobre mujer, no pude hacer mucho… excepto volarle los sesos.

Todas las cosas se quedaron pasmadas. Como si nunca hubieran visto a alguien hacer semejante chingadera. Recordé ese estúpido meme de “KheBerga?” con el famoso ratoncito de los 80´s,  casi me río.  Tomé al niño y me lo llevé dentro del armario con las escaleras hacia abajo. Casi caemos un par de veces, no sé por cuanto bajamos, pero fue suficiente para llegar a una superficie con charcos de agua y lodo, el niño volvió a guiarme y de pronto comenzamos a escuchar a esas chingaderas bajar, era como si cientos de ellos estuvieran corriendo escaleras abajo.

Chico, más vale que encuentres una salida —le dije—, s+olo tengo cuatro balas en el arma.
— Por aquí —se limitó a decir.
— Pinche Katzu —dije balbuceando—,  si llego a salir vivo de este pedo, voy a buscar tu cadáver y te voy a vaciar una AK-47 en todo tu culo y después quemare tu cuerpo y voy a ver que otras chingaderas se me ocurren.

Vi que el niño saltó sorteando algo, pero no le tomé importancia hasta que tropecé, y ahí estaban, mis tres hermosas maletas, voltee hacia arriba y pude ver el cielo nocturno y luego recordé algo importante.

— Oye, chico, ¿cuánto falta?
— No mucho, una curva y entraremos en otro túnel, esta vez hacia arriba.
— Bueno, dejemos un regalo.

Me incliné, abrí una maleta y saqué unos preciosos paquetes de plástico. En ese momento di gracias de que el pendejo de Katzu no los usara en el banco. Coloqué dos, uno a cada lado del túnel, pegué los hermosos detonadores y escuché cómo se acercaban esos cabrones, bajé el contador de un minuto a diez segundos. Con eso debía bastar. Lo encendí y corrí, tomé sólo una de las maletas y la cargué a mi espalda, alcancé al chico y subimos. Mentalmente voy contando.

5… 4… 3… 2…

Uno.

No explotó. Y esos cabrones seguían acercándose. Pinche Katzu…

Llegamos a una puerta y en ese momento explotó todo el pasillo subterráneo. El chico y yo a duras penas salimos, fue una suerte que no explotara antes, un pedazo de algo en llamas estaba quemando la orilla de la maleta, lo quité de un manotazo y apagué el fuego. El niño se quedó viendo la finca y escuchamos los gritos, los que quedaban volando arriba de la casa comenzaron a caer, como si la explosión los hubiera aturdido.

— Están conectados —me dijo el niño—. Entre ellos.
— Putamadre —escupí al suelo.

Tomé la maleta y cargué con la pequeña en la espalda, me dolió pensar en todo lo que se quemó allá abajo, demonios. Le hice una seña al mocoso de que me ayudara con la maleta.
— Sabes que tendré que ir contigo, ¿verdad? —me dijo el muy cabrón.
— Supongo que sí.
— Estás marcado, te van a buscar y yo sé cosas de ellos.
— Supongo que sí.
— Bueno —fue todo lo que dijo el niño albino.
— Bueno —dije yo.

El cielo comenzó a clarear cuando llegamos a la autopista principal, caminamos un par de kilómetros más y llegamos a una estación de gasolina, ahí robé un auto y nos largamos de ese lugar, el estéreo sonaba con los Creedence, “I Put a Spell on you”.

Pinche Katzu, imagino tu cara muerta sobre el cofre del auto, con todos esos fierros atravesando tu cuerpo, riendo, por los pedos en que me metiste.

Después de un par de horas conduciendo por la libre comencé a recapitular lo acontecido y hubo una frase que no me cuadraba, “Dicen que somos nuevos”, así me dijo el mocoso, voltee a verlo, él iba sentado con medio cuerpo asomándose por la ventana del copiloto y vi unas marcas debajo de los brazos, unas extrañas y pequeñas membranas unían su axila al tórax. Como pequeñas alas en crecimiento.

Ah, pinche Katzu… En donde quiera que estés, chinga tu madre —susurré.

 

Jorge Robles

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s