Con los ojos bien abiertos

Una vez más estaba en ese estado de pánico que lo inmovilizaba.
Por alguna razón que desconocía el equipo de iluminación de emergencia no se había encendido, y aunque lo que quería era buscar desesperadamente unas velas, siempre las tenía a la mano, buscarlas en cada estante de cada mueble de cada rincón de la casa, pero su cuerpo no podía moverse. Deseaba correr hacia la ventana y abrir la persiana que permitiría que las luces de otros edificios disiparan la penumbra del cuarto pero sus piernas no le obedecían. Intentó, siguiendo las instrucciones de su psicólogo, cerrar los ojos e imaginarse bajo un sol radiante pero los párpados se negaban a hacerlo. El terror se incrementaba y un sudor frío corría sobre su frente, se deslizaba por las sienes y alcanzaba sus pómulos.

El corte duró sólo unos minutos; la luz le devolvió a Juan la calma y las emociones le dieron paso a los pensamientos. Respiró hondo, tomó un vaso de agua y pensó que debía buscar seriamente una solución a su problema. Psiquiatras, psicoanalistas, terapias de grupo, libros de autoayuda, todo había sido un fracaso. En los últimos años había recurrido a todo aquello  que le recomendaban: PNL, curas sanadores, constelaciones familiares, ayurveda, decodificación biológica… nada había funcionado.

Sólo podía dormir con la luz encendida. De niño lloraba cuando la luz se apagaba y quedaba inmerso en una oscuridad total, indefenso ante el ataque de sus monstruos. Más grande, aún los sentía en su espalda, agazapados en la negrura que lo cubría todo; los sabía capaces de aniquilarlo ante el menor movimiento, y se quedaba estático, con los ojos abiertos, casi desorbitados en el esfuerzo por percibir un leve resplandor que lo sacara de ese infierno.

Evitando el mundo de las tinieblas, se acostumbró a dormir cada vez menos. Con frecuencia no estaba seguro si había estado dormitando o sólo había transitado por ese estado de transformación en el que se va ingresando en un leve sueño, perdiendo lentamente la consciencia, pero a la vez siendo consciente de ello. Intentó dormir con los ojos abiertos y esa idea lo obsesionó.

Buscó información sobre el tema y encontró relatos acerca de comportamientos de sujetos sometidos a la privación del sueño, en ellos se informaba que el torturado lograba ingresar en un sueño total por algunos segundos, aun con los ojos abiertos. Devoró relatos de pacientes con problemas de insomnio, artículos médicos y tratamientos clínicos. Exploró sobre drogas para inducir y para evitar el sueño. Aun mientras estaba trabajando, seguía pensando en cómo lograr dormir sin cerrar los ojos.

Con frecuencia se imaginaba sobre un colchón mullido, sintiendo el olor de las sábanas limpias, mirando esa araña de caireles que heredara de su madrina, relajado, disfrutando de ese momento previo a quedarse dormido. Anhelaba lograr dormirse así, sintiéndose sereno, libre de angustia, disfrutando el momento de acostarse sin sufrirlo.

Una mañana llegó la encomienda que esperaba. Con cuidado, desenvolvió el paquete que cubría el par de adminículos. Le recordó ese otro que usara en su infancia, durante años, cuando se acostaba por las noches: un elemento de ortodoncia removible para corregir la deformación de su paladar superior. Un alambre rígido sujetaba una prótesis que debía colocar en su boca, y aquella se mantenía en el lugar por medio de una banda elástica que pasaba por detrás de su cabeza. Ahora contemplaba ese otro alambre de acero, también rígido pero mucho más delgado, que formaba dos semicírculos de los que se erguían unas diminutas puntas redondeadas.

Se ubicó delante del espejo y siguiendo las imágenes del folleto, colocó con cuidado uno de los aparatos en su ojo derecho y sintió cómo las puntas de acero penetraban bajo sus párpados. Se asombró de que no lo lastimaran y la imagen de su ojo gigantesco le pareció irreconocible. Los hilos de sangre sobre el globo blanco se veían como grafismos creados por una mano temblorosa. Sólo su ojo izquierdo se permitía pestañear o estar cerrado. El desorbitado seguía allí, igual de grande, igual de abierto. “Genial” –pensó– mientras se sacaba cuidadosamente el aparato.

Recordó cómo le había sido arrancado ese otro alambre de la ortodoncia fija, atrapado bajo la carne de su paladar, cubriendo de sangre la chaquetilla blanca del dentista y el dolor insoportable. Sólo hubo lágrimas en las mejillas de su madre, mientras lo sostenía con fuerza contra el sillón. La había odiado por ese tratamiento y por muchas otras razones, que nunca le mencionó.

Esperó impaciente que el sol se ocultara. Cenó tarde, como todos los días. Leyó un libro hasta que los bostezos lo obligaron a interrumpir la lectura. Evaluó que tenía suficiente sueño como para probar in situ el artilugio. Se lo colocó como lo había hecho horas antes, ahora en ambos ojos y se acostó. La luz de la luna inundaba la habitación a través de la ventana totalmente abierta. Se recostó de espaldas e intentó dormir como había hecho tantas veces, construyendo con sus pensamientos una playa de aguas cristalinas bajo un sol abrazador. Tendido sobre la arena, metía sus manos en ella y la sentía escurrir entre los dedos, cuando se percató que estaba tirando de la sábana. “Casi lo logro” –pensó-.

Comenzó a sentir ardor. Se levantó y buscó unas gotas que se colocó en los ojos enrojecidos. Experimentó cierto alivio y volvió a la cama para reiniciar una vez más el viaje. Entrenado durante años para no dormir, luchaba ahora porque el sueño lo transportara a esa dimensión a la que hacía mucho tiempo no llegaba. Trató de tranquilizarse y pensar en nada. “Voy a estar bien. Puedo dormirme con los ojos abiertos”. Pensó.

El sol invadía el cuarto cuando la señora de la limpieza abrió la puerta. Al entrar, las partículas de polvo se exhibieron en un ballet sutil. Juan estaba tendido sobre su cama, tapado con el cubrecama de raso bordado que sostenía con ambas manos a la altura del mentón. Sorprendida, la mujer comenzó a hablar mientras avanzaba de puntillas: “Señor Juan, no sabía que estaba en la casa. ¿Está enfermo?” Cuando estuvo a su lado, se espantó gritando: “¡Señor! ¿Qué le han hecho?” Los ojos de Juan estaban hinchados, secos, opacos, desmesuradamente abiertos y sin vida. El aparato aún estaba en su sitio y le confería un aspecto grotesco, casi siniestro, que contrastaba con la sonrisa que se insinuaba en su boca. La mujer atinó a tocarle una de las manos; la sintió fría y supo que estaba muerto.

 

Sobre la Autora: Sonia Concari
– Nació el mismo año que murió Eva Duarte, en Río Cuarto, Argentina, y reside hoy en Rosario. Estudió física, alcanzando un Doctorado. Es docente e investigadora de la Universidad Tecnológica Nacional y Secretaria de Ciencia y Tecnología de la Facultad de Ingeniería de la Universidad Nacional de Rosario. Ama viajar, baila flamenco y tango, y escribe. Ha publicado cuentos en varios números de Opúsculo (ISSN: 2362-289X) y poesía en la antología Corte al bies veinte16, editada por GatoGrillé (2016).

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