Instrucciones para fundar una civilización

El Jardinero observaba desde su puesto con la paciencia indiferente de los cerebros electrónicos. Apareció una mujer, una de tantas, con su falda de lino y su torso renegrido por el sol. Se acercó al río y se dispuso a llenar un balde de agua. El Jardinero consignó los hechos en la bitácora y la siguió distraídamente con la mirada.

La mujer se incorporó y ya se disponía a regresar al poblado, si podía llamarse así a aquel grupo maltrecho de cabañas provisionales fabricadas con madera de olivo y piel de cabra, cuando miró hacia los árboles. El Jardinero calibró sus sensores: tal vez, después de todo, esta era la persona que llevaba tanto tiempo esperando.

La mujer dejó el balde rebosante de agua fangosa junto a ella y se agachó. Recogió un objeto que apenas destacaba entre los matorrales. Alguien lo había olvidado sobre un tocón, como si fuera un trofeo en un pedestal. Lo miró con interés. Le dio la vuelta, lo olió, lo acarició. Finalmente, pareció decidir que era algo que merecía la pena examinar con más detalle, porque se lo puso en equilibrio sobre la cabeza, colocó el balde encima, y se marchó de camino al poblado.

El Jardinero hubiera sonreído si hubiera dispuesto de boca para hacerlo. Había visto aquello las veces suficientes como para saber que esta mujer era el espécimen adecuado. Lo notaba por la forma en la que se acercaban a la muestra, la miraban, la olían, la acariciaban.

De modo que realizó sus últimas anotaciones —fecha, hora, circunstancias del encuentro— en la bitácora para poder elaborar más tarde el informe, durante el largo viaje que le esperaba hasta el siguiente destino. Después, cuando se aseguró de que no había nadie en las proximidades, salió de su escondite bajo la arena del baldío y se alejó de allí para no volver jamás. Su misión había terminado.

* * *

Se llamaba Puabi. Llegó al poblado sin resuello. Aquel maldito calor… El clima estaba cambiando, eso decían los más viejos. Nadie recordaba una estación cálida tan larga ni tan seca, en la que hubiera que caminar por las orillas fangosas del Buranun a lo largo de tantos pies para conseguir un poco de agua.

Puabi había nacido hacía quince cosechas, pero, a pesar de su juventud, los ancianos del poblado la tenían en buena consideración porque era muy despierta, como ellos decían. Podía retener en su cabeza las raciones que había recibido cada familia en la última luna, o los baldes de agua que habían consumido. Algunos creían que era cosa de la magia con la que la diosa Kishar la había obsequiado, aunque, en realidad, ella se había limitado a idear un sistema de marcas para recordar todos esos datos. Hacía las marcas en unas piedras que guardaba en su tienda, y las consultaba siempre que alguien le preguntaba.

Descargó el balde en la pila y trazó una línea en una piedra plana que guardaba en la cara interior de la falda, dentro de un saquillo que había confeccionado con ese propósito. Era un procedimiento frustrante: tenía que raspar con otra piedra afilada para conseguir una marca que no se borrase con el tiempo. La superficie de las piedras era dura, imprecisa, y resultaban tan pesadas que no podía llevar encima más de dos o tres a la vez. Si encontrase la forma de tomar sus anotaciones en otro lugar más manejable…

Entonces prestó atención al extraño objeto que había encontrado junto al río. Nunca había visto nada igual y no tenía ni idea de para qué podía servir. Su forma era casi cuadrada, con los bordes muy rectos. Por fuera parecía hecho de algún tipo de piel muy curtida y alisada, tanto que resultaba muy agradable al tacto. Y sobre la piel alguien había grabado multitud de símbolos desconocidos para ella, como sus marcas en las piedras, pero mucho más elaborados.

Puabi no los entendía, pero se daba cuenta de que significaban algo.

Se maravilló aun más cuando levantó la tapa de piel y debajo descubrió un pliego finísimo de algo parecido a la hoja de palma, pero más delgado y seco. Y, sobre el pliego, en apretadas filigranas, había más de aquellos trazos que se extendían como insectos exóticos por toda la superficie. Puabi levantó el pliego con mucho cuidado, aunque pronto descubrió que era más resistente de lo que parecía, y vio que debajo había otro, y luego otro, y luego otro más. La mayoría estaban repletos de aquellos símbolos, pero en otros había dibujos de extremada precisión donde se veían escenas de la vida cotidiana de otras personas en otros lugares.

Cuando Puabi levantó la vista de su hallazgo, el sol estaba muy alto en el cielo. Había pasado mucho tiempo absorta en aquellos símbolos: tenían algo de hipnótico. Los ancianos ya estarían preguntándose dónde se había metido. Guardó el objeto en su tienda, junto con las piedras donde anotaba todas las cosas importantes, y corrió hacia la cabaña grande que se alzaba en el centro del poblado. Pero de pronto se detuvo. Un pensamiento le recorrió el cuerpo como el destello de un relámpago en la noche. Fue casi una revelación. Ese objeto que había encontrado, fuera lo que fuese, era la respuesta a sus plegarias.

Si consiguiese fabricar uno igual, podría consignar en él sus anotaciones contables utilizando barro o ceniza húmeda para hacer las marcas. En las piedras no funcionaba, porque el barro acababa borrándose. Pero allí, en aquel objeto, unos pliegos estaban protegidos con otros, y todos ellos por las tapas de piel, de modo que las marcas podían durar muchas estaciones. Y había tantos pliegos juntos en un solo objeto que sería como transportar un saco de piedras en el espacio que ocupaba una sola.

Caminaba perdida en sus ensoñaciones. Esa es la respuesta, se decía. En uno de esos objetos podríamos anotar los hechos contables, llevar un control exhaustivo del grano, el agua, las dádivas. Y podrían fabricar más. Los ancianos transcribirían sus normas y sus conocimientos ancestrales en otro de ellos, para que no cayesen en el olvido incluso cuando no hubiera nadie para recordarlos. Explicarían cómo cultivar el kamut y la espelta, cómo construir un arado o levantar una cabaña. Transcribirían las enseñanzas de los dioses, los leyendas de los héroes antiguos, las canciones infantiles. Todos los conocimientos que pasaban de una generación a otra mediante historias contadas al calor de una hoguera. Todo ello podría salvarse.

Había llegado, casi sin darse cuenta, a la puerta de la cabaña de los ancianos. Tenía que darles el parte del día y hacerles partícipes de su descubrimiento. Ellos la mirarían escépticos, como siempre, pero la dejarían marchar con un gesto condescendiente que significaba que podía hacer lo que quisiera siempre que no faltase a sus obligaciones. Contaban con ello. Y había tomado una decisión: buscaría el modo de fabricar más objetos como aquel que había encontrado por casualidad. Allí, en los estrechos márgenes de aquel artilugio prodigioso, cabía todo el conocimiento del mundo. Su tribu no volvería a pasar hambre. Los campos de kamut y de espelta producirían más grano del que podrían consumir, la aldea crecería, las cabañas de piel de cabra se convertirían en casas de adobe. Se asentarían por fin en algún lugar, a la orilla del río, y darían un nombre a su patria, un nombre que sería recordado siempre, incluso en el futuro más remoto.

* * *

La semilla estaba plantada.

El Jardinero había transmitido su informe, en los mismos términos que las otras veces, al control de misión. La probabilidad de éxito, según sus estimaciones derivadas de las últimas semanas de recogida de datos, era del 98,52985%. La directiva de seguridad era muy clara: no debía haber intervención externa a partir de ahora. Unas especies lo conseguían, y otras no. Así era el juego. Las criaturas que habían desarrollado autoconciencia en este planeta parecían prometedoras, pero resultaba imposible, incluso para él, saber qué les depararían los siglos y milenios por venir, predecir si superarían la etapa pretecnológica sin autodestruirse. Ahora sólo dependía de ellos.

A él, por su parte, le aguardaba un viaje de muchos años hasta su siguiente destino. Consultó un instante el mapa de aquella sección de la galaxia. La ruta hasta Kepler 22b, a casi doscientos parsecs, estaba marcada en rojo. Tardaría unos 9000 años. Hubiera suspirado con resignación si hubiera dispuesto de aparato respiratorio para hacerlo.

Puso la nave en automático. Después, se acomodó en su rincón y se desconectó.

Sobre el Autor: Alfredo Moreno Vozmediano – Nació en Puertollano (Ciudad Real, España) en 1974. Es Ingeniero Informático por la Universidad de Málaga y trabajó dos años como programador en Madrid. Desde el año 2000 ejerce como profesor de enseñanza secundaria. En su faceta de escritor aficionado ha ganado varios premios, como el XVIII Certamen de Guiones de Cortometraje del Festival de Cine Fantástico y de Terror La Mano Fest o el VI Premio Terbi de Relato Temático Fantástico. También ha publicado diversos relatos en antologías y revistas.

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