Duelo Triple

Somos tres ciegos con sólo dos muertes para repar­tirnos de la boca de un revólver impa­ciente.

            Tenemos un seudónimo, somos: Opaco, Oscuro y Negro.

     Aquí estamos listos en los vértices de un triángulo equilátero. Nos batiremos los tres en un duelo (¿un trielo?).

     Yo, Negro, me gané el derecho al primer disparo con la única arma: ese revólver robot o revólbot, bri­llante y pesado como una sentencia.

     Siempre me he imaginado como un perro, aunque tengo la vista más imperfecta que uno, pues, igual que Opaco y Oscuro, tengo un par de ojos electrónicos que me dan una vista limitada a una rejilla de cuatro por cuatro pixeles, lo que me da una resolución total del mundo de 16 pixeles. “Mejor que la oscuridad”, me dijo el doctor Cuamatzi del Instituto Doheny Eye en Los Ángeles cuando me instaló esta maldita especie de Atari viejo en la cabeza. De cualquier forma, las balas son tan rápidas como para poder verlas.

     Sin embargo, aquí en Ciudad Reactor, nosotros tres, los parias de la luz, solemos desmontarnos los ojos artifi­ciales para ser lo que somos: voyeristas sónicos, tácti­les, papilares, olfativos; somos los schadenfreude de un Aleph sin luz.

     Yo, con mis facultades, hago la maqueta mental del duelo: así es que nos siento a todos nosotros, con nues­tros respectivos padrinos androides, subidos a la azotea de un rascacielos abandonado; una escena enmar­cada por la tarde que va remodelando al cielo. Mi olfato bohemio y mi piel atenta teorizan una bóveda tomando un tono ambarino, como de noche que va apenas afinando sobre un sol fermentado.

     Cada uno de nosotros, ya sin los ojos postizos, hicimos tiros de prueba con el revólver robot, y éste determinó los porcentajes de eficiencia para Oscuro, para Opaco y para mí.

     Las dianas que abatimos fueron perfumadas previamente, y el viento al rozarlas trajo sus coordenadas a nuestra particular puntería de párpados fríos. Los padri­nos androides validaron los resultados:

     Oscuro tiene cien por ciento de eficiencia como tirador. Opaco atina dos de cada tres veces como pro­medio. Yo sólo obtuve un tercio como marca personal.

     Reconociendo la desigualdad de cada uno, los padrinos decidieron que yo fuera el primero en dispa­rar y Opaco el segundo. Luego, de seguir aún vivo, tirará Oscuro con su cien por ciento de efectividad y matará a cualquiera. Seguro.

     La pistola está cargada y amartillada en mis ma­nos. Las balas son especiales, no cabe la posibilidad de herir con un mal tiro: entren por donde entren te aniquilarán; benditas armas modernas. ¿A quién debo disparar?

     Mis ojos electrónicos yacen desmontados junto a los de Opaco y Oscuro, viendo el duelo triple, pero sin transmitir hacia los receptores en el córtex cere­bral. El sudor en mi epidermis paladea el viento y mi nariz es acribillada con las esquirlas del perfume amaderado, con salpicaduras de tabaco, del rival Oscuro con su cien por ciento de punte­ría, y, desde el otro vértice del triángulo, me embiste el aroma a sándalo, con notas cítricas, de Opaco con sus dos tercios de efectividad como tirador.

     Mi vida depende de la resolución de un gran pro­blema probabilístico. Aquí es donde yo tengo que crear una ventaja.

     Perdí la vista en el 2010. Recuerdo aquel 28 de agosto. Me encon­traba en el gran colisionador de hadrones, el LHC, también llamado la máquina del Big Bang, en el CERN (Consejo Europeo para la Investigación Nu­clear) en Ginebra.

     Ocurrió un accidente como el del lejano noviembre de 2009 cuando un pájaro dejó caer una partícula de pan sobre un transformador eléctrico que a su vez averió un sistema criogénico. El 28 de agosto, el último día de mi vista, una gotera averió un transformador similar.

     En aquel entonces, podríamos decir que yo era un geógrafo de la partícula subatómica llamada bosón de Higgs, y, como consecuencia del accidente con el sistema de enfriamiento, revisaba junto con una pareja de ingenieros si había habido daños en un sistema del colisionador, cuando, de pronto, se activó una acelera­ción y un haz de protones similar al que recibió Ana­toli Bugorski en 1978, casi me atraviesa la cara como a aquel. Yo sólo vi un resplandor como si el sol me hubiera pa­sado por un lado. Fue como mirar el Aleph y, como al verlo todo (todo cuanto existe, incluido yo), ya no hubo, hay ni habría jamás cosa por ver. Dejé ahí la vista perdida como un neu­trino fantasmal.

     Los médicos esperaban que sufriera efectos como los que sufrió Bugorski; que mi cara estuviera divi­dida por una línea, con una mitad revelando mi edad actual, avanzando, y la otra con la edad congelada en el momento del accidente, sin envejecer, mientras la parte posterior de mi cabeza se desgajaba. Pero no; yo no recibí el rayo de partículas aceleradas; sólo lo vi pasar.

     El tiempo para hacer mi disparo se agota. Un discreto temporizador hace bip-bip en el revólver; pasado el tiempo se bloqueará el gatillo y la pistola robot girará el cañón mecánico y me disparará a mí. Esas fueron las reglas del duelo triple. Todos deben disparar llegado su turno, hasta que sólo quede uno en pie.

     Extiendo mi brazo empuñando el revólver robot. Siento el peso de esa máquina de disparar entropía por medio de dientes de plomo. Aprieto con más fuerza la cacha y el antebrazo se tensa al límite, esa contracción siempre hace gesticular al rostro de Stephen Hawking de mi tatuaje. Esta pistola pesará menos con una vacante en el tambor, ¿verdad, Steph?, dije mentalmente al hombre del tatuaje en mi antebrazo.

     No le dispararé a Opaco; él da dos de tres veces en el blanco. Si tengo la mala suerte de ati­narle, Oscuro con su cien por ciento me rema­taría en el siguiente tiro.

     Por el contrario: si disparo al de mayor puntería, a Oscuro, y le doy, entonces Opaco tendrá derecho al primer disparo contra mí, y su probabilidad calcu­lada de triunfar en el duelo será de 6/7 y la mía de 1/7, nada alentadora.

     La alarma sonora se hace más periódica, indi­cando que tengo ya un par de segundos para jalar el gatillo.

     Tomo la decisión y disparo. El quejido metálico del arma se aleja, disolviéndose con la contamina­ción auditiva imperante. He tomado el disparo que me da la mayor ventaja de los duelistas: tiré al aire. Así seré el primero en disparar contra Opaco u Os­curo en la siguiente vuelta.

     Mi padrino androide me quita el revólver caliente. Con la relajación de mis nervios presto mayor aten­ción a la temperatura del ambiente; el sol ya disparó su último rayo.

     Llega el turno de Opaco al revólver; tiene frente a sí a Oscuro como rival más peligroso y a mí como el más débil.

     Siento el corazón percutiendo mi pecho; sonrío por un breve instante que huele a humo. El rumor de los autos y de todo el Distrito parece haber hallado en mi disparo la señal de salida para su bullicio noc­turno.

     Esos dos ciegos deben estar confundidos. Saben que no abatí a nin­guno; ¿imaginarán que fallé por mi escaso promedio de un tercio? Opaco apunta; lo siento o lo creo en la agitación del aire; quiero pensar que apunta a Oscuro y no a mí.

     Con una probabilidad de 2/3 Opaco le atinaría a Oscuro, y así tendría yo una probabilidad general de 3/7. Pero también existe la probabilidad de que Opaco falle su disparo a Oscuro (1/3), en cuyo caso este último dispondrá de su oponente más fuerte, Opaco, y yo me las vería con una probabilidad de 1/3 contra Oscuro.

     El tiempo para el disparo de Opaco se acaba; debe estarlo invirtiendo en apuntarle a Oscuro. Nuestras mentes juegan un ajedrez de pólvora. Mi probabilidad general de ganar el duelo en este mo­mento es de 25/63, casi un cuarenta por ciento; la de Opaco de 8/21, treintaiocho por ciento, y la del pobre Oscuro, de sólo 2/9, o veintidós por ciento. Alguien dijo una vez que “pensar en matar es la muerte te­niendo sexo”. De poder materializar nuestras mentes esta batalla sería una esgrima de unicornios en la oscuridad. Opaco hace su disparo.

     Un trueno me sobresalta. Luego un golpe sordo se transmite por el suelo de la azotea.

     Opaco da de comer a la muerte, alimenta por fin a esa vieja niña emparentada con el polvo. Esa, nuestra majestad marea de piedras, arrasa con Oscuro.

     Se escucha el chirriar robótico del padrino cargando el cuerpo y llevándoselo con rapi­dez. No necesito tener vista para darme cuenta que el triángulo que habíamos formado se vuelve una línea recta.

     Mi androide me entrega el arma. Pesa menos y esta inflamada. Al instante un mecanismo inteli­gente deforma la cacha para adaptarla ergonómica­mente a mí. Se amartilla el revólver y comienza el andar del temporizador para hacer mi disparo o, al finalizar el conteo, la cacha me apresará la mano y rotará el cañón hacia mí para recibir la siguiente bala del tambor. Yo tengo una probabilidad que ya no me importa. Acabaré con Opaco.

     De seguro él piensa en mi gran posibilidad de fallar, puesto que yo tenía un nada alentador 1/3 de probabilidades. Decido hablarle antes de hacer mi dis­paro:

     — Vaya, ingeniero Opaco, al fin tengo oportunidad de decirte esto antes de mandarte con Oscuro —hago una pequeña pausa sabiendo que él no me res­ponderá para no darme una ubicación más precisa de su cuerpo con el sonido de su voz—. Siempre supe que tú y Oscuro tuvieron la culpa del accidente en el colisionador que nos dejó ciegos a los tres y que por poco nos mata.

     Opaco no dice nada. Continuo:

     — Tú y Oscuro pensaron que yo también tuve la culpa, por eso fuimos enemigos desde entonces, y por eso estamos aquí resolviendo nuestras grandes diferen­cias. Pero, ¿sabes una cosa, Opaco?, su falta de precaución esta vez sólo les ha afectado a ustedes dos, a mí ya no, nunca más —tomo una gran bocanada de aire y siento mi cuerpo estático, inercial antes de desen­cadenar la serie de movimientos del ritual de abrir fuego—. En las pruebas de disparo, al igual que Oscuro, tú diste lo mejor, creyendo que sería favorable para resolver el problema de matarnos en este duelo triple, pero tu mente siempre ha sido apretada e ignorante como un nudo ciego. La mía no; yo fallé deliberada­mente para situarme con un tercio de probabilidades; me fue muy fácil fingir que era mal tirador para, llegado este momento, ejecutar un disparo que he practicado mucho, mucho muy antes de todo esto.

     Apunto el arma hacia donde vienen las notas más consistentes del murmullo fantasma de su perfume: sándalo, cítricos y mucho, mucho, sudor.

     — Pero alégrate, Opaco, vas a recuperar tu vista. Dicen que cuando uno muere ve todas las escenas de su vida desfilando frente a los ojos.

     Opaco apenas articula palabra cuando jalo del gatillo. Su voz se enfrenta con la detonación y adivino su lengua colisionando con el plomo acelerado.

     Espero oírlo desplomarse, gritar.

     Su aroma sigue ahí, también está el de Oscuro, pero diluido. El eco de la detonación se va cayendo como un sol auditivo que se va atardeciendo.

Acerca del Autor: Alí Rendón (Celaya, 1980) – Autor del libro de cuentos La realidad con capacidades diferentes (Pictographia-INBA, 2013). Recibió el premio del Festival Internacional de Escritores y Literatura San Miguel de Allende 2016 en la categoría Minificción. Beneficiario del PECDA en 2010. Ha publicado en Playboy y parte de su poesía ha sido traducida al polaco. Es miembro del taller de escritura Esparadrapo.

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