Sin tentar la suerte

A la luz del sol vaquero, un hombre mira un pueblo con sus ojos rasgados. Cabalga hasta la entrada del salón, dándole con los espolones al caballo. Baja en el abrevadero. Patea una rodadora. Aprieta la cartera dentro de su chaleco, antes de entrar a cobrar su recompensa.

El lugar polvoriento le niega la vista con penumbra. Aspira el hedor a hueso viejo y aguardiente, mientras sus ojos se acomodan a los bordes, esquinas, astillas, cartas y hombres. Se acerca sin interrumpir el bullicio. Al lado de su banquillo, un muchacho flacucho se pone de pie con prisa.

– Un licor, por favor.
– No servimos a indios, aunque vengan de vaqueros.
– ¿Ni aunque traigan paz?

El hombre saca de la cartera la recompensa firmada y sellada. El cantinero canoso y relleno tira su vaso cuando lee.

– Invénteme un trago, con lo mejor que tenga.
– Al momento, caballero.

El cantinero saca un whisky de la alacena, la botella tiene detalles plateados y es vieja. Sobre su hombro, el muchacho avisa a un hombre de barba poblada y calvo, que mira al indio detrás de su botella. El ambiente se acalla.

Vierte pólvora, pimienta roja, tequila, licor de zarzamora y un chorro de vino con rapidez dentro de la mezcla. Escucha los pasos acercándose, pero la bebida continúa: es servida en un vaso bajo.

– Tres de Espadas —bautiza el cantinero, con sudor en su frente blanca.

El indio toma el vaso en su mano, se pone de pié y gira para encontrarse con el revólver frío, largo, de un hombre parecido al del cartel de recompensa.

– Mataste a mi hermano, indio.
– Indio, pero hombre. Déjame terminar mi trago, al fin, soy hombre muerto. Como tu hermano.

El calvo sucio asintió, rascándose el bigote sobre una sonrisa triunfante. El indio se quitó el sombrero, dejando caer su larga trenza negra. Puso el vaso en sus labios, y tragó todo mientras tomaba su revólver con la mano izquierda. En un segundo, disparó, pero no hubo sonido de disparo, sólo una luz vívida y candente. Un aire seco.

A la luz del sol vaquero, el mismo hombre mira un pueblo con sus ojos rasgados. Confusión. Cabalga hasta la entrada del salón, dándole con los espolones al caballo. Baja en el abrevadero con cautela, mirando una réplica exacta de su mismo caballo, amarrado. Aprieta la cartera dentro de su chaleco, y la revisa antes de entrar a cobrar su recompensa: ahí está en su pecho, el mismo cartel doblado y firmado.

El lugar polvoriento le niega la vista con penumbra. Aspira el hedor a sangre y aguardiente, mientras sus ojos se acomodan a los bordes, esquinas, astillas, cartas y un hombre. Se acerca sin bullicio. Al lado de su banquillo, una mancha de sangre que continúa sobre la barra.

– Es magia india —dice temblando el cantinero—, acaban de llevarse su cuerpo arrastrando de aquí.
– No es ninguna magia, pero ya sabe por qué estoy aquí. Sírvame otro Tres de Espadas.

El cantinero saca un whisky de la alacena, la botella tiene detalles plateados y es vieja. Sobre su hombro, el bar está vacío, y reconoce pedazos de su propio cabello en el suelo.

Vierte pólvora, pimienta roja, tequila, licor de zarzamora, y un chorro de vino con rapidez dentro de la mezcla que prepara. La bebida es servida entre temblores en un vaso bajo, sin evitar chorrear un poco sobre la barra.

– Tres de Espadas —anuncia el cantinero, con sudor en su frente blanca.
– Gracias, hombre. Sólo…

El cañón humeante de la escopeta en las manos del viejo que le sirvió el trago. El indio recostado en el suelo toca su pecho: sangre brotando. Se pone de rodillas con dificultad, para tomar el Tres de Espadas. El viejo vuelve a apuntar, ahora a su cráneo. Bebe rápido, logra ver el cristal en el fondo del vaso romperse mientras miles de balas lo sumergen en luz incandescente. Roja. Caliente. Un aire seco y árido.

A la luz del sol vaquero, el mismo hombre mira un pueblo con sus ojos rasgados. Decisión. Cabalga hasta la entrada del salón, dándole con los espolones al caballo. Baja en el abrevadero con cautela, mirando dos réplicas exactas de su mismo caballo, amarrados. Aprieta la pistola en su cintura, y la revisa antes de entrar: cuatro balas.

El lugar polvoriento le niega la vista con penumbra. Dispara sin temor, se oye un cuerpo azotar. Aspira el hedor a muerte y aguardiente, mientras sus ojos se acomodan a los bordes, esquinas, astillas, cartas y un herido. Se acerca entre gemidos del cantinero. Pasa caminando por encima de su propio cuerpo muerto, toma la copia de su propia pistola y avanza hasta el otro lado de la barra.

– ¿Dónde está el dinero de la recompensa?
– En la alacena, en lo más bajo —tartamudea con dolor—, por favor, tengo dos hijas…

El indio revisa el lugar. Saca los billetes y los guarda en su chaleco. Al ponerse de pie retumba un disparo en el borde de un tarro metálico, y regresa a cubrirse detrás de la barra.

– ¡Te acabamos de enterrar, indio —escucha la voz del calvo—, y te voy a enterrar otra vez si tengo qué.

Comienza una lluvia de balas de las que el indio, estaba seguro, no iba a salir vivo. Toma un vaso y le grita al cantinero.

– ¡Un Tres de Espadas! —las balas destruyen copas de cristal encima de ellos, y les devuelve dos disparos con el revólver, sin salir de su cubierta— ¡Dime los ingredientes!

El viejo lo mira con ojos entrecerrados.

– Tequila, zarza… —el viejo se retuerce del dolor—, zarzamora. El licor.
– ¿Qué más? —el indio sirve por cantidades aproximadas en el vaso, dispara otras dos balas y se escucha un grito de muerte— ¿Dime, qué más?
– ¡Pólvora! P-p-pimienta, la roja —un disparo iracundo termina de romper la madera donde se detenían las copas, y cae encima del viejo, matándolo. El indio vacía el cargador de ambas pistolas sobre la barra, y logra detener lo suficiente a los hombres. Introduce los dos ingredientes, y arroja la mezcla del vaso en su boca, sin pasarla.

¿Qué más? piensa. Entre los vidrios rotos y los envases derramados, ve una botella de tequila —le da un sorbo—, un pedazo de garrafa de vino, con un poco en él, lo toma, siente pedazos de vidrio en su boca, mientras traga todo y cierra los ojos.

Disparos.

Abre los ojos.

– ¡Se le acabaron las balas al indio!

Escucha los pasos acercarse… ¡El whisky! Abre la alacena con rapidez, y toma la botella plateada. Corre por la puerta trasera de la cantina, siente los pasos detrás de él. Empina la botella en su boca mientras pisa la tierra árida y lo ilumina un sol poniente. Recibe siete disparos en la espalda y se desploma sobre el suelo, tosiendo sangre.

A la luz del sol vaquero, el mismo hombre mira un pueblo con sus ojos rasgados. Escucha disparos continuos. Revisa su cartera: no hay dinero, sólo el contrato a cobrar.

Da la vuelta.

Cabalga lejos, sin tentar a la suerte.

Sobre el Autor: Quidec Pacheco (1988) – Hacía películas caseras, canciones improvisadas y dibujos malos de niño. Se dedicó a escribir bien-bien hasta el 2013, cuando comenzó a tomar cursos y talleres de la disciplina, mientras practicaba mucho. Fue ganador del primer lugar en el Certamen de cuento de ciencia ficción de Nuevo León “Ramiro Garza” en el 2016. Da talleres sobre escritura creativa, y es editor administrativo en la editorial Fixión Narradores. No le gusta la calabacita y la papaya.

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