El combustible más poderoso

Marcaba las siete de la mañana el precioso reloj Rolex de oro. Con su cámara miraba al otro lado de la avenida, cubriéndose de la lluvia con su paraguas a rayas grises y negras y ataviado con su gabardina impermeable. Todo iba de acuerdo al plan. Los celos son un combustible más poderoso que la gasolina o el carbón.

Se llamaba R-4M. Era uno más de los robots T-2000 perfeccionados por Hitachi en el año 2015. Son conocidos como los “cíclopes”, tanto por el hecho de que tenían una cámara en medio de la parte de su estructura que asemejaba una cabeza, como porque fueron tomando el poder del mundo y sometiendo a los humanos: tal como el cíclope Polifemo a la tripulación de Odiseo, los T-2000 fueron devorando a los humanos poco a poco, al menos en cuanto a poder y control del mundo.

Cuando los robots T-2000 fueron construidos por primera vez, los ingenieros japoneses quedaron pasmados por el grado de conciencia que alcanzaron. Las decisiones que tomaban eran parecidas a las de los humanos. Les precargaron conocimiento, intereses y juicio similares al de un humano de dieciocho años, con la posibilidad de aprender, construir ideas, razonar y tener aspiraciones. Aunado a su complejo sistema cerebral, decidieron darles un cuerpo parecido al de los humanos. Los forraron de un polímero parecido a la piel humana, les pusieron cabello artificial, y, como parte de una broma, también les proveyeron de un género, de capacidad de sentir placeres, tomar malas decisiones y de tener sentimientos.

R-4M fue de los primeros robots en ser construidos en serie. Junto a él, se construyeron otros 3,000 robots iguales. Muchos de ellos aprendieron los oficios humanos rápidamente y se pusieron a las órdenes de las personas. Así fueron planeados. Pronto, aprendieron a diseñar, a construir y, finalmente, producir más y más robots sin la necesidad de que los humanos los supervisaran. Para sus creadores, todo marchaba a la perfección. Incluso, cuando algunos robots empezaron a ocupar puestos de poder, las masas estuvieron de acuerdo en que era una buena idea confiar en máquinas para guiar países enteros. Nunca pensaron que todo esto convertiría a los hombres en esclavos de los robots sólo diez años después de la creación del T-2000. El peor error de Dios fue permitirles a los humanos reproducirse a sí mismos; el peor error de los hombres fue creerse dioses.

R-4M nunca fue como los demás robots. Él desde el principio se había conformado con oficios básicos, actualmente reservados solamente para los humanos. Nunca tuvo ambiciones. Nunca tuvo deseos de sobresalir. Algunos le reprochaban que no hubiera intentado ser más que un robot reparador. Él siguió dedicándose a pequeños trabajos manuales, primero al servicio de los hombres, ahora, al servicio de otros robots. Su primer jefe, un humano de Nueva Delhi le regaló su Rolex a cambio de que arreglara su automóvil. Unos meses después de darle el reloj, ese hombre había huido tras una revuelta de robots que terminó por hacer caer al gobierno y a la gente más poderosa de India. Nunca se volvió a saber de él. R-4M tuvo que empeñar ese reloj para pagar una deuda de juego pues, cuando los humanos les dieron a los robots conciencia y mentalidad parecida a la de los hombres, también les dieron la posibilidad de equivocarse como lo harían ellos mismos.

En una ocasión, R-4M estaba esperando el autobús, cuando una voz electrónica femenina llamó su atención.

– Disculpa, ¿me puedes dar la hora?
– Son las cuatro menos quince.

R-4M había mirado instintivamente en su muñeca, pero su precioso reloj de oro seguía nostálgico en el aparador de una casa de empeños clandestina. Habiendo visto la hora en su teléfono celular, R-4M levantó la cabeza y miró a la T-2000 más hermosa que había conocido jamás. En realidad todos los T-2000 son prácticamente iguales, pero las pequeñas diferencias, los pocos rasgos que los separaban unos de otros, hacían que existieran estándares de belleza, tal y como pasaba con los humanos.

– Gracias, es que he olvidado mi teléfono en casa –dijo la robot mientras le esbozaba una sonrisa con su rostro genérico de androide japonés. Ella continuó con su camino.
– ¿Cómo te llamas? –preguntó R-4M antes de que ella se alejara demasiado.
– Me llamo AL-347F.

R-4M quedó enamorado perdidamente de ella. AL-347F era una robot ejecutiva. Trabajaba en una de las empresas más importantes en el nuevo mundo manejado completamente por androides. Jugaba al golf, montaba a caballo, iba al teatro: actividades antes reservadas exclusivamente para los humanos y que ahora solamente los robots podían disfrutar. Él desperdiciaba sus tardes en actividades banales como el juego y la televisión. No pertenecían al mismo mundo, sin embargo, entre ambos hubo algo de lo que los humanos llamaban “química” e iniciaron una amistad.

En varias ocasiones, R-4M invitó a AL-347F al cine, a algún parque o a pasar un rato frente a la costa. Ella aceptó gustosa aun cuando no era una robot sin compromisos. Ella vivía con otro robot desde hacía mucho tiempo, pero no se lo quiso decir a R-4M y evitó en todo momento que éste visitara la casa de ella y la fuera a descubrir. Ella, como robot creada a semejanza de los humanos, se sentía halagada de tener a un pretendiente en su vida. Incluso, sabía que no estaba haciendo algo correcto, pero como hacen los humanos, ella dejó crecer la situación hasta un punto que no pudo manejar.

R-4M no le contó sobre su vida de fracasado a AL347-F, ni ella preguntó nunca nada. Aun cuando su vida de rica la hacían una robot inalcanzable, R-4M jamás perdió la ilusión de conquistarla y no desaprovechaba oportunidad para hacerle un cumplido, algo que había aprendido de ver películas y programas de televisión de humanos.

Conforme pasó el tiempo, los acercamientos y los intentos de conquistar a AL-347F se fueron haciendo más y más claros y directos. Ella comenzó a rechazarlo cuando él trataba de darle regalos o invitarla al teatro, actividades que iban más allá del corto presupuesto con el que R-4M pasaba los días.

– Es porque mi aspecto es de pobre, ¿verdad? –llegó a reprocharle R-4M cuando ella tajantemente desistió de tener una relación romántica con él.
– No tiene nada qué ver con eso –respondió AL-347F.

R-4M no hizo caso. Los meses siguientes intentó hacerse de más dinero. Trabajó más y en mejores empleos. Parecía que se estaba convirtiendo en un robot respetable. Comenzó a comprar mejores ropas y se arreglaba para ver a Al-347F. Incluso, recuperó el reloj que le había regalado su ahora prófugo ex-jefe, pagando más del doble de lo que le habían dado en un principio. Cada vez llegaba con regalos más caros y con invitaciones más elegantes para su amada robot.

– No tenías que hacer nada de esto –le dijo una vez AL-347F a R-4M cuando llegó con un par de boletos para un viaje a América.
– Pero es que quiero hacerlo.
– Nunca me importó tu dinero. Yo lo tengo por montones. Eres mi amigo y eso es lo que me importa.
– Pero no quiero ser tu amigo…
– ¡Lo tienes que ser!

AL-347F se quedó en silencio. Un semblante triste inundó su rostro plástico e hizo que agachara su mirada monócula.

– ¿Qué pasa? –preguntó un sorprendido robot R-4M.
– Debemos dejar de vernos… es complicado…

Ante los titubeos de AL-347F, R-4M entendió la situación.

R-4M comenzó a espiar a AL-347F. Iba a la casa de ella y en varias ocasiones vio salir al robot que le había impedido unirse a su amada. Se le hizo rutinario ir cada tarde a espiar a la pareja, mirar de lejos a los enamorados, conocer sus rutinas, saber a qué hora ella salía a trabajar, que él trabajaba en casa, hacerse una y otra vez a la idea de que AL-347F tenía que ser suya y que debía hacer algo al respecto. Al poco tiempo urdió un plan perfecto.

Mirando por la ventana, resguardándose de la lluvia bajo el paraguas y dentro de su gabardina, R-4M esperó la hora precisa. Siete quince de la mañana, el portón del garaje se abrió. Un automóvil Buick salió a la calle. Al volante, una robot iba a su oficina, siguiendo rutinas, tal y como los humanos los habían programado. La lluvia proporcionaba una pantalla perfecta. Tupida, no permitía que la pareja de su amada lo descubriera al otro lado de la calle que ya se alumbraba por los rayos matinales de sol.

Un toque a la puerta. Abrió el robot de dentro. Fuera, un desconocido que, por el contrario, conocía muy bien al robot que atendía el llamado. Forcejeo. R-4M entró a la casa. Se le echó encima al anfitrión. En el movimiento, R-4M se desprendió por sí mismo el extensible del reloj de oro y éste cayó. Empezó a golpear al dueño de la casa. Existían solamente dos maneras de matar a un robot cíclope: una, aplastarlo por completo; dos, desconectar su cerebro de la fuente de poder. La batería de reserva funcionaba solamente si el robot entraba en standby, pero si se desconectaba el cerebro, se borraba todo y se tenía que reprogramar por completo. R-4M decidió éste último método. El amante de AL-347F quedó tirado e inerte con una mirada perdida en el único ojo de su cabeza robótica.

El reloj se quedó tirado en la casa del androide muerto. Culparían al ex jefe de R-4M. ¿Remordimiento? R-4M no lo sentía. Mientras miraba a los robots chatarreros llevarse al amante de AL-347F de la casa ante el llanto desconsolado de ella, R-4M sintió un placer curioso. Pensó para sí mismo que tal vez los humanos les habían dado sentimientos a los robots para que, eventualmente se destruyeran unos a otros. Quizá Dios hizo lo mismo con los hombres. Al alejarse, balbuceó unas palabras:

– Los celos son un combustible más poderoso que la gasolina o el carbón… quizá, si los hombres hubieran sabido utilizarlos adecuadamente, habrían evitado que los robots dominaran al mundo.

Sobre el Autor: Hugo Ochoa es un escritor mexicano nacido en marzo de 1986 en Guadalajara. Es ingeniero y se desempeña como consultor en áreas técnicas, administrativas y educativas. Además, es profesor de matemáticas y ha escrito varios cuentos de distintos géneros, así como una novela y una investigación referente al sistema educativo mexicano, al lado de su padre. Ha sido publicado en antologías de cuentos de la SOGEM

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