Mutaciones

— ¡Nahia, Nahia! ¿Dónde estás…? ¡Nahia, Nahia…!

La voz sonó nerviosa y gruesa, ampliándose dentro de la caverna que ocultaban las grandes piedras de mármol. Sin dudas, algún derrumbe las echó loma abajo, sepultando la caverna entre malezas húmedas y el olvido de años.

— Nahia, Nahia —repitió el eco de la voz, medio apagado.

 Las ramas fueron moviéndose, pronto la luz del sol meridiano dio de cuajo con el rostro barbudo, maloliente, de aquella criatura que en dos piernas se vino abajo, acuclillado, sin que sus ojos pudiesen abrirse a la quietud de la luz.

El canto de las aves posadas entre los árboles espinosos pareció devolverle las fuerzas y lentamente se incorporó. Partió unas ramas cercanas y el revoletear asustado de unas Arhiapas –aves parecidas a los sijúes de su planeta– hacia las plantas trampas, hizo que quedaran atrapadas. Un grueso reptil puso a descubierto sus intenciones de devorar a las Arhiapas, pero el desconocido le arrojó unas piedras para ir  en busca de las aves prisioneras. Serían su primer banquete después de miles de años luz de trayectoria en la nave que destrozada permanecía dentro de aquella cueva. Lo que no mata, engorda, recordó la máxima aprendida en sus años de pobreza,  descolgando con un palo las aves sin exponerse a los arbustos carnívoros que abrían y cerraban sus ramas, queriendo abrazarlo.

El fuego lo hizo chasqueando unos palos secos contra otros. Nunca creyó lograrlo, pero la necesidad de alimentarse era mayor y decidió mantener un área de la cueva con tizones encendidos; aunque dormiría dentro de la cápsula de la nave para evitar la aparición de animales salvajes.

Las ojivas de la brújula daban vueltas sin parar enloquecidas o defectuosas, no lograba una ubicación solar, pues dos soles corrían detrás de una luna achatada sin darle alcance. Pensó en guardar provisiones, en unos días saldría de excursión hacia lugares desconocidos.

La noche llegó fría y se arropó con las sábanas y toallas que traía Nahia, ¿dónde habrá quedado mi esposa?, se dijo preocupado. Cuando compraron el boleto de viaje sabían que visitarían un mundo desconocido, hasta bromearon con morir juntos en aquel proyecto humano y suicida de encontrar otro sitio en el espacio sideral donde preservar la especie. Y aunque el vuelo hacia latitudes ignotas había sido el rumbo marcado para todas las naves espaciales que participaban en el experimento, lo que nunca supuso fue llegar y despertarse solo, abandonado a su suerte. Esa noche se durmió mirando en la pequeña pantalla retrovisora de la nave, las imágenes grabadas unos días antes de su  partida.

En la mañana bebió unos sorbos del agua cristalina que correteaba a unos metros de distancia. Con el machete abrió un sendero desde la cueva hacia el riachuelo y tomó un baño para aligerarse del sudor y la suciedad. El agua fría, transparente, mostraba la existencia de peces retenidos en las cascadas de piedra. Sacó punta a un madero y arponeó dos peces rosados para su almuerzo.

De regreso a la nave decidió acicalarse, había prometido a sí mismo mantener los hábitos de higiene aunque Nahia hubiese desaparecido. La claridad de la nave iluminó un rostro conocido, pero diferente. El labio grueso poseía la visible marca de un mordisco. Se palpó el labio y el mismo escozor de siempre le erizó momentáneamente la piel velluda. En el espejo, el sujeto de años atrás sonreía nuevamente y miró el calendario digital encima de la foto sonriente de Nahia. Todo sucedió como habían predicho: la duración del viaje, la existencia de una atmósfera adecuada. Sin embargo, también había sus errores, la desaparición de Nahia era uno de ellos, otro podía ser las huellas de pie encontradas más allá del riachuelo y los restos de cenizas, muestras de una civilización.

Decidió guardar energías y pasó el resto del día descansando. La mirada pérdida en la imagen de Nahia, esa sonrisa amplia que hechizaba, ese cuello con la gargantilla de oro mostrando sus fotografías de la boda, esos labios tan deseados… Se durmió soñando con los besos compartidos en su casita alrededor de la laguna, la casita de madera que ellos construyeron y pintaron de azul en las afueras de la ciudad. Allí sembraba frutas y vegetales que vendía en los grandes mercados mientras Nahia se encargaba de cultivar las flores y tararear canciones de amor que inventaba en las tardes;  soñó con el día que vieron el anuncio en la televisión y decidieron dejarlo todo: la casa, las siembras, el jardín, las canciones y el vino de uvas en las noches frías; dejaron su vida para salir en busca de un sueño bendito, inalcanzable para muchos, casi al alcance de ellos: crear una familia en un sitio de un mundo apenas descubierto. ¡Qué hermoso había sonado entonces! Deseó verla aparecer en su búsqueda; luego, se hizo presente aquel deseo y la vio en un carruaje tirado por dos unicornios azules; la acompañaban unos bichos de seis ojos, tres orejas y dos bocas, volaban delante del carruaje enseñándole el sitio donde había caído la nave. Ya dentro de la cueva la voz de Nahia irrumpió angelical… despierta, mi amor, despierta, tu vida corre peligro, despierta. Las fieras otearon tu presencia y vienen por ti. Se estremeció con las llamadas de auxilio, quiso seguir durmiendo, pero las  sacudidas lo hicieron caer de bruces de la hamaca.

Apenas amanecía. Un sol amarillento bostezaba detrás de las lomas que servían de refugio. Se estiró, levantándose. Entonces divisó al animal que tenía próximo. En la escasa claridad vio dos cuernos enormes, como de siervo o alce. Su pelambre era grisáceo y beige, dos ojos enormes, fijos sobre él, regalaban una mirada interrogante y piadosa, como si tratara de comunicarle algún peligro. Despacio fue acercándose. El vaho húmedo del hocico dejó huellas en su piel. Se dejó lamer en un instinto de reconocimiento. ¿Qué quería aquel animal desconocido que mordía sus ropas, empujándolo hacia la intemperie?

Se dejó llevar fuera de la cueva. El sol, lánguido y tibio, apenas secaba el rocío de las plantas. Caminó hacia el valle detrás del animal que ya no tenía dudas; no era un alce o siervo, sino una especie desconocida y mansa, de pelambre amarillo y blanco en el pecho, carmelita las orejas y el torso, las patas, finas y livianas, eran negras con rayas rojas. Por alguna razón se empeñaba en servirle de guía mientras se abrían paso en la maleza.

Abajo, en la planicie rodeada de cocoteros y del lejano zumbar de las olas marinas, las aves volaban en bandadas con sus chirridos y cantos. Un hermosísimo paisaje se vislumbraba frente a sus ojos, hasta ellos llegó el olor inconfundible de las guayabas y un salto en el estómago despertó su hambre. Tragó el aroma de la fruta, buscándola. Las plantas del guayabo tenían un follaje más tupido, sus hojas eran amplias y rosadas, pero la fruta seguía con sus reconocidos olores. Se acercó por unas y el animal se interpuso, blandiendo la cabeza en señal de interferencia o desacuerdo. Quiso apartarlo y el animal intentó embestirlo, como si quisiera evitar a toda costa que él comiese unas guayabas. Basta, bestia, déjame alimentarme, pidió molesto, y saltó a unas rocas para aproximarse a las guayabas. Desde lo alto vio el mar y sus olas risueñas arremetiendo contra la orilla, estaba a casi un kilómetro de distancia y se detuvo a contemplar el paisaje: un campo florecido con muchos colores, una zona boscosa, empedrada. Un rebaño de animales parecidos al que le acompañaba, pastaba en mitad del verdor. Un cayerío marino de escaso follaje a su izquierda;  más cercano, casi a veinte metros y entre unas rocas, la huella reconocible del impacto de una nave: la suya. Los primeros indicios de su arribo mostraban partes de la nave que el conocía, y el sobresalto se volvió mayor cuando descubrió la cápsula teletransportadora donde viajaba Nahia.

Atrapó unas guayabas y bajó presuroso en busca de la cápsula. Estaba abierta y vacía. Un escalofrío terrible sacudió su cuerpo. ¿Dónde estaría Nahia?

— ¡Nahia…! ¡Nahia…! —gritó desesperado.

El eco de sus palabras estremeció los alrededores levantando grandes bandadas de aves y murciélagos. De haberse detenido a mirar con los telescopios atados en su cintura, hubiera descubierto a las serpientes desenroscarse en los cocoteros, y desde el suelo transformar sus colas en patas que permitían correr en su búsqueda. Sólo cuando estas extrañas criaturas quisieron cruzar la pradera en que pastaba mansamente el rebaño, los animales erizaron sus pelambres y arremetieron con mordiscos y cabezazos, contra las serpientes mutantes de cortas patas, recibiendo ellos latigazos de las colas punzantes, duras por las escamas que brillaban enceguecedoras a la luz del nuevo sol, que daba sus primeros pasos a mitad del horizonte.

Pero él deambulaba fuera de sí de un lado al otro con sus gritos desesperados: ¡Nahia…! ¡Nahia…! ¿Dónde estás? ¡Nahiiiiaaa…! Y para recuperar fuerzas dio varios mordiscos en la guayaba. Sabía dulce y jugosa, recordándole an más la presencia de su esposa. Esa era la fruta predilecta de ella. ¡Nahiiaa! Soltó abatido y lloroso, sin fuerzas para combatir la soledad que carcomía sus últimos vestigios de esperanza. Nahia… repitió con los labios resecos y pegajosos por la ingestión de aquellas guayabas.

El animal que lo acompañaba vino con la cabeza gacha, se echó a su lado lanzando aullidos de amargura que atraparon la atención de su especie, que volvía a pastar en la pradera. Quiso entender aquel lamento y por vez primera, sus manos se dedicaron a acariciar el pelambre vistoso. Una fuerte sacudida recorrió su cuerpo. Las caricias recordaron la quietud placentera que dominaba a Nahia llevándola al éxtasis, luego sintió el collar en el cuello y notó unos ojos tristes sobre él. Acercó las manos para contemplar el hallazgo temblando de miedo y emoción, pero su cuerpo comenzó a padecer contracciones y cambios anatómicos, mutando hasta convertirse en un animal semejante a la hembra que tenía a su lado. Unos segundos antes de que sus manos se desfiguraran, arrancó del cuello del animal echado a sus patas,  el collar que regalara a Nahia en su primer aniversario de bodas.

Luego, lanzó su angustia y desesperanza en una serie de aullidos. El sol descendía detrás de unos cocoteros en la orilla del mar. Las olas simulando una pintura, proyectaba la huella solar y el cruce lento de aves en el horizonte.

Acarició a su hembra, la olió adueñándose de su nuevo aroma. Nahia, que bueno encontrarte, dijo en su mirada y lamió su rostro. Ella, como siempre, lo dejó hacer.  Después, bajaron a integrarse al rebaño que aún pastaba en la pradera.

Sobre el Autor: Carlos Santos Montero – Miembro de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba. Entre sus reconocimientos están: Premio Abril, Premio de La Ciudad de Nueva Gerona. Finalista del IV Concurso Internacional Ángel Ganivet. Finalista del Concurso Internacional Museo de la Palabra. Finalista del I Concurso de microrrelato de terror, Hipujo. Cuarto Finalista del I Concurso Internacional de novela ALFEIZAR. Finalista en relatos breves, de la Fundación SOMOS, Estados Unidos. Finalista del II concurso de Microrrelatos Románticos-Eróticos “Recuerdos Incorruptibles”. Finalista del IV Concurso de Microrrelatos Homenaje a Gabriel García Márquez, Ojos Verdes Ediciones. Finalista del II Concurso Internacional Versos Compartidos Microrrelato de Amor, Uruguay. Finalista del II Certamen Internacional de Microrrelatos “EN TU PIEL”, Cerezo Ediciones. Han sido publicados dentro y fuera de Cuba. Su novela, Lejanas Cercanías, se publicó en España, por ediciones Alféizar.

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