Todo lo que quieras

Ama y haz lo que quieras. Si callas, callarás con amor; si gritas, gritarás con amor;
si corriges, corregirás con amor; si perdonas, perdonarás con amor
(si vives, vivirás con amor; si mueres, morirás con amor).

Steven Johnson estaba cansado de su vida. Estaba cansado de lo limitado que era todo; estaba abatido, decepcionado. Sólo su arraigada idea de responsabilidad lo mantenía existiendo en este mundo. Mas que sentirse necesitado tenía la idea de que su vida estaba ligada a otras vidas y acabar con su propia existencia afectaría a otros de una u otra manera; no le agradaba imaginar lo que su acto más anhelado en este momento traería como consecuencia a sus seres queridos, aunque seguro ya no estaría ahí para contemplarlo. Afortunada o desgraciadamente aun en medio del dolor y las ganas de acabar con su vida, esa idea se mantenía presente en su interior. Tal vez sencillamente estaba actuando un papel y en realidad no quería suicidarse, por eso mentalizaba pretextos para justificar su juego y no hacerlo. Después de todo, si en verdad quisiera hacerlo lo haría, ¿no? No. Esa precisamente era una de las limitaciones que lo molestaban tanto. ¿Por qué no había libertad? No; no esa libertad de: “puedes hacer lo que quieras, pero…”. Siempre había un maldito “pero”, se decía Steve constantemente. No había control sobre las consecuencias, y la mayoría de las veces (o mejor dicho: todas) la única forma de tener cierto control del futuro era limitando el presente. Se sentía inexorablemente atado.

Todo esto parecía una cuestión puramente existencial y filosófica, pero aquello que había convertido a la muerte en su único sueño y su más grande anhelo no era la naturaleza de la realidad o la complejidad de los sentimientos humanos en términos generales. No, nada de eso. Lo que hacía de cada día de su existencia una masa gris e informe, y de sus pensamientos una serie de reproches y autoreproches sazonados con dolor y cansancio era, específicamente, un amor no correspondido. Estaba locamente enamorado de Grace Merritt, su mejor amiga, desde hacía diez años; pero todo se había quedado siempre en amistad.

Conocer a Grace y enamorarse de ella lo había llenado de fe en la alegría universal, de esperanza en alcanzar los sueños, de la dicha más inimaginable que jamás contempló ni siquiera en sus más sublimes anhelos. Aunque nunca logró que Grace se fijara en él mas que como amigo, no abandonaba la ilusión de que algún día apretaría el botón adecuado y Grace finalmente se fijaría en él. Pero ahora Grace estaba casada, iba a tener un hijo y el sueño que había acariciado con toda la esperanza y ternura de su alma por tantos años ahora se volvía contra él y le arrancaba el corazón en pedazos y sin misericordia con cada paso que daba. Su vida ahora se movía entre la grisitud y el dolor, con ocasionales momentos de alegría nostálgica (cada vez más esporádicos) que sabía terminarían cuando la realidad acabara imponiéndose a los sueños, como siempre. Ya no quería aguantar más el dolor, ni siquiera a cambio de la promesa de felicidad futura. Quería desaparecer; quería morirse; quería el olvido.

Todo esto sucedía dentro de Steven Johnson. Por fuera, era un integrante más del género humano. Caminaba, trabajaba, respiraba, reía, respondía a las preguntas que le hacían… Una máscara. Caminando por la calle, llegó a una tienda de curiosidades chinas que no había visto anteriormente, entre una tienda de ropa y una tienda de aparatos electrónicos, y entró en su intento de escapar de la realidad.

— Se pronuncia Shang Dí —dijo el anciano chino al observar a Steve mirando la etiqueta con la leyenda “Xiang-Ti”—. Es una planta muy poderosa, parecida al hachís. Se creía desaparecida desde el siglo XVIII, pero en el Tíbet se descubrieron unas pocas en la ladera de una montaña.

Steven sonrió y asintió con la cabeza, pero no dijo nada. Aún no lograba evadirse de la realidad ni de sus pensamientos.

— Si se consume de la forma adecuada —continuó el anciano ignorando la falta de interés de Steve—, permite el acceso a planos distintos de la realidad. Los monjes del Budismo Shingon la utilizan aunque de forma restringida y con muchas precauciones.
— En eso no es muy diferente a otras drogas —dijo al fin Steven—. Para bien o para mal todas las drogas causan un cambio en la percepción de la realidad. Ayudan a evadirla.
— No muchacho —dijo el vendedor con una astuta sonrisa—. Esta droga es especial. Con ella tú controlas cada aspecto de tu alucinación. Tomada de la forma adecuada puedes convertirte en el creador de un universo en tu mente donde tú estés al mando de cada aspecto, sin ningún tipo de restricción.

“Sin ningún tipo de restricción”. Esas palabras resonaron en la mente de Steven y captaron su atención. El vendedor continuó:

— En las historias donde sale un genio que te cumple tres deseos siempre hay algo que termina saliendo mal. Hay consecuencias negativas, la dicha se convierte en tedio… Siempre dos caras de una moneda. Aquí no, a menos que tú lo elijas conscientemente. Aquí no hay leyes incontrolables a las que se sometan tus deseos y elecciones. Nada de consecuencias automáticas inesperadas. Todo está bajo tu control. No existen los límites. En la realidad, al menos esta realidad colectiva, no puede haber blanco sin negro, bueno sin malo, felicidad sin tristeza, amor sin pérdida. Con el  Xiang-Ti puedes tener el blanco sin el negro, lo bueno sin lo malo, la felicidad sin la tristeza, el amor sin la pérdida. No sólo puedes elegir las situaciones, sino también las emociones. Y no se transforman en otra cosa a menos que tú así lo decidas. El Xiang-Ti en verdad no tiene límites; con él puedes tener literalmente lo que quieras. Todo lo que quieras.

Sonaba demasiado bueno para ser cierto. ¿Cuáles serían las consecuencias? ¿Qué sucedería cuando los efectos del Xiang-Ti pasaran y tuviera que regresar a la realidad? A Steve le gustaría poder decir que su situación no podía ser peor, pero de acuerdo a su experiencia se había dado cuenta de que la entropía emocional no tenía límites. Siempre puede ser peor.

Steve nunca había probado droga alguna. Ni siquiera fumaba o bebía alcohol. Ahora pensaba seriamente en comprar algo del Xiang-Ti mientras se decidía en probarlo o no. Interrogó al vendedor:

— ¿Qué consecuencias tiene? ¿Qué sucede luego de que pasan sus efectos?
— Eso es lo curioso: algunos regresan y después de la experiencia con el Xiang-Ti el mundo les parece un lugar mejor, lleno de luz, de maravilla, de potencial ilimitado y alegría sin fin; otros regresan y el mundo les parece tan gris, desalentador, deprimente y vacío que no pasan tres días antes de que se quiten la vida. En cualquier caso, es una droga que cambia tu mundo. El de tu mente y el de fuera de tu mente. Por eso hay que utilizarla con mucho cuidado y en la forma adecuada. Esta droga, para bien o para mal, como dijiste, tiene un poder muy, muy grande.

Es como enamorarse, pensó Steve para sí.

— ¿Y cuál es la forma correcta de utilizarla? —preguntó al vendedor.
— Debes asegurarte de estar en el estado mental adecuado al momento de ingerirla —dijo gravemente el anciano—, pues la sensación con que la ingieras se repetirá intensificada cuando acaben los efectos de la planta. La alucinación no se afectará de ningún modo. Como te dije, estando en el mundo del Xiang-Ti desparecen los límites, todos los límites. Pero si la ingieres con tristeza o furia, sentirás eso mismo al despertar del maravilloso mundo que contemples, y tu dolor y enojo al volver al mundo del que intentabas escapar se convertirá en algo autodestructivo. Ya te lo dije, no pasarán tres días antes de que te quites la vida. Consumida con alegría y paz, te dará igualmente experiencias inolvidables, indescriptibles; pero al volver esas experiencias te servirán como herramienta para seguir en este mundo y podrás verlo un poco más bello. Todo depende del estado mental y emocional en que lo tomes. Asegúrate de hacerlo sólo en el estado mental adecuado. Es tan efectiva como peligrosa.

— ¿Y por qué la vende si es tan peligrosa? —preguntó Steve con sospecha.
— ¿Por qué se venden medicinas si enferman tanto como curan? ¿El internet te parece bueno o malo? Nada es bueno o malo por sí mismo, muchacho. Depende de cómo lo uses. Si todo lo potencialmente malo se suprimiera el Universo estaría vacío. Hasta el Xiang-Ti tiene potencialmente su lado negativo, cuando regresas de sus efectos. Pero sea como sea, las posibilidades, sensaciones y experiencias que te ofrece dentro de tu mente al estar bajo sus efectos… No tiene precio muchacho. Esta es una planta muy poderosa, pero los efectos de su poder dependen de cómo se utilice.
— ¿Cuánto cuesta? —preguntó Steve mientras hacía cuentas de cuánto efectivo traía en ese momento.
— Te la regalo, muchacho —respondió el anciano chino con una sonrisa—. Sé que la necesitas. Sólo recuerda usarla con cuidado.

Steve tomó extrañado y casi de forma automática las dos grandes hojas que el anciano le dio.

— Toma un trozo de la hoja del tamaño de la yema de tu pulgar y cómelo. Eso es todo. Ten cuidado. Tomar una dosis mayor en una sola ingesta podría matarte. Y no olvides lo más importante: asegúrate de estar en la emoción adecuada al hacerlo. Ahora vete, que tengo que cerrar —dijo el anciano sonriendo y casi corriéndolo.

Steve avanzó hacia la puerta, casi empujado por el anciano, hasta salir de la tienda de curiosidades. Se quedó un momento inmóvil y en silencio. El anciano chino se despidió de él, cerró la puerta y puso el letrero de “cerrado”.

Steve salió de su sorpresa y empezó a contemplar las hojas detenidamente. Eran grandes, de unos diez centímetros de diámetro, casi redondas y de un color verde oscuro. Parecían unas orejas de elefante de color verde. Avanzó por la calle rumiando lo sucedido y recorrida una cuadra decidió regresar para hacer más preguntas al anciano y darle al menos un poco de dinero por las hojas. Pero no entró. No a la misma tienda al menos, pues al llegar al lugar dónde estaba la tienda de curiosidades se encontró ahora con una tienda de música.

Se detuvo frente a la tienda de música tratando de encontrar una explicación. Sí, Steve era despistado y su sentido de orientación no era muy bueno que digamos, pero tampoco estaba tan mal como para perder una tienda que acababa de ver hace unos minutos a una cuadra de donde estaba. No había forma de perderse. Ahí estaban, a los lados, la tienda de aparatos electrónicos y la tienda de ropa. Sin hallar una respuesta, entró en la tienda de música.

Una joven rubia mascando chicle leía una revista en el mostrador. Steve se acercó a ella

— Buenas tardes. Disculpe, ¿sabe si por aquí cerca hay una tienda de curiosidades chinas?
La chica volteó a verlo sin soltar la revista. — No. No que yo sepa —respondió, y continuó leyendo su revista.
— Bueno. Gracias —se despidió Steve extrañado y pensando en dónde estaría la tienda.

Salió, miró la calle de un extremo al otro y no vio ni rastro de la tienda que buscaba. Todo lo demás estaba igual que cuando pasó la primera vez, a excepción de la ahora ausente tienda de curiosidades chinas. Confundido y sin señal alguna de la tienda, decidió regresar a casa.

Al llegar, la sorpresa del momento había pasado y su mente había vuelto inexorable a aquello que rondaba en su cabeza cada día sin excepción: el vacío de su vida desde que Grace se fue y, con ella, los sueños de una vida a su lado.

Nuevamente triste, deprimido, se acordó de las hojas de Xiang-Ti que había olvidado en su ensimismamiento. Las sacó de su mochila y recordó las palabras del anciano: comer un pedazo de hoja del tamaño de la yema de un pulgar y, sobre todo, hacerlo en el estado mental y emocional adecuado.

Steve se sentó en el sillón de su sala e hizo algo que no hacía desde hacía mucho tiempo: sacó la fotografía de Grace que tenía guardada en un cajón y que no miraba desde hacía muchos meses. Siempre que la miraba se sentía un poco mejor, pensando en que aún había esperanza de que esa hermosa muchacha algún día se fijara en él; pero desde que ella se casó no quería ni mirar la foto. Ahora la tenía frente a él una vez más. Era imposible una reacción distinta; el hermoso rostro de Grace, con sus brillantes ojos llenos de luz aun a través de la imagen bidimensional de la fotografía, lo hicieron sonreír hasta las lágrimas, sintiendo que la realidad presente era una ilusión y que la ilusión pasada era una realidad. Hacía mucho que no sentía una felicidad así, y la saboreó y disfrutó al máximo, aun estando consciente de que esa dicha se esfumaría en unos momentos hasta disiparse por completo.

Entonces lo supo: era el momento de ingerir el Xiang-Ti.

Puso la fotografía de Grace en la mesita que tenía a un lado, tomó una de las hojas con los dedos pulgar e índice y arrancó cuidadosamente un pequeño trozo del tamaño de la yema de su pulgar. Respiró hondo, aún sonriendo y envuelto en la dicha producida por la belleza del rostro de Grace y el recuerdo de los hermosos momentos que vivió a su lado antes de que llegaran los días grises. La imagen de Grace junto a él, sonriendo, con esa luz en su mirada que irradiaba la dicha más pura, era casi tangible. Recordó ese momento inolvidable en que, sentado junto a ella lo tomó del brazo y puso su cabeza en su hombro; al sentir la cercanía de Grace, Steven se quedó paralizado de alegría por unos momentos. Lo único que pudo hacer fue reclinar su cabeza junto a la de Grace y cerrar los ojos. En ese momento conoció el infinito; no podía describirlo de otra forma. El tiempo se detuvo, no había nada más, sólo Grace, él y la alegría suprema envolviéndolos, y todo esto era una sola unidad inseparable, indescriptible, eterna. Se dio cuenta de que todos esos disparates místicos que había leído en los libros sobre espiritualidad New Age eran ciertos. Lo sabía porque los experimentaba en ese momento.  De repente, Grace se separó tranquilamente y se puso de pie para que volvieran al salón de clases. Steven volvió en sí aún aturdido por el suceso (¿sueño, ilusión, locura, epifanía…? ¿Quién podría darle un nombre?) y se dirigió con Grace al salón de clases. No supo cuánto tiempo duró eso (¿segundos, minutos, horas…?), pero no debió ser más que un momento porque todo a su alrededor se veía tranquilo, como la última vez y como si nada extraordinario hubiera pasado. Pero Steven sabía que en ese pequeño momento había dado un paseo por el infinito y la eternidad. Con este recuerdo en su mente Steven comió el pequeño trozo de hoja de Xiang-Ti , masticándolo un poco antes de tragarlo.

Steven terminó y suspiró nuevamente. Miró la hora: eran las 6:54 p.m. Empezó a escuchar un zumbido prolongado al tiempo que las paredes de la sala parecían derretirse. En el techo del cuarto se empezó a formar un enorme agujero que dejaba entrar una luminosidad tan blanca como nunca antes había visto. Cerró los ojos por un segundo y al abrirlos se encontraba de vuelta en sus años de estudiante, entre los salones de su vieja universidad, con unos pocos estudiantes paseando afuera de los salones y… sí, ahí estaba… Grace a un lado suyo. La miró con la boca y los ojos abiertos, con una mirada sorprendida que denotaba su incredulidad. Steven estaba consciente de estar en su sala hace unos momentos y haber comido un poco de una extraña hoja que causaba alucinaciones; sí, alucinaciones… pero esto… esto era la realidad. La sensación de realidad era enorme como para ser una alucinación o visión o ilusión. La idea de ingerir una hoja alucinógena en su sala se iba volviendo cada vez más irreal, como si hubiera sido un sueño lejano. La realidad era esto. Steven salió de su ensimismamiento cuando Grace, extrañada, se acercó a él y lo miró a los ojos.

— ¿Qué pasa, Steve? ¿Estás bien? Te quedaste en automático…
Steve miró a su alrededor y tranquilizándose un poco al fin respondió.
— ¿Eh? Este… No sé. Sí, estoy bien. Disculpa, me fui por unos momentos —sonrió—. Sabes que con frecuencia me quedo pensando en cosas y me pongo en modo automático.
— Sí, ya lo sé —dijo Grace devolviéndole la sonrisa—. ¿Y en que pensabas?
— Fue extraño. Una especie de recuerdo o sueño, donde me comía una hoja que causaba alucinaciones. Aunque tal vez sea algo que leí hace mucho. No lo sé… Fue extraño.
— Voy a terminar pensando que estás loco de verdad —bromeó Grace—. Ven —le dijo tomándolo de la mano—. Vamos al salón, se nos va a hacer tarde.

Steven se quedó sorprendido nuevamente. Grace lo había tomado de la mano. Sí, eran muy amigos, pero ella nunca, nunca antes había hecho esto. Y ahora lo hacía con tanta naturalidad…

Al fin llegaron a la entrada del edificio donde se encontraba el salón de clases. Antes de entrar Grace se detuvo, mientras seguían tomados de la mano.

— Bueno —dijo Grace—. Antes de entrar…
Grace lo abrazó por el cuello; Steven, sorprendido, sin terminar de entender, pero emocionado y con el corazón palpitándole con rapidez, la tomó por la cintura. Grace se acercó a Steven hasta que sus labios se unieron y se besaron. Al separarse, Steven sólo tenía la imagen de un Big Bang entre sus labios. Era increíble.
— Bien, ahora sí —dijo Grace—, regresemos al salón.

Los sentidos de Steven estaban aturdidos –aunque de una manera positiva- ante todo esto. ¿Qué pasaba? Grace y él eran sólo amigos aunque Steven sentía algo más por ella. Pero Grace nunca había correspondido a ese sentimiento. Ahora pasaba esto, así, de repente… Esto era maravillosamente increíble.

Subieron las escaleras –su salón estaba en el segundo piso- y algo más sucedió. Grace se detuvo ante la puerta del salón, le acarició la frente a Steven y le dijo dos simples palabras: Te amo.

Steven sintió que perdía la fuerza de sus piernas, pero una fuerza más grande lo mantuvo en pie. No entendía lo que pasaba, pero comprenderlo no importaba. Sonriendo, acarició la mejilla de Grace. “Yo también te amo” dijo Steven, mirándola a los ojos.

Esto era más de lo que había imaginado en sus más atrevidos y hermosos sueños. Una cosa era imaginarlo, pero ahora lo estaba viviendo. Tras cada suceso e imagen de belleza y alegría se escondía un suceso e imagen mayor. La mano de Grace, el abrazo, el beso, el “Te amo”, pero sobre todo, su infinitamente hermosa mirada mientras él le respondía. No lo entendía, pero eso era lo de menos. Esto era perfecto. Más que perfecto, era todo lo que había soñado; lo que había querido.

Algo llamó su atención. Un sonido fuerte de… ¿de dónde? Steven parpadeó sorprendido y al abrir los ojos se encontró en su sala, sentado en un sillón y con una extraña hoja verde en su mano. Sacó su teléfono celular del bolsillo derecho de su pantalón y lo desbloqueó: 6:55 p.m.

Confundido, miró también la fecha; se sintió aliviado al verla y confirmar que sólo había pasado un minuto desde que había ingerido el Xiang-Ti. Volvió a guardar el celular y se quedó ahí sentado, inmóvil, en el sillón de su sala. En su mente estaba impresa la visión que había tenido por medio del Xiang-Ti. Una especie de temor sagrado lo invadió al recordar lo real que había sido todo; lo real y lo infinitamente hermoso que había sido todo. Sus labios esbozaron una tenue sonrisa y una lágrima resbaló por su mejilla derecha. Hacía años que no sentía una dicha tan grande, tan inmensa, como la que le invadió en esos momentos. El rencor por su sueño perdido y la partida de Grace se había ido de su corazón, al menos por este instante, y veía todo desde una nueva perspectiva. Veía la decisión de Grace con una madurez que a él mismo le extrañaba y comprendió que Grace era un ser humano, un ser con derecho a tomar sus propias decisiones, al igual que él mismo y todo el mundo. Grace, la hermosa Grace. Al parecer no era su destino estar junto a ella; no al menos en este mundo.

Miró por la ventana y contempló la belleza del crepúsculo borrándose poco a poco en el horizonte. El crepúsculo era tan bello como el amanecer. Y, consideró, vista de la manera adecuada, la muerte podía ser tan bella como el nacimiento. El anciano chino dijo que el Xiang-Ti podía ayudarte a ver la vida más hermosa o podía matarte, pero no mencionó una tercera posibilidad: que hiciera ambas cosas a la vez. El Anciano chino… ¿Quién era? Un ángel seguramente, pensó Steven. Tal vez esas teorías de la moderna espiritualidad sobre el poder ilimitado eran más ciertas de lo que parecían y él mismo, de alguna forma, se había regalado todo esto a sí mismo. O tal vez era el momento adecuado y le había llegado algo de ayuda del exterior. O quizás ambas. ¿Quién puede saberlo? Una cosa sabía Steven: que esto, aquí, ahora, era una bendición. Levantó su mochila del suelo y sacó una pluma y un cuaderno. Arrancó una hoja y comenzó a escribir algo. Al terminar dobló la hoja por la mitad y la puso, visible, bajo su lámpara de mesa, a un lado de su sillón, en la mesita donde había dejado la foto de Grace. Grace, la hermosa Grace. Steven sonrió nuevamente. Miró la fotografía sintiendo una vez más ese amor puro que había olvidado desde hacía mucho tiempo. Entonces agarró las dos grandes hojas de Xiang-Ti. ¿Qué pasaría ahora? ¿Cuáles serían las consecuencias de esto? No podía saberlo con seguridad. Pero había encontrado lo que había estado buscando y tenía la convicción de saber cómo llegar hasta ello. ¿Lo condenarían por buscar su felicidad perdida? Ojalá no. Ojalá lo comprendieran en vez de juzgarlo. Se sintió feliz al echar una hojeada rápida a su vida. Después de todo, había sido una buena vida. Encendió su estéreo y puso una canción: Pa’ llegar a tu lado. Dobló las dos hojas juntas en cuatro partes y las comió.

— ¿Qué pasó amor? No me digas: otra vez en automático —dijo Grace sonriendo en la entrada del salón de clases con Steven frente a ella.
— Sí, otra vez —respondió Steven—. Tuve otra especie de recuerdo extraño. Pero ya regresé, y siento que no volveré a tener esos lapsos de nuevo.
— Pues con automático o sin automático, yo te amo —dijo Grace con voz de canto.
— Y yo a ti Grace; y yo a ti —le contestó Steven contemplando la luz de su mirada.

Al siguiente día los periódicos anunciaban la muerte de un joven por sobredosis de una extraña planta alucinógena que se creía extinta, como revelaba la autopsia. Lo más extraño era que el joven había muerto con una clara y enigmática sonrisa en sus labios.

Jorge Sánchez (Reynosa, Tamaulipas) Nunca le gustó la escuela, pero siempre le encantó aprender. Sus principales pasiones son la historia (especialmente historia antigua), la música (sobre todo el rock y el jazz), y la lectura (mis escritores favoritos son H. P. Lovecraft y Philip K. Dick). Toca guitarra, dibuja ocasionalmente y empezó a escribir en marzo del 2016.

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