El Ojo de la Tormenta

Una arveja de acero paseaba sobre Júpiter. Sus ventanas —y las únicas de toda la nave— parecían grandes ojos cerrados con parpados de metal, presos del cansancio como si estuviera bajo un silencioso sueño joviano. La nave parecía haber sido apagada y abandonada hasta ser capturada por la gravedad de Júpiter a una distancia de más de dos millones de kilómetros, dejando en medio de los dos a su satélite Calisto, a quien la nave sobrevolaba a sólo doscientos mil kilómetros. Sin embargo, dentro de ella, nada estaba tranquilo.

Milo no entendía qué le pasaba a Nove. Había estado recostado en la camilla, pálido y tembloroso, hace varias horas terrestres y en la cabina se necesitaba de su asistencia. Milo tenía que pausar su trabajo mientras el piloto automático sobrevolaba Calisto por su lado oculto a Júpiter. Se sentó al lado de la camilla y puso a un lado una caja de herramientas quirúrgicas.

— No te preocupes. Dentro de muy poco vas a estar como nuevo —deslizó sus dedos sobre un teclado de su mecánico brazo y un panel holográfico se desplegó de su palma—. El examen anterior me indica que hay una falla aquí —su frío dedo de acero se apoyó en el lateral derecho del cráneo de Nove—. La amígdala cerebral no está funcionando como debería junto al sistema operativo. Voy a tener que apagarlo durante unas horas y para cuando despiertes estarás como nuevo.
— Lo suponía porque, de haber un problema biológico, el sistema de defensa MC (de sus siglas en inglés: Células Madre) hubiera reemplazado los tejidos dañados.

Le sonrió compasivamente pero Nove tenía sus ojos clavados sobre él y abiertos como platos, sus pupilas parecían un portal a otra dimensión. Su cuerpo estaba pálido y temblaba como si un terremoto lo sacudiera desde sus entrañas. Su boca permanecía entreabierta en un bostezo eterno y su expresión reflejaba un horror que segundo a segundo iba desvaneciéndose, al paso de la desconexión del sistema.

Entonces Milo tomó un bisturí de la caja de herramientas e hizo una incisión en el lado derecho de la cabeza de su compañero ciborg, justo sobre la oreja. Retiró la piel y con un potente láser abrió el cráneo de su amigo. Todo esto gracias a la capacidad de desactivar la empatía —sólo en ocasiones especiales— con la que habían sido programados ambos. Puesto que un ser humano común y corriente no hubiera podido abrirle con tanta tranquilidad la cabeza a un sujeto prácticamente idéntico a sí mismo.

Durante hora terrestre y media movió ágilmente bisturís, pinzas y soldadores retráctiles de sus dedos, a través de aquel macizo chicle rosa rodeado de cables, chips y transistores, que antes de su ‘mejora’ había sido un cerebro puramente orgánico. Revisaba de que Nove mantuviera siempre una relativa cantidad de fluidos cerebrales protegiendo los circuitos eléctricos del cerebro de posibles lesiones craneanas.

Para su sorpresa no encontró indicio alguno de que el hardware estuviese estropeado. Anteriormente había visto, a través de un neo-encefalograma, una anomalía en el envío de señales eléctricas en la amígdala. Se decidió entonces conectar su antebrazo al cerebro del ‘paciente’. Durante otras tres horas buscó en la inmensa base de datos algún tipo de error en el código del sistema pero sus esfuerzos fueron inútiles. Pensó en escribir un informe a la base marciana para que pudieran hacer algo al respecto. Entonces, con un suspiro, declaró su derrota ante el problema, temiendo lo peor: Que fuese algún tipo de trauma en la parte biológica del cerebro y que el sistema MC no lo pudiese reparar. Decidió entonces anestesiar temporalmente la amígdala, esperando que el error no volviese a ocurrir. Recolocó la pieza faltante de hueso y cosió la piel en su lugar. La incisión tardará minutos en cicatrizar y sólo un día en desaparecer.

Para aprovechar toda la energía posible, las ventanas de la cabina permanecían cerradas con enormes compuertas, en donde descansaban paneles solares mirando al vacío, como en el resto de superficies planas de la nave. Sólo hasta que Nove y Milo salieran de las cámaras de criogenización se podría abrir las compuertas para poder ver al espacio exterior y supervisar la trayectoria de la sonda que se lanzaba y controlaba desde la sala de comandos. Estas dos salas estaban separadas por un pasillo con seis habitaciones. En uno de los dos dormitorios, situados a la derecha del pasillo, estaba entrando, con una taza de energizantes para Nove, Milo. Este tomó asiento y el primero se levantó de su colcha, tomando la taza y agradeciéndole el gesto.

Ambos estaban enfrentados. A Nove se le notaba un aire de confusión en el rostro. En cambio Milo estaba reclinado sobre su asiento y, con tono serio, decidió romper el hielo:

— Hola. ¿Pudiste dormir?
— Hola… No.
— Cuéntame, Nove, ¿cómo fue que te desmayaste? Me gustaría informar a Marte de lo que anda pasando.
— No… no recuerdo muy bien. Se que estaba abriendo por primera vez las ventanas de la cabina y… y me quedé sin aire.
— ¡¿Cómo?! —Milo frunció las cejas—. Desde la sala de control podía ver que el oxigeno sobraba.
— No me refiero a eso —ladeó suavemente la cabeza—. Cuando vi a Calisto y de fondo a Júpiter… sentí… que todo se volvía rojo.
— ¿Rojo? ¿Qué has visto? ¿Había alguna anomalía? —en sus interiores empezaba a escribir en un archivo digital el informe.
— Yo…  No. Créeme. Si supiera lo que sucedió, te lo diría —dijo Nove con una mueca y las cejas caídas.
— Está bien, no te fuerces. Mientras preparaba las sondas pude escuchar que gritabas.
— No. Lo siento. No recuerdo nada de eso —inclinó la cabeza y su cara se arrugó.
— ¿Estás bien, Nove?
— ¿Por qué me pasó esto, Milo? ¿Acaso soy mecánicamente defectuoso? —sus ojos se perdieron mirando al suelo.
— No lo creo. Hemos sido los ciborgs más aptos para esta misión. No te preocupes; cuando demos una vuelta entera a Júpiter con Calisto… —su mano confortó el hombro de Nove— volveremos a casa.
— Faltan más de catorce días y no pude soportar ni uno —su taza quedó a un lado, se inclinó y escondió su cara tras sus manos—. Soy un fallo, Milo. Me han creado con el propósito de esta misión y ahora resulto ser media chatarra con tontas aspiraciones.
No podía llorar pero su robótica voz, cada vez mas ronca y grave, dejó en claro sus intenciones.

Se levantó del asiento, se acercó a Nove y sus brazos lo rodearon con un aire más fraternal que sólo de amistad o compañerismo.

— No te preocupes. Recuéstate y trata de dormir. Por hoy voy a ocuparme yo de la situación y reparar todo problema que pueda haber en la cabina—. Tomó distancia del abrazo pero sin dejar de sostenerlo con una mano por sus hombros, y con la otra decidió tomar los energizantes aún sin beber—. Te prometo que para cuando despiertes todo estará arreglado.

Nove consiguió pegar los ojos. Sin embargo, al ciborg le pasaba algo para lo que no estaba programado. El estrés se manifestaba como sudor recorriendo su cuerpo mientras se revolcaba en el acolchado. Su ritmo cardíaco aceleró. Su corazón se relajaba y contraía. Cada vez más y más fuerte como para ser escuchado desde la otra habitación… Sin embargo, no oía sus propios latidos. Estaba demasiado ocupado en las regiones mas oscuras y tortuosas del sueño.

Desde la sala de comandos Milo salió a trote hacia a la cabina, dispuesto a inspeccionar el trayecto de la primera sonda que había enviado para dejarla orbitando en Calisto. Sus apresurados pasos, pesados por el acero de sus pies, se propagaban como ondas a través del aire y sofocaban los latidos que cada vez eran más y más fuertes, pues parecía el sonido de una locomotora. La respiración era cada vez más agitada. Tras los dormidos parpados las pupilas estaban poseídas por un frenesí que las agitaba de un lado para otro.

En su trote, al despierto Milo le tentó ir vigilar a su compañero pero en sus circuitos el deber ganó por pulseada a la curiosidad y, tras aguardar el abrir de la puerta de acero, se deslizó por la cabina y desplegó los dedos sobre el teclado del ordenador principal. Este produjo una alerta en forma de voz, reafirmando el abrir de las metálicas compuertas que escondían a Júpiter de su vista. Para ver cómo la sonda se manejaba por Calisto, Milo acercó la cara a la grieta que separaba ambas planchas de metal y cuando empezaron a abrirse, dejaron entrar un vertical haz de luz que se posaba sobre sus curvas faciales y se deslizaba sobre su cuello…

En su cuello la arteria carótida reflejaba su corazón que parecía a punto de estallar. Su piel palidecía y sudaba sobre el acolchado. Las sábanas de su cama parecían haber sido arrasadas por un huracán; un pesadillezco huracán rojo digno de los peores sueños jovianos. Gemía. Se agitaba. Su garganta se hinchó en un grito desesperado y saltó de la cama.

—¡Milo!—una lagrima apareció en su mejilla. El corazón de Nove dio un ultimo latido.

Sus ojos se abrieron como platos y sus pupilas eran un portal a otra dimensión. Palideció y su cuerpo tembló como si un terremoto le sacudiese desde sus entrañas. Su boca permaneció abierta en un bostezo eterno. Pero, a diferencia de su compañero, el horror en sus ojos no desapareció. Milo por un instante entendió el problema. No era del sistema operativo. No era un problema biológico.

Detrás del cristal se asomaba una espantosa criatura. Una esfera enorme se imponía con su tamaño detrás de Calisto. Sus infernales colores naranja se desplazaban alrededor suyo como capas de un cubo rubik, mientras miraba, con sus blancos ojos sin pupilas, a Milo… Oh, pero a Milo le importaba un comino esos ojos, porque había uno, mas grande que el resto, rojo como la sangre, retorciéndose en espiral sobre si mismo, como si Dante lo hubiera descrito en verso ya.

Trató de gritar “Ayuda” pero su voz no pudo ir mas allá de la primera silaba. Y, como última voluntad, mientras observaba esa roja mancha huracanada, se agarraba la cabeza, maldiciendo en sus interiores a Calisto, a la humanidad, a la nave, a Júpiter, pero sobre todo a sí mismo. No porque se hubiese equivocado en algo, sino porque sabía que seguía vivo en ellos algo tan poderoso que ni siquiera la bio-ingeniería le hubiese ayudado a superar… El miedo.

Sobre el Autor: Matias Emanuel Buttari nació el 29 de noviembre de 1997, Argentina aunque siete años de su infancia fueron dados por las tierras de Bari y de Verona, Italia, en donde cultivó su amor por las historietas y la literatura. De su padre heredó el amor a las ciencias astronómicas y actualmente estudia el arte de escribir (tanto cuentos y comic) como astrofísica y matemáticas.

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