Cuadro Newtoniano

Andrés se movió inquieto en la silla

— El pensamiento del hombre racional ha fallecido. El hombre se ha quedado sin pensamiento.

¿Quién le había dicho que se metiera en ese lío? ¿Por qué había tenido que acompañar a su amiga para esa clase?

―Las ciencias han demostrado que el investigador influye en lo investigado… El positivismo ha muerto. Las leyes de Newton no son la respuesta.

Él estaba consciente de que no había nacido para los números. La física o las matemáticas le parecían muy complicadas. Él era pintor, artista, poeta o cualquiera de esos nombres…

—El nuevo pensamiento debe considerar los nuevos elementos de la complejidad.

En la medida en que las argumentaciones del expositor se desarrollaban, algunos de los conocimientos vagos que tenía sobre las leyes de newton, vistas en sus estudios de bachillerato pero nunca asimiladas y menos incorporadas a su mundo, comenzaron a vagar por su mente.

            La clase terminó, pero él seguía pendiente de aquellas ideas.

— Ana, lo que ese señor decía…
— Andrés… ¿Vas a pintarme el cuadro antes de que llegue mi hija?
— Pero bueno, para eso te acompañé. Vamos a buscar los materiales.
— Es que tienes que terminarlo hoy…
— Despreocúpate. Termina de llegar a donde venden las pinturas. Y menos mal que no hay tanto tráfico. Ajá, y lo de esa clase…
— Esas son unas teorías que usan a Einstein y la relatividad, y todo un estudio sobre la complejidad que está siendo muy nombrada para decir que la razón no es suficiente para explicar muchas cosas, y que no basta con las explicaciones de predicción a las que la ciencia nos tenía acostumbrados.
— Pero nombró a Newton. ¿Allí no entra la gravedad? ¿La gravedad no es algo estable y verdadero?
— Bueno, eso de la gravedad es algo interesante como explicación de lo que oíste. Por ejemplo, en el espacio no hay gravedad. Por supuesto, eso no invalida…
— ¡Ah! Claro, eso es lo que pasa con los astronautas —interrumpió Andrés…
— ¡Andrés! ¡Llegamos! Bájate…
— Sí, vamos para que se te quite ese dolor de cabeza por lo del cuadro. Pero me interesa esa conversación.

Andrés lo dijo con la convicción de quien nota que sus estructuras mentales están desquebrajándose. Mientras buscaban los materiales en la tienda, su cerebro le hacía guiños mezclando los colores con las teorías que acababa de escuchar. Poco a poco la emoción del reencuentro de Ana con su hija y el motivo que Andrés colocaría en el mural que le dibujaría en la casa, pasaron a ser el centro de la conversación. No fue necesario mucho esfuerzo para que Andrés olvidara las explicaciones que quería recibir de Ana sobre el nuevo pensamiento.

Llegaron a la casa de Ana, y Andrés comenzó a preparar todos los elementos para la pintura.

— ¿Tienes todo listo? —preguntó Ana.
— Claro. Yo te dije que dejaras eso en mis manos. Ahora preocúpate de preparar algo de comer y de tomar, y no quiero verte más por estos espacios hasta que yo te diga que puedes entrar.
— De acuerdo. Sorpréndeme.

Andrés inició los preparativos y se zambulló en un paisaje que comenzó de manera tradicional, pero que poco a poco se fue transformando en una estructura casi cambiante, etérea. Andrés sonreía al dotar a su pintura de aquellos elementos que daban una sensación de estar flotando en el aire, como si realmente no estuviesen sujetas a las leyes de la gravitación. Entonces recordó lo de la complejidad, y agregó elementos míticos y mágicos a su dibujo. El centro único, sin embargo, era la hija de Ana y todas las cosas que le atraían y le gustaban.

Después de la comida, y de un tiempo de relativo, descansó donde todos los temas eran esquivos, para no revelar nada sobre el cuadro, Andrés continuó la obra. Al terminarla, llamó a Ana.

— ¿Qué te parece?
Ana lo miró emocionada. —Sabía que podía confiar en ti. ¡Gracias! Eso es una belleza… me parece mágico… involucra las artes, lo natural… es increíble.
— ¿Y los colores?
— ¡Maravillosos!

Pasaron un buen rato alabando las características del cuadro, hasta que Andrés le dijo a Ana —Llévame a mi casa, como quedamos.

Ana lo llevó y se despidió agradecida.

— ¡Acuérdate de ir a la fiesta!
— ¡Claro! Chao.
— ¡Chao! Hablamos.

Andrés estaba verdaderamente cansado. Se bañó y al poco tiempo se quedó profundamente dormido. Al despertar le vino a la mente la imagen del cuadro. Recordó con una sonrisa cómo había incorporado lo que él consideraba la ruptura de los elementos del viejo pensamiento. Había dejado una parte de él en su obra. Con este recuerdo su cerebro comenzó a mezclar la realidad con lo que creía haber entendido.

Comenzó por sentir que sus manos eran flores. Al principio se rió pensando que la materia debía tener características comunes, y que posiblemente la energía de una flor, o su aroma, estaban presentes en todo lo humano. Al menos creía haber leído algo de eso. Pero de allí fue imaginando cosas, hasta que cayó en la cuenta de que las leyes regían también la cohesión de las moléculas. Si el entorno era etéreo, ¿por qué las moléculas tendrían que permanecer unidas? Comenzó a sentir como su cuerpo se desintegraba. Volteó hacia las paredes y creyó que los sonidos que provenían de la calle se habían convertido en ondas, y que la música se confundía con la estructura y los componentes de la pared. Pronto su cerebro remplazó los colores por las figuras de las notas, flotando sin necesidad de pentagramas, hasta que realmente para él las paredes se movían al son de los sonidos.

Recapacitó en que el olor era ondas y que la agradable sensación que emanaba de los perfumes y jabones del baño se mezclaban con sus manos, impregnadas de ese perfume y que esas manos y parte de su cuerpo comenzaban a viajar por toda la habitación como de hecho lo hacía el aroma.

Lo último que pensó era que la cohesión era un reflejo de esas leyes que ya no existían, y que por tanto no debería haber cohesión en sus palabras ni en la lógica de su pensamiento. En qué momento realidad y pensamiento se hicieron uno, nunca lo supo.

Lo último que Ana recuerda de Andrés era una sombra etérea, semejante a él, y aquel hermoso cuadro en el cuarto de su hija, que conserva un agradable perfume de esencias de baño, que no estuvo en el original, pero que lo impregnó sin conocimiento de nadie y persiste hoy, alegrando la existencia de quienes se acercan a ver el cuadro.

Miguel Humberto Hurtado
miguelhur@gmail.com
Caracas, Venezuela. Es profesor de Matemáticas y computación, Doctor en Educación. Además de sus escritos académicos, ha sido publicado en antologías de cuento. Ha sido premiado en literatura fantástica, dramaturgia, poesía y cartas de amor. Es directivo del Fondo Editorial Simón Rodríguez, Estado Miranda, Venezuela. Página: miguelhur.wordpress.com
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