Café Nexus – Parte 9

XXV

Tommy no aguantó más y tuvo que soltar el palo de escoba. El extremo en que estaba montada la luz neón se carbonizó hasta casi llegar a sus manos. El tubo de luz estaba intacto pero su iluminación había bajado de intensidad.

El olor del plástico quemado llegó a su nariz. El forro de plástico de los cables que conectaban la batería a la luz de neón se había derretido y lo poco que quedaba de este goteaba hasta el pasto del parque.

El joven tocó su cabello con su mano derecha. Cada uno de ellos se había levantado durante el momento en que desvió el relámpago verde hacia el Nick-Insecto, haciendo que su gorra roja volara lejos de él. Incluso los rellenos dentales que tenía en las muelas se sentían al rojo vivo.

Y con todo eso, él era el que seguía de pie. Se acercó un par de pasos hacia el monstruo que había derribado, pero no tenía manera de saber si estaba muerto o sólo desmayado. Sus cuatro ojos divididos en múltiples celdas iridiscentes reflejaban la pálida luz verde de la cercana esfera, brillando como esmeraldas contra su caparazón de obsidiana.

De su cuerpo se elevaba un leve olor a quemado, que apestaba peor que la vez que a Tommy le había salido un huevo podrido al romperlo sobre la sartén caliente. Incluso hasta ese día, la mera recolección le daba ganas de vomitar.

Tommy comenzó a toser con tal fuerza, que tuvo que sentarse. Incluso sus pulmones se sentían algo chamuscados por dentro. Volteó la cabeza, y vio que las chicas estaban justo al lado de aquel barril amarillo, del que flotaban partículas plateadas como polvo de hadas, alimentando aquella esfera de luz fantasmagórica.

Sólo necesitaba un momento para recuperar sus fuerzas, y se levantaría para ir a ayudarlas.

“Quizás varios momentos” pensó él, mientras tosía de nuevo con fuerza.

A sus oídos pronto llegó la sinfonía rota de chirridos con el que las bestias cuadrúpedas buscaban intimidar. Esas cosas habían visto cómo el Nick-Insecto quedó chamuscado por el relámpago, y rascaban el concreto como si trataran de juntar los ánimos suficientes para acercarse más hacia la brillante luz verde de la esfera eléctrica.

— ¡Ya callénse la boca! —gritó Tommy hacia las bestias, con voz áspera. Incluso intentó buscar una piedra que lanzarles para puntuar su exclamación, pero sin éxito. Daba igual, ya que incluso con todas sus fuerzas de ese momento no podría lanzarla más allá de un par de metros.

El joven volvió la mirada hacia la esfera de luz. Pulsaba y vibraba con un ritmo casi hipnótico, con brillos en su superficie que seguían patrones aleatorios de intensidades variables. A él le pareció que era hermosa, con una atracción irresistible.

“¿Acaso así se sentirán los mosquitos antes de chamuscarse contra las lámparas?” se preguntó él, sus ojos contemplando ese espectáculo casi irreal.

El joven dio un vistazo por encima de su hombro. Las chicas habían logrado levantar y poner de nuevo la pesada tapa del tambor encima del mismo. A juzgar por sus movimientos, esta debía ser muy pesada, y debían deslizarla poco a poco.

Las partículas plateadas dejaron de flotar hacia la esfera eléctrica. La intensidad de la vibración comenzó a disminuir a la par de las pulsaciones en su superficie.

A sus oídos llegó un nuevo sonido desde el estático cielo nocturno, apenas perceptible por encima de la cacofonía de las bestias: le recordó el ruido que hacía una baraja al ser mezclada, pero como si las cartas estuvieran hechas con enormes láminas de metal.

Un ser idéntico al Nick-Insecto aterrizó a corta distancia de dnde estaban su compinche y Tommy. La luz verde arrancaba chispas a las iridiscentes celdas que conformaban sus cuatro ojos, carentes de todo signo de expresión. Sus alas batieron por un instante antes de que las resguardara debajo de la parte trasera de su caparazón, que refulgía como la obsidiana.

Tommy no necesitaba poder leer mentes para saber lo que ese ser estaba pensando. Trató de concentrarse en la resequedad de su boca, en vez del temor que amenazaba por desbordarse en su interior. Sus ojos se clavaron en el tubo de luz de neón que estaba casi al alcance de su mano derecha.

El otro Ser-Insecto no se había movido ni un ápice. Al joven conductor le pareció que estaba tratando de determinar también cual debería ser su próxima acción en aquella situación.

Tommy fue inclinando su cuerpo poco a poco hacia la luz de neón rosa, preparándose para tratar de agarrarla. Su mirada seguía fija en aquel ser cuyo rostro demostraba una indiferencia total.

Le recordó los videos de tiburones que a veces veía por la televisión por cable, al cambiar los canales para encontrar algo qué ver durante las tardes perezosas de sus pocos días libres. Lo que más le fascinaba de esos peces no eran sus casi infinitos dientes de sierra o su gracia para moverse entre el interminable azul del mar, sino los ojos de una negrura que no reflejaban emoción alguna, salvo la brutal indiferencia de la naturaleza que los había creado. Y ahora se encontraba frente a frente a un ser que mostraba la misma indiferencia no sólo en sus ojos, sino en su existencia completa. Él podía sentir como una inteligencia extraña le medía con innombrables sentidos, considerándolo apenas digno de su atención.

“Ya veremos si sigues así después de te dé lo mismo que al otro bastardo”  pensó Tommy, mientras que las yemas de sus dedos tocaban la madera chamuscada de su bastón improvisado.

El Ser-Insecto comenzó a caminar, pero no hacia dónde estaba él. Tras haber sopesado la situación completa, decidió que el primer problema con el que tenía que lidiar era la falta del preciado combustible que alimentaba al portal, que había sido interrumpido por las dos adolescentes, que ya casi habían logrado tapar por completo el tambor amarillo.

Tommy trató de usar toda la fuerza que había logrado recuperar, pero sólo logró caer sobre su costado, acercándose un par de centímetros más hacia el bastón. Pero era lo suficiente para poder sujetarlo de nuevo con firmeza.

El Ser-Insecto pasó a su lado, ignorándolo como si fuera uno más de las incontables hojas de pasto descuidado que había en esa parte del parque. Sus pasos eran pesados y lentos, acercándole poco a poco hacia Daisy y Kim, y el tambor que trataban de tapar por completo.

Tommy tuvo que apoyarse de nuevo en el bastón para ponerse de pie una vez más. La luz del tubo de neón se notaba más débil que antes, incluso parpadeando.

“Debe ser una conexión” pensó él, moviendo los cables con su mano izquierda.

La luz volvió a brillar con intensidad, bañando su rostro con su color rosa intenso incluso contra el verde eléctrico del portal naciente. El joven rubio sonrió de una manera casi salvaje.

— ¡Oye, feo! —gritó él para que lo oyeran tanto su blanco como las dos chicas—. Tengo algo para ti.

Este volteó su gran torso negro como la obsidiana, la luz del portal arrancando chispazos en los múltiples ángulos que conformaban su cuerpo. Sus ojos parecían brillar con una luz propia, pálida y fría como las estrellas en el cielo nocturno.

Las chicas habían redoblado sus esfuerzos por tratar de tapar el tambor. Tommy pudo ver que las partículas plateadas casi habían dejado de flotar por el aire.

El portal soltó una descarga hacia la luz de neón, pero de una intensidad mucho menor. El joven vio cómo esta saltaba describiendo un arco justo hasta el suelo, a medio camino entre él y el Ser-Insecto.

Aquella cosa dio media vuelta y desanduvo sus pasos de manera lenta, hundiendo sus patas en la cálida tierra del parque. Se ocuparía de las otras dos en cuanto hubiera lidiado con el que había guiado al relámpago, y lastimado a su compañero.

Tommy se preparó para enfrentarlo. El sudor resbaló por su frente, no sólo por los nervios, sino porque la temperatura era varios grados más cálida justo al lado de la esfera de luz. Su boca estaba seca, y su lengua se sentía tan áspera como el papel de lija.

— ¡Vamos, funciona! —exclamó Tommy, agitando el bastón frente a él. La luz del tubo de neón parpadeaba, casi llegando al punto de agotarse, pero luego retomaba una gran intensidad por un par de segundos.

El Ser-Insecto estaba a sólo unos metros de él. Este había abierto sus mandíbulas, y haciendo un llamado que le recordaba el rugido del motor de su camión, en las ocasiones en que había tenido que presionar la máquina al límite para poder cumplir con su tiempo de entrega.

“Por fin ganaste, Denise” reconoció él en sus pensamientos, tratando de mantener a raya el pánico.

Algo pesado golpeó el suelo a su espalda, seguido por un rugido bajo que se unió al del monstruo que tenía ante él. El joven volteó un poco su cuerpo para poder echar un vistazo, sin descuidar la amenaza con la que tenía que lidiar.

El Nick-Insecto trató de levantarse de manera casi lastimera. Ninguna de sus extremidades tenía la fuerza para sostenerlo, y trataba de batir sus alas de manera intermitente para ayudarse a ponerse de pie sin éxito. Su enorme torso cayó de nuevo contra el suelo, y sus ojos fríos miraban no hacia dónde su compañera estaba a punto de lidiar con Tommy, sino un poco más allá.

— Mierda —soltó Tommy, sin levantar la voz. La situación se había puesto mucho peor. Agitó el bastón con mayor energía y desesperación—. ¡Avada Cadabra! ¡Shazam!

Ya fuera por las palabras mágicas, o por los movimientos del bastón, la luz de neón comenzó a brillar con una intensidad mucho mayor, la suficiente para hacer que el Ser-Insecto se detuviera frente a Tommy. Este extendió sus alas en una pose amenazadora, y su rugido subió en intensidad.

La esfera de luz verde comenzó a soltar chispazos otra vez en arcos que caían todo a su alrededor. El joven rubio supo que sólo tendría una oportunidad para que saliera bien. Echó un último vistazo hacia dónde estaban Daisy y Kim, y observó con alivio que habían logrado cerrar aquel barril.
Daisy parecía estar viendo de manera fija no hacia dónde estaba él, sino directo al corazón del portal. Kim tenía una mano en su hombro izquierdo, tratando de decirle algo.
El tiempo pareció ir más lento. El Ser-Insecto saltó hacia él justo en ese momento, sus extremidades de obsidiana cerrándose alrededor de él. Pudo sentir como sus pies se despegaban del suelo, el fétido aliento de esa cosa en su cara, y cómo sus huesos comenzaban a romperse bajo la presión.

Pero Tommy no dejó de sostener el bastón. Lo tenía entre él y el cuerpo de ese monstruo, haciendo su mejor esfuerzo por mantenerlo intacto tan solo un instante más.

Y eso fue todo lo que necesitó. Una nueva descarga eléctrica del portal saltó hasta el tubo de neón, con una fuerza mucho mayor a la que Tommy había sentido la primera vez. El relámpago saltó justo a la cabeza y hombros del Ser-Insecto, dándole de lleno. El joven pudo sentir cómo la energía iba quemando aquella cosa por dentro.

Pero en los estertores de muerte de ese monstruo, Tommy pudo sentir que iba apretando aun más. Ya fuera por meras contracciones musculares, o porque ese bastardo tenía apenas la suficiente voluntad para seguir con su ataque, la intensidad de la fuerza en sus extremidades se intensificó mucho más.

Para sorpresa de Tommy, llegó un punto en que no pudo sentir más dolor. De hecho no sentía nada por debajo de su cuello, lo que era una bendición dadas las múltiples fracturas que iba sufriendo. Sólo podía sentir la calidez de la luz mortal que quemaba a su enemigo.

El relámpago agotó toda su energía. El tiempo volvió a su ritmo acostumbrado. El Ser-Insecto se desplomó de bruces, cayendo con su enorme mole encima del cuerpo destrozado de Tommy. El tubo de neón se había roto, chamuscado desde su interior por la intensidad de la descarga eléctrica.

Tommy no podía ni siquiera mover su cabeza. Sólo podía ver hacia el centro de la esfera de luz, que parecía estar palpitando, y disminuyendo de tamaño con lentitud.

— Esa… luz… —intentó hablar, pero el aliento no le alcanzó. Sus ojos se quedaron fijos en la intensa luz de aquel fenómeno que muy pocos individuos habían visto desde el inicio de la creación.

XXVI

“Quizá la respuesta es así de simple” pensó Daisy mientras contemplaba la sobrenatural esfera eléctrica.

Kim y ella habían logrado cerrar el barril de metal evitando que esas partículas plateadas siguieran flotando a su alrededor. El cambio fue notorio de inmediato ya que el portal dejó de crecer y comenzó a soltar una mayor cantidad de chispazos eléctricos, como si protestara por la falta de ese polvo brillante color plata.

Pero la esfera de luz no parecía disminuir de tamaño. Y lo peor era que otro de esos seres había aparecido cerca de Tommy, lo que complicaba la situación mucho más. El joven había agarrado de nuevo su bastón, la luz de neón rosa montada en el extremo superior contrastando contra el verde brillante del portal.

Daisy miró hacia el suelo justo donde Kim y ella habían dejado tirada la luz de neón. Esta seguía brillando con un color azul intenso, demostrando que la batería a la que estaba conectada tenía una carga eléctrica adecuada.

Kim se había dejado caer al suelo, su espalda apoyada contra el barril que tanto les había costado cerrar, y respirando de manera agitada. La tapa de metal había pesado una enormidad y había necesitado cada músculo en su cuerpo menudo para poder ayudar a Daisy a moverla. Volvió su mirada hacia donde estaba Tommy y vio cómo el Ser-Insecto se acercaba hacia ellas con paso lento y deliberado. Pero a pesar de que la fantasmágorica luz verde del portal le permitía ver con claridad cada contorno de ese horrible ser, ella no sentía ningún miedo.

La ausencia de temor era algo nuevo para la joven pecosa. Desde que tenía memoria siempre había tenido miedo: miedo de que la gente mala de la que su madre y ella habían huido las encontraran, miedo de que alguien hiciera demasiadas preguntas y las separaran, miedo de lo que haría cada día que pasaba sin su madre o sus amigas. El temor había sido una constante en su vida, como el Sol que salía por el horizonte al comienzo de cada nuevo día. Se había encogido a un nivel con el que podía lidiar, sin que dominara todos sus pensamientos. Le recordaba las ocasiones en que su madre la dejaba en la habitación de motel. Las alfombras y las sábanas podían cambiar sus diseños, los muebles podían ser algo distintos, pero la habitación en sí variaba muy poco en la atmósfera que la llenaba. Para Kim era algo reconfortante saber que podía contar con ese sentimiento, tras horas de incómodo viaje en autobús o en tren, a cualquier destino que su madre decidiera llevarlas.

Y cuando su madre la dejaba sola, recordándole que no hiciera ningún ruido ni abriera la puerta a nadie, Kim se distraía viendo la televisión. Para no llamar la atención siempre bajaba el volumen hasta que fuera poco más que un murmullo y cubría el frente del aparato con una sábana. Ahí en esa oscuridad se sentía cómoda, bañada por el brillo de la pantalla del televisor. Los problemas y terrores del exterior no podían alcanzarla ahí. Sólo estaban ella y las vidas de los personajes de los shows que a veces le provocaban risitas o exclamaciones de asombro, justo antes de taparse la boca esperando que nadie la hubiera oído.

Así era como se sentía en el presente, en medio de aquella situación tan irreal. Era como si todo aquello le estuviera pasando a alguien más, viéndolo todo desde un lugar muy lejano. Pronto todos se congelarían en sus lugares, mientras esperaban a que el bloque de anuncios comerciales pasara.

El Ser-Insecto siguió avanzando hacia ellas.

— ¡Daisy! —exclamó la adolescente tratando de llamar la atención de la otra chica hacia el peligro que se acercaba hacia ellas— ¡Ten cuidado!

La joven negra no se dio por enterada. Parecía estar fascinada por completo con el portal que había frente a ella, ignorando totalmente al enorme Ser-Insecto y a sus bestias que comenzaban a chirriar de nuevo, llenas de inquietud. Ella vio como Tommy gritaba hacia aquel monstruo, blandiendo su bastón frente a él. Eso pareció llamar la atención del Ser-Insecto, que dio media vuelta y volvió sobre sus pasos para lidiar primero con el joven conductor.

Kim se puso de nuevo de pie a duras penas, sintiendo como si sus piernas fueran fideos húmedos. Se apoyó en el tambor y pudo sentir como la tapa se sentía caliente como el concreto durante un caluroso día de verano.

— ¡Daisy! —gritó de nuevo, caminando con pasos inseguros hacia dónde estaba su compañera,  inmóvil como una estatua.

“Es como si ahora ella fuera la que está sintiendo pánico” pensó la muchacha, sintiendo como si un puño le apretara el corazón al mismo tiempo. Daisy no podía estar paralizada por el miedo. Ella había sido la que los había impulsado desde el principio, la que había logrado que pudieran sobrevivir hasta ese momento.

“Sin ella estamos perdidos” sentenció Kim, sintiendo cómo el miedo en su interior comenzaba a crecer de nuevo, amenazando también con consumirla. Cerró los ojos con fuerza, y se forzó a sentir la furia que la había consumido cuando las bestias estuvieron a punto de hacerla pedazos en el estacionamiento del Café Nexus. La furia siempre había estado ahí, alimentándose de los resentimientos que acumulaba hacia un mundo que parecía estar dispuesto siempre a aplastarla en cualquier momento.

No era justo. No era justo que su madre y ella hubieran tenido que vivir cada día con temor. No era justo que ella hubiera muerto cuando todavía la necesitaba. No era justo que ella hubiera perdido a los amigos que comenzaban a ser su nueva familia. Y no era justo que ahora estuviera a punto de perder a las personas que comenzaba a considerar como sus nuevos amigos.

No era justo.

La furia comenzó a llenar su corazón, llenando su cuerpo con una calidez casi embriagadora. Sus piernas recuperaron sus fuerzas y comenzó a correr hacia donde estaba la otra joven, dispuesta a sacudirla hasta que se rompiera la inmovilidad que la dominaba. Pero era demasiado tarde para ayudar a Tommy. El Ser-Insecto lo tenía agarrado entre sus brazos, e incluso a la distancia a la que estaba ella pudo escuchar el horrible sonido de huesos rompiéndose como ramas secas.

Kim sintió como si empezara a moverse en cámara lenta. Incluso las chispas y centellas que soltaba el portal parecían ir más lento, iluminando por momentos los alrededores del parque y los edificios vacíos que los rodeaban.

Uno de esos relámpagos saltó hacia dónde estaban Tommy y el monstruo. Ella pudo ver cómo la luz de neón en su bastón atraía la energía, para luego dirigirla hacia aquel ser. El relámpago los iluminó desde el interior de su mortal abrazo. Varias chispas saltaron del cuerpo del Ser-Insecto describiendo arcos en su camino hasta el suelo, dejando tras de sí pequeños parches de pasto chamuscado.

Un olor fétido llego hasta dónde estaba Kim, cargado por la brisa generada por las revoluciones del portal. El viento comenzaba a cobrar una fuerza cada vez mayor, pero su velocidad iba descendiendo.

“Daisy” fue la respuesta que apareció en su mente. El mundo físico podía haber empezado a ir cada vez más lento, pero sus pensamientos mantenían la misma velocidad de siempre.

El completar cada paso le llevó un tiempo tan largo que era desesperante. A sólo unos metros de ella estaba Daisy, inmóvil como una estatua. Y casi frente al portal, iluminados por su luz casi irreal y los chispazos que soltaba, estaban Tommy y el Ser-Insecto, casi igual de inmóviles, de no ser por los estertores que el relámpago causaba en el cuerpo del monstruoso ser.

Kim estiró el brazo todo lo que pudo. Sus delicadas manos, que se habían llenado de ampollas al limpiar los pisos y ventanas del Café Nexus durante días, casi podían rozar el hombro de la otra adolescente. Sólo un par de centímetros más, y por fin logró tener contacto con Daisy.

La fascinación se apoderó de ella por igual con una fuerza irresistible, su mente atraída hacia el interior de la esfera eléctrica de otro mundo.

Las dos habían entrado al corazón del portal.

XXVII

A Daisy le llevó un momento el darse cuenta de que ya no se encontraba junto a sus amigos.

La chica se había arriesgado y obtuvo el premio mayor: ahora estaba conectada al portal. Este era un fenómeno único, incapaz de ser influenciado por medios convencionales. No tenía ni la menor idea de cómo el Nick-Insecto y su compañera habían logrado abrirlo, pero ahora tenía una oportunidad de encontrar la respuesta.

Al principio pensó que había fallado, viendo que el portal parecía no haber sufrido ningún cambio. La chica se volvió para llamar a Kim, y tratar de ayudar a Tommy de alguna manera, cuando descubrió que la otra joven no estaba dónde la había dejado. Tampoco estaba el barril metálico contra el que había apoyado su espalda al sentarse.

Daisy volvió a mirar hacia el portal, y vio que también estaban ausentes Tommy y las dos enormes figuras de los Seres-Insecto. Ni siquiera había rastro en el suelo de la batería de auto y su bastón con la luz de neón.

Y otra cosa más estaba ausente. El sonido. Todo el sonido.

La joven trató de hablar, pero no pudo articular palabra alguna. Volvió a intentarlo, abriendo la boca con todas sus fuerzas para soltar un grito, pero el sonido se negó a aparecer. Tras intentarlo un par de veces, comenzó a sentirse nerviosa, todo su cuerpo temblando como si la temperatura hubiera descendido a un nivel glacial. Y empeoró al darse la vuelta, y ver lo que acechaba casi al borde de dónde moría la luz del portal. Era como si la noche misma se hubiera convertido en un océano que rodeaba los límites de  la luz verde eléctrica que producía el portal. Este mar de obsidiana rompía sin cesar en olas contra la luz, apenas lamiendo sus orillas.

Eran Zjaks, una enorme cantidad de ellos extendiéndose por doquier, perdiéndose en la oscuridad ahí dónde la luz del portal ya no alcanzaba a arrancar detalles a sus oscuros caparazones. Las bestias se acercaban de manera tentativa hacia la luz, para luego retroceder con rapidez a la protección de la noche cerrada en que se encontraban.

El pánico invadió a Daisy, quién temió que esas bestias llegaran a acercarse lo suficiente para hacerla pedazos. Pero tras un par de momentos notó que ellos no parecían darse por enterados de su presencia. Revisó sus alrededores, esperando encontrar algún detalle importante que pudiera ayudarla con la tarea de cerrar el portal. Lo primero que vio fueron las líneas verticales de edificios que se elevaban hacia el cielo, adornados por el brillo de enormes ventanas de vidrio polarizado. Eran rascacielos, muy parecidos a los que había visto incontables veces por sus paseos con sus amigos por el centro de Nueva York.

Pero los edificios eran distintos, demasiado para ser sólo de algún barrio que no conociera. Lo más seguro es que estuviera en alguna otra ciudad grande de los E.E.U.U. ¿Boston? ¿Los Ángeles? ¿O tal vez Chicago?

Una vez que sus ojos se acostumbraron un poco más a la oscuridad casi total que rodeaba al portal, la chica pudo ver más detalles de sus alrededores. Los edificios estaban vacíos y los vidrios de las ventanas estaban rotos. Por debajo de la multitud de Zjaks, se podían adivinar las formas de automóviles de todo tipo, abandonados justo en medio de las calles.

Ella percibió movimiento en el límite de su visión. Uno de esos seres iguales al Nick-Insecto descendió justo a unos metros de dónde ella estaba, sus alas iridiscentes plegándose hacia su espalda mientras caminaba con pasos pesados hacia ella. Daisy se quedó paralizada por el miedo pero el Ser-Insecto la ignoró y se acercó hasta el portal, ladeando su horrible cabeza como si lo estuviera examinando con cuidado. La adolescente trató de poner algo de distancia entre ellos, caminando hacia atrás sin dejar de mirar al Ser-Insecto.

Sus pies se cruzaron, cayó sentada sobre el duro asfalto. De inmediato puso sus brazos alrededor de su cabeza de manera instintiva y cerró los ojos, preparándose para un ataque inminente. Tras varios momentos llenos de angustia sin que nada le pasara, Daisy bajó sus brazos con cautela. El Ser-Insecto caminaba alrededor de la esfera fantasmagórica, deteniéndose a intervalos para examinarla y gesticulando con sus extremidades. La energía parecía responder a sus ademanes, concentrándose por momentos alrededor de sus garras puntiagudas, para luego volver al resto de la esfera.

“No puede verme, o sólo no le importo” pensó Daisy, mientras se ponía de nuevo de pie con algo de esfuerzo. Su talón lastimado le molestaba un poco menos, pero igual no podía poner todo el peso en ese pie. La chica volvió a mirar hacia la enorme masa de Zjaks. Había pequeños grupos aquí y allá que no se movían al unísono con los demás. El grupo que estaba más cerca se encontraba ocupado mordiendo los restos de un automóvil, del que únicamente quedaba el chasís de acero y partes del motor. Las bestias arrancaban pedazos del auto con sus afiladas mandíbulas, masticándolos por unos momentos para luego dejar caer de sus bocas los restos retorcidos de metal.

La misma emoción estaba por doquier en aquella gran masa, una ausencia que se convertía en dolor justo en el centro de sus tripas: el hambre. Daisy la podía sentir sin hacer ningún esfuerzo, a un nivel casi desgarrador. Un poco más y pronto ella estaría mordiendo una de sus manos hasta el hueso, consumiendo la carne y los tendones con abandono. La adolescente tuvo que hacer un gran esfuerzo por empujar esa emoción fuera de sí misma. Pero esta persistió en los límites de su conciencia, amenazando con envolverla por completo. Se volvió de nuevo hacia donde estaba la esfera de luz verde eléctrica. El Ser-Insecto parecía actuar de manera más frenética, gesticulando con mayor viveza. Pero sus esfuerzos no parecían afectar al portal, que iba palpitando cada vez menos.

Daisy se concentró en el portal tratando de alcanzarlo de nuevo como lo había hecho en el otro lado.

“Está vivo aún” reconoció ella, al sentir la esencia del portal. “Pero al menos ya dejó de crecer”.

Lo más probable era que necesitara aun más tiempo para poder estabilizarse, alimentándose con las partículas plateadas del tambor que Kim y ella habían tapado. Pero la forma en que aquel Ser-Insecto estaba actuando, le dio a entender que tal vez no fuera suficiente.

Con sólo tocar el filo de de la esencia del portal Daisy había podido echar ese vistazo al otro lado. Pero si quería lograr afectarlo de alguna manera, tendría que arriesgarse a ir hacia el centro de su esencia. La joven cerró los ojos y se concentró. Esto llamó la atención del Ser-Insecto que dejó de manipular las energías del portal por un momento, y volvió sus ojos segmentados hacia dónde ella estaba de pie.

Pero Daisy ya se había ido. No quedaba nada más que un espacio que no mostraba prueba alguna de que alguien siquiera hubiera estado ahí.

El Ser-Insecto chasqueó sus mandíbulas, irritado por haberse dejado distraer de manera tan inútil. Tenía que poner toda su atención en la tarea que tenía frente a él, si es que quería llevar a los suyos al siguiente mundo. De entre toda la horda de Zjaks, sólo un puñado podía llegar a ser sus ojos y manos, llevando al resto a nuevos parajes, siempre un paso por detrás de la Gran Catástrofe, siguiéndole a los mundos ricos en vida orgánica compleja que tanto le atraían.

Ellos comían la fisicalidad que este dejaba atrás: la carne, el hueso, los órganos, los tallos, los frutos y las hojas que ya no tenían una voluntad que las sostuviera. No eran más que un festín para la horda, en los millares de mundos por los que esta se extendía. Y si acaso llegaban temprano, no había mayor diferencia en el resultado final. Aun si la comida llegaba a defenderse de alguna manera, sus números acababan por sobrepasarles sin gran esfuerzo. Sólo en unas pocas ocasiones las civilizaciones habían optado por el suicidio a nivel planetario, apuntando sus armas hacia ellos mismos para al menos tratar de negarles el sustento.

Y no hacía una gran diferencia al final. La horda disminuía de tamaño de manera temporal, su hambre siempre podía satisfacerse en el siguiente mundo, y pronto volverían a recuperar su tamaño, con su fuerza irresistible.

En el mundo en que se encontraban resultó ser un hallazgo fortuito. Tras haber parado en las lunas de algunos de los planetas exteriores de ese sistema solar, el pequeño planeta azul les proporcionó una abundancia de alimento como no habían encontrado en un largo tiempo. Y lo mejor de todo es que el planeta era un nexo con otras dimensiones. Si querían repetir el festín sólo debían pasar a través del portal y encontraban la mesa de nuevo dispuesta para ellos.

Pero la complacencia les había costado caro. Su horda era ahora mucho más grande de lo que era al principio, y la comida se acababa cada vez más rápido. Y lo peor fue que, justo cuando estaban a punto de cruzar a un mundo nuevo, algo interrumpió la Gran Catástrofe.

El portal fue demasiado inestable en ese momento. La necesidad de saciar su hambre les hizo abrirlo antes de que las condiciones fueran ideales. Sólo un par de docenas de Zjaks lograron pasar al otro lado, siguiendo a un par de Ser-Individuos. Los días se convirtieron en semanas, y estas en meses. Los Zjaks tuvieron que masticar huesos, ropas, muebles y llantas para saciar su hambre. Los Ser-Individuos apenas podían evitar un desastre cuando una de las bestias decidía devorar a alguna más débil. La abundancia los había vuelto descuidados, y no tenían la suficiente energía para abrir un portal a un nuevo planeta. Y a diferencia de otras versiones de ese planeta, el mundo en que se encontraban carecía de la abundancia de combustible primigenio que los otros usaban para sus armas masivas e industrias.

La horda estuvo a punto de colapsar sobre sí misma cuando fueron contactados desde el otro lado. Les había llevado un largo tiempo, pero los Ser-Individuos que lograron cruzar habían logrado reunir los elementos necesarios para encender la chispa eléctrica de un nuevo portal.

Todo había procedido como se suponía, pero antes de que el portal pudiera estabilizarse, su crecimiento se vio interrumpido de alguna manera. Lo mejor que podía hacer era tratar de reordenar y concentrar su energía para evitar que colapsara, pero sólo estaba retrasando lo inevitable. No le costaba trabajo el imaginar lo que pasaría si este nuevo portal se cerraba también. La horda se volvería contra sí misma, comiéndose los unos a los otros en un desesperado acto de canibalismo, hasta que no quedara ninguno de ellos.

Casi prefería que su fin llegara por medio del Luup-an-Eknizk, congelándose después de que hubiera engullido la estrella en el centro de ese sistema planetario. Pero aun con todas sus fauces, las estrellas en todos los firmamentos eran todavía abundantes. Pasarían incontables eones antes de que volviera su atención a aquel pequeño punto luminoso flotando en la oscuridad cósmica.

El Ser-Insecto dejó a un lado sus cavilaciones, al tiempo que sus extremidades se ponían rígidas. Sus ojos segmentados brillaban como joyas de obsidiana, con chispas que reflejaban la luz del portal mientras se contraía.

Sintió que algo andaba mal con el portal. Y no era algo que pudiera cambiar desde donde se encontraba. El Ser-Insecto chasqueó sus mandíbulas, al darse cuenta de que el origen de ese sentimiento provenía del mismo interior del portal.

El Ser-Insecto no podía poner un nombre a aquel extraño sentimiento que comenzaba a arrastrarse por la superficie de su exoesqueleto, causándole un frío aun mayor que el del espacio profundo en el que se había movido desde tiempos primigenios.

Una emoción que otros seres conocían como Miedo.

(CONTINUARÁ)

 

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