Mickey ya está del otro lado

Ser diferente. No es que uno quiera serlo, cuando menos no en mi caso. Hablar raro, caminar raro, sentirse raro entre las miradas, escuchar comentarios cuando te estás yendo y piensan que ya no alcanzas a escuchar. Ser diferente, sí. Serlo y que todos lo sepan.

Depender de mis padres, sentarme a comer a la mesa a la hora que me digan, mirar a la pared durante horas y días, las texturas y el brillo de los muebles, los reflejos en el vidrio de las ventanas. Ataques de frustración. Berrinches. Ebulliciones de furia apagada que no reflejan ni la mitad de lo que pasa adentro. No me puedo controlar, es inevitable pues nací sólo para morir y ellos no me permitieron acabar con mi propia vida. No me dejaron tocar un arma hasta cumplir treinta. Alguien dijo: debe aprender a usarla.

            Mis padres dijeron, no, el Niño no, el Niño es el Niño y se puede lastimar. Y vaya que sí lastiman esas cosas. Lo estoy comprendiendo cabalmente mientras observo el cielo de un color dorado que agoniza con las últimas parvadas de grasshopers del día elevándose hacia el otro lado. Los sonidos se hacen ecos, la vista se me nubla y… ah, sí, ahora recuerdo de qué estaba hablando. Hace unos dos meses con cinco días y cuatro horas y media estaban haciendo una pequeña fiesta para mí, con mis personajes favoritos como invitados: Mickey, Donald y Goofy.

Mi tío fue el que lo dijo: El Niño tiene que convertirse en un hombre.

Me puso el brazo alrededor del hombro, lo cual siempre me incomoda, me habló con su voz demasiado fuerte, masculina y carrasposa por el alcohol. Pude oler el cebo en su piel y ver su azul ojo izquierdo tratando de entrar por el mío derecho. Es más, dijo, él ya ES un hombre…

— Deja al Niño, estás borracho… —increpó mamá.
— Yo me hago responsable de todo lo que pudiera pasar —dijo mi tío, o algo así, él estaba muy decidido—. Mira, Niño, así se toma un arma y así se apunta y debemos dispararle a esos mecsicans que vuelan por los aires, por espacio aéreo americano, casi siempre lo hacen a esta hora, los cobardes, cuando arrecia más el sol o a mitad de la noche, porque son plaga y no deben saltar el muro.
— Lo sé, mis padres me lo han informado.
— Ellos usan catapultas —dijo—, y una droga llamada muta que los hace más aguados, así es como no se rompen, usan también un traje de goma que los hace parecer botargas de Michelin. Mira, Niño, el caso es que tú no te preocupes porque son bestias y cobardes que se quieren escabullir como las pequeñas prostitutas que son, ellos jamás aceptarían un reto frente a frente y eso no es de hombres, ¿entiendes?

            Entonces miré hacia abajo del muro. Nuestra casa y muchas casas parecían almenas y me dispuse a disparar directo hacia abajo. Me dijo mi tío: no, eso es bastante ilegal y nosotros somos muy legales. No queremos otra guerra como la que tuvimos que hacer para que nos pagaran por construir esto, aunque somos más poderosos ya no tenemos mucho personal que digamos, como ya no hay soldados negros ni asiáticos.
— Bueno —le respondí sin bajar la escopeta.
— Vamos, con calma, mira hacia arriba, elige uno de los puntos y síguelo, cuando sientas que ya vas a la misma velocidad entonces dispara.
No lograba atinarle a los saltamontes que iban volando por los aires.

— Está bien —dijo mi papá—, ya tuvo su diversión. Los dos la tuvieron, ahora…
— Ya viste que no le pasó nada, déjalo un rato más, no seas aguafiestas.

            Seguí disparando media hora y luego de otra interrupción, quince minutos más, creo que era cosa de práctica y de pensar en el peso de la bala, en el aire, en la gravedad y en lo doblado del cañón del arma. Sí, eso era. La velocidad. Observé que también debía hacerlo al soltar el aire de mis pulmones y de cuidar de disparar entre los latidos del corazón, pues tanto mi respiración como la sangre que corría por los dedos generaban vibraciones.

Dejé de fallar para siempre. Nunca más fallé. Ese día maté a más de cien mecsicans.

            Todos y cada uno de mis tiros dan en el centro de la cabeza y ahora la gente dice que qué bueno porque así no tienen que ver sus horribles rostros y pues, bueno, les digo, “conmigo no tienen que hacer eso”, “no tiene caso ver cosas desagradables” y “para eso estoy aquí”.

— Naciste para esto —suelen decir, aunque yo no sé para qué nací, pero puedo estar horas y horas disparando, no como los otros que se toman descansos y van por cervezas que fabrican allá abajo en donde es America y no Wallmerica.

            Dicen que soy una máquina letal y precisa y mis fans vienen a ver cómo disparo y cómo caen los muertos sólo donde es legal que caigan. Me traen regalos, sobre todo mi mamá los tiene prevenidos de que no sean cosas que me asusten, solamente permite: jugos de manzana, dulces y municiones. Ah, y camisas blancas porque siempre terminan salpicadas de sangre levemente con las gotitas que caen del cielo cual bendición de Cristo.

            Wallmerica es la más bella ciudad de todas, aunque sólo he bajado una vez a territorio Under, cuando tenía nueve años. Aquí hay sólo una calle y el tren pasa por ella todos los días, chu chu chuuuu… Me encanta el tren, mis papás me cuidan de que no me atropelle porque pesa más de cien mil toneladas, es majestuoso, incluso en este momento, desangrándome en el suelo lo alcanzo a apreciar. A contraluz se ve increíble.

            Me gusta cuando me dan certificados de regalo porque entonces mis papás se ven forzados a sacarme de casa. Algunas tiendas quedan lejos, así que debemos tomar el tren, cosa que es gratis. Mi tío vivía en suelo Under, del lado agradable de la muralla, claro, y dice que allá cobraban por subirse al tren. Aquí no, aquí todo lo paga Mecsico, aunque dice mi tío que no querían pagar, porque son muy flojos, tuvieron que hacerlo porque ellos son la razón de que exista Wallmerica. Yo no me siento tan orgulloso de ser wallmerican, todos los demás sí, aunque bueno, es que yo no soy tan listo como ellos. Y no odio tanto a los que saltan, aunque son bestias peludas y de piel fea. Les disparo porque son una plaga, pero no los odio. Nadie odia a las plagas, simplemente no las queremos aquí. Yo tuve una vez un ratón que se murió. Se llamaba Mickey, así le puse. Él también era una plaga. Eso decía mi mamá, que siempre quiso tirarlo por la ventana hacia el lado feo del muro. Papá se enojaba con ella, le decía que en qué otra cosa me iba a entretener y regresaba a Mickey con todo y jaula a la mesa de mi cuarto. Se lo quitaba de las manos. Que pierda el tiempo en eso, decía mi papá, total, qué otra cosa puede hacer el Niño. Un día Mickey amaneció muerto, él mismo había logrado el objetivo de mi mamá y sin mancharse de tierra mecsicana. Mi mamá se veía muy arrepentida, aunque no me quiso tocar. Mi papá me abrazó y lloró conmigo.

— No te preocupes, hijo —me explicó —. Mickey ya está del otro lado.
— ¿Del otro lado del muro?
— No, del otro lado de la vida, de la existencia —dijo papá—. Todos vamos hacia donde mismo.
— ¿Hasta los mecsicans?
— No, también en la otra vida hay dos lados, uno bueno y otro malo.
— Sólo espero que Mickey no quede en el lado malo… o en medio…
— Él está del lado bueno, del lado bueno, entiendes… somos nosotros los que vivimos en medio, en el limbo.
— ¿Qué es eso?
— Ya, no preguntes, no necesitas saber. Lo importante es que el alma de tu ratón está en el lado correcto, con nuestros padres y hermanos, cuidando que el muro de allá tampoco sea atravesado.

            Otro día mi papá me dijo que cuando disparamos sobre la plaga y mueren, ellos se quedan en el lado, en el de aquellos dos, más árido y seco. Yo no estuve de acuerdo con eso. Él me aclaró que en realidad es lo que merecen y es a donde pertenecen. Me puse a llorar por ellos. Pobres diablos. Pobres plaga.

— Lo que es malo para nosotros es bueno para ellos, hijo, ellos están acostumbrados y cruzar la frontera sólo los haría infelices, lograrlo es lo que los daña, sólo que no lo saben. Así son las cosas. Por eso los ayudamos a que regresen a su lado correcto, aunque sea en la otra vida.

            Me gusta mucho mandarlos al lugar en el que son felices. Mi padre y yo comenzamos a conectarnos más como iguales, el subía un rato a disparar conmigo, en su mismo horario de siempre, aunque con otra actitud. Antes cuando de casualidad subía me hablaba cortantemente y me miraba con condescendencia. Desde que comencé con esto, desde el día de mi cumpleaños, mi padre subía más relajado, se ponía a mascar tabaco un rato, miraba en el cielo a los mecsicans reventados por mis balas, preparaba con lentitud su arma y disparaba muy despacio, de su boca, alguna frase como: eres bueno, muchacho, eres bueno…

También había un señor que era bueno haciéndolo. Lo malo es que al parecer se había enojado mucho conmigo, aunque yo ni lo conocía. Me hizo el favor de presentarse un día. Su nombre era Butch y tenía ropa de vaquero, muy clásica, como en una fotografía de mi abuelo. Él fue uno de los primeros que subieron y construyeron una casa arriba del muro para defendernos de los grasshopers.

— Así que te crees mejor que yo, ¿eh?
— No, señor —le dije—. Sólo en esto. A lo mejor usted es bueno también en otras cosas. Nadie puede ser bueno para todo.

            Creo que se enojó porque me retó a una competencia en la que demostraríamos quién era el mejor y yo dije, bien, tiene razón, así lo sabremos los dos. Yo también quisiera saber.

            La ciudad se detuvo, las 1951 millas de habitantes se trataron de juntar alrededor de mi casa, llevaron muchas cámaras de muchos tipos y fue como una fiesta, una gran fiesta. Ahí estaba mi tío y el gobernador con varios funcionarios. Muchas familias organizaron barbequeus en sus techos e invitaron a subir a todo mundo. El tren se detuvo a unos metros de aquí y sobre el vagón se puso una banda de country a tocar.

            Eran las once de la mañana. La gente bailaba, platicaba, hacían apuestas, los niños jugaban, amores viejos se reencontraban, un predicador gritaba sobre el infierno que les esperaba a los que no siguieran la palabra de Dios con un arma en la mano, a los tibios, a los que pecaban de omisión y tenían pensamientos lujuriosos con mecsican whores. Un vendedor de hot dogs y otro de cerveza tenían que trabajar a marchas forzadas. Mi papá y mi tío me dieron los últimos consejos desde su posición de pistoleros inferiores, algunos acertados de un veinte a un ochenta por ciento. No importaba. Mi mamá me dijo: acaba con él, campeón.

Butch y yo comenzamos y nos dejó de importar el mundo. Disparábamos una y otra vez, tomando balas de unas cajas en dos mesas.

Su estilo me parecía ineficiente, se movía con furia, como si estuviera en una pelea callejera, cuerpo a cuerpo. Miraba con odio a la nube de mecsicans como si ellos pudieran verlo y estremecerse ante su actitud, siempre parecía desesperado, cuando recargaba tiraba algunas balas y, en fin, desperdiciaba segundos. Poco a poco fue acoplándose a mi ritmo, cada que moría alguien sonaba un timbre, por unas horas llegamos a la perfecta sincronía en los sonidos de disparos y pitidos de conteo.

Después él se cansó y no pudo seguirme el paso. Lo aventajé enormemente, pero comenzó a decirme de cosas, que no era más que un mono amaestrado, que no servía para nada, que yo no podía comprender ni una fracción de lo que hacía. Entonces me enojé y estuve a punto de apuntarle, aunque fuera sólo en mi cabeza. Sentí emerger desde el centro de mi pecho y de todo mi ser uno de mis ataques de furia, dejé de disparar y le apunté. Sé que tuvo miedo, lo sé. Pero siguió disparando al aire y me dijo: no tienes las agallas, no las tienes… ¿y sabes por qué? Porque no es lo mismo dispararle a un punto en el cielo que a una persona y menos si es un hombre blanco igual que tú.

Disparé. La bala rosó su cabello e impactó en una pared de una casa. Estaba ardiendo de furia, pero pensaba en cómo era sólo una pobre bestia. Seguí apuntando. Temblaba.

— Marica, —me dijo—. Te lo dije, estúpido marica.

Mi tío tocó mi arma, como si la quisiera bajar, como una palanca.

— No vale la pena. Míralo, él sigue disparando, esto es sólo para distraerte. Estás cayendo en su juego, no trates de ser como él, que usa su rabia para disparar y a lo mejor eso le funciona, más no necesariamente a ti, debes de ser tú mismo. Cada bala demuestra que tu estilo es el mejor.
Por primera vez en la vida me sentí como lo que era, una persona anormal, el idiota del pueblo, el niño… Era verdad, había caído en su juego.

— De acuerdo —dije y seguí disparando hacia arriba—. El marcador es lo que cuenta.

            El cronómetro en dos o tres paredes, la alarma era cada vez más rápida. El sonido final de chicharra y una luz roja nos indicaron que debíamos dejar de disparar. El resultado estaba listo. Mi papá me miró satisfecho y escupió hacia el suelo.

— Eres todo un hombre, muchacho. Todo un hombre.

Mi tío me tomó con fuerza y me dio un beso en la sien mientras desordenaba mis cabellos, pude sentir sus labios tronando en mi piel y la lija de su barba, su cuerpo apretando el mío. Era incómodo, traté de separarme, aunque demasiado tarde pues él mismo lo hizo.

— Te lo dije… —se dirigió a mi papá—. Te lo dije…

El señor Butch juntó 391 cadáveres y yo 393.

— Ahora sabemos quién es el mejor —le dije—. Muchas gracias, mister Butch.

            Había ganado. Jamás me había sentido tan feliz en toda mi vida. Tan satisfecho.

            Mis papás me abrazaron y lloraron conmigo. La gente gritaba de alegría y trataba de tocarme el pelo, saludarme o darme una palmadita en la espalda. Felicidades, yo siempre creí en ti, eres el mejor, máquina de matar, aparato sangriento, puras cosas que me hacían sentir bien conmigo mismo y me llenaban de ilusión.

            Pero Butch disparó de nuevo al aire. Tres veces. Tres bultos más se tornaron en cadáveres voladores. Se veía muy, muy enojado. La gente se hizo a un lado. Él tomó de una botella que traía en el bolsillo de su chaleco. Caminó hacia mí un poco. Yo sí pude sentir la furia saliendo de esa mirada llena de fuego. Me metió dos disparos en el pecho. Otro más en el abdomen. No fue lo suficientemente certero como para matarme de inmediato.

            Y aquí estoy, desangrándome.

            Mis papás me vinieron a abrazar en el suelo. Mi tío iba a tomar mi arma, pero Butch le apuntó y le balbuceó y entonces mi tío dio un paso hacia atrás.

— Me duele la pancita —les dije escupiendo sangre.

Pude ver cómo Butch se alejó. Nadie lo detuvo, nadie detendría a alguien tan bueno en disparar a esas bestias, después de todo era indispensable.

— Me siento algo mareado —le dije a mis papás—. El señor Butch… sí era el mejor…

            Ellos lloran. A mí se me oscurece la visión, sólo espero despertar del lado correcto, del lado al que pertenezco. Mickey ya está del otro lado, esperándome.

Sobre el Autor: Jorge Chípuli – Obtuvo el premio de cuento de la revista La langosta se ha posado 1995, el segundo lugar del premio de minicuento: La difícil brevedad 2006 y el primer premio de microcuento Sizigias y Twitteraturas Lunares 2011. Fue becario del Centro de Escritores de Nuevo León. Ha colaborado con textos en las revistas Hiperespacio, Deletéreo, Literal, Urbanario, Rayuela, Oficio, Papeles de la Mancuspia, La langosta se ha posado, Literatura Virtual, Nave, Umbrales, la española Miasma y la argentina Axxón. Ha sido incluido en las antologías: “Columnas, antología del doblez”, (ITESM, 1991), “Natal, 20 visiones de Monterrey” (Clannad 1993), “Silicio en la memoria”, (Ramón Llaca, 1998), “Quadrántidas”, (UANL, 2011) y “Mundos Remotos y Cielos Infinitos” (UANL, 2011). Ha publicado el libro de minicuento: “Los infiernos” (Poetazos, 2014), “Binario” (Fantasías para Noctámbulos, 2015), “Deconstrucción de Eva” (Gato-Lunar, 2015), “Para cantar en los patios” (Editorial Urbanario, 2016) y “Sueños que riman” (poemario para niños bajo el seudónimo Don Patotas, editorial Gato-Lunar, 2015).
Ha expuesto de manera individual en la galería de arte Joaquín Clausell de Campeche, en el INEA, en la Casa de la Cultura de Guadalupe, en la Facultad de Artes Visuales de la UANL, en el Café Infinito, en el espacio cultural Gargantúa, y formó parte de la Galería Nacional, Edición Latinoamericana (DF). Y de forma colectiva en varios espacios como la Biblioteca Central, la UR y el BAM. Ha impartido cursos para niños en la FAV y en Conarte Niños. Fue parte de la Reseña de la Plástica Nuevolonesa 2007.

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