Papá Hoodoo

No importa cuántas veces intente reprimirlo, la verdad es que en cuanto siento el gélido aliento decembrino mi cuerpo comienza a temblar de forma clínica. Tengo un miedo mórbido a la navidad y puede que me juzguen por excederme en dramatismo, sin embargo, una vez que relate la raíz de mi cisma existencial, concordarán con mi nauseabunda aversión a dicha festividad.

Todo comenzó hace ocho lustros, yo contaba con seis años de edad, asistía a una escuela privada de excelsa reputación. Aquel 19 de diciembre durante la celebración de la posada escolar me encontraba con Ariel Montenegro quien era el amigo más cercano que tenía; él era un niño déspota, arrogante y caprichoso, no obstante conmigo solía ser un poco dócil. Ariel poseía el record de quejas por mal comportamiento pero debido a que sus padres donaban enormes cantidades de dinero todo aquello se pasaba por alto. Mordía a las niñas por puro placer y violentaba a los compañeros más frágiles. Aquel día en la posada le vi un poco apacible, hasta que se percató de que el hijo del jardinero se había colado a la fiesta. Se trataba de un niño afromexicano de semblante triste, siempre vagaba por la escuela mirando de lejos a los demás niños. Su nombre era Ciro, vivía en la escuela ya que su padre era demasiado pobre para costearse una vivienda propia. Ariel le lanzó un manotazo e hizo que el pobre chico dejará caer la soda y el pastel que había tomado. No reparó en insultarle por su clase social inferior, le hizo ver que era un simple pordiosero que sobrevivía de la caridad y por último profirió crueles frases racistas consiguiendo que el pobre niño saliera corriendo envuelto en una sombra lacrimosa.

Miss Bayardo quién era nueva entre los docentes le dijo que aquel comportamiento era censurable en todo sentido y más en navidad, una época para compartir y amar. Sin embargo Ariel se burló de ella y dijo a todos que quienes daban los regalos eran nuestros propios padres. Miss Bayardo se molestó al grado de decirle que cuidara sus palabras o “Papá Hoodoo” podría escucharle. Todos le pedimos que nos hablara de tal personaje y lo que nos contó logró colmar de pesadillas nuestra noche; Papá Hoodoo era un ser deforme que cargaba un saco pestilente, tenía patas de cabra, iba ataviado de harapos sucios y poseía dientes podridos, era calvo y en sus ojos se albergaba la perversidad, aquel ser gustaba de devorar al niño que se comportara de la peor manera en navidad…

Yo tuve que quedarme a dormir en casa de Ariel el 24 de diciembre debido a que mis padres se encontraban fuera. Fue una buena navidad, colmada en excesos debo admitir, y sin importar que aún no fuera tiempo, los padres de Ariel nos dieron varios regalos. Comimos helado de chocolate hasta reventar y yo caí en una somnolencia profunda.

Un alarido plutónico me despertó a las dos de la mañana, pero no era un grito común, parecía como si fuesen cientos de gritos en total agonía. El chillido funesto se oyó por todo el lugar y yo bajé las escaleras corriendo sólo para tropezar con una sustancia viscosa. Al encender la luz contemplé una escena horrorosa, se trataban de las vísceras de los padres de Ariel; cuando mis ojos se fijaron en el árbol de navidad quise vomitar al ver que donde debería ir la estrella, se hallaban las cabezas de los señores Montenegro y un susurro demencial me hizo voltear hacia la chimenea donde mi cordura murió.

Aquel ser putrefacto parecía un arlequín pesadillesco y de sus ennegrecidos labios sobresalían una hilera de dientes podridos que al unísono me recibieron con una carcajada demoníaca, sus ojos eran pozos sin fondo que me helaron el alma. Sus hórridas uñas necróticas sojuzgaban la boca de Ariel. Aquella emancipación luciferina se dispersó como una sombra en la tenebrosidad de la chimenea.

De Ariel nada se volvió a saber.

Luis Ricardo Márquez.
(Cuento ganador del tercer lugar del concurso Nyctelios 2016)

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