¿Dónde está Mary?

Richard Hamilton se despertó temprano, a las 6:34 a.m., listo para llevar a cabo su plan de la noche anterior. Seguía entusiasmado, sonriendo ante las esperanzas que ofrecía el nuevo día. Se fue a lavar la cara y a enjuagar la boca como hacía siempre que se despertaba. Se bañó, se arregló, se preparó un omelet de queso y lo acompañó con jugo de naranja antes de lavarse los dientes. Previo a salir miró la fotografía; la simple imagen de Mary aún era capaz de conmoverlo después de nueve años. La miró sonriendo, agradecido de que al fin hubiera aceptado salir con él. Todo un día juntos, pensó. Sin dejar de sonreír se dirigió a la puerta y salió a recibir lo que ofrecía el nuevo día. Richard Hamilton no tenía idea de lo que le esperaba ese particular día.

Decidió pasar por un ramo de rosas para Mary antes de llegar a su casa. Nunca había regalado rosas pero seguro sería un bonito detalle. Una docena de rosas rojas. Las pagó, esperando le gustaran a Mary. Se despidió del vendedor con una gran sonrisa y salió rumbo a su dirección.

Al fin llegó; la llamó por teléfono cuando estaba afuera de su casa. No contestó. De hecho, el buzón de voz decía “número inexistente”; con frecuencia tenía problemas con los aparatos tecnológicos, así que no le dio importancia y la llamó desde afuera. Cinco veces la llamó, hasta que salió la mamá de Mary. Disculpándose por hacerla levantarse tan temprano Richard le dio los buenos días y le preguntó por Mary.

— ¿Mary? —preguntó extrañada la señora, escrutando a Richard de pies a cabeza— Creo que se equivocó.

Richard también se extrañó ante esta situación. ¿Por qué la mamá de Mary le respondió repitiendo el nombre de su hija en forma de pregunta? “¿Mary?”. Eso respondió. Como si no supiera de quién estaba hablando. Y la forma en que lo miró, diciéndole que se equivocó y hablándole de usted. Tenía varios años de conocer a la mamá de Mary; se llevaban muy bien. ¿Por qué se comportaba de esa manera? ¿Le habrá sucedido algo a la familia? Tal vez sólo era que a esa hora uno no termina de conectarse con el mundo exterior ni tiene ganas de hacerlo.

— Mary, su hija. Mary Fowler —dijo Richard sonriendo y a la espera de la respuesta de la señora Fowler.
— No, joven, usted se equivocó. Aquí no vive ninguna Mary. Creo que se equivocó de casa. Buenos días —fue lo que dijo la señora Fowler dirigiéndose de nuevo a su casa.
— ¡Espere! —atinó a decir Richard antes de que la señora Fowler entrara— ¿Sabe quién soy?

La señora Fowler lo miró atentamente y al fin contestó: — No. Buenos días —y regresó a su casa, dejando a Richard sorprendido y sin saber qué más decir.

Richard estaba realmente extrañado. ¿Sería una broma de Mary? Mary era muy bromista y tal vez convenció a su mamá de seguir el juego. Llamó a Mary por teléfono cinco veces más y, en todas, el buzón respondía “número inexistente”. Decidió hablarle de nuevo a la señora Fowler.

— ¿Qué quiere? —respondió la señora Fowler algo molesta.
— ¿Esto es una broma de Mary? Casi me la creo —dijo Richard sonriendo—. ¿Pero puede hablarle a Mary, por favor? Quedamos de vernos a las siete treinta.
— Ya le dije que aquí no vive ninguna Mary. Y por favor ya deje dormir, es muy temprano. Buenos días.

El tono serio y molesto de la señora Fowler lo desconcertó. Nunca antes se había comportado así con él. En todo el tiempo de conocerla nunca había sido así tan seria por ningún motivo, y no era el estilo de la señora Fowler comportarse así por una broma. Tal vez no estaba bromeando. ¿Qué está pasando? Se preguntó Richard. Todo esto era muy raro. Llamó a Mary por teléfono una vez más. “número inexistente”. Tendría que encontrar respuestas en otro lado.

— ¿Bueno, Elizabeth? ¿Cómo estás?
— ¡Richard, hola! ¿Bien y tú?
— Bien, Liza, gracias. Oye, ¿has hablado con Mary?
— ¿Mary? ¿Cuál Mary? ¿Mi amiga de la Iglesia?
— No; Mary, Mary Fowler. Nuestra amiga de la escuela.
— No sé de quién me hablas, Richard. No recuerdo a ninguna Mary de la escuela.
— Está bien, no te preocupes, Liz; creo que me confundí. Gracias, hasta luego.
— Hasta luego, Richard.

Richard colgó el teléfono. Esto se estaba volviendo cada vez más extraño. Para ser una broma estaba llegando demasiado lejos. Pero supo qué hacer. Por supuesto, Mary existía. Tenía nueve años de conocerla. Era su mejor amiga. El amor de su vida. Había vivido junto a ella momentos inolvidables y tenía la prueba. La “Mochila de los Recuerdos”. Sonrió por lo cursi que sonaba ese nombre, pero era el nombre adecuado. La Mochila de los Recuerdos.

Al fracasar sus intentos de darle una explicación a lo que estaba sucediendo decidió hacer un inventario mental de lo que esa mochila contenía: ocho cuadernos de la época de preparatoria y universidad dónde Mary le había escrito mensajes, desde “este es mi número, llámame”, hasta “jajaja siempre has sido un cursi”; una carpeta tamaño oficio con hojas y papeles que Mary le había escrito por una u otra razón en diferentes momentos desde que se conocieron, recordaba una hoja especialmente dónde Mary le hizo un dibujo en el que le expresaba cuánto lo apreciaba y lo mucho que lo quería, verlo era casi como revivir el momento en que se lo escribió y al recordarlo no pudo evitar sonreír; también había un collage de la escuela que estaban haciendo juntos el día que Richard le dijo a Mary lo que sentía por ella… El autobús llegó a su parada. Richard bajó apresurado rumbo a su casa.

Llegó, dejó las rosas en la mesa de la sala y se dirigió a su cuarto, al cajón donde la tenía guardada. Lo abrió y encontró la mochila. Richard dio un suspiro de tranquilidad y al levantarla estaba más ligera de lo normal; extrañado, la abrió rápidamente y supo la razón: estaba vacía. Y cuando miró el costado de la mochila, donde Mary le había escrito palabras de despedida al salir de la preparatoria, no encontró ni una palabra, sólo la superficie beige de la mochila, sin señal de letra alguna. Richard se quedó en blanco, sentado en su cama con la mochila vacía apoyada en sus piernas, en silencio. No sabía qué hacer. ¿Dónde estás, Mary, dónde estás…?

Richard se había recostado en su cama, preguntándose por Mary hasta quedarse dormido. Al despertar miró la mochila entre sus brazos y recordó los extraños sucesos de ese día. Miró el reloj de su teléfono celular, eran las 4:28 de la tarde. Se preguntó si todo no había sido más que un sueño; no solía tener sueños de ese tipo, sus sueños más realistas siempre fueron despierto, pero nunca se sabe… Decidió llamar a Mary una vez más, temiendo la respuesta que podría escuchar al otro lado de la línea. Su temor se hizo realidad: “número inexistente”.

— Hola, Tony, ¿cómo estás?
— ¡Richard! Bien, ¿y tú? Qué milagro que pasas por la casa.
— Te habría pedido que vinieras a la mía pero sé que eres agorafóbico —dijo Richard sonriendo.
— Lo sé —contestó Tony—. No me gustan los exteriores. Nada mejor que quedarme en casa escuchando música clásica. Podría hacer eso siempre. No pido más.
— Me haces sentir prescindible, Tony —dijo Richard con ironía—. En fin, tiene tiempo que no veo a Mary. Tú has hablado con ella. ¿Recuerdas? Mary, de la escuela.

La respuesta de Tony era una que Richard ya se esperaba: — ¿Mary? No sé de quién me hablas, Rick. No recuerdo ninguna Mary.

Escuchar el nombre de Mary en forma de interrogante se estaba volviendo en una constante para Richard Hamilton.

— Pasa, Rick —cntinuó Tony—. Estoy escuchando a Strauss.
— No, gracias, Tony; tengo algo que hacer. Además, lo mío es el Heavy Metal —dijo Richard sonriendo—. Pero gracias, Tony. Hasta luego.

Richard caminó pensativo. ¿Qué significaba todo esto? Era como si Mary se hubiera esfumado de la faz de la tierra. Era más que eso, era como si Mary nunca hubiera existido. ¿Acaso estaba loco? Nadie recordaba a Mary mas que él. Pero usaría eso para encontrarla. Mientras él mantuviera el recuerdo de Mary se encargaría de encontrarla. Sí, la encontraría.

David, el mejor amigo de Richard, se encontraba fuera del país, en un retiro espiritual o algo por el estilo al que sus padres lo llevaron. En ese retiro se las arregló para llevar un celular de “contrabando” pero sus padres se enteraron y lo último que le dijo David es que no podrían hablar hasta dentro de una semana que acabara el retiro, o hasta que consiguiera otro celular.
David era más bien escéptico, pero ese retiro era una buena oportunidad de viajar y aceptó ir con sus padres. Ahora Richard no podía hablar con él; aunque su amigo no conocía a Mary lo habría escuchado atentamente y por más loca que fuera su historia David lo habría ayudado, era muy bueno para encontrar explicaciones sin juzgar, por más locos que fueran los casos que se le presentaran. Pero no estaba ahí. Richard tendría que hallar solo la forma de encontrar a Mary.

— Así es, Mary Fowler Stepson —dijo Richard.
La secretaria de la Universidad Tecnológica Estatal buscó entre los archivos.

— No —respondió la chica—. Lo siento. No hay ningún documento de alguna Mary Fowler Stepson entre mis archivos. Nadie con ese nombre estudió aquí.
— ¿Segura? ¿Podría buscar una vez más? —pidió Richard.
— Ya busqué tres veces —repuso la secretaría con desgana—. No hay nadie con ese nombre.
— Bien. Muchas gracias —se retiró Richard resignado y salió de la Universidad pensando cuál sería su siguiente paso.

Caminando por la calle del centro se acordó de uno de los días más felices de su vida. Por supuesto, Mary tenía que ver con ello. Se vieron en el supermercado, pasearon un rato, platicaron, vieron los productos que había a la venta… Lucía especialmente hermosa. Con botas negras de pierna alta y los ojos pintados con sombra negra, era como caminar al lado de una hermosa estrella de rock. Richard notaba una luz especial en sus ojos, entre las sombras de sus grandes pestañas rizadas. Su cabello castaño ondulado ondeaba cuando giraba repentinamente para señalarle a Richard algo que Mary le pedía que le comprara. Aunque Mary era tan agradable y simpática como siempre, también se comportaba de una manera poco común. Como si quisiera decirle a Richard algo que no se atrevía. Richard decidió no preguntarse qué era y disfrutó de estar junto a Mary. Al anochecer se sentaron al borde de una escalera, en la puerta de un negocio cerrado, y después de unos momentos de silencio ella dijo algo que Richard Hamilton no creyó al escucharlo. “Rick, es que… quiero darte un beso”. Richard no supo qué decir, estaba demasiado emocionado. ¿Sería todo un sueño? Richard simplemente bajó la mirada, terminando de asimilar que algo tan maravilloso le estuviera sucediendo, que sus oídos fueran capaces de escuchar palabras tan hermosas en este mundo. Tal vez fuera algo común que una mujer quisiera besar a un hombre, pasaba todos los días. Sólo que esta vez el hombre era Richard Hamilton y la mujer Mary Fowler, su mejor amiga y el amor de su vida desde hacía siete años.

Richard salió de su ensueño y se obligó a concentrarse en la búsqueda de Mary. Si seguía así nunca la encontraría. Recorriendo las calles del centro Richard se preguntó: ¿Dónde está Mary? En eso, volteó hacia un vagabundo a su derecha; tenía un bote para monedas hecho con la parte inferior de una botella desechable de Coca-Cola y un letrero en la mano. El letrero no decía algo como “Soy ciego” o “Gracias por su cooperación”. El letrero decía: “Está adentro”. Está adentro… ¿Dónde está Mary? Está adentro. ¿Adentro de dónde? ¿Sería una mera coincidencia? En estos momentos no podía darse el lujo de prescindir de ninguna señal por improbable que pareciera. Tal vez esta aparente coincidencia era un indicio para encontrar a Mary. Se acercó al vagabundo. Le dio unas monedas y el vagabundo asintió con la cabeza en señal de agradecimiento.

— Curioso letrero —dijo Richard dirigiéndose al vagabundo—. ¿Qué es lo qué está adentro?

El vagabundo sonrió y mostró la parte de atrás del letrero. Decía: “Lo que buscas”.
— También aplica para mí —dijo el vagabundo aún sonriendo y haciendo sonar su bote con unas cuantas monedas.
— Curioso letrero… Hasta luego. Suerte —se despidió Richard sin acabar de entender.
— Dios lo bendiga —se despidió el vagabundo, levantando la mano y sin dejar de sonreír.

¿Dónde está Mary? Está adentro. ¿Adentro de dónde? Richard llegó a su casa al anochecer. Todo el camino se había preguntado qué significado podían tener esas palabras; en qué forma lo ayudarían a encontrar a Mary. Ya en su casa, las escribió en una libreta y se puso a analizarlas en busca del significado oculto que podían encerrar. Adentro, adentro. ¿Adentro de dónde? Richard pensó y pensó en esas palabras, se concentró, no se separó de la hoja de papel con las palabras en tinta negra marcadas con fuerza. Eran las dos de la madrugada y no había encontrado esa respuesta. Estaba cansado y no había comido, pero todo lo que deseaba era descubrir la respuesta de ese acertijo, descubrirla y encontrar a Mary. Exhausto, se acostó en su cama, cerró los ojos y pensó: “No sé adentro de dónde estés Mary, pero sea donde sea, yo también quiero estar adentro, contigo”. Y se durmió.

Richard Hamilton se despertó. O sería mejor decir que recobró la conciencia dentro de un sueño, porque Richard sabía que estaba soñando. Era curioso, porque rara vez tenía sueños lúcidos, pero esta vez estaba consciente de estar en un sueño. Una tenue neblina entre rosa y gris rodeaba todo a su alrededor y sentía que avanzaba en cámara lenta. El sonido de sus zapatos al caminar hizo eco en las paredes invisibles del recinto invisible donde se hallaba. En ese momento sus labios pronunciaron una sola palabra, en forma de interrogante: ¿Mary?

El eco de su voz resonó en forma repetida y en volumen descendente. En eso, una voz que no fue capaz de describir respondió a su pregunta. Esa voz no era fuerte ni débil, masculina o femenina, y aunque esto fuera un sueño lo embargó la convicción de que esa voz tenía la respuesta a su pregunta. “Aquí está”, fue la respuesta de la voz. Richard corrió entre la niebla y llegó al borde de un gran precipicio, en el fondo del cual reinaba una oscuridad e imagen más parecida a los espacios cósmicos que al fondo de un pozo. La oscuridad que contempló ahí abajo estaba tapizada de estrellas y otras formas y colores incapaz de identificar. La voz, que parecía provenir a la vez del abismo y de dentro de él, volvió a decir: “Aquí está, adentro”. Richard miró abajo, al precipicio. “¿Abajo, está abajo?”, preguntó Richard. Después de decir eso sintió como si el espacio a su alrededor se moviera y el precipicio que acababa de mirar abajo ahora se encontraba sobre él, en el cielo. “No, abajo no; adentro”, dijo la voz. El espacio se movió nuevamente y el precipicio estaba abajo otra vez, en su lugar original. “No hay arriba ni abajo, sólo adentro y afuera. Ella está adentro”.

— Y si entro, ¿la recuperaré? —preguntó Richard.
— Si entras la volverás a ver. Ella no puede ser recuperada porque nunca se ha perdido. No puede perderse. Nadie puede perderse.
— ¿Qué significa esto? No comprendo. ¿Cómo sucedió todo esto? —preguntó Richard confundido.
— Tú elegiste entrar al mundo como lo experimentaste. No decidiste conscientemente, pero lo elegiste. Estabas cansado del mundo como lo vivías, así que entraste en un mundo donde tu deseo pudiera realizarse.
— Eso no es posible. ¿Un mundo sin Mary? Yo nunca he querido eso —fue la convencida réplica de Richard—. Yo no elegí un mundo sin ella.
— Elegiste un mundo donde ella no te rechazara.
Richard se quedó pensando. — ¿Y si entro, la volveré a ver? —preguntó.
— El universo es regido por leyes; leyes que eliges conscientemente o inconscientemente. Elegiste inconscientemente. Ahora serás consciente de tu elección y tienes dos opciones: Si entras volverás a verla, pero no podrán estar juntos, no de la forma que quieres; la verás de nuevo y tres años después morirás. Y no recordarás nada de esto al regresar.
— ¿Y si no entro? —preguntó Richard serio y atento a la respuesta de la Voz.
— Si no entras, regresarás al mundo que has elegido, y no la recordarás. Será como si nunca la hubieras conocido. Vivirás muchos años antes de morir. Vivirás el promedio de vida de la gente de tu mundo. Y tampoco recordarás nada de esto.
— Y si entro —preguntó Richard, más serio aun—, ¿ella será feliz, encontrará la felicidad?
— Cada quién elige su propia felicidad; si entras, ella buscará la felicidad por tres años más, luego, tu muerte la ayudará a alcanzarla, y sí, encontrará la felicidad.
— Y después de morir, si entro, después de los tres años, cuando muera… ¿Qué pasará conmigo? —fue la pregunta de Richard.
— Te diré esto: Muerte es sólo una palabra, la muerte en realidad no existe y el destino final de cada ser es encontrar la felicidad total.

Richard meditó unos momentos, pero su elección consciente fue clara; se acercó al precipicio para entrar.

— Has hecho tu elección —dijo la Voz—; que se haga según tu voluntad. Y recuerda, sin importar lo que pase, te amo.

Richard sintió el inmenso amor de la Voz envolviéndolo, cerró los ojos y saltó hacia el precipicio. Abajo; adentro…

Richard Hamilton despertó dando un salto. Respiraba agitadamente y tardó unos segundos en tranquilizarse. Miró la hora: 6:34. Su cita con Mary. Se entusiasmó al recordar que Mary había aceptado salir con él. Todo un día. Lo recordó con una gran sonrisa y, de un salto más grande que aquel con el que despertó, se bajó de la cama para empezar uno de los mejores días de su vida. Se lavó la cara y se enjuagó la boca como siempre después de despertar. Se bañó, se arregló y después de desayunar un omelet de queso y jugo de naranja, se lavó los dientes. Se dispuso a salir, pero antes, miró la fotografía de Mary; qué hermosa. Después de nueve años de conocerse aún… El teléfono celular sonó. Un mensaje. De Mary: “Hola, Rick. Oye, discúlpame por favor”. Richard se puso serio previendo las palabras que seguirían, “pero no podré verte. Lo siento mucho, Rick. Hasta luego”.

Richard dejó el teléfono a un lado, se sentó en su cama y comenzó a llorar en silencio. ¿Por qué, por qué no podía estar con Mary? ¿Por qué las cosas tenían que ser así? Tomó la fotografía de Mary, la miró atentamente y acarició la mejilla de su rostro en la imagen bidimensional. Una lágrima cayó en la fotografía. “Qué hermosa —pensó Richard—. Tal vez sea nuestro destino no estar juntos; no entiendo porqué las cosas sean como son, pero si pudiera elegir una cosa sería que, conmigo o sin mí, encuentres la felicidad Mary. Y recuerda, sin importar lo que pase, Te Amo”.

 

Jorge Sánchez (Reynosa, Tamaulipas) Nunca le gustó la escuela, pero siempre le encantó aprender. Sus principales pasiones son la historia (especialmente historia antigua), la música (sobre todo el rock y el jazz), y la lectura (mis escritores favoritos son H. P. Lovecraft y Philip K. Dick). Toca guitarra, dibuja ocasionalmente y empezó a escribir en marzo del 2016.

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