Parálisis

¡Ese punto en el que la vida se extingue lentamente! ¡Tan lento que puedes sentirla! Palpar la muerte, suspira justo en tu oído, susurra algún canto satánico que reclama tu alma, un espíritu que se debate entre el bien y el mal. Todo el esplendor del limbo, un abismo, que según muchos no existe. Pero es rea.

Todo esto es una sensación muy extraña. He matado, porque lo he deseado. Soy una persona con demonios internos demasiado presentes, a veces tengo la duda de si soy yo quien los controla o yo me muevo bajo su régimen imparcial. Realmente, hubo un tiempo en que me esforzaba por ser normal, tú sabes, esa mierda de ir con el psicólogo, grupos de ayuda, a la iglesia; atender a las emociones humanas más simples y hermosas. La oscuridad de mis pensamientos fue realmente atormentadora, pero ahora la encuentro placentera. A pesar de eso, siento que tengo un buen corazón, allá afuera, quiero decir, en la vida, aún existen psicópatas, sociópatas, pervertidos, enfermos mentales, sin menospreciar a aquellos cuya estructura cerebral o funcionamiento psicológico les hace ser especialmente diferentes, yo hablo de esos depravados que gozan de violar, descuartizar, comer carne humana, asesinar en masa, de los que están condenados a satisfacer oscuras necesidades.

Me han preguntado, ¿por qué disfruto tanto del sufrimiento ajeno? Es sencillo. Solía simplemente responder con una sonrisa y un silencio, pero ahora lo entiendo, se trata de algo tan sencillo como la vida misma, tan magnífico como la muerte. En mi alma había sufrimiento constante, mi débil deber humano requería un equilibrio, puede ser egoísta, pero dicho balance se encontraba en el dolor vecino, lo disfrutaba, más cuando se trataba de justicia merecida, no de esas estupideces de códigos penales, estoy hablando acerca de la venganza real, la que tomas con tus propias manos y bajo tu único criterio.

No siempre fui así, debo admitirlo. Todo esto se debe a un ligero detonante, mis últimas vacaciones, a partir de ese momento todo se fue al carajo.

“¿Aceptas el trato?”

Reposó su gélida mano sobre la mía, inmóvil.

“No hago tratos contigo”

Sentí retirar su carne en un delicado desliz sobre mi áspera piel. Sin articular palabra, la figura imponente se puso de pie, caminó y se perdió entre las sombras. Entonces pude recuperar el control de mi cuerpo. La inmovilidad de mis extremidades se desvaneció en un cosquilleo sutil pero intenso en cada movimiento. Me reincorporé sobre la fría cama, ahogando un grito en suspiros. Me puse de pie, junto a la puerta vi una figura religiosa reposar en un marco de madera del que pendía un cable blanco, no tan lejos del mismo había un hueco. Mi vista se acostumbró a la obscuridad. Caminé acompañado de mi acelerado corazón, sin perder tiempo enchufé la figura religiosa, se trataba de una caja de luz amarillenta que emanaba su haz de luz sobre la cama. Cobijado de una seguridad psicológica, me recosté sobre la cama, con el pecho y la barbilla en plena iluminación, dormí.

Desperté en cuanto las risas de la habitación contigua inundaron mis oídos. Aún tenía la sensación de cosquilleo en mis brazos, miré la palma de mi mano esperando ver un ligero rasguño.

“¿Papá?”

Se abrió la puerta metálica, de manera lenta vi la fina cara de mi hija asomarse, buscando un permiso para entrar a mi privacidad.

— Adelante, cariño —dije en el momento en que me senté en la cama.
— ¿Vas a desayunar? —entró de lleno— Puedo cocinarte huevo.
— ¿Ya despertaron los demás?
Asintió casi como si hubiera previsto mi pregunta, se sentó junto a mí.
—¿Estás bien?
—Tuve un mal sueño —dije—, es todo. Se me subió el muerto.
— Ay, papá, eso tiene nombre científico. Se llama parálisis de sueño —añadió con tono catedrático.
— Lo siento, no soy tan conocedor como tú.

Me abrazó y besó en la mejilla, sólo sonreí. Dejó mi cuarto con una invitación al desayuno. Cambié mi pijama por el último conjunto limpio en mi maleta de viaje: pantalón de mezclilla azul, una camisa polo color roja sobre la cual yacía un holgado suéter gris.

Al caminar por el pasillo que conecta habitaciones y cocina pude sentir en mi nariz el olor a huevo y tocino. Me detuve en seco frente a la cocina. La figura imponente estaba frente a la estufa, pude apreciarla con mejor claridad: un hombre de casi dos metros, delgado y encorvado, era una sombra. Su negra e irreconocible cara dirigía su mirada hacia mí, supe que era su frente pues tuve una sensación eléctrica en todo mi sistema nervioso, me estremecí. Lo que olí antes no era huevo, era la cara de una mujer morena, la figura detenía con firmeza la cabeza de la desdichada sobre el mortal fuego de la estufa. Pude escuchar la carne arder. Fugazmente pensé en mi hija. En cuanto sus escuálidas manos levantaron el cuerpo, la carne se despegó de los rojizos metales; asiéndola de las greñas extendió su mano hacia mí, la cara era irreconocible. Un gimoteo emergió de la profundidad bucal de la bestia, tembló su semblante, su cuello y hasta el brazo erecto. Di unos pasos atrás, extendió sus alargados dedos y el cuerpo cayó en seco, golpeando su cabeza con la puerta del horno.

Corrí a lo largo del pasillo, sentí la figura correr detrás de mí, la imaginé andar en cuatro pues escuché un odioso galopar, como el del toro pero con garras en lugar de pezuñas. Frente a mí, la puerta del patio trasero se cerró con crudeza levantando polvo en el acto. No aminoré mi carrera, después de gritar aumenté mi velocidad y desviando mi dirección un poco, embestí la vieja puerta de madera con todo el peso de mi cuerpo, utilizando mi brazo derecho como amortiguador. Caí en tierra sobre la muerta puerta, al tratar de recuperar mi postura, gateé un poco, me apoyé sobre mis piernas y me impulsé para tomar el hacha que yacía sobre un viejo roble, sin pensarlo tiré un hachazo ayudado del impulso de la media vuelta que con mucho ímpetu di. Sentí el impacto casi al unísono de un crujido seco.
Era mi hija… La asesiné.

Sucumbí chocando mis rodillas contra la grava.

—¡No! —exclamé entre arcadas.

Los ojos rojizos, la garganta punzante, el pecho palpitante… La respiración me faltaba, lo hacía en alargadas bocanadas en las que el alma se me escapaba, extendí mis manos hacia mi hija, como hacía cuando la mecía en mis brazos. Del marco de la puerta nacía la colosal figura, encorvándose para poder brotar. En un andar más erguido se acercó a mí, observando mi dolor. Con la cabeza gacha, cerré los ojos esperando un zarpazo, en su lugar el crujido viscoso me hizo dirigir lentamente la mirada hacia el hacha, fue desprendida con dificultad. Una viñeta me dificultaba la visión, parpadeé y las lágrimas fluyeron, pude ver con mayor claridad. El arma cayó frente a mí, permanecí unos minutos haciendo una confrontación visual con el ensangrentado objeto hasta que la figura volvió a entrar a la casa. Tomé el mango con ambas manos y sin dejar de hacer contacto, reposé la espalda del filo sobre las piedrecitas, dejando el área letal viendo hacia el cielo. Agaché la cabeza, mi pecho comenzó con un vaivén demasiado acelerado, intenté controlar la respiración pero fue inútil, sin embargo, al dibujar el beso que hace minutos obtuve de mi hija, toda exasperación dio lugar a una tranquilidad interna. Sonreí, balanceé mis brazos, una y otra vez, sintiendo el peso del metal. Reí tímidamente al imaginar a mi hija pequeña, observándome cocinar huevo con tocino, me apreciaba con una admiración y extrema curiosidad; dicha imagen mental de pronto se corroyó por una negrura que se liberaba del límite visual pues era diferente, placentero, me cobijó.

Carlos Montiel Valenzuela

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