Embrujados

“ Ic, no debes acercarte al Sol”. Esa frase la he escuchado toda mi niñez, siempre te lo están recordando, siempre te lo están repitiendo. Pero si todo mundo desobedece las reglas, ¿por qué yo no?

Desde hace días que hemos estado planeando, mis amigos y yo, una excursión a la punta del farallón, el lugar prohibido; Fince nos ha estado retando demasiado. Sospecho que él ya estuvo allá, o que fue y no llegó hasta la cumbre. No estoy seguro.

Sé que aún soy pequeño comparado con mis hermanos, a ellos les pregunto por qué no debo acercarme al Sol, no me quieren contestar, se hacen los disimulados y se alejan batiendo sus fuertes y blancas alas.

Si trato de preguntarle a papá o a mamá ambos ponen cara de serios para cambiar de tema, nunca nos hablan directamente.

A los viejos de la comuna, con sus alas grises y arrugadas, todo mundo los hace menos, nadie cree en sus palabras, ni los toman en cuenta, si yo trato de preguntarles por qué no debo acercarme al Sol, me cuentan cosas raras que no alcanzo a comprender, lo primero que me dicen entre risas es que ya estoy embrujado. También me dicen que debo acercarme pero con prudencia, que cuando sea mayor lo entenderé, pero que nunca lo haga antes de tiempo porque me puede ir mal.

Hoy mis amigos se han decidido, nos escaparemos esta mañana de la escuela; quieren alcanzar la cima del farallón, ahí donde siempre nos han prohibido acercarnos. Me da miedo pero me encantaría conocer lo que hay detrás de la eterna Corona de nubes que oculta la cima. Fince y Trimmy han invitado a dos amigos más. Finalmente nos decidimos, camino a la escuela nos escondemos entre rocas y copas de árboles. Los demás no nos echan de menos. Se alejan siguiendo al instructor escuchando sus aburridas clases.

Es media mañana cuando alcanzamos la base del farallón. Luce imponente con sus paredes casi verticales, ondulantes, cual si fuera el cortinaje de algo secreto, muy oculto. Arbustos junto con árboles pequeños se desparraman por toda la pared aferrados a los entresijos de la mole pétrea.

Fince encabeza la marcha, es el mayor y con las alas más fuertes, empieza el ascenso. Yo titubeo pero tras ver a Zca seguirlo con decisión, me lanzo. Trimmy nos sigue junto a Ddi, el más pequeño.

Zigzagueamos entre las fisuras del farallón, volamos de árbol en árbol, o nos arrastramos por la superficie vertical tratando de que los de abajo no nos vean. Yo tengo la costumbre de embelesarme mirando esta gran montaña, sus tonos verdes, grises, ocres, según la estación en que estemos, supongo que alguien más lo estará haciendo en este instante. Ahora hace calor, el Sol brilla en lo alto con toda su fuerza, las rocas están calientes, reflejan la luz y el calor del astro.

Hemos hecho un alto en una saliente de roca. Fince, entusiasmado nos reta –Mira, ¡la escuela! Que pequeña se ve desde aquí con todos esos tontos aburriéndose allá abajo mientras nosotros nos encontramos a medio camino de descubrir que hay más allá de la Corona del farallón. ¿No es así?

Yo asiento firmemente con la cabeza mientras trato de recuperar el aliento, descanso mis alas en las ramas del árbol en que me encuentro.
— Oye, Fince —Zca pregunta—, ¿y qué hay del guardián de la Cresta? Ese que dicen tiene seis brazos, un hocico enorme y evita que los jóvenes alcancen la cima.
— ¿Qué te pasa, Zca? ¿Tienes miedo? Esas son sólo fantasías para acobardar a… —Fince se inclinó hacia todos los demás— los cobardes.
— Pero… pero, y ¿si sí es cierto? —casi temblaba Ddi.
— Puedes regresarte desde aquí si quieres, niñito —respondí con falsa valentía.

Un grito a mis espaldas erizó mis alas. Giré mi cabeza y alcancé a ver la cara de espanto de Trimmy que señalaba hacia la parte alta del farallón. Al voltear me encontré con el hocico del guardián de la Cresta, el Ritte. Sus garras se aferraban al borde de uno de los dobleces de la montaña, sus alas empezaron a distenderse amenazantes, oscuras y enormes. Extendió una de sus garras hacia donde estaba el paralizado Zca, lo atrapó sin dificultad. Fince reaccionó mientras emprendía el vuelo alejándose de la garra que lo seguía. Sin perder tiempo el Ritte atrapó con dos garras más a los pequeños Trimmy y Ddi.

En la barahúnda mis alas se enredaron en el follaje del árbol que me ocultaba, eso me dio tiempo para alejarme de ahí cayendo directamente a la base del farallón. El Ritte no se decidió a seguir ni a Fince ni a mí. En un principio.

Cuando pude abrir mis alas y recuperar el vuelo, miré hacia arriba; el gigantesco cuerpo del Ritte ocultó el Sol. Iba tras Fince. Y ahora yo tras él.

Fince se esforzaba por ganar velocidad, pero jamás podría competir contra la fuerza y potencia de las majestuosas alas del Ritte. Estiró una de sus garras libres, lo atrapó. Repentinamente giró, se lanzó hacia abajo, justo donde me encontraba yo. La maniobra me pilló desprevenido, recogí mis alas junto a mi cuerpo para esquivar al Ritte. Su vientre escamoso pasó raudo frente a mí, y pensando que lo había logrado me olvidé de su cola, la enroscó y me atrapó.

 

Ya en su cueva, en medio de la pared del farallón, oculta por enredaderas y cascadas, el Ritte contemplaba sus inermes presas. Fince enrojecido por el esfuerzo de querer soltarse de aquella garra. Zca pálido, mudo. Ddi llorando a lágrima viva mientras Trimmy trataba de consolarlo. Yo me encontraba aún apresado por la cola de nuestro guardián, cerca de la enterada de la cueva, la luz se filtraba entre las enredaderas, las cascadas la descomponían en mil colores. Desde mi lugar contemplaba los reflejos de las escamas casi metálicas del guardián de la Cresta. Su piel era hermosa, sus músculos se dibujaban bajo esa armadura; sus patas traseras, las más cercanas a mí, mostraban en reposo sus afiladas garras, de haber querido destrozarnos ya lo habría hecho. Sólo cabía esperar.

Uno a uno fue acercando a sus rehenes a su gran y húmedo hocico. Primero a Fince, después a Zca, a Trimmy y a Ddi. Finalmente se acordó de mí. Era mi turno. Recogió su cola, me puso frente a su hocico. Mis alas me dolían de tenerlas dobladas tanto tiempo. En una maniobra rápida me soltó y caí al suelo sin darme tiempo para más me enredó las piernas con su cola. No podía escapar. Mis alas en un reflejo inconsciente se extendieron dejando al descubierto mi pecho.

El Ritte sacó su lengua bífida dirigiéndola a mi plexo solar, ahí donde tenemos nuestro caparazón tierno y sin abrir. Con su hábil lengua arrancó de un tirón mi lity, que era la ropa que llevaba encima cubriendo mi pecho y mi bajo vientre, me dejó casi desnudo. Finalmente probó mi caparazón arrastrando su lengua sobre mi piel. Alejó su cabeza un poco y entrecerró los ojos mientras me miraba con atención. Una vez más humedeció su legua y volvió a lamerme el plexo. Al parecer le gustaba el sabor. Ahora entiendo porqué se entretuvo tanto con Zca. A Trimmy y Ddi, los alejó al primer lengüetazo. Pero a Fince le prestó una atención especial. Después le preguntaría, pensé mientras sentía ese calor pegajoso de su hocico en mi pecho.

La cola regresó a su lugar y yo con ella. El Ritte se arrastró a la boca de la caverna, se levantó sobre sus garras traseras, extendió sus alas; Lanzó un gruñido que reverberó en ecos por el farallón. Dejó caer el peso de todo su cuerpo hacia el frente y nos arrastró con él. En la caída vi que liberaba a Fince, después a Zca y finalmente a mí. Frenamos y seguimos con la vista su caída. Nunca soltó a los pequeños.

— Yo no tuve la culpa, yo no quería que vinieran, ¡te lo dije! —gritó consternado Zca.
— Y a mí qué me dices, llorón. Yo les dije que no vinieran, que estaban muy chicos y que deberían de esperar. Eso les pasa por ansiosos —reclamó Fince.
— ¿Qué les vamos a decir a sus padres? —pregunté.
— Yo nada —respondió muy seguro de sí, Fince. Zca se alejó batiendo sus alas.

Después de seguir ascendiendo en silencio, por fin alcanzamos la Corona. El frío calaba y la humedad creaba esferitas de agua en nuestras alas y cabello. Finalmente Zca, rompió el silencio —Bueno, quizá los suelte más abajo.
— Sí, o quizá se los coma —continuó Fince—, se va a quedar con hambre.
— Jamás he escuchado de nadie que regrese del farallón sin haber alcanzado la Cresta. O la pasas o no regresas —dije.
— Y yo jamás he sabido de ningún padre que llore la desaparición de algún pequeño como Trimmy o Ddi —afirmó Fince—. Supongo que así debe ser.
— Cierto, en el nido del árbol frente al de mis padres tenían un pequeño como Ddi —relató Zca—, un día dejé de verlo; pregunté a mi madre y sólo dijo “Eso les pasa a los hijos desobedientes, por acercarse demasiado al Sol”. Pero nunca vi una lágrima en los rostros de mis vecinos.
— Supongo que no ha de ser tan malo después de todo —Fince se encogió de hombros. Su gesto más común—. Además ya hemos llegado bastante lejos como para regresar sin alcanzar la cima. ¿Qué dicen?

Zca alzó el vuelo. Fince y yo lo imitamos.

La Corona era un banco de nubes perpetuo que se abrazaba a la parte alta del farallón. No te dejaba ver más allá de la extensión de tus alas. Las ramas frondosas de los arbustos se confabulaban para dibujar perfiles grotescos y aterradores.

— ¿Falta mucho, Fince? —preguntó Zca.
— Pues no por qué lo preguntes continuamente va a faltar menos —contestó sarcásticamente Fince.
Me reí sin ganas recordando, y pronunciando, las continuas preguntas de Zca “ ¿Y ya vamos a llegar? ¿Y falta mucho? ¿Y cuánto falta?“
— ¡No te burles, cagón! —me contestó enfadado el aludido.
— ¡El Sol, el Sol! —gritó de pronto Fince.

Tras  un par de aletazos más traspasamos la Corona. Ante nosotros se abría un espectáculo diáfano, veíamos por fin la cumbre del farallón, cortinas de roca se alzaban sólo un poco más sobre nosotros. A nuestros pies, cubriéndolo todo como un mar de nubes, veíamos el techo de la Corona, tranquilo, majestuoso y finito. El Sol… El Sol brillaba más que nunca, mucho más, tenía un resplandor extraño y el cielo otro color, un color fuerte, profundo, inexplicable.

— Fince —escuché decir a Zca.
— ¿Qué quieres? —le respondió este con la cabeza echada hacia atrás contemplando la cumbre del farallón.
— Tu plexo —contestó Zca ahogando una risita.
— ¿Qué tiene? —respondió Fince, sin darle importancia.
Me ganó la risa, el plexo de Fince había perdido toda su cubierta, su caparazón, ahora lucía una suave y rosada superficie. Fince enrojeció. Zca se carcajeó. Pero le duró poco. A Zca y a mí nos había pasado lo mismo.
— ¿Por qué nos estas mostrando tu plexito, Zca? —se burló Fince.
— ¡Cállate! —le respondió Zca—. Además, Ic también lo tiene igual —me señaló tratando de desviar las burlas.

Una roca pequeña cayó dando tumbos por la pared. Alzamos nuestra vista y algo se escondió en la cima. Nos miramos los tres, sin saber qué más ocultaba aquella montaña.

Quisimos emprender el vuelo pero estábamos exhaustos, escalamos el último trecho. Llegamos a la cima, era una meseta plana rodeada de árboles y unos arbustos extraños, de nuestra estatura aproximadamente, de un color pardizo; Por lo demás estaba desierta. Nos tiramos en el suelo, de cara al Sol con las alas totalmente extendidas. Cerré los ojos.

Después de un rato una sombra me ocultó la luz, abrí los ojos y no pude distinguir más que una silueta con las alas semi plegadas que estaba de pie junto a mí. Mis compañeros habían desaparecido. La silueta extendió lenta, majestuosamente, sus espléndidas alas. Me senté azorado, me arrastré sobre manos, nalgas y alas, hacia atrás, torpemente. La figura me siguió ocultando el Sol que me deslumbraba y no me dejaba apreciar el rostro de aquel enigmático ser. Me puse en pie para emprender el vuelo, me retuvo de los hombros y sentí la suavidad de sus manos, percibí un agradable aroma, su perfume. Era una chica, hermosa, sonriente y dispuesta. Era mayor que yo pero no me inspiraba miedo. Me miraba con ternura.

Lentamente se acercó a mí, su plexo también estaba al descubierto, palpitante, húmedo, tibio. Nuestros plexos se tocaron y yo sentí que la totalidad de mis sentidos estallaban por aquella sensación. Sus alas empezaron a cubrirme por completo. Yo hice lo mismo con ella.
Después de una eternidad, empecé a desdoblar mis alas para liberarla, ella sonrió, me besó con ternura e hizo lo mismo. Cuando sus alas me permitieron ver al rededor, divisé aquellos extraños arbustos de raro color y textura. Se empezaban a desplegar, eran otras parejas que habían estado haciendo lo mismo. Cerca del borde Zac y Fince nos miraban extasiados. Nuestras compañeras volaron y se dejaron caer por el extremo contrario del farallón por el que nosotros habíamos llegado.

Me sentía sin fuerzas pero a la vez lleno de una extraña vitalidad, me sentía… ¡feliz!

Entre risas y empujones nos acercamos a la orilla a contemplar aquel apacible mar de nubes que se extendía a nuestros pies y que se tragaba ya el Sol del atardecer. Nos dejamos caer. Hasta el fondo.

— No entiendo. Por qué siempre nos han prohibido que nos acerquemos al Sol —empezó diciendo Zca bajo aquel cielo ya estrellado—. ¿Por qué nos prohíben disfrutar de algo tan maravilloso como eso?
— Porque es riesgoso —Fince soltó un suspiro—, ya ves lo que les pasó a Ddi y Trimmy.
— Supongo que a cierta edad desaparece el riesgo, ¿no lo creen? —les pregunté mientras, tendido sobre mi vientre, mojaba la punta de mis alas en las aguas del apacible lago.
— Corrimos con suerte —dijo Fince—. Además que ustedes contaban con un excelente guía: Yo.
— Ja. O no nos adelantamos, ¿no crees? Me imagino que eso lo juzga el Ritte — aventuró Zca.
— ¿Y quiénes eran aquellas hermosas criaturas que viven allá arriba? —pregunté.
— No tengo idea, pero ¿no han observado que las chicas que llegan a cierta edad desaparecen por cierto tiempo? Mi hermana hace días que no la veo y tendría la edad de aquellas beldades de allá arriba —suspiró Zca.
— ¿Y no creen que las chicas de nuestra edad también se escapen como nosotros lo hicimos, pero por otro camino o a otro lugar? —les cuestioné.
— Sería divertido averiguarlo, Ic —propuso Fince.
— ¿Y si mejor les preguntas a tus padres, bobito? —se burló Zca.

Todos soltamos una estruendosa carcajada.

Otro día lo averiguaríamos.

Esto era, supongo, el embrujo de crecer.

 

Samuel Carvajal

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