El adagio en sol menor no es de Albinoni

David tocó su cabeza, mareado y adolorido; y al mirar su mano vio una mancha roja resaltando en el blanco de su guante. Poco a poco las imágenes se fueron reuniendo en su mente hasta recordar lo sucedido.

— Me parece una tontería Richard —replicó David.
— Pero te digo que es verdad; o al menos una posibilidad real. De hecho, yo conocí a alguien que pasó por eso —Richard guardó silencio, esperando la reacción de David.
— Bien, sorpréndeme —le dijo David con una sonrisa.
— Fue hace años —comenzó Richard—. Tony, un viejo amigo de la secundaria, empezó a tener problemas del corazón. Agudos dolores en el pecho al principio, hasta que un día sufrió un infarto, uno grave. En el hospital, el médico le dijo a su esposa que otro infarto sería mortal y Tony necesitaba un trasplante de corazón urgente…

Richard contaba su historia a David mientras manejaba rumbo a San Antonio, al concierto de Pantera. David en la parte de atrás del coche jugaba con una pequeña pelota azul, botándola en el vidrio. Sin embargo, escuchaba atentamente a Richard. Y Richard lo sabía; sabía que cuando David lucía atento en una conversación en realidad estaba pensando en cómo pagar las cuentas del mes. Richard continuó:

Tony era un buen empresario y eran una familia con mucho dinero, así que no les fue difícil conseguir ese corazón y que la cirugía se hiciera cuanto antes… Bueno, antes de seguir, te diré cómo era Tony, el Tony que conocí desde la secundaria hasta ese día: reservado, intelectual, no hablaba mucho, casi ni se movía. En una fiesta, veías a la gente pasar, reír, bailar, beber de su copa y hacer el ridículo cuando se pasaban de copas… Y todo ese tiempo podías ver a Tony parado, en el mismo lugar, con la copa llena en la mano y sin decir una palabra. Pero pregúntale de música clásica y no lo detendrás. Podías oírlo durante horas diciendo que el Réquiem de Mozart esto…, que la quinta de Beethoven aquello…, que el Adagio en Sol menor no es de Albinoni… no sé, todo lo que pueda saberse de música clásica… En fin, la cirugía salió bien y cuando se recuperó y estaba listo para regresar a casa, lo recibimos con una pequeña reunión de bienvenida y su pieza favorita: Also Sprach Zarathustra, de Strauss. Apenas oírla, preguntó: “¿Qué es eso? Es tiempo de festejar, no de dormir”. Subió a su coche, salió a la calle y regresó diez minutos después con un disco (ahí se había dirigido, a la tienda de discos). Lo puso… y no lo creímos… El disco era Hits of Dance Music 4 Parties; un disco moderno de éxitos bailables. Y no fue sólo eso. A partir de ese día Tony fue el alma de las fiestas: bailaba, conversaba, bebía como náufrago.

— Dave, era increíble ver al “Callado” Tony bailar como un experto. Y nunca más le escuché decir nombres raros como Vivaldi o Rachmaninoff… Era como ver un clon juerguista del viejo Tony que conocí.
— Y cuando investigaron al donador resultó ser el DJ más ebrio y animado de todo Ibiza —dijo David dejando de botar su pequeña pelota azul, medio en burla y medio esperando una buena respuesta de Richard.
— No —dijo Richard—. No investigaron quién fue el donador. Pero si hubieras conocido a Tony entenderías de lo que hablo. Ese cambio, justo después de la cirugía, fue en verdad drástico. Aunque sólo pudiera ser una nueva decisión sobre aprovechar al máximo su nueva oportunidad… si lo hubieras visto bailar… todos nos preguntamos dónde diablos aprendió a bailar así. En fin, justo un día antes del infarto de Tony vi un programa donde hablaron sobre eso: se especulaba sobre la posibilidad de que la memoria no sólo la retengan las células cerebrales, si no las células de todo el cuerpo; en las histonas del ADN o algo así. Por tanto, el trasplante de un órgano bien podría ser también un trasplante de memoria…
— Y así todos los donantes deberían ser una reencarnación de sus donadores —interrumpió David.
— No todos —Richard meditó un momento—. Tal vez sólo cuando el donador muere con un pensamiento o emoción intensa se transfiere esa memoria o experiencia a la personalidad del donante. Tal vez el donador de Tony murió imitando a John Travolta o algo así —dijo Richard sonriendo.
— Tal vez —David se rió—. Eres una bala perdida amigo.

David y Richard habían sido los mejores amigos desde la preparatoria, donde descubrieron su mutuo interés –o sería mejor decir apasionamiento– por el Heavy Metal y la literatura de Horror. Se pasaban horas en casa de uno o de otro escuchando a Metallica mientras leían a Lovecraft. La amistad continuó cuando terminaron la preparatoria, a pesar de que no fueron a la misma universidad. Tiempo después Richard presentó a David con Mary, la actual novia de David. Cuando Richard se mudó de casa de sus padres, David lo ayudó a conseguir una casa buena y barata. Esa amistad ayudó mucho a David después del suicidio de su mejor amigo, Daniel, en la secundaria.

— ¿Y cómo sigue tu relación con Mary? —dijo Richard cambiando de tema—. La última vez dijiste que no tan bien… De hecho parecía que hablabas de Mary como tu esposa, no como tu novia.
— No va bien —dijo David poniéndose serio—. Ya no nos llevamos como antes. Ni siquiera peleamos, sólo esos silencios incómodos, evitando mirarnos a los ojos por miedo a darnos cuenta de que ya no nos amamos. Creo que esta noche terminaremos —Richard vio la mirada triste de David a través del retrovisor.
— No digas eso Dave —repuso Richard—. Todas las relaciones tienen altibajos. Seguro pueden arreglar lo que sea que haya enfriado su relación.
— No Rick —dijo David, aun serio y mirando al suelo—. Una cosa son los altibajos o que la relación se enfríe y otra muy diferente es que se haya acabado el amor.

Richard también se puso serio y un semblante grave apareció en su rostro. No supo qué decir al respecto y, para cambiar el tema, dijo a David: Y ese guante blanco, Michael Jackson. Sólo te faltan los diamantes.

David sonrió, pero no levantó la mirada.

— Hace tres años, cuando Mary y yo empezamos a salir, fuimos a la feria. Nos divertimos mucho y cuando nos íbamos vimos un puesto de curiosidades. Había un par de guantes blancos: “Los Guantes del Amor” —David soltó una risita burlona—. El vendedor nos contó que eran procedentes de la India y una leyenda decía que la pareja que los usara, uno cada quién, permanecerían juntos para siempre.
— El Amor a la venta en una feria por cinco dólares —dijo David en tono irónico.
— Nunca he creído en esas patrañas, pero comprarlos me pareció un buen detalle para conquistarla.
— El Señor Metal Pesado comprando los Guantes del Amor —se burló Richard mirando a David por el retrovisor.
— Mea culpa —dijo David sonriendo—. Sabes que no suelo hacer esas cursilerías, pero esa vez lo hice. Mary me gustaba mucho.
— ¿Y los usaron?
— No. Mary tampoco es del tipo supersticioso, aunque le parecieron un bonito detalle. Bueno, en cierta forma funcionaron. De regreso llegamos a mi casa e hicimos el amor toda la noche. Ni siquiera recordamos los guantes.
— ¿Y después, no los usaron ni una vez? —preguntó Richard, serio.
— No —respondió David—. Mary los guardó como recuerdo pero ahí permanecieron guardados desde ese día, hasta hoy.
— ¿Y por qué lo estás usando ahora? ¿Mary también se puso el otro guante?
— No sé si Mary esté usando el otro. Pero esta mañana me dio por ponérmelo y dejé el otro guante sobre la mesita donde Mary lee sus revistas de espectáculos. Tal vez lo esté usando, tal vez no. Supongo que son las últimas patadas de ahogado por salvar nuestra relación. No le sé.
— Ya ves, amigo, aún hay amor —dijo Richard sonriendo.
— No, Rick. Amor no. Miedo —respondió David con voz seria y rostro triste.

David no quiso hablar más de su fallida relación al borde del precipicio y preguntó a Richard: ¿Y qué hay de ti? ¿Alguna sirena que haya mordido el anzuelo de Richard Hamilton?
Richard sonrió con una mirada triste, pero no dijo una palabra…

David oyó un fuerte ruido, sintió un zarandeo y las imágenes a su alrededor eran confusas; todo empezó a desvanecerse hasta que cerró los ojos; su mente confundida finalmente se cerró y quedó a oscuras.

El coche donde iban se había volcado mientras Richard trataba de esquivar una camioneta que se le atravesó repentinamente, a toda velocidad, cuando debía haberse detenido.

La camioneta, aún con los daños del choque, emprendió la huida. El auto donde iban Richard y David quedó destrozado del frente y volcado a varios metros de donde se hallaban. David despertó entre el metal retorcido y con la sangre nublándole la vista; la cabeza le dolía. David tocó su cabeza, mareado y adolorido y al mirar su mano vio una mancha roja resaltando en el blanco de su guante. Poco a poco las imágenes se fueron reuniendo en su mente hasta recordar lo sucedido. Trató de levantarse, sintió un agudo dolor en el estómago y después de recostarse nuevamente, su mente se desvaneció. La oscuridad una vez más.

David estaba herido, muy herido, en el hospital de San Antonio, con su novia Mary a un lado. Cuando lo vio despertar se acercó a él, le preguntó cómo se sentía y lo tomó de la mano. David sintió las suaves manos de Mary tomando la suya; las miró: una de ellas, cálida y desnuda; la otra, enfundada en un guante blanco, el Guante del Amor. Alzó la vista para mirar su rostro y se dio cuenta de lo bella que era, de lo bella que siempre había sido. La miró a los ojos. Sintió un inmenso amor que le hizo brotar lágrimas y olvidar que había tenido un accidente y se encontraba malherido en el hospital. Fue como si Mary comprendiera la mirada de David y la sorpresa anuló sus pensamientos. Después de un tiempo indefinido, mirándose a los ojos, la realidad de la situación regresó. David recordó a Richard, su amigo. Sus ojos se abrieron de par en par y preguntó preocupado qué había pasado con él. Cuando Mary bajó la mirada y las lágrimas empezaron a rodar a través de sus mejillas, David lo comprendió. Richard había muerto.
Mary le explicó que las heridas de Richard eran muy graves y los médicos no dieron esperanza. Sin embargo, logró permanecer semiconsciente unos momentos antes de fallecer, sin que los médicos se explicaran cómo, y Mary estuvo con él en sus últimos momentos; Richard preguntó por David, y al saber que necesitaba un trasplante urgente de hígado, pidió que después de morir usaran su hígado para salvar a David. Así sucedió; el hígado fue compatible. David dirigió la mirada a su estómago y vio una mancha roja sobre la bata blanca, en la parte donde estaba su hígado –el hígado de Richard-. David lloró en silencio, y en su interior agradeció a su amigo por darle otra oportunidad de vivir, de amar. Entonces volvió a ver a Mary; en ese momento recordó el silencio y la triste sonrisa de Richard al preguntarle si había una mujer en su vida. ¿Sería posible? La idea le pasó por la mente algunas veces en el pasado, pero no la tomó en serio. Richard se lo habría dicho. ¿O no? Era muy extraño. ¿Por qué este sentimiento era totalmente nuevo? Tal vez Richard tenía más razón de la que creía en cuanto a sus teorías sobre la memoria celular. Mary le preguntó a David si se encontraba bien. Saliendo de su arrobamiento, David sonrió y asintió con la cabeza.

—Sí, mi amor, estoy bien. ¿Sabes? —dijo David, tomándola de la mano y mirándola a los ojos—. Te amo, te amo como nunca te he amado…

 

Sobre el Autor: Jorge Sánchez  (Reynosa, Tamaulipas) – Nunca le gustó la escuela, pero siempre le encantó aprender. Sus principales pasiones son la historia (especialmente historia antigua), la música (sobre todo el rock y el jazz), y la lectura (sus escritores favoritos son H. P. Lovecraft y Philip K. Dick). Toca guitarra, dibuja ocasionalmente y empezó a escribir en marzo del 2016.

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