Kuno Onihanta en la corte de los zorros

Me dolía la espalda, justamente entre el omóplato izquierdo y la columna, donde sentía como si una katana invisible estuviera apoyándose esperando una orden para hendirse y llegar hasta mi corazón, hiriéndome sin sangrar.

Aun así mantuve la postura perfectamente recta, con las palmas de las manos apoyadas serenamente en mis muslos, sobre los pantalones hakama amplios y negros. Mis palmas no sudaban, el aire frío de la montaña bajaba despacio esa noche, refrescando la sala de audiencias, meciendo suavemente las pantallas de las lámparas de papel que nos iluminaban. Debajo de la túnica hitatare blanca, mi corazón latía despacio. No con la tranquilidad del tigre que baja a beber al río, sino con el temor del ciervo que hace lo mismo y no quiere que sus latidos lo delaten.

La herida en mi frente había sanado, suficiente como para haber retirado el vendaje esa mañana y evitar la ofensa de mi propia sangre ante los ojos de los invitados.

¿Me hubiera sentido mas seguro de haber tenido mi propia katana a mi lado? ¿Su presencia hubiese echado a un lado esa otra hoja afilada que sentía en mi espalda? Eran los pensamientos de un niño, no de un hombre.

Contuve una sonrisa al pensar en mi propio padre riendo a carcajadas de mi último pensamiento: “¿Tú eres un hombre? ¡Pero si al amanecer te cargué en mis brazos, y esta mañana estabas aprendiendo a caminar! Al mediodía agitabas un palo en contra de las libélulas y mariposas del estanque, antes de caer y venir llorando ante tu madre, ¿y me dices que esta noche eres un hombre?” Y reiría mucho, mientras pelaba melocotones para ponerlos a fermentar.

Yo era un hombre, o al menos eso decía mi frente afeitada y mi título de Onihanta. Eso había dicho el Shogun después de haber aprobado mi matrimonio con la hija del fabricante de tambores, Aiko.

Pero mi padre, el Shogun y Aiko estaban muy lejos. Tal vez mi señor dormía plácidamente con su esposa y sus amantes, soñando con problemas administrativos. Tal vez mi padre miraba por la ventana pidiendo a nuestros simples ancestros que me protejan. Y Aiko estará ayudando a su padre viudo a curtir el cuero de los tambores que sonarán en nuestra boda, escuchando percusiones que seguramente no son las que yo estoy escuchando ahora, tan graves, retumbando por toda la sala, haciendo vibrar el tablado sobre el que me encuentro arrodillado, inmóvil y mirando con respeto a mi anfitrión. Tambores que no fueron hechos con piel de búfalo acuático, que yo no debería de estar escuchando.

Oji No Kitsune vestía un kimono brocado con oro, sobre el que zorros de nueve colas parecían retozar cuando una ligera ráfaga de viento recorría la sala. Sus ojos negros dejaron de estar clavados en los míos, y al dejar de observarme, la punta afilada del acero que apuntaba a mi corazón desapareció.

— Así que este es el bruto que mataba mi ganado, aplastaba mi arroz y se cagaba a las puertas de mis templos —resopló a través de sus afilados dientes.
— Si, señor —alguien respondió con voz aflautada a mis espaldas. Mantuve mi mirada fija en los pies de largas uñas afiladas del amo del palacio.
— ¿Este es el infeliz que violó a una de mis actrices favoritas? ¿Por él una muchacha virgen cometió seppuku?
— ¡Es él! ¡Yo lo vi! —los ánimos parecían empezar a exaltarse, la geisha que tradicionalmente debía mantenerse callada, había ignorado el protocolo, dejándose llevar por la ira contenida.
— ¿Y tú eres quien le dio muerte? —la lengua del Oji No Kitsune era roja, como una flor de cerezo regada con sangre. Sobresalía mientras él jadeaba, conteniendo sus emociones.

Delante de mi, entre el Príncipe de los zorros y yo, estaba la cabeza enorme de un Ogro Oni, separada de su cuerpo desde la noche anterior, con el cuello cauterizado y colocada sobre una canasta de bambú improvisada, para evitar que sus fluidos sin coagular ofendieran el suelo que pisaba aquel zorro de dos metros que caminaba en dos patas, y que regía sin discusión más allá del bosque Aokigahara.

El gesto del Ogro Oni, como salido de una máscara de teatro, sonreía, escuchando sin oír las acusaciones, todas ciertas, que la corte de los zorros le acreditaba. Sus cuernos, ahora romos, apuntaban al Oji No Kitsune sin prometer heridas o muerte. Su piel negra de origen en la que los moretones y cortes del combate no eran tan evidentes, colgaba de las mejillas infladas y fofas que tantas veces se rellenaron con carne, no solo de niños, sino también de ciervos, tigres, grullas, búfalos e innumerables zorros, tanto los que merodean cerca de las aldeas humanas, como de los que provienen del mundo sobrenatural. Y aquellos ojos temibles y socarrones, ahora estaban blancos y vacíos, pudriéndose a la luz de las lámparas.

— Sí, mi señor. Yo lo maté anoche —el Ogro Oni parecía reír detrás de sus colmillos ambarinos, afilados como navajas de jade, sin hacer ruido.

Oji No Kitsune estaba de pie delante de mí, sus largos empeines hacían parecer a sus piernas torcidas hacia atrás dentro de los hakama de lana, bajo los cuales no había sandalias, sino dos patas de pelo blanco y uñas tan filosas como la katana que no le serviría de nada aun si la tuviera desenvainada y delante de él.

El Príncipe plegó el abanico y lo apoyó en mi barbilla alzando mi rostro afeitado, para así verme muy de cerca, clavando en mis ojos un par de negras joyas que tenían dos brasas de carbón en el fondo. Su naricita húmeda parecía la de un cachorro, pero los dientes afilados eran los de una bestia que juega con su presa, colmillos y caninos que custodiaban aquella lengua cebada con sangre de quien sabe cuantos hombres, que se movía haciéndolo hablar como uno de mi especie.

— Cuéntame, Kuno Onihanta… ¿Cómo un hombre tan pequeño como tú pudo matar a un monstruo como ese?

Bajó su abanico y prosiguió caminando detrás de mí. La postura erguida que había mantenido durante la última media hora era mi sostén. Sin mostrar miedo o insolencia; debía mantenerme así, como un monje en profunda meditación. Mirando a mi víctima, que disfrutaba el giro que había tomado la historia, sonriendo más allá de la muerte.

— ¡Que haya música de shamisen! ¡Qué suenen los tambores taiko y las flautas! Este humano va a contarnos su gran gesta heroica —a la orden del amo las mujeres zorro golpearon los tambores, soplaron las flautas y tocaron las cuerdas. Una música lenta y solemne se mezcló en el aire y el incienso que perfumaban la sala, mientras los invitados del amo se sentaban en el piso, dispuestos a entretenerse.

Pero yo no era un contador de historias como el abuelo Akira. Yo era un hombre… un muchacho simple, con la cabeza llena de sueños, que creía saber como blandir un arma y dar muerte. Pero ahora las palabras serían mi arma, porque el amo de la casa había exigido una gesta, y no entregársela sería una sentencia de muerte para mí. Si volvía a pedírmelo, la ofensa estaría hecha.

— Con tu permiso, mi señor, Príncipe de los Zorros Oji No Kitsune, voy a contarte cómo fue que vencí al Ogro Oni que asolaba tus tierras y quien te ofendía —esperé a que volviera a su lugar, cuando estuvo en él adoptó una postura relajada, y que me perdonen los dioses de mis ancestros, pero al mirarlo al rostro, juro que estaba sonriendo.
— Que ni el viento de las montañas interrumpa la historia que nos vas a contar, hijo de mujer.

Y así comenzó mi historia:

“Has de saber, ¡Oh gran señor del Bosque Prohibido! Que soy un hombre joven que poco sabe del mundo, apenas un niño que blande una espada. Allende tu comarca existe el pueblo de Doramu No Mizo, en el que su gente se dedica a fabricar tambores, pero no tan finos como los que tú posees y que es tributaria del Shogun Mishima. Nuestro señor es generoso, más no tanto como tú y me permitió pedir en matrimonio a la doncella Aiko, hija de un curtidor, cuya belleza es sencilla como flor de kiku pero su corazón es tierno como melocotón e igual de dulce.

Quiso el señor de aquellas tierras que para poder autorizarme la mano de Aiko en matrimonio, le llevara una prueba de mi lealtad y mi capacidad como cazador, pidiéndome que le llevara como muestra de mis habilidades, no a un Ciervo de Nara, sino a un pequeño pájaro papamoscas amarillo vivo. Al principio no me pareció una tarea demasiado difícil, y armado con una red, una bolsa con mijo y mi katana, me despedí de mis padres para adentrarme en el bosque.

Pero en esta época del año el follaje ya empezó a cambiar, y aunque tengo un par de buenos ojos en esta cabeza imprudente, el color del pájaro lo camuflaba entre las hojas amarillas. Siguiendo sólo los trinos y el aleteo del animalito, seguí internándome en el bosque, alejándome velozmente de los límites del reino que habito y adentrándome en el que tienes a bien administrar.

Antes de que cayera la noche y el ave se retirara a dormir, busqué un árbol que le fuera propicio para esto y limpié de hojas y musgo el suelo, para poder colocar el mijo. Me dispuse a esperar su llegada, silbando de manera que imitara a otro papamoscas. Así esperé durante las últimas horas del atardecer, inmóvil, hasta que el ave se posó delante del mijo y comenzó a picotearlo. Lo dejé hincharse de grano de manera que le resultara más difícil elevarse, y cuando me pareció que se hubo saciado, lancé mi fina red para capturarlo vivo.

Tuve éxito al primer lance, y me permití regocijarme, lanzando un grito de alegría y triunfo. Con cuidado sujeté al animalito, cuyo corazón latía desesperadamente, y lo introduje en una canasta de mimbre que ya tenía dispuesta para ello.”

Hice una pausa para mirar a mi auditorio. Parecían interesados hasta ese momento, mirando a veces la cabeza del Ogro y a veces mirándose entre ellos antes de volver a observarme. Sentí que me miraban de la misma forma que yo había vigilado a mi pequeña presa voladora, esperando el momento para lanzarse sobre mí. Pero ninguno movería una garra sin instrucción de su Príncipe, y él parecía relajado y atento. Conquistar esas largas y afiladas orejas era mi único objetivo.

— Sírvanle saque al invitado para que moje su garganta y aclare sus recuerdos —Ordenó el gran zorro blanco, y de inmediato una geisha parda, sin hacer ruido, colocó la delicada copa ochoko en mis manos y vertió de la botella tokkuri un líquido aromático y cristalino.
— Si me lo permites, Príncipe de los Zorros, brindaré por tu hospitalidad —alcé la copa al terminar de hacer el brindis y di un trago breve. El licor era fuerte, como un primer beso apasionado a escondidas, aromático como las manos de una madre cuando terminan de bañar a un hijo recién nacido. Y en el retrogusto, una sonrisa afilada y maligna, venenosa y dulce, de alguien que te observa desde la oscuridad.

“La noche había caído y aunque intenté retomar el camino, me fue imposible salir de tus bosques. Por el contrario, me interné aun más, cruzando veredas que de día no había visto, hasta llegar a un riachuelo de agua helada que hendía la ladera de la montaña, lavando cantos rodados blancos como cráneos bajo sus aguas. Cansado y sediento, me incliné para beber sin precaución.

Una buena cantidad de pasos más abajo, lo que hubiera confundido con una gran piedra negra de haberla visto en la oscuridad, se irguió y limpió sus fauces con el dorso de una mano humana pero monstruosa. Me replegué para ocultarme detrás de un árbol al ver que el Ogro Oni giraba hacía mí esta horrible cabeza, que ahora yace delante de nosotros.

‘¿Quién está ahí, ensuciando el agua que bebo?` Preguntó olfateando el aire que para mi mala fortuna soplaba desde mi dirección.

‘Sólo soy un pequeño papamoscas amarillo, que no le hace ningún mal a nadie` respondí yo.

‘Si eres un pajarito ¿por qué no trinas para mí?` Astuto, pretendía que siguiera hablando para encontrarme, ya que no podía verme y empezaba a avanzar hacia el árbol donde me había escondido. `No tengas miedo, pajarito, si trinas bien, me harás sonreír y yo te daré un regalo: Tengo mucho arroz guardado en mi cueva. Puede ser tuyo si me cantas`

Resguardé en un tocón viejo mi tesoro, la encomienda de mi señor que me permitiría tomar a Aiko como mi esposa, y descalcé las sandalias para no hacer ruido.

El Ogro golpeó el árbol donde esperaba hallarme tan fuerte, que todas sus hojas cayeron al mismo tiempo. Con la vista nublada y el oído distraído por el rumor de las hojas, di un salto y desenfundé la katana, dando un tajo profundo en su garganta. Su sangre negra brotó como si de un pulpo asustado se tratara, tiñendo de negro el tapiz de hojas a nuestros pies.

Cuando cayó, mientras la luz de sus ojos empezaba a extinguirse, imploró entre gorgoteos saber quién era su verdugo. Me acerqué envainando la espada y me presenté ante él. Fue extraño pero sonrió al verme. `Nunca esperé encontrar a un muchacho tan adentro del Bosque de Oji No Kitsune. Tampoco que fuera a matarme” y esas fueron sus últimas palabras.

Yo sé quién eres, Príncipe de los zorros, y sé de la horrible enemistad que existe entre tu noble gente y los Ogros Oni que sólo saben causar el mal. Por eso trepé al árbol más alto a la mañana siguiente, y busqué los tejados de tu palacio. Me aseé y tejí esta canasta de bambú para traerte el regalo de la cabeza de tu enemigo esta noche, lo que espero te complazca y me otorgue el regalo de tu perdón”.

La música cesó con un largo acorde del shamisen.

Oji No Kitsune seguía sonriendo cuando terminé de hablar y di el último sorbo de sake.

Se puso de pie y de nuevo caminó hacia la cabeza del monstruo. Agaché la mirada y vi como dos pares de garras grises, de sus criados, sujetaban la cesta y la levantaban para retirarla de la sala de audiencias, sin hacer ruido.

El Príncipe de los zorros se encuclilló delante de mí y acercó su hocico a mi rostro.

— Por liberar a mi gente de esa peste, tu amada Aiko sabrá que cumpliste tu cometido —el zorro hizo una señal y otro de los siervos le llevó la canasta de mimbre dentro de la cual estaba apresado el pajarito amarillo. Mi corazón empezó a latir con fuerza, llevando sangre encendida de alcohol a mi cerebro que luchó por no nublarse. Mi postura era firme como un gran árbol, pero un tifón de miedo lo azotaba en cada resoplido del zorro blanco humanoide que estaba delante de mí.

Oji No Kitsune abrió la canasta y con cuidado sujetó al pajarito, que temblaba con el miedo que nos atenazaba a ambos, lo sostenía con respeto y cariño, ya que al fin y al cabo era un habitante más de su bosque, y se lo entregó a una de sus esposas, quien lo atesoró contra ella mientras caminaba despacio a una de las ventanas por las que había dejado de soplar el viento de la montaña.

— Pero entraste a mi comarca sin permiso, y eso se castiga con la muerte.

Sobre el autor: Abraham Martínez Azuara “Cuervoscuro” (Tampico, Tamps, 1975) Escritor cuyas historias han aparecido en México en Tierra Adentro, Revista Hiperespacio,Horizonte Cero y Cactus  entre otras. En el extranjero ha publicado en Heavy Metal Magazine, Strange Aeons, Strip Magazine, Próxima, y para DC Comics Digital coescribió Earthbuilders.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s