Titán

Titán era un perro poco activo, para describirlo brevemente. De raza Boxer, no tenía el carácter amistoso y juguetón tan habitual en los canes de dicha raza. Él tenía un andar cansino y despreocupado. Difícilmente se proponía inmiscuirse en juegos o cualquier otra actividad que sus dueños le plantearan. Pasaba la mayor parte del día a la sombra del viejo roble, o echado dentro de su pintoresca casita de perros, cuyo nombre figuraba en la entrada con grandes letras. Sus actividades diarias se limitaban a comer, defecar y dormir. No quería demasiadas complicaciones.

Una sola cualidad tenía Titán, su temperamento guardián. Siempre estaba alerta a cualquier intruso o cualquier cosa que traspasara los límites de la propiedad de sus amos. Él no permitía que eso ocurriera. Ya se había ganado una buena reputación en el barrio y nadie se animaba a poner un pie en ese jardín, si el perro no estaba debidamente atado.

Los vecinos también sabían, que cualquier juguete u objeto que eventualmente fuera a traspasar la cerca de la casa en donde estaba Titán, podía darse por perdido. Raras veces quedaban vestigios de ellos. Titán se ocupaba de despedazarlos y luego enterrarlos por el parque. Había cientos de objetos enterrados en ese lugar, cuyos dueños no volverían a ver jamás.

Cierto día, mientras el perro estaba recostado cerca del roble, su sentido canino lo alertó de un ruido extraño. Era imperceptible para el oído humano, pero no para el aguzado poder auditivo de Titán. Era una especie de zumbido agudo. El perro subió las orejas de inmediato, buscando al intruso con su limitada visión. No pudo descubrirlo inmediatamente, pero su oído lo guió. Era alguna clase de artefacto volador, como un drone o un avión a control remoto, que sobrevolaba la propiedad de los dueños de Titán, describiendo unos extraños semicírculos en el aire. También parecía emanar humo de su interior. Debería tener alguna clase de avería.

El perro gruñó inmediatamente en cuanto vio al objeto. Cuando estuvo a la distancia adecuada, comenzó a ladrar. Si el juguete caía en su patio, estaría perdido como los demás.

Titán ladraba enfurecido contra ese objeto que no parecía tener un rumbo fijo. Cuando parecía que iría en una dirección, viraba hacia el otro lado. Cuando parecía que iba a caer, se elevaba nuevamente. En ningún momento dejaba de salir humo de su interior.

El perro estaba fuera de sí. Ladraba con furia y daba vueltas en círculos, justo por debajo del extraño objeto.  Tras una serie de imposibles piruetas, el objeto cayó definitivamente en el patio, muy cerca de la piscina. Titán acudió al lugar de inmediato, sin dejar de ladrar.

El artefacto, similar a un drone, quedó tirado sobre el césped, emitiendo una pequeña nubecilla azulada. Titán se acercó y le gruñó, pero se quedó a una distancia prudencial. El objeto estaba inmóvil. El perro ladró dos veces y aguardó. No había ningún tipo de actividad. Titán acercó su hocico hacia la cosa, que no debía medir más de treinta centímetros de diámetro, e intentó olfatearla. Rápidamente retiró la trompa, lanzando un leve quejido. El juguete estaba caliente. Si bien se mantenía inmóvil, el zumbido de su interior, aún era audible para el perro. Esto parecía alterarlo más.

Titán acercó una de sus patas delanteras y sacudió el objeto con ella. No hubo ninguna reacción. El perro gruñó muy ofuscado y se acercó aun más. En ese momento el artefacto emitió un leve destello y Titán sintió un pinchazo en su dorsal. Rápidamente se replegó y se alejó gimiendo. No obstante, esta situación no lo amedrentó, sino que lo enfureció más.

El perro volvió a la carga nuevamente y se lanzó contra el objeto con furia, haciéndolo girar y dar vueltas con sus patas. Los destellos salían otra vez desde el juguete, pero esta vez Titán no sintió nada. Esto le dio el coraje para arremeter una vez más. En esta ocasión el perro aferró la cosa con su mandíbula y tiró con todas sus fuerzas, haciendo contrapunto con sus patas delanteras. El objeto vibró y luego se partió en dos.

Titán quedó algo contrariado tras el episodio y sólo se limitó a observar a la mitad del objeto que estaba en el piso. La otra mitad, aún permanecía en sus fauces. El perro arrojó el elemento que tenía en la boca y se enfocó en los restos que quedaban sobre el pasto. Titán observaba fijamente, poniendo su cabeza de costado, como si estuviera confundido pero alerta.

Dos pequeñas criaturas salieron del interior del destruido objeto y cayeron sobre el pasto verde. No debían superar los cinco centímetros de altura y eran de color rosado. Titán los observó durante un instante y luego les gruñó. Parecía que querían escapar, pero eran muy lentas, demasiado lentas para las capacidades del perro. No tenían chance alguna. Titán ladró pero las pequeñas criaturas no detuvieron su marcha. Esto enfureció enormemente al canino, que no soportaba que nadie se metiera en su territorio. Él lo había delimitado personalmente con su orina. Esas criaturas estaban profanando su lugar y merecían un castigo por eso.

Titán se abalanzó sobre una de ellas y le hincó sus colmillos con fuerza. La pequeña bestia estalló, con una explosión de fluidos verdes y viscosos. El sabor no fue del agrado del perro, de manera que rápidamente la desechó. Pero aún quedaba la otra. Titán fue por ella rápidamente. El diminuto ser parecía querer escapar hacia la piscina. No tendría tiempo de llegar, era un campo de distancia para él. El furioso Boxer se lanzó encima de la indefensa criatura y la sujetó con su pata. Quería morderla pero recordaba el desagradable sabor de la otra. Dudó unos momentos, mientras gruñía y finalmente cerró sus fauces sobre la pobre criaturita. Otra vez ese espantoso sabor amargo llegó a su estómago. Titán bufó y sintió unas arcadas. Era la misma sensación que tenía cuando comía pasto para purgarse, él lo sabía bien.

Una vez que la amenaza fue despejada, Titán se dedicó a limpiar la escena del hecho, para no dejar ningún elemento extraño en su territorio. Así lo hacía siempre. Le costó volver a sujetar con la boca a aquellas criaturas tan desagradables al gusto, pero sin embargo lo soportó. Esa era su obligación.

Con la sensación del deber cumplido, Titán aprovechó el resto de la tarde para lamerse sus partes íntimas y a dormir bajo el viejo roble. Ya no tenia de qué preocuparse.

Sobre el Autor: Fernando Alberto Camardelli (1974, Ciudad de Lanús, Provincia de Buenos Aires, Argentina) Comenzó a escribir a principios de 2016 y ya lleva escritas cuarenta y un obras, entre novelas, relatos breves, micro relatos y poemas. Se dedica preferentemente al género del terror, thriller y suspenso, aunque también escribió algunas historias de drama y ciencia ficción. Actualmente está trabajando en dos novelas: una es un thriller y la otra es la secuela de una historia de ciencia ficción, llamada “La Anomalía”, que participó del Concurso Clarín de 2016. 

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