Czarnebloto

A cada paso que daba, la tierra parecía volverse más blanda. Aún no era el barro negro y pegajoso que se formaba en la época de lluvia o en las márgenes de los pestilentes riachuelos que corrían en medio de aquellas arboledas antiguas, y eso significaba que estábamos en el camino correcto, avanzando hacia tierras más altas. El liquen formado en el sentido contrario al que soplaba el viento, la aparición de los hongos rojos venenosos que perfumaban a flores de muerto un terreno en el que no había suficiente luz para que nada más floreciera, todo apuntaba a la misma dirección. Saqué la brújula para confirmar mis cálculos, que para cualquier otro hubieran sido imposibles de hacer sin poder ver el sol o las estrellas ocultos tras las copas de las árboles, donde sus ramas se enredaban de tal forma que si alguien talara uno de ellos, sus hermanos negros y antiguos no le hubieran permitido caer.

— Nicu, necesito descansar, dame unos minutos —el profesor Ambrosius parecía haber gastado su último aliento en decirme aquello.

Detuve mi marcha y busqué con la mirada alguna piedra limpia donde el viejo pudiera sentarse. A unos metros de donde estábamos, alcancé a ver un promontorio de esa piedra caliza y pálida que se daba en el subsuelo y las canteras de la región. La pateé con fuerza para comprobar que no rodara e invité a mi empleador a que se sentara en ella.

Más que el peso de sus años, lo que pareció caer sobre él había sido todo el pesar de su conciencia. Con la mirada perdida, el hombre entrado en los sesentas dejó caer a un lado la escopeta antes de descolgarse la bota y dar un largo trago al vino frío que llevaba en ella. La tarde seguía cayendo y la oscuridad nos alcanzaría pronto.

— ¿Quiere que haga una fogata y descansemos aquí?  —toqué en mi bolsillo la piedra y el eslabón que siempre me acompañaban y comencé a ver a mi alrededor en busca de pedazos de madera que nos pudieran servir.
— Sí… lo siento, ya no puedo seguir —se disculpó mientras desmontaba de su nariz el grueso par de anteojos, para limpiarlos con una pañuelo.
Mientras él se reponía en silencio, empecé a recorrer el terreno que nos rodeaba. No había señales de animales grandes, tampoco de pequeños y el bosque estaba anormalmente callado. A decir verdad, no se escuchaba ningún ser viviente que chirriara o trinara. Aparte de los árboles, los hongos y el liquen, parecía que nada más respiraba ahí además de nosotros. El viento frío mecía los árboles y las ramas más gruesas crujían como el maderamen de una embarcación en calma chicha.

Después de varios minutos pude juntar suficiente corteza y ramas para encender una débil llama que tardó una hora en crecer lo suficiente para calentarnos a los dos. La piedra misma en la que el viejo estaba sentado se calentó y él pareció recuperar no sólo el aliento, sino la claridad en sus pensamientos una vez que hubo descansado sus adoloridos pies.
Del morral saqué un pedazo de lonja, corté un pedazo con la navaja y se lo extendí al hombre, que murmuró un agradecimiento y le hincó el diente. Corté otro pedazo para mí. No tenía hambre pero no quise dejarlo comer solo. Clavé el jamón en la punta del cuchillo y lo acerqué hasta donde las brasas me lo permitieron, para dorarlo y darle mejor sabor.

— ¿Haz viajad mucho, Nicu? Los gitanos viajan mucho, ¿no?
— Bulgaria, Rumania, Serbia… una vez fui a las rusias…
— Yo también he viajado mucho —Ambrosius miraba el fuego, encontrando en él algo que yo no veía, o recordando algo que a mí no me hubiera gustado saber, por la tristeza que en su mirada bailaba junto a las llamas reflejadas—. He visto enfermos en esos lugares. Y también en las cortes de Prusia, Holanda, España y el Imperio Austro Húngaro. He estado en América también… no te imaginas todos los casos que he visto.
— Creo que me hago una idea —mordí un pedazo de carne, de la que goteaba grasa derretida y que con el hambre de la jornada me supo exquisita—. Una vez vi un Mullo momificado en un circo ambulante que nos topamos en Korostén. Tenía las uñas largas excepto en el dedo corazón izquierdo, porque no lo tenía. También tenía un par de dientes largos, como de conejo pero bien afilados.

El viejo doctor sonrió mientras terminaba de masticar el pedazo de jamón, luego negó con la cabeza.
— Eso debió ser un truco —continuó—. Un Mullo de verdad se hubiera deshecho después de matarlo, cuando les clavas el hierro en el corazón se deshacen en hilachas, porque les gana el peso de las noches que esos cuerpos han estado vagando por el mundo, que es tiempo que no les fue prestado por Dios Nuestro Señor, sino por algún ángel caído.

Me encogí de hombros y sonreí. Yo no era un doctor, era un trampero ignorante de esas cosas, y por el rostro del anciano, me sentí agradecido por no saber.

— Hay muchos tipos de enfermos… pero todos al final tienen lo mismo en común: todos son parásitos. No los vas a encontrar lejos en las montañas o en lugares desolados, siempre están como las garrapatas, esperando su momento para saltar sobre quien pase cerca, atraídos por su calor, por su vida. Y cuando muerden y te chupan la sangre, te van quitando no sólo la fuerza, sino las ganas de vivir, te infectan con sus patógenos pero también con su melancolía. Y siempre regresan por la gente que conocieron en vida, todos lo hacen, no únicamente los que llaman Vurdalak en Serbia… Creo que te imaginas a qué voy a Czarnebloto…
— Me pagó para llevarlo allá. Porqué va, es su asunto —mis hermanos me advirtieron que no aceptara, pero tenía a tres malnacidos buscándome en los Balcanes por deudas de juego. Este trabajo no sólo ponía tierra de por medio entre ellos y yo, sino que me daría el suficiente dinero para pagarles y aun me quedaría un poco para gozarlo. Si, desde niño había oídos historias de muertos que regresan, pero nunca había visto ni oído nada salvo cuentos de viejas.
— Me doy cuenta, tú no crees, ¿verdad? Cuando yo tenía tu edad, la sola mención de un contagiado hacía a las mujeres persignarse y a los hombres organizar guardias nocturnas. Yo acompañé a muchos para profanar cementerios por toda Europa. Estuve ahí cuando las estacas de hierro o de madera perforaron cadáveres que deberían estar podridos y se hallaban llenos de sangre, con la piel tersa y pálida. Yo los vi convertirse en despojos hediondos al ser expuestos a la luz del sol. Yo rellené con ajo y acónito las bocas de aquellos cuerpos desechos antes de quemarlos. Sostuve a padres y viudas, a amantes desolados y a hijos histéricos cuando trataban de correr hacia aquellos que habían visto morir de anemia, y que al volver de la tumba los llamaban amorosamente… el dolor de la pérdida puede ser terrible, pero no tanto como creer que se puede recuperar lo perdido y ver a otros arrebatárselos de nuevo… —sus ojos no dejaban de ver el baile de las llamas, que le mostraban el pasado y le causaban mucho pesar— ¡Pero los años pasaron y las ciudades crecieron! Llegaron el ferrocarril, los telégrafos, los buques de vapor, y el mundo se hizo más pequeño… y ante las maravillas de la modernidad, el viejo conocimiento se va olvidando, igual que las viejas creencias…

Esa noche el viejo durmió inquieto y yo apenas pude pegar las pestañas, lo escuchaba murmurando entre sueños, y a pesar de que en mi vida nunca había visto nada de lo que él platicaba, me aseguré de que hubiera suficiente leña ardiendo en la hoguera antes de dejarme vencer por el sueño.

El fuego sobrevivió hasta poco antes del amanecer, cuando reanudamos la marcha. El Doctor Ambrosius se veía sereno y descansando, y durante la mitad de la jornada no dijo una palabra. Hacia el final del segundo día de camino, pareció que estaba anocheciendo más pronto y más rápido, hasta que cayeron sobre nosotros las primeras gotas de lluvia que se colaban por entre el tupido follaje.

Marchamos durante todo el día bajo una llovizna intermitente y leve. Así llegamos hasta un camino abandonado, cerca de una ladera poco empinada, ayudándonos con un par de ramas a modo de bastones, las cuales había afilado de la punta utilizando la navaja. Décadas antes, Czarnebloto había sido un punto intermedio que comunicaba dos rutas comerciales, pero eso había sido antes de que yo naciera. Hoy el camino estaba cubierto de maleza, pero era tan fácil de seguir que me sentí tentado a dejar al viejo que llegara solo.

— Mire, ya estamos muy cerca. Estaremos ahí en un par de horas.

El doctor palpó su cinturón y sacó de un bolsillo algunas municiones. Llevaba el rifle de cacería cargado, pero se cercioró de que las balas estuvieran en la recámara y llevara suficientes. Luego volvió a echarlo al hombro, vacío la bota de vino en su boca, y después de exhalar con una especie de alivio, empezó a caminar a paso firme.

Las pocas casuchas que quedaban en pie en Czarnebloto estaban agujeradas del techo, dejando entrar la luz mortecina de un atardecer nublado y lluvioso, que hacía escurrir agua de los aleros y formaba charcos en las entradas de casas sin puertas ni ventanas. Aquí y allá se veían matorrales que habían crecido para recibir la luz del claro en el que el pueblo se había fundado, y el cual se había ido ampliando para dar cabida a más casas. Sin embargo tampoco aquí había un solo ruido que indicara la presencia de animales, sólo el repiqueteo de las gotas al caer en las ruinas abandonadas, y el rumor de las ramas mecidas por el viento que empezaba a arreciar conforme aumentaba la oscuridad.

En medio del pueblo abandonado aún se erguía una iglesia construida hacía siglos con bloques de piedra caliza y pegada con una argamasa hecha del mismo barro negro que daba nombre al pueblo. Era una nave pequeña, de ventanas estrechas tapiadas con tablones que habían resistido el paso del tiempo, y sobre la cual hacía mucho la cruz de hierro había sido vencida por la corrosión, quedando sólo una aguja sin brazos apuntando al cielo gris oscuro.

La luz del día moría más rápido que ayer y por el débil resplandor rojizo detrás del manto de nubes, adiviné que quedaban pocas horas de luz.

— Ya lo traje. Lo que tenga que hacer, ya es hora.
— No, muchacho, aún no es hora… aún no… —Ambrosius observaba la puerta cerrada de la iglesia, fijamente y casi sin respirar.
— El trato era traerlo…
— Sigue hablando pero no te muevas. No te muevas Nicu… —me quedé callado y comencé a vigilar la entrada. Sentí la empuñadura del cuchillo y la sujeté con firmeza— ¡Te dije que siguieras hablando! ¡Habla, haz ruido! —preferí no hacerlo.

El último rayo de sol murió con la tarde y la lluvia empezó a arreciar. Si no hacía una fogata bien grande, no veríamos absolutamente nada en la oscuridad.

— ¡Canta una canción gitana, reza o grita o lo que sea, ya! —Ambrosius se había transformado, sus dientes amarillos estaban expuestos detrás de los labios contraídos en una mueca rabiosa, mientras levantaba el rifle y lo sostenía firmemente delante de él, poseído por una fuerza que antes no le había visto. Comencé a vociferar una canción obscena y alegre, sosteniendo mi cuchillo frente a mí…

La puerta de la iglesia se abrió de par en par con un crujido grave, la penumbra devoraba rápidamente al claro, cuando una cosa arqueada de largos y delgados brazos y piernas fue vomitada, parida de forma blasfema por la casa de Dios, una que Él había abandonado tan rápidamente como el resto de sus hijos habían abandonado las propias. Una cosa que avanzaba velozmente entre saltos apoyado en manos y patas con garras, como lo hace un murciélago al caer a tierra. Y agitando su deforme cabeza calva, chillaba mientras recibía en el pecho el primer disparo del Doctor.

Sin dejar de saltar y chorreando sangre negra a borbotones, estaba casi encima del viejo cuando recibió el segundo disparo en la frente, reventándole la cabeza como una calabaza podrida es aplastada por la pata de un buey, salpicando la misma masa aceitosa y negra que seguía manando de su cuerpo.

La sangre o lo que fuera empezó a mezclarse con el barro, la lluvia hacía parecer que la cantidad de fluido que salía del cadáver del monstruo era tanta, que pronto inundaría el pueblo. El Doctor Ambrosius cargó de nuevo el rifle y con una seña me indicó que avanzara detrás de él hacia el interior de la iglesia.

Pero no fue necesario avanzar más: en el quicio apareció un niño pequeño, de unos seis años. Vestía harapos y se veía asustado.

— ¡Doctor!
— Está bien. No te preocupes. Ven conmigo —el anciano colgó el rifle sobre su hombro y se agachó para ponerse a la altura del niño, abriendo los brazos para recibirlo. No me había dicho nada de esto. El niño empezó a caminar lentamente, con miedo, hasta que el anciano lo abrazó y sonriendo lo levantó.
— Gracias a Dios… gracias a Dios… —me sentí aliviado, la noche estaba encima de nosotros y no había una sola estrella a la vista. Sólo un manto negro y frío recortado sobre las sombras aun más negras de los árboles que rodeaban el pueblo.

El doctor Ambrosius giró hacia mí, dejando al niño de espaldas. Las gotas de lluvia que caían sobre su rostro y ropa se mezclaban con lágrimas de felicidad.

— Ya se me acabó el tiempo, hijito. Llévame.

Un chorro de sangre escarlata salió a presión del cuello del viejo, un chorro cálido y vivo que brotó también de su nariz y boca. A Ambrosius finalmente las piernas le fallaron y se dejó caer, sin soltar nunca al niño que roía entre chasquidos y gorgoteos el cuello del hombre, tratando de sorber los borbotones de sangre que apenas si debían caber en su pequeña boca. El doctor cayó de rodillas con los ojos en blanco y finalmente, como contorsionista, se arqueó hacia atrás, soltando al infante que se había prendido a su cuello con la boca y se sujetaba de la ropa con ambas manos para no caer.

Di media vuelta y corrí, sin soltar el cuchillo, salté encima del cadáver monstruoso del vampiro asesinado y evadí el perfil de los escombros y promontorios que salpicaban los espacios entre las casas. Corrí sin voltear, salpicando de los charcos el lodo fofo que parecía cubrir el mundo de negro, corrí hasta llegar al camino que salía del pueblo. Mi corazón quería correr más que mis piernas y el miedo las hacía correr como nunca antes, más aterrorizado que si una manada de lobos estuviera detrás de mi. Corrí siguiendo el camino hasta que tropecé con una piedra y perdí la navaja. Intenté buscarla con la vista, pero la lluvia había convertido el suelo en un lodazal.

Detrás de mi, un chillido infantil sonó largo, y cercano.

Apenas podía ver el contorno del camino en la oscuridad y con la lluvia azotándome la cara. Sentía las piedras detrás de las botas, pero también a cada paso podía sentir como el lodo acumulado me apresaba los pies tratando de retenerlo, y los infernales alaridos del chiquillo seguían acercándose: lo imaginaba corriendo con sus pies y manos de la misma forma que el monstruo lo había hecho al emerger de la iglesia, lamiendo sus colmillitos con una lengua roja y afilada… No, eso no lo había visto, eso estaba en mi imaginación, pero tenía que correr… debía haber un pueblo cerca, debía haber alguna forma… ¡si al menos tuviera el cuchillo para defenderme!

El siguiente tropiezo fue por un golpe doloroso en la espinilla de la pierna izquierda seguida por un crujido salido del interior de mi cuerpo. Caí de bruces y me di de lleno en la cara, contra el barro blando que cubría las duras piedras. Un dolor intenso punzó mi ojo en la primer fracción de segundo, pero después me di cuenta que la caída no había terminado, recibiendo golpes en las costillas y la espalda, en los brazos, en una pierna que de pronto dejó de sentir.

Mareado por el vértigo y con un dolor en el pecho que me impedía respirar, sentí el sabor ferroso de mi sangre en la boca, saliendo por un hueco entre mis dientes y una rasgadura en mi labio inferior. Estaba ciego de un ojo, pero el otro no me serviría de nada, porque la oscuridad era absoluta. Al tratar de aferrarme a algo, sólo encontré una rama que no me dio soporte, y cuando finalmente la agitación terminó, tenía la cara sumergida en una mezcla de lodo aguado, piedras y restos de madera en el que hallé soporte al apoyar la única pierna que podía mover, ya que la otra colgaba sin respuesta, nublándome el cerebro con dolor.

Me recargué en lo que parecía una piedra, tenía lodo hasta arriba de la cintura, el agua que caía a chorros encima de mí no era de lluvia, y el muro que creía sólido era de tierra blanda con raíces expuestas por el que escurrían chorros de agua y detritus que en segundos me habían llegado a los sobacos. Había caído en un pozo.

Grité de dolor y de miedo.

Y la única respuesta que recibí, fue la de un chillido infantil que estaba justo detrás de mí.

Sobre el autor: Abraham Martínez Azuara “Cuervoscuro” (Tampico, Tamps, 1975) Escritor cuyas historias han aparecido en México en Tierra Adentro, Revista Hiperespacio,Horizonte Cero y Cactus  entre otras. En el extranjero ha publicado en Heavy Metal Magazine, Strange Aeons, Strip Magazine, Próxima, y para DC Comics Digital coescribió Earthbuilders.

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