Bye Bye Dr. Evil

Ya no hay más

científicos locos.

Es una pena.

Cuánto extraño

a ese modelo del mal

cruza de ultrahombre

nietzscheano con

racionalista comteano.

Preferentemente calvo

pálido y ojeroso

más bien petizo,

vestía una sempiterna

bata blanca

cerrada hasta el cuello

calzaba anteojos gruesos

y cada tanto largaba

sus carcajadas

de poseso sin cura.

Hasta hace unas décadas no más

en cuadritos pintados

o en fotogramas monocromos

él nos sugestionaba con

la idea demoníaca

del poder absoluto.

La antonomasia del Mal

se ha ido de paseo.

El sabio loco en su

laboratorio subterráneo

repleto de transistores,

válvulas y multicolores

probetas burbujeantes

pergeñaba la manera

de apoderarse del mundo

pues menos que eso

no valía la pena.

Solitario, sin financistas

ni políticos inescrupulosos

que apoyaran el despropósito

y le dieran un poco de verosimilitud

a sus investigaciones,

tal vez sí junto a un asistente

encorvado y apocado

sobre el que descargar su ira,

ese hombrecito megalómano

rumiaba sus delirios

a contramarcha de la Historia.

Tal vez su extinción

sintonice con la tan mentada

muerte de las utopías

y los relatos totalizadores

amparándose en la fragmentariedad

de la tan cacareada

postmodernidad finisecular.

Tal vez en este nuevo desbande

de la Totalidad

se haya volatilizado

nuestro calvito ojeroso

resentido y mandón

que ideaba sus ejércitos del mal

cual hormigas listas

a esparcirse hasta

las antípodas

para asegurar el dominio

del nuevo rey de la Tierra.

Y pensaba en la zoología

de malvados literarios

pues recordé al Astrólogo

ese personaje arltiano que

pretendía financiar la revolución

con una red de prostíbulos.

Hoy, mediante la clonación

él podría construirse un

batallón de Pris,

¿recuerdan?

la sensual replicante

diseñada para las artes amatorias

que  cazó el detective Deckard.

Roberto Arlt y Philip Dick…

extraño maridaje.

Pero para qué molestarse

en imaginar relaciones

literarias contrafácticas

si ya nadie

atesora el secreto deseo

de querer dominar el mundo.

Sobre el Autor:  Maximiliano Sacristán nació en Buenos Aires en 1974. Estudió periodismo y letras. Se desempeñó como articulista y asesor de redacción. Publicó El gotero de tinta (2004), Tríptico postmoderno (2008), y Diario liberto (2012) en ediciones independientes, más la novela Gayumbo empieza por gay (Madrid, Literaturas com Libros, 2016) como finalista del Premio Desfase. En 2016 ganó el XIV Concurso de cuento organizado por la Asociación El Coloquio de los perros de Montilla, España.

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