Dos Conejo – La muerte de Phillip Marlowe (¿Un cuento de vampiros?)

Nunca ningún gringo sorprendería a Ángel María Garibay Kintana, pero sencillamente, cuando vio a Philip Marlowe atravesar el dintel de su clase de “Tradiciones y lenguas antiguas” la cual impartía en la Universidad de Guanajuato, Kintana, sencillamente, se quedó pasmado.

Marlowe era ya el detective famoso cuya leyenda permanece intacta hasta nuestros tiempos. No hay peores trampas que las que te pones a ti mismo, dijo Marlowe y Kintana repitió la frase exacta vocal por vocal, pues leyó todas las novelas donde Marlowe encarnaba al rudo policía bueno.

— ¿Y a qué debemos el honor de su visita, Mr. Marlowe?
— Ya se lo he dicho, no hay peores trampas que las que te pones a ti mismo. He caído, Mr. Kintana, y es preciso levantarme. Nos acecha un grave peligro. Vengo a su cátedra con la esperanza de obtener cierto conocimiento sobre asuntos escabrosos totalmente ajenos a mí. La historiadora Rosaura Hernández de Toluca, me recomendó ampliamente sus clases y…
— Y al grano, Mr. Marlowe, ha sido usted víctima de los Dos Conejo ¿cierto? No responda, lo sé. Sus ojos lo relatan. El encuentro resultó desastroso para usted y ahora viene a que le entregue a esa banda de connacionales cuyo único delito es cobrar justicia ante los abusos recibidos allende el Bravo.
— No sea trágico, Mr. Kintana, usted los conoces bien: son monstruos capaces de controlar al mundo.
— ¿Qué le han hecho, Mr. Marlowe?
— Hallé a varios de ellos, jorobados alrededor de un maguey podrido. Los delató su vestimenta negra y los sombreros blancos. Con sus dedos escarbaban bajo las raíces infectas y conseguían puños de gusanos rojos. Saqué mi arma y les dije mi propósito. Se entregaron sin resistencia. Tan sólo metieron los gusanos en sus mochilas y caminaron junto a mí y no perdían de vista el revólver. Anduvimos durante horas por senderos agrestes. El hambre apremiaba. Pidieron permiso de comer. No soy partidario de la crueldad y los dejé hacer su fogón. Alistaron un caldo el cual resultó familiar a mi olfato. Por eso, cuando me convidaron, acepté. Luego de un rato sentí satisfecho el apetito. Los ancianos, educados en extremo, sacaron agua, bebimos en silencio y de sus mochilas extrajeron un gusano cada quien. Me dieron el de mayor tamaño, mismo que presumía además un intenso rojo. Aquel tinte encarnado lo hacía más apetitoso en comparación a los desteñidos gusanos de mis cautivos.
Ellos mascaron primero y tras acabar el bocado rebuscaron otra vez dentro de sus mochilas. Apuré mi gusano. Se retorció entre mi lengua y el paladar. Su sabor fue como el besar en la boca a un cadáver exhumado. Pensé en escupirlo, mas los viejos esperaban esa reacción de asco en mi rostro con ánimos de indignarse, así que no quise ofenderles…habían sido tan buenos conmigo. Lo tragué. En cuanto el gusano tocó mi estómago supe que seguía vivo. Los ancianos se levantaron y sin que yo pudiera evitarlo, el aquelarre en pleno retomó el sendero. Quise alcanzarlos. Un yunque en mi interior impidió levantarme. Miré al último de los ancianos llevar en su mano corrugada mi famoso revólver: eso resultó igual a robarse también mi alma.
Un ser compadecido me condujo al hospital tras de hallarme desmayado a la vera del camino. Le platiqué esta misma historia. Pareció importarle únicamente el asunto de los gusanos. Aseguró que el gusano el cual comí no era de maguey sino un gusano blanco alimentado con sangre de toro para simular ser de maguey y agregó información quizás irrelevante, dijo que en los mercados los neófitos solían preferirlos por sus rojos encarnados e insistió varias veces en saber el precio y la cantidad en las cuales según yo lo compré. No me creyó cuando le respondí con la verdad y vociferó que debían refundir en la cárcel a esos mercaderes fraudulentos…

— Mire usted, señor Marlowe, pudiera explicarle muchas cosas y probablemente usted no entendería ninguna de ellas. Ya lo dijo el viejo yaqui “te indicó la dirección donde está el infinito con la seguridad de que no podrás verlo”. Sin embargo no anticipe ese gesto de decepción hacia mi humilde persona. Le diré alguna cosa sólo porque estoy convencido de que no saldrá usted de aquí. Los Dos Conejo usaron un truco barato de mercachifes de tianguis con usted lo cual por nada del mundo lo hace un tonto, la ignorancia no nos hace tontos, sólo menos felices.
Si le sirve de consuelo cayó ante los mismos nigromantes quienes denigraron, empulcándolo, al dios Serpiente emplumada, príncipe de Tula. El arma predilecta de Dos Conejos es el maguey. En efecto, le dieron un gusano el cual en lugar de raíces de maguey hizo de la sangre su festín, aunque no la sangre de un buey, no, señor Marlowe; Los Dos Conejo alimentaron a ese gusano con la sangre de un familiar suyo demasiado cercano y querido; no ha recibido usted la noticia de esa misteriosa ausencia…fallecimiento, pues se trata aún de un evento a lo sumo reciente. Lo sacrificaron horas antes de que usted contemplara a un grupo de ancianos jorobarse ante la mortaja de un maguey. El resto de sus familiares confían demasiado en que usted, detective entre detectives, resolverá el caso cuya víctima le atañe más que ninguna otra, pues el cadáver pertenece a…a…
— ¡Será usted pastura de otros gusanos, mi estimado señor Marlowe! —dijo por último Ángel María Garibay Kintana cuando Philip Marlowe se desplomaba muerto en su propia trampa.

Sobre el Autor – Juan de Dios Maya Avila (Tepotzotlán, 1980). Formó parte de la redacción del suplemento de libros Hoja por Hoja. Ha sido becario de la Fundación para las Letras Mexicanas y del Fonca. Ganó el Concurso de “Cuento, Mito y Leyenda Andrés Henestrosa 2012” con la obra La venganza de los aztecas (mitos y profecías) misma que publicó la Secretaría de Cultura de Oaxaca.

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