¡Despierta al nuevo día!

Como un pobre eco de dolor dejé de escuchar mis propios gritos y lamentos, sentí los ojos y puños oprimidos, mi cuerpo en el suelo bocarriba. Me incorporé con pesadez y quedé sentado en el pavimento, apenas cruzando la calle, mareado y todavía sin sentido de ubicación, abrí los ojos.

Comencé a girar la cabeza de un lado a otro tratando de observar y entender lo que había ocurrido, vi cómo la gente y los autos huían despavoridos del lugar sin que pudiera comprender el porqué. De forma súbita miré aquel engendro mordiendo mi pierna izquierda, por algún motivo no sentía dolor, sin embargo me horrorizó la escena. De forma instintiva me incliné y lo empujé, me vio extrañado y en un arranque de furia le grité: ¿Qué haces pendejo?

— Hambre —fue todo lo que respondió.
— No mames, ¿y yo qué culpa tengo? Además no soy comida, imbécil. Al dejar de hablar me miró sin gesto alguno y al verlo con más calma pude confirmar que era un cuerpo en estado franco de putrefacción, no pude evitar pensar “vaya infección la que me está pegando este pedazo de idiota”.
Al ver que no respondía, inquirí— ¿Entendiste lo que te acabo de decir, bestia?
Me siguió mirando sin mueca alguna, se levantó, torció lo que le quedaba de labios mientras inclinaba la cabeza hacia la derecha.
— Muy bien —respondí.

Todavía en estado de shock traté de pensar qué estaba pasando. ¿Sería un extraño sueño? Mientras esto ocurría, el “cuerpo” se sentó a un lado de mí.

— Pérdon —dijo de forma torpe, viendo al frente sin voltear.

Alcé la vista y me dirigí hacia el ventanal de un local en una de las aceras de la calle. Al llegar ahí, vi mi reflejo y pude apreciar con toda claridad que me faltaba un pedazo de cuello, hice un gesto de sorpresa y puse mis manos sobre el pedazo faltante, instintivamente volteé hacia el “monstruo”.

— Hambre —respondió al verme sin mayor empacho.
— ¡¡Eres un hijo de puta!! —le grité abalanzándome sobre él, sentí mi cuerpo pesado, quise alcanzarlo antes, pero las extremidades me empezaban a fallar, lo que se suponía que debía ser un puñetazo, apenas fue una especie de cachetada sin control, y lo que fue peor….la inercia hizo que se le desprendiera un pedazo más del rostro, lo cual me causó una gran repulsión, quise vomitar, pero ya sólo tenía el reflejo, no sentía en realidad el menor asco posible.

Traté de componerme, entendí lo que ocurría con mi cuerpo, volví a acercarme al ventanal y vi el tono grisáceo que yo estaba adquiriendo en general.

— ¿Estoy muerto? —pregunté con un dejo de tristeza.
— No —me dijo.
— Entonces, ¿sigo vivo? —insistí.
— No —contestó nuevamente sin tono alguno.
— ¿Qué chingados soy? —dije ya molesto.
— No vivo —resolvió lentamente.

Al verlo entendí lo que me pasaría eventualmente, contemplé su mirada sin dolor y ausente, pero de alguna forma afligida. Caminé hacia él.

— ¿Cómo fue que te ocurrió? —le pregunté.
— Corriendo mañana playa no sé hace cuánto —dijo en forma pausada.
— ¿Qué le ocurrió al que te mordió? —me interesó saber.
— Corría con bate cráneo roto —me explicó.
— Vaya, al menos tuviste la suerte de matarle antes de morir.
— Soy no vivo —me señaló.
— Lo que sea, el punto es que ya no respiramos, no sentimos dolor y nos iremos cayendo a pedazos hasta que no podamos seguir, o alguien nos rompa el cráneo….o todo lo anterior —complementé.
— Mmmmmh —emitió como tratando de analizar la respuesta.
— No te estoy pidiendo que respondas, wey —vaya ente el que me tocó por victimario.

Bajé la mirada en señal de resignación y vi mi reloj de marca, gasté todo lo que recibí de regalías de fin de año para comprarlo, me sentí melancólico.

— Amaba mi vida, ¿sabes?, era el líder de una empresa multinivel, hace dos meses que conseguí volverme CIRRUS y estaba a un mes de conseguir el rango de STRATUS, tenía regalías aseguradas de por vida, pero al señor Don pendejo no vivo se le ocurrió darme en la madre —terminé con tono amargo.
— Perdón —repitió casi por instinto.
— ¿Es todo lo que tienes que decir? Yo quería conquistar el mundo, tenía sueños y ambiciones que quería cumplir —empecé a alzar el tono—, para que un estúpido como tú terminara con ¡todo! Así, de golpe —no podía ser cierto, miré hacia el cielo buscando una respuesta, suspiré y sentí un cosquilleo en la mano derecha.
— ¿Qué haces, pendejo? —grité muy molesto— ¿Por qué me muerdes los dedos?
— Todavía hambre —soltó sin más.
— Deja de estar comiéndome, ya soy un “no vivo”, ¿qué no ves?
— Casi, pero no —apenas alcanzó a responder antes de intentar morderme la muñeca.
— Sí, idiota, en la muñeca me molesta menos —redundé soltando el brazo de su boca—. Si vamos a estar en esto juntos…. Un momento, ¿qué quieres decir con “casi”?
— Carne todavía fresca buen sabor —repuso tranquilamente.

A tal respuesta sólo respondí mirándolo con incredulidad. Contemplé como miraba de un lado al otro sin mayor sincronía ni cadencia. Estaba a punto de preguntar su nombre pero sentí un destello en mi vista y cerebro.

— ¿Cómo te lla…mas? —apenas balbuceé. Al escuchar esto, por primera vez pude ver un gesto desencajado en lo que quedaba de su rostro.
— Justaff —alcancé a oír.

Casi al instante, me desplomé y sentí como si me atravesaran los pulmones y la cabeza, gruñí de forma altisonante.

— Bien —dijo en tono de pregunta.
— Hambre…. —fue lo último que de forma semihumana respondería.

Sobre el Autor: Miguel Angel Borjas Polanco (Tampico, Tamps. 1976) Licenciado en Contaduría (IEST-98), Ingeniero Industrial de Mantenimiento (IT-2016) y Master en Administración (ITESM-2002), escribe cuentos cortos y poesía desde los 16 años como una forma de expresión personal, de igual forma, como manifestación del desarrollo creativo que la lectura ha motivado en su vida.

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