Hamlet en el Perú

Desde siempre México y Perú han tenido notables similitudes históricas y culturales, comenzando por el hecho de haber albergado a las culturas más importantes de la América Precolombina y a su vez, pese a notables diferencias entre ellas, también tuvieron rasgos muy en común que sorprendieron a los conquistadores ibéricos. Aspectos que siguieron relacionándose durante el virreinato, uno de ellos fueron los levantamientos indígenas pre independentistas, como los de Tupac Amaru y Jacinto Canek. En lo relativo a las letras, fueron ambos países los que vieron nacer a los únicos exponentes del “Siglo de Oro Español” nacidos en las colonias, tal fue el caso del “Inca” Garcilaso de la Vega y Juan Ruíz de Alarcón. Además de otras similitudes contemporáneas que nos muestran muy hermanados a una misma realidad hispanoamericana, como fue el caso de la masacre de la Cantuta en 1992, donde un profesor universitario y nueve estudiantes de la “Limeña Universidad Nacional de Educación Enrique Guzmán y Valle”, fueron secuestrados y desaparecidos por el ejército peruano, uno de los casos más similares a escala internacional con el de Ayotzinapa.

Y en relación a la narrativa gráfica, en ambos países ha tomado un papel radical como parte de una modernización a lo largo de lo que fue el siglo XX, en el ámbito de la educación de las masas y, de manera particular, como exponente de un fuerte compromiso social. Ya se ha hablado mucho del caso mexicano y la forma en que alfabetizó al país, por lo que será necesario enfatizar en la historieta peruana, específicamente en cierto autor: Juan Acevedo.

Este historietista no sólo es célebre por su carrera creativa siendo “El Cuy” su personaje más emblemático, con aspectos muy notables de su historia, desde antes aun de los incas hasta la actualidad. De entre varios personajes es muy notorio el encuentro que “El Cuy” tuvo con San Martín de Porres. Sin mencionar sus notables denuncias ante la marginación indígena en la barriadas, la guerra sucia, etc. En la práctica, comenzó con una oleada de talleres de historietas a lo largo de su país, adentrándose en las zonas más marginales, eso dio como resultado una gran cantidad de exponentes del cómic peruano que actualmente están produciendo de manera independiente. Uno de ellos es Carlos Rodríguez Pisco, nacido en Lima en 1977 y también conocido como “Cayo Rodríguez”. De entre su obra sobresale “Hamlet en el Perú”. Evidentemente se trata de una historia de fantasía que además de mantener su carácter de compromiso social, nos muestra a una urbe llamada Lima que parece tal cual, un reflejo de la Ciudad de México.

Bien conocida a nivel mundial es la obra de William Shakespeare, para muchos el dramaturgo más importante de todos los tiempos y que en esta su obra de Hamlet, ahora parodiada por “Cayo Rodríguez”, es donde expone todos los elementos propios de la estructura teatral, años después reforzados por las teorías del ruso Konstantín Stanivlaski. Quién-personajes, dónde-escenario, cuándo-época, por qué-circunstancias dadas, para después de plantear todo esto, llegar a aquello que hace que el teatro sea teatro como tal: el conflicto escénico. En esta parodia muchas cosas han cambiado, puesto que los primeros personajes como tal son Hamlet, su madre y el médico del reino de Dinamarca. Ahora el príncipe sufre de una rara fiebre que lo mantiene en cama y lo hace entrar en una especie de trance que nubla su pupila hasta convertirla en el logo de la marca Perú, creada por “Prom Perú”, organismo perteneciente al “Ministerio de Comercio Exterior y Turismo”, y a su vez la forma en espiral que tiene no es otra cosa que la cola del mono de los “Geoglifos de Nazca”. En este caso y a criterio del mismo autor, también le da un sentido a la peruanidad a manera de laberinto y el sistema que mantiene las cosas como están y que no es muy diferente al contexto mexicano, no por nada, la obra que refleja toda la identidad de este país escrita por Octavio Paz “Premio Novel de Literatura” que lleva por título “El Laberinto de la Soledad”.

De ahí viene el elemento fantástico que transporta al príncipe a la ciudad de Lima y su primer encuentro es con un policía que no duda en pedirle lo que en el contexto mexicano se conoce como “una mordida”, un soborno, dinero que no logra entregar pues un típico ladronzuelo se lo quita y huye corriendo. Aspectos que también forman parte de la vida diaria en la Ciudad de México y a los que hay que adaptarse para sobrevivir. Posteriormente y ahora siguiendo la puesta en escena original, el fantasma de su padre le habla al príncipe y le reclama justicia al haber sido asesinado por su hermano, ahora representado en la estatua del indio Manco Cápac, que le indica encontrar un castillo donde se administra la justicia en ese nuevo reino, a la vez que le hace la notable advertencia de no subirse a esos carruajes que llaman “combis”. Hamlet comienza entonces con su viaje por esa nueva villa para vengar la muerte de su padre, la misma palanca impulsora del drama Shakesperiano, pero ahora en una nueva villa bastante diferente donde le vuelven a robar una alforja (billetera) a uno de sus moradores que no tenía un centavo dentro de ella, ahí el viajero comienza a darse cuenta de lo irreverente del lugar y al mismo tiempo hay un salto donde el médico de Dinamarca le sigue atendiendo su fiebre con su madre a  un lado.

Pese a lo que le advirtió su padre, sube a una “combi” y no puede creer el trato a los usuarios; trata de defender a una anciana y es tirado del vehículo, al instante recibe la mirada de un típico indigente de “rastas” que busca comida en un bote de basura, algo que no es propio de la vida en Lima o México, D.F, en otras urbes como Guadalajara es un aspecto ya clásico del entorno. Dicho mendigo resulta ser un antropólogo  y parece ser el único cuerdo, le explica la mascarada que atraviesa su país, no muy diferente a la llamada “Dictadura Perfecta”. De hecho hay una notable parodia del monólogo de la calavera, pues lo intenta hacer con un zapato y escucha de nuevo la voz de su padre ahora en la estatua del indio; curiosamente también se manifiesta en el mencionado indigente y es éste el que realiza un monólogo de toda la realidad peruana no muy diferente a la de otros países de América Latina. En ese entorno, todos parecen fingirse los locos como en la versión original lo hiciera el heredero del trono danés. Incluso el hombre de las “rastas” es atropellado por una de las mismas “combis”, el chofer de la misma dando otra mordida la reiterativa policía sigue su camino y Hamlet corre con el herido en brazos. Al recibir la negativa de apoyo en un hospital la busca en lo que parece ser un edificio digno y no es otra cosa que “El Museo de Arte de Lima”. Ahí el príncipe es confundido con un artista haciendo un performance y él no cree tanta locura, por lo que su amigo muere, luego trata de seguir con su objetivo inicial y demandar la muerte del rey. Al llegar a dicho inmueble es molestado por los leones que los resguardan y recibe propuestas indecorosas por la misma estatua de la justicia que se revela como una prostituta. En dicho lugar ve restos de personas que están colgados como si fuera una carnicería y finalmente llega con una especie de juez, cuya apariencia cefálica es similar a la del personaje de Jabba el Hutt de la saga de “Stars Wars” y vestido de traje y corbata que le promete una inminente justicia al príncipe de Dinamarca, ya sea que verdaderamente exista o no, a cambio de dinero en dólares.  Ante la negativa de Hamlet es perseguido por dos típicos guardaespaldas del personaje juez, que ahora encargaba todo el poder al tratar de escapar y abrir puertas dentro de dicho edificio, ve a todos los personajes con los que se topó a su llegada incluyendo a su amigo el indigente muerto, por lo que de nuevo entra en shock y al abrir los ojos ve nuevamente a su madre y al médico del reino, lo que en un principio le causa el alivio de haber tenido sólo una pesadilla.

Sin embargo, despierta en el “Hospital Psiquiátrico Víctor Larco Herrera”, donde este personaje comenta que los locos son los otros, como es tan usual que digan todos estos internos. Y finalmente aparece vomitando una gran cantidad de basura, incluyendo a todo el Perú. Y pone en duda si verdaderamente se trató del Príncipe de Dinamarca o sólo un loco, que en realidad no lo estaba tanto, como suele ocurrir en toda América Latina.
Este desenlace como todo buen final abierto, dependerá de la interpretación que le otorgue cada lector, por lo demás la obra es una interesante reflexión sobre nuestras sociedades urbanas y sobre si verdaderamente llevamos un auténtico individualismo que nos permite ser únicos sin imitar otros comportamientos que impone la sociedad en la que nos desenvolvemos y evidentemente, no hubiera sino inverosímil narrar el mismo contexto de esta historia, pero ambientada en la Ciudad de México.
Queda claro que su andar por las “Peseras” tampoco hubiera sido muy agradable, lo mismo que el entrar a algunos museos no sólo de la capital, sino de ciudades provincianas como Guanajuato, en donde ciertas exposiciones del vanguardismo han llegado al extremo de lo ridículo.

Cabe señalar que en su formación “Cayó Rodríguez” es Licenciado en Historia del Arte y dentro de su obra, son muchas las referencias a obras de trascendencia universal: “El Grito” de Munch, “La Piedad” de Miguel Ángel y “Saturno Devorando a su Hijo” de Goya. Lo que ofrece una parodia a todo lo que viene siendo el arte, con la intención de dar un claro mensaje de la crítica social que impone. Y finalmente, Hamlet sigue anclado en la misma pesadilla. Pues quizás no esté tan loco el príncipe de Dinamarca, para empezar está consciente de algo que una persona fuera de sus cabales nunca estaría: nuestra sociedad está regida por la inmundicia.

Ésta puede ser la conclusión a la metáfora de Cayo Rodríguez, sin embargo, se puede llegar a otra en la práctica. En la actualidad el sueño de Simón Bolívar de unificar a toda Hispanoamérica que tanto se ha criticado políticamente, podría tener sentido en otros aspectos distintos, uno de ellos es la cuestión editorial y un fuerte elemento son las historietas. En otras épocas se ha difundido la obra de autores mexicanos, españoles y  argentinos, han cruzado la frontera y eso es lo que verdaderamente le ha dado un sentido a nuestras viñetas, he ahí el sueño bolivariano. Y si bien, dicha equidad editorial entre autores locales no lograría hacerles frente a las poderosas industrias norteamericanas, japonesas o europeas, sí ayudaría a tener una identidad propia en la narrativa gráfica.

Como alguna vez lo dijo el también peruano Juan Acevedo en un viaje al Japón al ver tiradas una gran cantidad de “mangas” en el tren bala: “Esto no puede ser Latinoamérica”. Y ahora que es más fácil romper barreras por medio del internet y otras herramientas, en vez de buscar diferencias hay que estar seguros de otra conclusión a la que se llega con este artículo, Perú es Latinoamérica y México también lo es.

 

 

 Sobre el autor: Gerardo Martínez Acevedo, “Efrén Bantú” (Matehuala, SLP, 1980) – Ha sido actor de teatro, locutor de radio y actualmente es feliz como profesor de bachillerato y dando talleres de historieta para niños, fue fundador de la revista P.U.T.A, primera publicación de cómic underground de Jalisco. Ha colaborado en las revistas Matices de Alemania, Characato Cómics de Perú y actualmente escribe el guión del cómic “Guadalajara 2040”. 

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