El Fénix

El Señor Thompson llegó a su casa, agotado por el atareado día de trabajo; miró su reloj: 8:43 p.m. Dejó su sombrero en el gancho de pared junto a la puerta y se dirigió a su cama, a tomar un merecido descanso. Pero, en vez de descanso, lo que encontró fue un rígido cadáver tendido ahí. Los ojos del cadáver, desorbitados, aun chorreaban una sangre líquida y de un rojo que contrastaba con el blanco pálido del rostro. El profuso líquido manaba igualmente de nariz y oídos. Algunas gotas de sangre salpicaban el brazo derecho, donde se distinguía el tatuaje de un ave; la reconoció: el fénix, el ave que renace de entre sus cenizas.

El señor Thompson se quedó paralizado por unos momentos, hasta que vio unos billetes asomándose por el bolsillo del pantalón del cadáver. Los tomó y comenzó a examinarlos, al tiempo que reconocía el billete de 10 euros junto a diez billetes de 500 dólares, quince de 200, tres de 100 y cinco de 50. Eran sus ahorros. Treinta y cuatro billetes, los ahorros de años de trabajo metidos en el bolsillo de un pantalón. El bolsillo de un vulgar ladrón que venía y en un día tomaba lo que a él le había costado cientos de horas de trabajo. Se puso rojo de indignación y de furia. Dejó los billetes en la mesita al lado de la cama y buscó en los demás bolsillos. El inventario: Un reloj, tres anillos, una cadena de oro que le había dejado su padre antes de morir y una bolsita con monedas de varios países que había empezado a coleccionar desde la infancia. Los objetos más importantes de su vida estuvieron a punto de ser robados. Ya lo habían asaltado cuatro veces en la calle. Ahora se daba cuenta que no estaba seguro ni en su propia casa.

Cuando se dispuso a dejar los objetos en la mesita reparó en algo que no había notado al principio: una mancha roja en la esquina de esta. En el piso, gotas de un color rojo oscuro de dirigían desde la mesita hasta la cama. Cerca, un cable amarillo que usaba como extensión eléctrica estaba mal enredado en el piso. Ahora se lo explicaba. Estaba tan cerrado por la rabia que ni siquiera se había preguntado cómo había llegado el cadáver de un ladrón hasta su cama. El tipo, antes de ser un cadáver, había rebuscado en el ropero hasta tomar todo lo de valor que encontró y terminó enredándose con el cable; cayó, se golpeó la nuca con la esquina de la mesa y logró permanecer consciente para arrastrarse hasta la cama y morir ahí. Revisó su nuca; efectivamente, había una gran mancha de sangre en la almohada. La piel de la frente estaba fría. Dejó la cabeza de nuevo en la almohada y miró el pálido rostro, contorsionado y con los ojos abiertos de par en par. Se sintió intimidado y fue al patio de atrás. Unos instantes después regresó con una bolsa de tela color café claro y con ella cubrió el rostro y la cabeza del cadáver ahí tendido. Tomó los extremos de la agujeta en la base de la bolsa y sintió el blando cuello apretarse al ejercer presión. Ese ladrón había tratado de robarle, recordó. Estaba muerto, pero aun así un ansia vengativa lo hizo presionar la agujeta más y más, hasta que, repentinamente, algo lo hizo detenerse espantado al momento que un crujido se escuchaba en el cuello del cadáver. Tal vez la situación y sus sentidos lo engañaron, se dijo, mientras recordaba con temor lo que le hizo detenerse: un fuerte y rápido movimiento del cuerpo hacia adelante.

¿Era posible que estuviera vivo?, se preguntó. Antes de cubrirlo con la bolsa la frente estaba fría, la cara rígida, los ojos abiertos con la mirada perdida. Tomó la mano del muerto para verificar el pulso en su muñeca; no había signos de vida. Pero también notó algo extraño al tomar su mano: era suave y cálida, como si el tipo hubiera muerto hace apenas unos segundos. Se dijo asustado a sí mismo que podría ser que las manos de un cadáver se enfriaran al final.

La frente del cuerpo ahí tendido estaba fría, ese sucio ladrón estaba muerto. No se puede culpar de asesinato a alguien por ahorcar a un muerto. Él no era un asesino ¿o sí? Asustado, llamó a su amigo, el jefe de la estación de policía, Steve McKane.

El jefe de policía Steve McKane estaba ocupado revisando más casos extraños de personas con poderes psíquicos. El gobierno había dado la orden de encerrar a todos los “diferentes”, como los llamaban, e interrogar a todos los sospechosos de serlo. McKane estaba ocupado revisando el caso de una pareja sospechosa de telequinesis cuando recibió una llamada. Era de un viejo amigo: Charles Thompson. Descolgó el auricular y contestó. Con voz apresurada y casi ininteligible McKane alcanzó a comprender que Charles tenía un cadáver en su cama.
McKane se quedó un momento en silencio, pensando en quiénes serían los indicados para acompañarlo, y se despidió de Charles diciéndole que iba para allá. ¿Qué habría hecho el viejo Charles?, se preguntó McKane. Era un tipo de sangre fría como para ponerse así por un cadáver. ¿Lo habría asesinado él? Era la única forma de que estuviera así de nervioso, si se sintiera en peligro, en este caso en peligro de ser acusado de asesinato. Pero no corría peligro, al menos no esta vez. Se conocían desde la infancia. Charles, siendo encargado del conteo de votos jurídico-gubernamentales, lo había ayudado a llegar a su puesto de jefe de policía electo. McKane le debía un favor. Además, era un simple asesinato; algo que no preocupaba a las autoridades en estos convulsivos tiempos donde la prioridad era erradicar a los “diferentes”. Aunque Charles era antipático nunca lo había visto como un asesino potencial, no al menos en el sentido estricto. En cierto sentido todos somos asesinos potenciales. Es lo que nos permite ser no-asesinos. Bien, si se trataba de un asesinato por parte de Charles, podría devolverle el favor.

Tres policías y el jefe McKane llegaron en 15 minutos a casa de Charles sin llamar la atención del vecindario, al margen del procedimiento oficial. Se dispusieron a revisar el cuerpo. Le quitaron la bolsa de la cara y no tardaron mucho en volver al ponérsela. Tenía una expresión de espanto y desesperación que ponía los nervios de punta. Antes de que los policías volvieran a cubrir el rostro del cadáver Charles creyó notar en él una mueca que no había visto cuando lo cubrió con la bolsa él mismo. Tal vez no había visto bien el contorsionado rostro debido al impacto de la escena y ahora veía detalles que antes no notó. Esa expresión le dio más miedo que la de la primera vez. Pero no había de qué preocuparse, pensó Charles para sí. Steve estaba aquí y lo ayudaría. Se lo debía.

Los policías encontraron algo que Charles no; en la bolsa de la chaqueta del cadáver había una cartera con credenciales y fotografías. La Credencial de Identificación Oficial mostraba un rostro apacible que seguro pertenecía al hombre ahí tendido, a pesar de que las serenas facciones de la fotografía eran difíciles de relacionar con el opresivo rictus del ahora difunto. Estaba a nombre de Mark Silva. El resto de las fotografías eran de Mark a excepción de una, donde además de él se veía a una hermosa y sonriente chica a su lado.
En ese momento, Charles, Steve y el resto de los policías escucharon abrirse la puerta. En la entrada vieron sorprendidos a una chica; la chica de la foto. Pero el rostro no era dulce y alegre, como en la fotografía, era ahora frío y sombrío. Difícil de relacionar con la fotografía de la cartera de Mark, al igual que la foto del mismo Mark. La Chica miró a los cinco hombres ahí presentes, dejando a Charles al final. Cuando lo miró, ella dio un paso al frente y levantó el brazo lentamente señalando a Charles con el dedo índice. Charles dio un paso atrás sintiéndose acusado y temeroso. Temeroso de una chica de vestido rojo y blanco y zapatillas rosas de tacón. Charles le temía a las chicas, pero este era un temor diferente. Los policías le preguntaron a la chica qué hacía allí y le advirtieron que si no salía tendrían que detenerla. Pero la única respuesta de la chica fue quedarse ahí parada señalando a Charles. Durante unos instantes nadie se movió ni dijo nada más.

Mark Silva y la chica eran novios. Más que novios, eran esposos, pero no en el tradicional y artificial matrimonio civil o eclesiástico. Eran esposos, dijo ella, porque sus corazones se entregaron el uno al otro. Sin fiestas, sin ritos; sólo con amor. Ante esas palabras el oficial McKane, habiéndola detenido para interrogarla al ignorar las advertencias policíacas, entornó los ojos a modo de desinterés e impaciencia. El oficial quería saber por qué… “ese tal Mark había entrado para robar la propiedad del tipo con la casa más descuidada y miserable del barrio”. La chica terminó textualmente la frase que el oficial McKane pensaba decir. McKane frunció el ceño y miró a la chica a los ojos. “Es usted una de ellos ¿cierto?”, le preguntó, “una diferente”. La chica asintió con la cabeza. Telepatía. Leían la mente. Esos telépatas eran muy peligrosos. Se necesitaban otros telépatas para atraparlos, pues siempre estaban un paso delante de la policía. Y ahora esta chica había llegado hasta la policía, se había dejado atrapar y se había dejado descubrir como telépata. ¿Por qué? McKane, intrigado, permitió a la chica continuar.

Mark y ella vivían juntos. Ella era enfermera en el hospital de la ciudad, un trabajo especialmente difícil para ella, ya que no sólo se daba cuenta del dolor por los gritos y quejidos de los pacientes, sino también por sus pensamientos. En ese lugar había más dolor del que parecía; no sólo dolor físico. Mark, desde que perdiera su trabajo como vendedor de electrodomésticos y tras una larga temporada desempleado, ayudaba a solventar los gastos del hogar dedicándose al hurto como ladrón de poca monta. Mark, dijo ella con orgullo, nunca había hecho uso de su capacidad especial durante sus robos más que una vez, aunque no quiso decir cual era esa capacidad especial. McKane pensó llamar a otro telépata para saber cuál era la capacidad especial del difunto Mark Silva, pero primero decidió terminar de escuchar a la chica. Ella nunca había juzgado a Mark por su labor socialmente cuestionable. Sólo le pidió que no matara a nadie ni usara la violencia, y Mark le aseguraba (y ella sabía que era verdad, pues era telépata) que sólo robaba las casas cuando se aseguraba de que estaban vacías. Después de todo, dijo ella en tono seguro, era una hipocresía que fueran unos ladrones quienes juzgaran el robo.

La policía y la sociedad juzgaban a un ladrón sin conocer los motivos, pero aceptaba complacida el egoísmo de acumular más y más, aun a costa de los demás, mientras muchos morían de hambre y de frío en las calles, bajo la premisa de que todos tenían oportunidades iguales. A la mierda con sus supuestas oportunidades, dijo la chica con amargura; no son más que hipocresías. Vaya que lo sabía. Era telépata. La sociedad, el gobierno y la policía estaban llenos de robo y corrupción. Al escuchar esto último el oficial McKane bajó la mirada y se dio cuenta que la chica sabía lo de su elección arreglada como jefe de policía. La chica continuó, sin hacer mención de esto. “La casas más miserables del suburbio central son simples apariencias; son las casas donde hay más cosas de valor”, fue la respuesta de la chica a la anterior pregunta de McKane. Ella tenía una conexión con Mark y aun a distancia ella discernía algo de sus pensamientos. Eso no le preocupaba a Mark pues siempre había sido sincero, eso fue lo que más la enamoró de él. Entonces recordó que eso no le interesaba al jefe de policía y continuó hablando sobre el caso. Lo de la conexión con Mark tenía que ver con el tema. Así es como ella se dio cuenta de que su esposo estaba muriendo asfixiado. Mark no estaba muerto cuando Charles apretó la agujeta de la bolsa contra su cuello. Ella sintió sus pensamientos agonizantes, supo dónde estaba por las imágenes inconexas de lo último que Mark había visto en el exterior y se dirigió a buscarlo, hasta encontrar la casa de Charles. Cuando sintió romperse la tráquea de Mark supo que era el fin, era tarde. Pero no le importó que fuera tarde. Quería verlo, estar a su lado una vez más.

De todas formas descubrirían que Mark era un “diferente”. A todos los muertos se les hacía una autopsia cerebral y aquellos con la glándula pineal supra-desarrollada eran descuartizados e incinerados. Ahora que Mark se había ido, a pesar de su “capacidad especial”, a ella no le importaba ser encerrada en los campos de Máxima Seguridad para Telépatas.

Esa era la historia. El oficial Steve McKane iba a devolver un favor a un viejo amigo y había terminado capturando a dos “diferentes”; bien, a uno, y la palabra “capturar” no era la más adecuada, pues la telépata se había entregado sola. El oficial recordó la incógnita de la capacidad especial de Mark Silva y mientras se dirigía a llamar al oficial William del Rey, encargado de los Telépatas al Servicio del Gobierno, notó que la chica había ingerido algo con rapidez. Después cayó al piso, se convulsionó y sacó espuma por la boca. Se quedó inmóvil en el piso. McKane ya había visto esos efectos en otros telépatas antes de llevarlos a los campos de Máxima Seguridad. Cianuro. La chica se había suicidado.

Charles también fue interrogado por McKane. Más por curiosidad que por abrir un archivo oficial, pues fuere lo que fuere que hubiera sucedido Charles Thompson estaba absuelto. En este caso la absolución podía considerarse como un favor devuelto, ya que la telépata había asegurado que Mark Silva seguía vivo cuando Charles lo asfixió con la agujeta. Cuando Charles se enteró no dijo nada al respecto, sólo bajó la mirada y preguntó a McKane si le devolvería el favor. McKane asintió. Charles no dudó de la palabra de Steve, pues sabía que se engañaba a sí mismo al dudar del significado de ese espasmo repentino de Mark Silva: lo había asesinado.

Charles Thompson caminó por la calle vacía de su vecindario. El barrio había sido desalojado por unos días con el pretexto de que un “diferente” se había escapado y estaba escondido en esa área de la ciudad; todo para poder llevarse sin sospechas el cadáver de Mark Silva, cadáver que seguramente estaría descuartizado y a punto de incinerarse.

Finalmente llegó a su casa, se sentó en su sofá y encendió un cigarro. Aspiró profundamente y al exhalar tres aros de humo perfectos se formaron en el aire para luego desvanecerse lentamente. La cara de Silva le vino a la mente. Era horrible esa expresión de agonía. ¿Cómo será morir asfixiado?, se preguntó. Horrible seguramente. Había matado a un hombre. No sabía que seguía vivo cuando se dejó llevar por ese arrebato sádico de venganza, pero de una u otra forma él lo había asesinado. Pero era un ladrón, un sucio ladrón, se dijo. La sociedad estaría mejor sin él. Había tratado de robarle. Él se lo había buscado. Cada quién cosecha lo que siembra.
Encendió la lámpara de la sala y tomó el periódico. Leyó una sección con atención: Se descubren nuevas capacidades en los “diferentes”. Un ruido en la ventana: arañazos. Un gato seguramente. Estaba muy nervioso. A la una de la madrugada cualquier ruido crispa los nervios, hasta un simple gato afilando sus garras en la pared. Continuó leyendo; el artículo era sobre una nueva capacidad recién observada en algunos “diferentes”: la de volver de la muerte. En las investigaciones se descubrió que algunos “diferentes” tenían la capacidad de mantener la conciencia activa aun después de que sus signos vitales se detenían por completo. Corazón, pulso, ondas cerebrales… todo. Médicamente muertos. Durante varios minutos (de 30 a 40) estos “diferentes” clínicamente muertos permanecían conscientes la mayoría de las veces, pero sin poder moverse ni hablar. Después de ese tiempo sus signos vitales comenzaban a funcionar hasta estabilizarse y se encontraban vivos y sanos como si nada les hubiera pasado. Aún no se hacían suficientes pruebas así que no estaban seguros de los límites de esta capacidad recién descubierta.

Más arañazos. Charles Thompson, molesto, se decidió a salir para espantar a ese gato. Apagó su cigarro en un cenicero de cristal, dejó el diario en el brazo del sofá y se levantó para dirigirse a la puerta. No lo hizo. Vio algo trepando por la ventana y no era un gato. Se quedó paralizado. La cosa llegó al respaldo del marco y vio cómo golpeaba el vidrio con fuerza. El vidrio se rompía y los fragmentos se esparcían por el piso. La cosa entraba. La cosa era un brazo humano. El brazo se arrastraba separado del cuerpo donde debería estar. Mientras avanzaba dejaba un rastro de sangre roja que adquiría un aspecto más aterrador a la luz amarillenta y opaca de su lámpara de mesa. Esto no tenía sentido. ¿Qué diablos es esto?, se preguntó Charles. Debía ser una pesadilla. Real o imaginario, lo era; era una verdadera pesadilla. Aterrado, agitado, caminó lentamente hacia la puerta y al llegar a ella la abrió y salió corriendo como alma que lleva el diablo.
Se sintió seguro de estar afuera, pero esa seguridad se desvaneció rápidamente cuando vio las calles vacías. La calle, recordó, había sido desalojada. Corrió sin saber hacia dónde. Se sentía perseguido. Escuchaba ruidos detrás de él, ruidos de cosas que se arrastraban. ¿Qué tanto era real y qué tanto sugestión? No le importaba saberlo, todo lo que quería era salir de ahí, ver gente, sentirse seguro… De repente se detuvo, paralizado. Escuchaba un ruido frente a él y se acercaba más y más. Y lo vio: una cabeza humana, desprendida del cuerpo, avanzando hacia él. ¿Cómo rayos avanza una cabeza desprendida del cuerpo? Lo estaba viendo. Y la cabeza también lo miraba. No era posible. No podía creerlo… Más ruidos detrás de él. No quiso voltear. Detrás de la cabeza algo más se acercaba, un enorme gusano que se retorcía y contorsionaba, avanzando lentamente: era un torso humano. Los rastros de sangre brillaban a la luz de la luna. La espectral imagen parecía una retorcida pintura surrealista. Cayó al piso, sollozando, aterrado, sin poder moverse. No sabía si era el miedo o un hechizo de la penetrante y senteciante mirada de la cabeza que se acercaba más y más. Entonces, detrás del torso, vio otra cosa. No la vio del todo. Una nube cubrió la luna y la oscuridad reinó en la escena. Era como una araña acercándose poco a poco, con pasos lentos de cada una de sus cinco patas, y una serpiente se arrastraba detrás, avanzando al mismo ritmo que el asimétrico arácnido que la precedía. La nube se fue y la luz de la luna volvió. Era otro brazo. No el mismo brazo de su cuarto, lo supo en cuanto lo vio, apartada al fin la vista de esos terribles ojos que lo habían mirado con la seguridad del cazador que atrapó a su presa. El brazo, sangrando y arrastrándose, se veía claro a la luz de la luna y, a diferencia del otro, este tenía un tatuaje: un ave, el fénix; el ave que renace de entre sus cenizas. El brazo se acercó lentamente. Charles Thompson, presa del pánico, no pudo moverse. Simplemente cerró los ojos. Sintió las cinco patas de una araña apretando su cuello y una serpiente retorciéndose en su pecho. Y la pregunta de Charles Thompson, ¿Cómo será morir asfixiado?, fue respondida.

 Jorge Sánchez (Reynosa, Tamaulipas) Nunca le gustó la escuela, pero siempre le encantó aprender. Sus principales pasiones son la historia (especialmente historia antigua), la música (sobre todo el rock y el jazz), y la lectura (mis escritores favoritos son H. P. Lovecraft y Philip K. Dick). Toca guitarra, dibuja ocasionalmente y empezó a escribir en marzo del 2016.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s