Los tripulantes del Santa Ana

Aquella tarde del 23 de octubre de 1805, justo terminé mi guardia en el puesto de vigilancia del centro, cuando el clima agradable favoreció mi deseo de ir a tomar una pinta a la Taberna Johnson. Puerto Gibraltar era un lugar agradable, al menos más atractivo a la vista y mucho menos inclemente que Londres, por no mencionar que bullía por el tema de Napoleón y su temido imperio.

Entré a la taberna con el afán de alejarme un rato del ajetreo del puerto. Ni bien crucé la puerta cuando vi sentado, casi al centro del lugar, a un oficial todavía usando el uniforme y la casaca naval, tenía el gesto un poco descompuesto, aunque su mirada seguía férrea. Como buen camarada de la Real Armada Británica decidí acercarme e invitarle un trago, al observarme sonrió y me invitó a acompañarlo.

“Compañero, ¿por qué la cara larga?”, pregunté, “sé que estos no son los mejores días para sonreír, pero al menos hay que plantarse mejor, ¿no crees?”.

Al decirle esto, su cara perdió toda gesticulación, alzó la vista al frente por un momento y volteó hacia mí.

“Hace apenas dos días ayudé a salvar Inglaterra”, me dijo en tono solemne, “sin embargo, tuvo un precio muy alto”, bebió un largo sorbo a su pinta, se limpió la boca y prosiguió: “Se está rindiendo el informe de lo ocurrido, vengo llegando al puerto en el HMS Leviathan, pero yo estuve ahí, sé lo que pasó”.

Al decir esto, sus cejas se arquearon y su mirada se encendió como si estuviera reviviendo aquel momento, suspiro y antes de que pudiera decir algo, se desahogó.

“A inicios del mes de septiembre la armada estuvo recibiendo información confusa y un poco contradictoria”, prosiguió en voz medio baja, “al parecer la idea era efectuar una invasión franco-española abriendo dos frentes, uno por el Mediterráneo y otro vía el Atlántico para unirse en el canal de la mancha, sin tener certeza de cómo ni cuándo”.

“Conforme fue avanzando el mes, se informó de un plan para ‘erradicar el imperio británico de forma absoluta’, sin puntualizar. Se planteó la idea un ataque naval masivo, sin embargo esto no era un secreto, las escuadras franco-españolas ya estaban navegando a gran escala desde hace tiempo”.

Hizo una pausa, vio su tarro vacío, acto seguido me miró; al hacerlo sonreí, le llamé al tabernero para que trajera un par de pintas. Una vez servidas, prosiguió su relato.

“Para finales de septiembre, era más que evidente la agresión contra Gran Bretaña y la armada estaba lista para ello. Sin embargo, llegó un mensaje cifrado refiriendo que la invasión no era el fin, sino un medio para cumplir el objetivo. Obviamente nadie entendió esto, de hecho, sólo produjo más confusión.

A inicios de octubre, con las escuadras listas y formadas en el Mediterráneo, se supo que la flota saldría de Cádiz el 18 de octubre. El 15 de octubre recibimos el último mensaje cifrado, nadie ha sabido del espía que lo interceptó hasta la fecha, el mensaje citaba: “La victoria no es derrotar a los ingleses, sino llegar a la isla.” y continuó: “Hace dos días, el 21 de octubre, el vicealmirante Nelson al mando del buque insignia HMS Victory, y veintiséis barcos más, se encontró con la escuadra franco-española en cabo Trafalgar formada por treinta y tres naves, sólo tuvimos dos ventajas: la astucia y el barlovento… a las diez horas de ese día inició la batalla…”

Durante un momento quedó en silencio y sonrió, volvió a beber un par de tragos de su pinta y prosiguió: “Para las 14:00 horas de ese día la victoria era nuestra, el vicealmirante Nelson estaba orgulloso de su flota, pero nos duró poco la felicidad, el vigía gritó: ‘mensaje cifrado del HMS Ajax; virar hacia el norte y apoyar en la captura del Príncipe de Asturias y el Santa Ana, ELLOS LLEVAN EL PLAN DE INVASIÓN A BRETAÑA’, Los gestos de alegría se volvieron de confusión, por un momento todos quedamos en silencio viéndonos mutuamente, hasta que el vicealmirante gritó: ‘A virar de una vez, caballeros, Inglaterra espera que todo hombre cumpla con su deber’.

Dicho esto, viramos en la dirección requerida, cuando a las 15:00 horas del lado poniente del horizonte pudimos observar como los HMS Colossus y HMS Achilles alcanzaban al Príncipe de Asturias y con fiereza comenzaron a atacarlo, nadie había dicho una sola palabra, pero el Príncipe era un ciento veinte cañones y el Santa Ana ciento cincuenta, mientras que nuestra nave era de ochenta, haciendo difícil realizar la captura.

Al notar que el Príncipe de Asturias estaba haciendo agua, Nelson ordenó virar hacia el oriente para alcanzar al Santa Ana, el HMS Neptune le dio alcance primero, sólo para ser acribillado por todo el estribor; pasamos a poco menos de una milla náutica de la nave, nos mandó dos mensajes: ‘proseguir’ y ‘hundir a como dé lugar’”.

Se detuvo un instante, quedó serio, pensativo “No sé si debo contarte esto, pero tengo que soltarlo”, me miró directamente a los ojos, bajó la mirada y continuó. “Al escuchar esto, Nelson entornó la mirada dando la instrucción de capturar al Santa Ana. Cerca de las 17:00 horas, el vicealmirante instruyó al vigía que observara cuidadosamente la nave, al hacerlo, dio un grito de terror y se desvaneció. De forma inmediata, lo bajaron todavía en shock y con la mirada de pánico no pudo ser capaz de emitir una sola palabra, solicitaron que lo retiraran de la cubierta para reposo.

Nelson ordenó entonces que montaran el catalejo en el puente principal, siendo él mismo quien lo ajustó…..miró por un momento dando un soplido violento, y exclamó: ‘¡Hijos de puta, ellos son la invasión, el Santa Ana está lleno de engrendos!’. Se alzó y dio las instrucciones puntuales: ‘Ese buque no debe llegar a Inglaterra, sólo Dios sabe lo que ocurrirá si eso pasara’.

Aproximadamente cincuenta minutos después, cerca de las 18:00 horas empezamos a darle alcance al buque, aunque comenzaba a caer el sol, no podíamos permitir que se escapara bajo la oscuridad, sin embargo, también era un hecho que alcanzarlo significaría ser acribillados. El capitán miró nervioso al vicealmirante e intentó disuadirlo con voz tímida, sólo para obtener de respuesta la mano derecha alzada en señal de silencio”.

Guardó silencio nuevamente, alzó la mirada en forma orgullosa y emotiva, afirmando: “Uno nunca entiende a Nelson hasta que lo ve analizando y desarrollando estrategias que tienden al triunfo, este caso, no fue la excepción. Comenzó a dar las órdenes de preparación”.

“’Vuelen todo el estribor en los niveles de los cañones, acomoden TODOS en ese costado y apuntálenlos firmemente’. Prácticamente toda la tripulación participó en las maniobras, ahora teníamos de un solo costado los ochenta cañones, casi los mismos que tenía de un solo flanco el Santa Ana. Me asomé por uno de los huecos al terminar, ya se podía apreciar el buque a simple vista hacia proa. Una vez de regreso en el puente, a casi un cuarto de milla náutica de distancia, el vicealmirante instruyó: ‘Preparen anclas de proa y popa para soltarlas por babor’. En silencio se efectuaron las tareas, aunque nadie tenía idea de lo que íbamos a realizar.

Instantes después, Nelson reunió a toda la tripulación, previo a iniciar el combate y citó: ‘Lo que estamos a punto de hacer nunca se ha efectuado, sin embargo, es una medida que está a la altura de las circunstancias, requiero de su obediencia recta, su concentración infalible y su destreza imbatible, sólo tendremos una oportunidad, confíen en mí, como lo han hecho antes y ¡por Dios y el Rey Jorge III que los llevaré hasta la victoria!’. Al terminar, comenzaron los hurras y los vivas al Rey y al vicealmirante, todos volvimos a nuestros puestos a la expectativa. Ya con el barco a tiro, se pudo apreciar como empezaban a levantar las ventanas de los cañones y efectivamente ya eran visibles aquellos engendros deformes, ¿cómo era posible que existiera esa abominación? Apenas había llegado a escuchar leyendas de aquellos entes, tristemente, confirmaba que existían.

Cuando estábamos a punto de emparejarnos, vimos claramente que además se estaban preparando para el abordaje, la cubierta quedó horrorizada con la imagen, empezaron a soltar las cuerdas, sus cañones se estaban perfilando, – por Dios que nunca recé de forma tan humilde como en esta ocasión-, cuando de pronto se escuchó el grito: ‘¡suelten anclas ya!’, acto seguido y de forma instantánea la nave quedó en posición casi perpendicular al Santa Ana por el tirón, dejando los cañones de vista hacia popa del buque. Apenas estábamos recuperando el aliento cuando se dio la siguiente orden: ‘¡Fuego todos los cañones!’, un estruendo uniforme de cañonazos se dejó escuchar. Desafortunadamente, la integridad del barco se vio demasiado comprometida entre el jalón de las anclas y la potencia de todos los disparos, ya que toda la estructura crujió, pedazos de madera comenzaron a volar por todas partes y lo que fue quedando del barco se balanceó hacia babor, cayendo hasta la cubierta al mar, sin que pudiéramos salvarlo.

Entre los restos, nadé para salir a superficie, observando hacia el Santa Ana, que ya estaba hundiéndose en llamas, al ver esto sonreí por la gran maniobra y el gran sacrificio que se llevó a cabo… Entonces… Algo inaudito sucedió. El agua empezó a teñirse de un color amarillento, en primera instancia pensé que era un efecto por el atardecer, – que ya casi concluía-, pero al levantar un poco más la mirada pude ver perfectamente de donde emanaba la sustancia… era la sangre de los engendros, cuyos cuerpos empezaban a flotar ya sin vida en la superficie.

Los pocos que se reunieron a mi alrededor vieron aquel increíble espectáculo, como una broma del destino, el viento y la marea empezó acarrear los deformes organismos hacia nuestra zona, el agua ya tornada en un amarillo oscuro, provocó un lúgubre silencio entre la tripulación, de la nada, los entes comenzaron a desplazarse entre nosotros….¡Dios, qué prueba!, por curiosidad, toqué aquella piel marrón escamosa, daba la idea que se desprendía de a poco con el movimiento del mar, seres mayores a los seis pies de largo con manos de tres o cuatro dedos malformados, sin cabello alguno, piernas que no mostraban rodillas visibles, ¡juraría que algunos no tenían nariz!, un cadáver con los ojos rojizos abiertos, sin pupilas, que parecía observarme de forma amenazante, la boca abierta mostrando una hilera de dientes en forma de sierra. Lo que hayan sido aquellas criaturas, quedó muy claro que nunca debían llegar a tierra inglesa.

Una vez que se perdieron en el mar, terminó de reunirse la tripulación que sobrevivió…. Hubo caras y personas que no volví a ver. Eventualmente, busqué dónde apoyarme para flotar, cuando a lo lejos el segundo asistente solicitó ayuda, al acercarme en el agua, pude ver que entre sus brazos estaba Nelson con una gran astilla de madera atravesada en el pecho. Todavía vivo, con dificultades para respirar, impidió que cualquiera se aproximara a socorrerle, vio los restos llameantes del Santa Ana y sonriendo dijo: ‘Gracias a Dios, he cumplido con mi deber’ y cerró los ojos para no volver abrirlos jamás”.

Al terminar su relato, comenzó a sonreír, me agradeció las pintas y se levantó, antes de retirarse, Alcancé a decirle: “Vaya historia, definitivamente para la posterior”, volteó y me respondió: “Lo sé, estuve ahí”, se colocó el sombrero naval y salió de la taberna, sin que volviera a saber de él.

 

 

Sobre el Autor: Miguel Angel Borjas Polanco (Tampico, Tamps. 1976) Licenciado en Contaduría (IEST-98), Ingeniero Industrial de Mantenimiento (IT-2016) y Master en Administración (ITESM-2002), escribe cuentos cortos y poesía desde los 16 años como una forma de expresión personal, de igual forma, como manifestación del desarrollo creativo que la lectura ha motivado en su vida.

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