Abismo

Tu sueño siempre fue ser pirata y hacer caminar a alguien por la plancha; tus padres, sin embargo, te hacían jugar con naves, era algo mejor para ti: negocio familiar.

            Tú a escondidas tomabas debajo de la cama el barco que construiste con tus propias manos a base de productos reciclados, pasabas largas horas entre garfios, espadas y piezas de a ocho en la soledad de tu casa.

            Giros que da el destino, hoy eres quien anda por la “plancha”, un paso, dos pasos, tres… tu respiración se entrecorta con cada centímetro que avanzas.

            La “plancha”, el único medio de comunicación entre las dos naves, diseñado para intercambiar suministros en cápsulas que la usaban como riel. La plancha: una delgada línea de treinta metros de largo por uno de ancho y uno de alto que flota inmóvil mientras las “galeones” se mueven al ritmo de los motores de propulsión, una danza macabra en la que el mínimo tropiezo te lanzará a un motor, al frío y negro espacio o a una muerte por incineración al chocar con la atmósfera cuando tu cuerpo sea lanzado hacia el planeta recién descubierto.

            Tu tiempo es corto, la luz dentro del traje te ciega por momentos, crees oír pisadas detrás de las de tu compañero, que al igual que tú se esfuerza por avanzar por el estrecho camino, las botas magnéticas no son infalibles deben estar bien asentadas antes de activar la adhesión con el control interno del traje, recuerdas al capitán insistiendo en clase: un paso y fijar, soltar, paso, fijar, soltar…

            Los motores dan un salto y comienzan a acelerar poco a poco, dentro de unos minutos la nave frente a ti, “Lilith”, se soltará y partirá de regreso a la tierra, tu hogar, a esos atardeceres en la montaña, amaneceres en el mar, platos de sopa caliente, un abrazo, un beso.

            La nave detrás tuyo, “Eva”, se quedará orbitando unos minutos y después se precipitará sobre la atmósfera hundiéndose en un mar de fricción y fuego, sin duda un espectáculo nunca antes visto por nada en el planeta, pequeñas “rocas de fuego” invadiendo, rasgando el tejido del cielo, iluminando… estrellas cayendo.

            Un paso, dos, tres, cuatro, cinco… tu aliento falla, ajustas con nerviosismo el oxígeno, ¡sólo unos segundos!, no quieres quedarte sin tan valioso elemento antes de llegar a la equis que marca el tesoro, la escotilla de acceso brilla no muy lejos, “Lilith” te espera con los brazos abiertos, tu mente susurra que continúes caminando mientras que tus piernas gritan que no pueden más, tiemblan por el miedo; choques, oleadas de adrenalina se posesionan de ti.

            Tu compañero te da una palmada en la espalda, quiere que voltees, obviamente no piensas hacerlo ¿o sí?

            La esclusa de “Eva” comienza a abotagarse hacia afuera, severos golpes desde dentro pronto acabarán por romperla o lanzarla hacia ustedes.

            Un tropiezo casi fatal por el miedo, caes con tus manos delante de tu cuerpo, uno de ellos resbala a un lado de la plancha, la falta de gravedad y las botas pegadas a la superficie hacen complicado el levantarse para seguir avanzando, tu compañero aprovecha para dejarte atrás; el no llevar líneas de seguridad hace que su cuerpo flote suavemente sobre ti como una pluma, una hazaña por demás arriesgada.

            Y desafortunada… ¿a quién demonios se le ocurre saltar sobre una persona, impulsándose en el vacío, esperando caer a salvo en una plataforma de un metro de ancho?.

            La compuerta vuela por el negro cielo estelar, perdiéndose entre las estrellas que parpadean a lo lejos, rompiendo la monotonía con una luz de millones de años de edad, tal como las veías en la adolescencia y soñabas llegar a ellas.

            Tu mano logra aferrarse de nuevo a la plancha, estás casi de pie…

            —Te digo que podemos lograrlo, una nave puede llevarnos a Terra-9, es la mejor posibilidad de encontrar un planeta habitable.
            —Pero yo no soy éter-nauta.
            —No importa, puedes ser de las primeras personas que pisen el nuevo hogar de la humanidad, también se requiere quien lave los platos y lleve las cuentas de la comida ¿sabías?

            Ochocientas personas vinieron junto a ti al viaje en “Eva”, una majestuosa nave color perla con rojo, con grandes logotipos del gobierno mundial, patrocinada por las mejores marcas de bebidas y de comida exprés, había de todo: famosos, militares condecorados, otros con coeficientes intelectuales o habilidades que hacían parecer que tenías cuatro años, y absolutamente ninguno sigue vivo…

            “Lilith” una solitaria dama de compañía a la sombra de su hermana, nadie viajaba en ella por la simple razón de que muchos ni siquiera sabían su verdadero propósito, sólo la veían como la nave de “por si algo sale mal”; ahora es tu boleto de regreso.

            Pisadas a tu espalda, repiqueteos constantes y el sonido de tus audífonos emitiendo ruido blanco, estática por todos lados, la luz interna del traje parpadea, señal inequívoca de que están saliendo de “Eva”, buscándote, utilizando algún sentido que desconoces, sabes que pueden vivir en el espacio por algunos minutos… paso, fijar, soltar, paso, fijar, soltar…

            —Encontramos una cápsula flotando en la órbita, es lo único que hay en el planeta, llegamos muy tarde, está muerto.
            —Devastado, diría yo…
            —¿Que son esas cosas? parecen…
            —¡Almacenista NO DEBE ESTAR AQUI!
            —¡Sí, señor!

            La plancha comienza a separarse poco a poco, un grito te saca de concentración, volteas a tu muñeca, los signos vitales de tu compañero desaparecen, en el último registro consta que cambio sus niveles de dióxido de carbono para quedar inconsciente… no lo suficiente como para no despertar durante doce agónicos segundos mientras entraba en la estela de calor del propulsor.

            Se acercan, casi puedes sentir sus extremidades semi-invisibles, viscosas, oscuras tocar tu cuerpo, sus dientes en tu cuello, su aliento en tu espalda, no les queda mucho tiempo para atraparte, te apresuras levemente, el oxígeno casi se acaba, ya ni siquiera fijas las botas adecuadamente, da igual morir aquí o allá.

            Un chillido que casi te rompe los tímpanos a través de tus audífonos, ¡Sí!, ¡Se repliegan!, ya no tienen tiempo, sus minutos afuera se terminaron, un respiro que te permite llegar a “Lilith”

            —Bienvenido, éter-nauta.
            —Gracias, “Lilith”.

            La plancha se desprende y cae al planeta mientras las hermanas se alejan. “Eva” brilla muda e impasible con el sol que se asoma detrás del planeta.

       —Asumo que es la única persona terrestre superviviente, mi hermana dijo estar perdida. ¿Tiene conocimientos de navegación?
            —Sí y no.
Déjemelo a mí, descanse, será un largo viaje, a menos que usted decida otra cosa.

            Mientras observas caer a “Eva” al estéril planeta, llena hasta el tope de esas cosas, dudas si lograrán sobrevivir al impacto, al mar de fuego de la atmosfera…

             ¿Que podrías hacer en un planeta muerto?

            Por vez primera observas el interior de tu “nuevo hogar”, y te das cuenta de que la raza humana no puede viajar a otro planeta sin llevar su humanidad consigo, un gran arsenal, desde los viejos tanques hasta rifles desintegradores multifuncionales con registros de bloqueo dactilar.

             ¿Ir a casa? nunca supiste si enviaron la muestra de lo que encontraron a la tierra y ¿si así fue? Tal vez hubo una señal de advertencia antes de que todos murieran en la nave… tal vez no y podría ser sólo otro planeta muerto para cuando llegues; ¿vivirás flotando solitariamente en el espacio hasta que mueras…?

            —”Lilith” ¡LILIIITH! ¿Dijiste la única persona terrestre superviviente?
Afirmativo

            “Lilith” queda a oscuras…estática en los altavoces.

Alonso Treh, escritor originario de las cambiantes tierras chihuahuenses desde hace algunos ayeres, se vio volcado súbitamente a este oficio por mera casualidad, aunque a veces piensa que es causalidad, aficionado a la ciencia ficción, al terror, al horror, a lo épico y a una que otra novela gráfica, escribe por gusto y lo seguirá haciendo a pesar incluso de él mismo y de su mayor enemigo, una página en blanco.

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