Ratas – Una desventura de Malasombra

En la extraña entraña de concreto / Alguien una mano fría olvida
Roberto y Jaime, “Quítame tu cómic de la vista”

Malasombra dejó pasar dos, tres trenes. El segundo se había tomado su tiempo en llegar, cuando lo hizo venía tan atestado que codazos e insultos no se hicieron esperar. “La gente que controla el metro”, pensó, “ha de tener daño cerebral grave”. No le parecía sensato que el tren permaneciera detenido cuando era imposible que subiera una sola persona más. Un hombre gritaba con desesperación: “¡Pásenme mi zapato!”, pero las puertas cerraron y el tren se marchó.

            Cuando el siguiente llegó, Malasombra trató de subir aplicando la misma técnica que los demás: abrirse paso a golpes pero sólo consiguió quedar peligrosamente cerca del borde, donde esperó la llegada del próximo tren con pensamientos sobre qué tan probable sería que alguien lo empujara. Desde ahí contempló a su antojo el mocasín solitario que yacía entre los rieles, vestigio de una vida de oficina que estudiarían los arqueólogos del futuro.

            La cruda trataba de vencerlo. Había pasado toda la noche bebiendo y mientras todos los pasajeros intentaban llegar a tiempo a sus trabajos, él sólo quería llegar a tumbarse en su cama. Una de las grandes ventajas del desempleo crónico era dormir a la hora que uno se le hinchara el huevo, o al menos a la hora que el metro se dignara llevarlo a uno a su destino.

               Poco le faltó para quedarse dormido de pie, pero el ensordecedor bocinazo del tren que arribaba, evitó que lo hiciera.

            ¡Por la fortuna de Mayahuel! Venía vacío. Malasombra no dejó colarse a nadie, era su prerrogativa ser el primero y elegir el mejor lugar. Tuvo que estirar un brazo para evitar que una mujer embarazada lo desplazara, ¿por qué tenía más derecho ella al asiento individual sólo por venir cargada con un parásito? Ni siquiera era un asiento exclusivo. ¡Que se siente en uno compartido!

            Notó algo sobre el asiento. Antes de que algún gandul se quisiera pasar de listo, se apresuró a ocupar su lugar, tomando aquel objeto e inspeccionándolo con atención. Era una cosa oscura, seca como un animal momificado. Pero el cansancio era persistente y no le permitió seguir investigando. Malasombra se recargó sobre el tubo lateral y cerró los ojos.

            Lo despertaron los ladridos de los perros salvajes de los túneles. ¿Qué es esto? Sí, ahora se daba cuenta, era una mano. Fría al tacto como la mano de un muerto. Se la metió al bolsillo y salió del vagón vacío.

            Aquello no era ninguna estación, estaban en el hangar. Alguna descompostura, quizá, algo cada día más frecuente desde que la ciudad eligió a un puto policía como su gobernador. Ahora, el gobierno no era sólo corrupto, eso lo iba a ser siempre desde que Carranza traicionó la revolución, ahora era también un bastardo que sólo sabe hacer una cosa: chingar. Habría que defenestrarlos a todos.

            Y bien, pues a buscar la salida. Nunca se había quedado dormido en los hangares de Pantitlán, no podía imaginar lo que podría encontrar ahí, o lo que podría encontrarlo a él; es decir, además de los perros salvajes y las ratas de sesenta centímetros. Aquél era un pinche laberinto, ¿a quién se le había ocurrido que era buena idea hacer estos túneles tan tortuosos y retorcidos? “Oiga, jefe, hagamos los túneles como un amasijo de nudos atados por un esquizofrénico, las líneas rectas y los pasajes directos están sobrevalorados”; “La distancia más corta entre dos puntos es la recta, pero nosotros preferimos los garabatos”.

            Así de insensato ha sido siempre nuestro destino desde el primer día cuando unos viajeros empeyotados decidieron erigir su gran imperio de arrancacorazones ¡en una puta laguna!

            Siluetas de ojos brillantes se arrastraban de un lado a otro. Eran las ratas.

            — Espero que no estén pensando en comerme —dijo Malasombra—, les aseguro que les causaría malestar durante días.

            Deben haberle creído, pues ni una sola rata se acercó a husmear. Aunque no podía ver con claridad, entre la masa de roedores creyó ver una de mayor tamaño, ¿quizá la legendaria rata gigante de la línea 3? Su punto más débil siempre había sido la curiosidad, y una vez más se dejó vencer por ella, la seductora, la bella, la amorosa.

            Cuidando de no enfurecerlas, se acercó al bullicio y, sí, era una rata mucho más grande que las otras, del tamaño de un perro. Lo miraba con ojos inteligentes, oculta entre las sombras. Malasombra notó dos cosas: la rata había perdido una de sus patas y las demás ratas parecían obedecerle como una corte.

            El rey rata, seguido por sus cortesanos, avanzó por un túnel que Malasombra no había notado antes, de tan estrecho que era. De vez en vez, el rey giraba la cabeza, como si quisiera asegurarse de que Malasombra venía detrás. El rey rata apuntó con el hocico hacia un pasillo débilmente iluminado para enseguida escabullirse por algún recoveco.

            — Quieren que me vaya, ¿eh? Entiendo.

            Malasombra avanzó por el pasillo que el rey le había mostrado y no se detuvo hasta llegar al andén de Pantitlán, dirección Tacubaya.

            Sobre el andén había un hombre calvo, de baja estatura, vestido con un raído traje de tweed barato de un gris desteñido; su rostro le parecía vagamente familiar. Se le acercó a Malasombra y éste se dio cuenta de que al hombrecillo le hacía falta una mano.

            — El metro es el sistema nervioso de la ciudad —dijo el manco con toda naturalidad—, sin él, todo colapsaría.

            Malasombra pensó que se parecía más a las tripas que transportan mierda de un lado a otro, pero decidió guardarse sus pensamientos para sí mismo, pues no le gustaba andar regalando cosas a los extraños. Le entregó la mano fría, el hombrecillo la aceptó, le agradeció y se marchó dando pasitos por un túnel clausurado con tablas de madera y cinta policial. Malasombra se marchó en la dirección contraria, contento porque pronto se echaría a dormir.

Sobre el Autor: Jorge Jaramillo Villarruel (Ciudad de México) – Colaboró en Bolivia 3.0 con ficciones quincenales y ha publicado en diversos medios. En 2014 publicó su primera novela, Los elefantes son contagiosos (BUAP) y en 2016 el ebook de cuentos fantásticos y de ciencia ficción El país de noviembre (Kindle). Forma parte de The best of spanish steampunk (Nevsky), Cuerpos rotos (Bitácora de Vuelos) y Alebrije de palabras (BUAP), entre otras compilaciones. Para más cuentos de Malasombra, visita: https://amorycohetes.wordpress.com/malasombra/

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