Entomolograma

  1. El intercambio entre disciplinas resulta fundamental para la gestación de competencias integrales. Es una lástima que esta idea no sea más compartida, o más bien que no sea aplicada, porque mucho y muy fácilmente se puede compartir o estar de acuerdo con. En todo caso, había que aprovechar la oportunidad de inmediato, los cupos para cumplir con las horas de corresponsabilidad en facultades diferentes de la propia eran muy limitados, sobre todo para estudiantes de ciencias humanas.

            El laboratorio resultó un sitio bastante sencillo, característica más relacionada con el exiguo presupuesto de la universidad que con algún tipo de declaración sobre el sitio mismo, sin duda.

            Desde el primer día se desarrolla con mucha naturalidad, y desde el segundo se aplica, el siguiente ritual de inicio: se remueve la capucha que por lo general protege al estereoscopio cuando no está siendo utilizando, se conecta y se prende. Luego se sacan (a partir del segundo día uno tiene su propia caja con todas estas cosas) las pinzas (se necesitan al menos dos, para mejor manipular el insecto), el pincel (la única herramienta capaz de sacar las hormigas más pequeñas del fondo del tubito, lleno de un líquido que es una parte keroseno, diez partes alcohol etílico al 95%, dos partes ácido acético glacial y una parte dioxano), los tacos (que son como una escalerita que lleva a ningún lado, con tres peldaños y en el centro de cada uno un agujerito, para lo siguiente: uno coge un conito achatado de papel (si no hay, toca hacerlos con una perforadora especial) y el extremo ancho se coloca sobre el agujero; luego se coge una de las largas agujas de acero inoxidable y se atraviesa el papel hasta llegar al fondo del interior del taco. Cuando se retira la aguja, esta queda con como una diminuta repisa; ahí es donde se pegan los insectos. Los tres escalones del taco representan tres diferentes niveles de altura para la repisita; generalmente se utiliza el más alto. Se emplean dos tacos, uno para su uso ortodoxo y otro para ser utilizado como mesa de operación: se pone de lado, debajo del lente del estereoscopio, y a la hormiga en el borde; se entenderá que es necesario tener al insecto a cierta altura, de modo que la aguja (que va bocabajo) con el conito pueda descender hasta él), unos cuadritos de papel secante (en realidad toallas de papel recortadas), donde se deja la hormiga no más de un segundo, para que se seque lo suficiente como para que el colbón (en Colombia, marca comercial lexicalizada para el pegamento) pegue, pero no tanto como para que quede tiesa. La cajita de agujas y el pegamento (estos no están en mi caja, me toca buscarlas en el anaquel grande) y, por último, los tubitos llenos de la mezcla antes mencionada, con las muestras (bichos) dentro. Pegadas por fuera, a veces dentro del tubo, hay una etiqueta con los datos de recolección (localidad, planta hospedera, fecha, colector, altura y coordenadas, nombre científico).

            El siguiente paso es sacar una de las hormigas (con pincel o pinza, dependiendo del caso), pasarla por el papel secante, ponerla encima del taco volcado debajo del estereoscopio. Luego se procede, mirando por el aparato amplificador, a acomodarlas de forma que se les pueda pegar la punta del conito con colbón en el mesonoto (lo que más antropomórficamente se llamaría pecho). Después, se clava la aguja con la muestra en una espuma aparte y se deja ahí un rato para que se seque el pegamento entre el papel y el insecto. Finalmente, se saca la aguja de la espuma y se clava dentro de la caja (15 x 15cm aprox.) donde todas las muestras de esa especie serán almacenadas. En algún punto en el interior de esta urna se pone una etiqueta con los mismos datos que traía la que venía en el tubo.

La simultaneidad de la pericia requerida y la repetitividad implícitas en dicha labor, permite que su desarrollo, en periodos no muy extendidos, produzca un efecto a la vez estimulante y lenitivo.

  1. Hoy leí que el hijo de Nick Cave murió en un accidente. 15 años. El mundo necesita llanto y cualquier hecho puede satisfacer esa necesidad, así sea a larga distancia, para eso está el mundo globalizado. Pero parece cruelmente innecesario que alguien que ya podía escribir canciones como “The Weeping Song” pase por esto. El cuerpo inerte viscoso y brillante de la hormiga con las patitas dobladas hacia el pecho, como abrazándose a sí misma. Tengo que separárselas con las pinzas para ponerle la punta del conito. El abrazo roto. Pero qué barbaridad, uno es como una claraboya totalmente a merced de la marea de la tragedia. Uno se siente muy duro porque tiene un esqueleto cubierto de músculo; me resulta útil a veces pensarme y a los demás como esas lombrices que terminan en la acera después de la lluvia. Por lo general las encuentro cerca de alguna porción de tierra, como los parches de césped seco repartidos por las aceras, o en la estrada pavimentada de un parque. Nunca he sabido si la fuerza de las gotas de lluvia las saca de la tierra, o si caen del cielo, como cuando llueven sapos, como al final de Magnolia. Entonces la lombriz está ahí retorciéndose en el cemento bajo el recio sol pos lluvia esperando a que alguien la pise sin darse cuenta siquiera; puede ser un niño o hasta un perro tendría peso suficiente para embarrarla contra la aspereza del suelo. Yo mismo debo haber pisado alguna alguna vez, pero creo que más veces las he recogido con un palito y puesto de vuelta en la tierra. No sé si eso sirva de algo, es decir, si pueden volver a enterrarse en la tierra y seguir con su vida de lombriz, o si ya es muy tarde, si algo irremediable les ocurre, fisiológicamente, una vez pasan por la experiencia de estar ahí en el cemento, pataleando sin piernas. Como los pájaros enjaulados; muchas veces, cuando se ha presentado la oportunidad, me he sentido tentado a abrirles la jaula, pero sé que no sobrevivirían, sus instintos más básicos completamente atrofiados, no sabrían qué hacer con su libertad, en el caso supuesto de que aún recordaran cómo utilizar sus alas; uno los ve, a los pájaros encerrados, y realmente parecen sufrir de patologías mentales, dando vueltas por ahí, hasta parece que se chocaran con los barrotes a propósito. Es mejor cuando los tienen en parejas; aunque el mal ahí es doble, cuantitativamente, pero se atenúa para ambos pájaros; en otras palabras, creo que les va mejor acompañándose en la misma jaula que enjaulados aparte. Los hámster parecen lidiar mejor con el encierro, quemando energía en su ruedita, y además no me imagino a un hámster fuera de su jaula, ¿cuál será su habitad? Son tan frágiles, es difícil creer que sean parientes de las ratas, que son indestructibles. A los conejos se los come todo el mundo, quiero decir todos los animales, y eso que son rápidos y además astutos los malparidos, aunque no tanto como las ratas, que son maquiavélicas. Como gusanos en el pavimento, esperando a ser aplastados por alguna indiferencia, siempre más destructora que la sevicia. El saberse gusano que dejará de ser, propenso a cualquier laúd de catástrofe que en cualquier momento arrasará todo con la indiferencia de un gato que mirando hacia otro lado empuja con la pata el vaso al borde de la mesa. O con la ceguera imparable de la órbita de un cuerpo celeste. ¿Cómo vivir? Como estos bichos.

            Lo que separa la tragedia de lo que tengo aquí bajo el estereoscopio es el plano simbólico, que implica un desgarre metafísico. Ya es suficiente culpa la de ser ser humano, si considerásemos que estos bichos también poseen algún tipo de simbolismo, análogo al nuestro, la vida sería definitivamente imposible.

            Metí la punta del pincel en el tubito donde estaban suspendidas las hormigas y saqué una; la puse sobre el cuadrado de papel para que se secara y luego la agarré con las pinzas y la instalé bajo el lente. Qué fuerte es su cuerpo, puedo levantarla de una patita y desplazarla sin problema. Se me ocurre que un gigante con pinzas intentara levantar un cuerpo humano de un pie o una mano: huesos se dislocarían y probablemente la carne se rajaría, de modo que entre las pinzas sólo quedara un residuo gelatinoso, inevitablemente triturado a pesar de los esfuerzos para no hacer fuerza del gigante. Masa endeble esta, maillot de humo, fragilidad ineludible extendida hasta la divinidad, a la que neciamente desmitifica, por ejemplo, con las discusiones sobre la verdadera forma del crucifijo, pues algunos estudiosos aducen que una crucifixión de la manera en que se ha divulgado a través de la iconografía cristiana, con clavos atravesando las palmas de las manos, no hubiera podido sostener una persona durante tanto tiempo sin que el peso de su cuerpo la desgarrara fuera de su suplicio. En su lugar, ellos proponen una cruz en forma de x, crux decussata le llaman, que se yergue mucho menos alejada del suelo y en la que se habrían empleado cuerdas, además de clavos, para afianzar las extremidades…  Esta no intentaba abrazarse a sí, sino que abrazaba a otra, más pequeña; no había visto a la otra sino hasta que las miré ampliadas, estaban enmarañadas de una forma que parecía rotunda y final; parecían las dos una y la misma cosa. Algo puramente fortuito, desde luego. Pensar que las hormigas pudieran tener un aparato sensorial tan complejo como para recibir así fuera una fracción de las sensaciones que un abrazo suscita en uno, el calor, la tibieza única de la piel sobre la piel, las palpitaciones del corazón o de cualquier arteria… pero qué fracaso, no se puede describir un abrazo, por algo a las mujeres les gusta decir cosas como cállate y abrázame o cállate y bésame… los besos. Una hormiga con labios. Pero pensar que una hormiga pudiera sentir algo de todo eso que no se puede describir haría que se me cayeran las pinzas de la mano ante el horroroso patetismo de lo que tengo enfrente.

Otra viene con larvas pegadas, apenas unas masitas blancas imperceptibles a ojo pelado, abortadas sin mayor ceremonia, pegadas a otro cadáver, más grande y completamente formado. Me hace pensar en cómo sería en un humano un cadáver conjunto de lo que fue y de lo que debió haber sido, ambos con la misma edad, inevitablemente entrelazados, porque viven y mueren juntos… el ideal y lo real, el primero nunca realizado, abortado por omisión o incompetencia. Cada masita como un feto, vida potencial para un universo subterráneo casi invisible. Que alguna criatura de otras latitudes nos recogiera con la misma frialdad, una gran cucharada (no con pinzas porque nos deshacemos) de fetos humanos para desechar por algún lado o para mantener suspendidos en algún líquido. Las larvae blancas hacen que la luz rebote con más fuerza; siento que la luz del estereoscopio quema estas imágenes en mi retina. A veces estoy en el bus o donde sea y cierro los ojos y ahí están, los bichitos, como les dicen los mismos entomólogos; uno se imaginaría que andarían por ahí profiriendo nombres en latín, pero no, les dicen bichos. Y se me aparecen ampliados, por supuesto, estos bichos, en la parte de adentro de mis párpados. Como el escarabajo ese en la portada de Mezzanine, de Massive Attack. Los ojos de la hormiga mirando a ningún lado, con esa textura extraña que me hace pensar en esos individuales de plástico, una textura como de filigrana falsa, como una cuadrícula que finge ser el resultado de algo hecho aparte pero que seguramente no es otra cosa que la evidencia de los surcos en el molde. Eso también lo haría intolerable, si estos bichos tuvieran ojos con retina y esclerótica, párpados y pestañas y tristeza. Recuerdo la forma de mirar de Ana. No sé qué es lo que comunica la tristeza a través de los ojos, cuáles son los indicios que hacen ver congoja ahí. Podría ser la forma que la piel toma alrededor de los ojos, cuando el rostro adquiere cierta expresión demasiado sutil como para ser leída en algún lugar que no sea el contorno del globo ocular. O tal vez es una opacidad, como una pátina, pero no, porque eso serían cataratas, es más bien como una nube que oscurece el sol del ojo. En todo caso, los de este insecto no transmiten de por sí, o no permiten que uno lea en ellos. Esta hormiga vivió una vida feliz, se puede decir uno, y no pensar ni sentir más al respecto.

A Antonio Villas Boas lo raptaron de su finca en São Francisco de Sales, Brasil, donde trabajaba de noche (el calor diurno era insoportable), el 16 de octubre de 1957;  los secuestradores eran seres de otro mundo. Una vez tuvieron a Villas Boas dentro de la nave, llevaron a cabo todos esos exámenes extramédicos que se han convertido en lugar común entre los abducidos por extraterrestres. Pero no sólo fue eso, estas criaturas luego encerraron a Antonio en una habitación y lo obligaron a fornicar con una alienígena cuyo cuerpo desnudo se asemejaba al de la más idónea terrícola, a pesar de que su expresión facial resultaba perturbadoramente artificial y ajena, como algo que aún no se acostumbra del todo a la piel que lo recubre. Sus enormes ojos felinos eran sensuales y aterradores al tiempo, sus modales de cama, más inquietantes aún (en lugar de besar a Villas Boas chupaba su mentón, como una gran y solitaria garra rufa, ahí donde minutos antes los alienígenas le habían sacado una muestra de sangre). Antonio fue devuelto a su finca unas cuatro horas después.

Un mes después del incidente, Villas Boas acudió a un médico para que lo revisara, pues desde aquella noche la fatiga, las náuseas y pesadillas no le permitían descanso. Además de las grotescas llagas violáceas que recubrían su cuerpo. El médico diagnosticó intoxicación por radiación. Durante esa cita también estuvo presente un periodista, al que Antonio relató los hechos tal como los recordaba, con detenida minuciosidad. Este le aconsejó que vendiera su historia a alguna de las tantas publicaciones dedicadas al amarillismo. Villas Boas prefirió regresar a su finca y continuar con su vida en tranquilo anonimato.

Sin embargo, de una u otra forma, la historia del campesino de São Francisco de Sales raptado por extraterrestres se expandió, no sólo por Brasil, sino por el mundo (llegó a aparecer en un cómic francés, que pintaba a Villas Boas como un semental intergaláctico). Antonio mantuvo su silencio durante todo esto. No fue sino hasta veintitrés años después del incidente que decidió aparecer bajo la luz pública y manifestar su profundo descontento por la forma en que los medios habían manejado su caso.

De todas formas, y a pesar de tan extrañas y traumáticas experiencias, Villas Boas pudo vivir su vida e incluso disfrutar de algún éxito, ya que durante su extendido ostracismo voluntario Antonio estudió derecho y se recibió como abogado, aparte de casarse y tener cuatro hijos.

La muestra medró, las auscultaciones alienígenas no repercutieron de forma negativa permanentemente, incluso, en medio del pavor, Antonio llegó a experimentar momentos de gran placer. Quizás ellos simplemente estuvieron haciendo lo mismo durante tanto tiempo que desarrollaron una buena mano; tal vez ellos son las mismas criaturas que hoy manipulan pequeños cadáveres dentro de tubitos llenos de un líquido que es una parte keroseno, diez partes alcohol etílico al 95%, dos partes ácido acético glacial y una parte dioxano, eones de práctica después.

“Cundinamarca, alrededores del puente Quetame
Anadenanthera peregrina
07-08-2015

?
XM70, 2.224 m. (Coordenadas UTM y altitud)
H. sapiens sapiens”

 

Adolfo Villafuerte

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