La muerte y su nueva voz interior

La Muerte había tenido mucho trabajo y estaba agotada. Buscó un lugar para descansar, pero quería uno donde nadie la molestara. Anduvo busque y busque hasta que dio con una cueva en la que, muy adentro, había un pequeño lago y dijo: va, me late.

Total que se acomodó a la orilla del agua en un pedacito de piedra que hasta parecía cama. Se puso a pensar en los últimos mil años y en cómo había dejado a la humanidad vivir tanto tiempo y sobre todo, de haber disfrutado más de la vida, siempre enfocada en el trabajo. Trabajo, trabajo y más trabajo.

En eso estaba pensando y dormitaba y dormitando se dio la vuelta y cayó al agua sin querer. Despertó inmediatamente, pues no quería ahogarse. En todo este tiempo desde el inicio de los tiempos siempre que tenía que ir por personas al mar usaba una lancha o un traje de buzo en los peores casos, pero nunca había sentido la necesidad de aprender a nadar. ¿Además qué profesor de natación habría querido enseñarle?

Total, que no supo cómo salió de ahí, pero estaba empapada. Se dio cuenta, además, de que su cabeza había quedado toda llena de agua. Trató de vaciarla, pero estaba cerrada por dentro. ¿Por dentro? ¿Quién habría querido cerrar su cráneo por dentro? Trató de rascarse la oreja, de estornudar, de cerrar y abrir los ojos con mucha fuerza, pero no, era imposible sacar el agua. Sentía que se iba de lado cada vez que se movía. Entonces escuchó una voz que le dijo:

–Oye, menos movimiento que ya estoy mareado…

La Muerte pensó: “Wey… esta no es mi voz interna de siempre… ¿qué me está pasando? Pero bueno, a lo mejor es porque realmente debo dejar de moverme, es una advertencia de mi subconsciente.”

–Oye, y… ¿qué tal unos charalitos?

“Achis, achis…” pensó ella, “¿de cuándo a acá me gusta esa botana?   Esos son unos pescaditos muy pequeños que se fríen y se les pone mucha sal y a mí la sal me hace daño… Además qué va a decir la gente, que soy pura botana y no me va a tener miedo…”

–Ándale, vamos a uno de esos restaurantes de mariscos donde ponen música para bailar muy pachangosamente, sólo no comas pescado, pide charalitos y lo demás que tú quieras.

–Oye, nueva voz interior, ¿sí sabes que soy la Muerte?

–Sí… ¿y?

–Pues que la Muerte es algo muy serio y debo cuidar mi imagen. No me puedo dar el lujo de que me vean en una situación… tan informal.

–Uuuu, pues qué aburrida. Vámonos de pachanga a la playa a tomar el sol.

–¿A tomar el sol? Pero si yo soy un ser de la oscuridad.

–Aliviánate, mujer, te ves muy pálida. Además estás muy flaca, te hace falta hacer algo de ejercicio y en la playa puedes correr y surfear y hasta nadar un poco.

–Pe pe pero… yo no sé nadar…

–Uy, hermana, es de más divertido.

La Muerte se dejó convencer y se fue a pasear a la playa, aunque no tenía otra ropa más adecuada, pues sólo poseía su vestido negro. Llevaba su toalla, su flotador redondo, unas chanclas, lentes oscuros, una pelota de playa, una palita y una cubeta, una sombrilla y un sombrero para el sol.

La gente corría muy asustada a su paso y ella se sentía muy incómoda.

–Oye, nueva voz interior, creo que no debimos haber venido.

–No te preocupes, tú sabes que nadie va a morir. Además a lo mejor lo que sucede es que vieron un tiburón.

–Ah, pues sí. Aunque creo que debí traer un poco de protector solar…

Poco a poco se fue acostumbrando la gente a verla. Puso su sombrilla y se acomodó para leer un libro que había dejado pendiente hace como quinientos años. La vista en la playa era hermosa, el sol pintaba todo de un color rojizo y las olas hacían un sonido muy relajante.

Dos niños se le acercaron y le preguntaron si iba a morir a alguien ese día.

–Lo siento, chicos, no estoy de servicio ahora. Es mi tiempo personal, por favor, respétenlo.

–Órale, ¡la muerte está de vacaciones! –dijo uno.

–¿Saben qué significa? –dijo otro. –Que podemos hacer muchas cosas peligrosas y no vamos a morir… podemos saltar de la cañada, nadar entre tiburones, y nadar hasta el fondo del mar…

–¿Morir? –dijo la Muerte. –¿Piensan que lo peor que les puede pasar es morir? Claro que no… hay cosas peores como quedarse paralitico del cuello para abajo, perder la vista, el oído, o hasta… hasta quedarse calvos como yo…

Los chicos le dieron la razón y prometieron cuidarse y se alejaron apesadumbrados a sentarse a la orilla de la playa.

–Oye, pero que agüitado eres, compadre, –le dijo su nueva voz interior. –Mejor te los hubieras llevado de una vez al otro mundo.

–Son niños y necesitan educación.

–Sí, pero también algo de diversión… ¿por qué no juegas con ellos a la pelota?

–Bueno, sí, me haría bien el ejercicio, como me habías sugerido.

Entonces la Muerte los invitó a jugar a ambos contra ella. Estaban muy divertidos saltando y aventándose la pelota cuando de repente la Muerte cayó mal en un salto y al caer se pegó en la cabeza. Los niños gritaron horrorizados, pues la parte de arriba se le había zafado. Ella se levantó y vio que el agua que tanto la molestaba se había salido, junto con un pescado muy trompudo.

–¿Quién eres tú?

–Soy Carlos, aunque tú me pusiste el nombre de “nueva voz interior”… por cierto, me estoy ahogando… ¿no me podrías regresar a tu cabeza?

–Pero… pero… yo pensé que realmente eras mi nueva voz interior…

–Me ahogo…

Los niños veían la escena con mucho interés, la Muerte corrió hacia el mar y trajo algo de agua en la cubetita y rápidamente puso al pez en ella.

–Oye, esta es salada y yo soy de agua dulce… creo que voy a morir…

–Te aseguro que no vas a morir mientras yo esté aquí.

–Me has servido mucho, y sí quiero que me sigas acompañando en la vida, pero ya me quedé sin agua. Qué te gustaría hacer, regresar al lago o que te ponga en una pecera.

–Yo no estoy hecho para el encierro, amiga. Mejor regrésame al lago y ahí me puedes visitar.

–Trato hecho.

La Muerte la regresó y, aunque estaba muy ocupada, cumplió su palabra de ir de vez en cuando a visitar a su vieja nueva voz interior. Además lo hacía con gusto pues siempre hacían cosas muy divertidas.

Don Patotas

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