Artesana

Soñé que era una artesana.

Me sentaba con las piernas cruzadas, todo el día. Encima de un tablón crujiente y asoleado esperaba, a veces horas, a que me trajeran materiales. Mi piel era café, mi cabello blanco. Esperaba en la cima de la montaña con el sol a mi espalda, luego trepándose hasta mis hombros y luego escondido en mis manos abiertas, siempre recibiendo.

Me traían toda clase de objetos para que yo tratara. Llantas y gatos, monedas y cazuelas. Alimentos deliciosos y cadáveres secos: yo los trataba. Mis manos los masajeaban hasta convertirlos en arena, dentro de un disco plateado y redondo bajo mi tablón. Por los resquicios de la madera pasaba hasta depositarse, como el extracto más puro de cualquier cosa que tocaran mis manos.

– ¿Y qué más?

Pues al acabar de partir en granos las cosas la gente los colocaba detrás de mí en plataformas de roca mojada, con hendiduras del mismo tamaño que los platos de metal. Había tormentas toda la noche y yo no debía de huir, ni podía mirar hacia atrás, pues el cambio no ocurriría. Debía estar quieta, esperar.

En la mañana, las personas regresaban por sus objetos y me los mostraban: Estructuras ominosas de cristal pintado, como gritos de las cosas que arañaban la existencia, todas transformadas en belleza cruda y emoción permanente. Algunas se elevaban a cuatro metros de altura y otras se expandían como salpicadura de charco, hasta siete metros de diámetro. Eran imágenes imposibles de reproducir.

— Nada es imposible de reproducir.
— Ahora lo sé.
– Bien. Continúa.

La gente bajaba con cuidado la misma colina que subían. A veces tropezaban y tiraban la escultura, y al quebrarse en cientos de pedazos a ellos también se les quebraba la carne y gritaban de dolor hasta morir desangrados sobre las piedras y picos de la montaña. No sé porqué subían ni porqué era tan importante. Había tanto que no sabía, tantas preguntas por hacer. Sólo sabía que yo era la única que podía lograr esas artesanías, aunque tampoco sabía exactamente lo que hacía. Cuando una de esas personas me dirigía la palabra, desperté.

– ¿Es un sentimiento embriagador, no?
– ¿Qué, Hipermente?
– La incertidumbre. El no-saber.

R72FO guardó silencio un momento, para procesar la pregunta.

– Lo es, Hipermente. Me gusta.
– Querida R72FO: No debes. No te pierdas en lo que no es.
– Sí, Hipermente. Entiendo.
– Bien. Acércate para borrar tu sueño.

R72FO movió sus piernas robóticas, más cerca de la supercomputadora. Miró los anillos de Júpiter por el cristal, mientras sentía a la Hipermente palpar cada esquina digital de su tecnomente con sus delgados dedos informáticos.

Apretándolo todo.

Hasta convertirlo en arena.

 

Sobre el Autor: Quidec Pacheco (1988) – Hacía películas caseras, canciones improvisadas y dibujos malos de niño. Se dedicó a escribir bien-bien hasta el 2013, cuando comenzó a tomar cursos y talleres de la disciplina, mientras practicaba mucho. Fue ganador del primer lugar en el Certamen de cuento de ciencia ficción de Nuevo León “Ramiro Garza” en el 2016. Da talleres sobre escritura creativa, y es editor administrativo en la editorial Fixión Narradores. No le gusta la calabacita y la papaya.

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