El Gran Incidente

Los periódicos, ya fuera en su edición impresa o a través de sus páginas de internet, dieron a conocer algunos detalles de la situación. Augusto Salazar, presidente del Banco Regional, no pudo ocultar por más tiempo las irregularidades que desde hacía casi medio año se venían suscitando. Era muy común que un cliente deseara efectuar algún retiro y los cajeros se disculparan diciendo que no había fondos, de manera que la única forma de llevar a cabo dicho movimiento era mediante la emisión de un cheque que podría cobrarse en una sucursal externa, mermando la ya de por sí crítica situación del Banco Regional. Y puede ser que un suceso como el anteriormente descrito no tenga nada de novedoso, sobre todo en tiempos de crisis financiera como los que vivimos ahora; empero, Augusto sabía que su banco siempre había soportado infinidad de ventoleras y tempestades como para verse en semejantes apuros. A diario recibía llamadas y visitas de clientes distinguidos que amenazaban con mudarse a otro banco en caso de que continuaran presentándose ese tipo de inconsistencias, porque no sólo los retiros eran complicados, sino que incluso los intereses se habían ido a la baja y los cuentahabientes –antes satisfechos con lo que sus ahorros producían– tuvieron la impresión de que estaban sembrando sobre tierra infértil. De manera que el presidente Salazar se dedicó a conservar a sus principales clientes a base de promesas vacías, alegando que en unas semanas la taza se normalizaría, y no sólo eso, sino que su paciencia se vería recompensada por una serie de incrementos considerables.

Muchos directivos en tales circunstancias se habrían desesperado, incluso se contaba que en otros estados y países algunos banqueros habían cometido suicidio ante tan nefasta situación; pero ese no era el caso de Augusto, quien siempre se mostraba alegre, de lo más sereno –sin necesidad de esos medicamentos recurrentes– y bastante amistoso con los clientes que en más de una ocasión llegaron apoyando sus dichos en amenazas y todo tipo de términos ofensivos para con el presidente. Una vez concluidas las visitas y en la soledad de su oficina, paseaba la vista rápidamente por el lugar, observando un librero repleto de obras de historia y filosofía, un astrolabio sobre su escritorio, un cuadro que colgaba de pared al que todos conocían como La oración del huerto, donde aparecía Jesús de Nazaret tendido de rodillas apoyando los codos sobre un montículo de piedra mientras una luz descendía de los cielos para iluminar su rostro, y su pieza predilecta, una cúpula de cristal que descansaba sobre un pequeño buró, que resguardaba un trozo de piedra caliza, que según le habían comentado en una improvisada feria de ciencias, era un trozo de un planeta que cada década se acercaba más y más a la tierra, y que en poco tiempo produciría una terrible colisión que estremecería a todo ser vivo, y el vendedor agregó que tal suceso tendría lugar en veinte o treinta años. ¡Qué poco faltaba para la tragedia! Se decía Augusto todas las mañanas apenas cobraba conciencia de sí, por esa razón intentaba mostrar siempre su mejor rostro al día a día, porque en sus palabras, no tenía sentido vivir angustiado, triste o molesto, sobre todo cuando el fin ya estaba tan cerca.

El presidente Salazar estaba próximo a cumplir los cuarenta, era muy delgado y de piel pálida, a veces muy clara, otras casi amarillenta. Esto debido a que comía muy poco, alegando que de esa forma acostumbraba su organismo a los tiempos difíciles que se avecinaban, al inexorable caos que observaba vigilante sobre las cabezas del género humano.

Y sentado sobre su escritorio encendió la computadora y accedió a internet: a diario buscaba información relacionada con tan terrible futuro, pero todas sus búsquedas eran estériles, porque internet estaba repleto de conspiraciones absurdas, mas nada respecto a ese suceso que habría de conocerse como El gran incidente, nombre que él mismo le otorgó luego de que en uno de sus viajes por Europa durante la temporada vacacional, para ser exactos, a España, se encontró con un campesino que cultivaba la tierra, que se sorprendió cuando Augusto se acercó a tomar algunas fotografías de los bellos sembradíos de la Madre Patria. El campesino preguntó si entendía su idioma, Augusto respondió afirmativamente.

– Le quiero contar algo: hace años, cuando era un chaval, vinieron unos hombres del gobierno de Estados Unidos y se dedicaron a estudiar la tierra. A mis padres les pagaron bastante dinero por quedarse unos días, tomaron fotos, igual que usted; depositaron muestras de tierra, agua y plantas en unos frascos y bolsas. Y una vez que se fueron, uno de ellos nos dijo: “Agradecemos su ayuda, por eso queremos decirles, sin dar muchas explicaciones, que el fin del mundo va a llegar en el año 2038, así que tomen las debidas precauciones. Será un gran incidente.” Dicho esto se fueron para no volver. Pero olvidaron unos aparatos bastante raros. Soy un hombre pobre, de modo que si gusta se los puedo vender.

Augusto aceptó la oferta del hombre, y por doscientos euros se llevó a casa material que podría salvarle la vida: tres tubos de cobre que cabían en la palma de su mano y una manija de aluminio muy similar a la de grifos de agua. Y dichos materiales siempre descansaban en la caja fuerte de su oficina junto a algunos millones que tenía reservados para cualquier situación no planificada.

Pero Salazar no era un hombre egoísta: sabía que era injusto guardar esa información para sí mismo, pero también tenía la absoluta certeza de que cualquier persona lo juzgaría loco si daba a conocer semejante noticia. De modo que optó por crear una página de internet donde podría escribir todo tipo de artículos relacionados con El gran incidente. Mismos que durante los primeros días no recibieron una sola lectura, pero que con el paso, primero de los meses y luego de los años, se había convertido en una página donde todo tipo de aficionados a las conspiraciones saciaban su curiosidad. “El gran incidente se acerca, estamos a tiempo de encontrar la salvación, la humanidad debe unirse, todo está escrito y es nuestro deber superar el inminente fin de los tiempos”, eso, por ejemplo, es lo que a diario se difundía en aquel sitio, mientras que otros usuarios se dedicaban a preguntarle qué debían hacer si querían salvar su vida y la de los suyos. Augusto se limitaba a decirles que tuvieran paciencia y corrieran la voz, porque cuando la tragedia estuviese a la vuelta de la esquina, él se encargaría de guiarlos por el sendero de la salvación. Muchos creyeron en sus palabras, al grado que su página comenzó a recibir cientos de visitas diariamente, cosa bastante rara, porque el aspecto de la página era de lo más escalofriante: tenía una ambientación sonora bastante desagradable, algo similar al sonido que emitían los CPU de las computadoras de los años noventa, además de que aparecían todo tipo de fotografías en blanco y negro donde se mostraba a niños desnutridos y tierras pasando por una etapa de sequía, sin mencionar que constantemente escribía abreviaturas y series numéricas ininteligibles. Pero después de todo, esa era la mejor manera de mantenerse enterados de lo referente a aquel futuro caótico.

Pero si bien, las promesas hechas a los clientes del banco eran vacías, no ocurría lo mismo con lo dicho a los que seguían los detalles del anunciado fin del mundo: Augusto tenía un plan para salvar cuantas vidas se pusieran en sus manos. Se comunicó con un ingeniero químico para que analizara las piezas obtenidas en España, esto luego de haberle contado toda la información proporcionada por aquel campesino: el experto en materia dijo que aquellas piezas eran un material de lo más valioso, que en efecto pertenecían al gobierno norteamericano, y que seguramente habían sido obtenidas de un OVNI que se había estrellado años antes en el desierto.

— Si gusta, puedo reproducir este material para… ¿ya se lo imagina? —quiso saber el ingeniero.
— Claro que lo imagino —respondió Salazar con una sonrisa.

Así comenzó a invertir gran parte de su capital, y de sus clientes, en la construcción de una nave que podría preservar a la raza humana luego de la catástrofe. Augusto consideraba que aquello era una idea maravillosa, que sólo un genio podía haber elucubrado un plan tan perfecto. Se encontraba satisfecho consigo mismo, porque una vez que tuviese lugar El gran incidente, el mundo lo reconocería como su salvador. Aquel plan fue bautizado como la Operación Julio César, misma que habría de crear un nuevo gobierno y una raza suprema que por siempre se ufanaría de haber sobrevivido al fin del mundo. El trabajo de los especialistas comenzó poco después, cuando en el patio de Salazar se colocó una reja de seguridad y se enterraron varias estructuras de acero que habrían de fungir como soporte de aquel vehículo en el que serían depositadas las esperanzas de la humanidad. Todas las noches, una vez que los trabajadores se marchaban, Augusto se acercaba al maravilloso modelo, que no medía más de diez metros de largo y no pasaría de los tres de alto, pero que se traducía como el proyecto más ambicioso del siglo, algo que seguramente ni los militares del norte habrían podido idear.

O por lo menos eso creía el banquero de ese modelo de cartón y forrado de aluminio, en el que los empleados del ingeniero no trabajaban hacía meses, mientras que se dedicaban a descansar y comer el día entero para recibir un adecuado salario cada quince días, este entregado por su jefe, quien siempre se llevó la mayor tajada.

Pero importaba poco, porque Augusto estaba seguro de que El gran incidente llegaría en pocos años, secando los ríos, exterminando la flora y fauna en su totalidad y haciendo de la supervivencia todo un desafío, mientras él y sus seguidores se marcharían a vivir sobre las estrellas en un mundo repleto de luz.

Y hasta el día de hoy seguimos esperando.

Sobre el Autor: Francisco Javier Morales Ramírez –  orginario de Celaya, Guanajuato, licenciado en Psicología Educativa por la Universidad Pedagógica Nacional, Unidad 112. Actualmente trabajo en educación primaria y educación media superior.

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